BIENVENIDOS

3.10.23

El Valor Oculto Del Amor





Hay mucha gente buena en el mundo, más de la que podemos imaginar. A diario se cruza en nuestro camino, pasando inadvertida, pero sus vidas son fecundas: generan bien, entregan amor y, la mayoría de las veces, la sonrisa y el buen humor son sus señas de identidad.

Podrían compararse al aire limpio, a la hierba fresca o a esas pequeñas plantas de tallo tierno que, en silencio, cubren grandes superficies.

El tiempo corre veloz.

Sin embargo, me gustaría recordar la conmoción que causó la noticia del accidente sufrido por un grupo de jóvenes que, recién terminado el curso, decidieron dar lo mejor de sí mismas en un proyecto solidario en Costa de Marfil.

Mientras amigos y compañeros preparaban sus hamacas y chancletas para pasar el verano tumbados al sol, treinta jóvenes estudiantes emprendían un viaje de cuatro mil kilómetros para dirigirse a una zona del África occidental, lejos de la comodidad de sus hogares, donde realizarían labores de voluntariado y solidaridad.

Allí las esperaban con los brazos abiertos para recibir apoyo en su formación y ayuda en tareas sanitarias y educativas; todo ello impregnado del cariño, la generosidad y esa alegría desbordante propia de los corazones jóvenes.

Pero el destino quiso otra cosa.

Un fortuito accidente frustró aquellos magnánimos deseos. La noticia saltó rápidamente a los informativos y, a través de la prensa, se conoció todo lo que, durante años, habían realizado desde este proyecto de apoyo a África.

De no haber ocurrido el lamentable suceso, su labor habría permanecido ignorada y oculta para la mayor parte del mundo.

Estas jóvenes, como la hierba fresca que crece callada, llevaban con su presencia, su trabajo y su buen hacer una ráfaga de esperanza y cercanía a los más necesitados.

No se sentían heroínas ni titanes, porque cuando es el amor el que impulsa a hacer las cosas no hay medida ni cálculos mezquinos.


Así vivía Teresa Cardona, la única fallecida en el accidente, una de las responsables e impulsoras de este gran proyecto social en África. Mujer de sonrisa abierta y corazón generoso, había hecho de esa entrega una forma cotidiana de vivir. Era profesora de un colegio de Barcelona.

A veces juzgamos demasiado deprisa.

Nos parece que los tiempos están revueltos, que la juventud anda confundida, desorientada y sin ideales. Sin embargo, esas afirmaciones no hacen justicia a la valentía y a la generosidad que siguen demostrando tantos jóvenes de hoy.

Además, la experiencia enseña que, por poco que demos y ayudemos, siempre recibimos mucho más: lecciones de gratitud, de alegría, de fortaleza y de generosidad. Casi podría decirse, con un punto de egoísmo, que recibimos multiplicado cada pequeño gesto de lo que ofrecemos.

Pasa el tiempo, surgen otras noticias y nuestra atención se dispersa entre la avalancha de información que cada día nos llega.

Pero, mientras tanto, el bien continúa abriéndose camino en silencio, sin hacer ruido, como esas pequeñas plantas que crecen sin que nadie repare en ellas y, poco a poco, cubren la tierra de vida.

Y es entonces cuando volvemos a descubrir que la verdadera felicidad, la que llena de sentido la vida, nace cuando vivimos con el corazón abierto a los demás.

la felicidad que llena la vida, se encuentra cuando se vive en disposición de continua apertura a los demás.

      Lucia SS











16.8.23

Homenaje A Las Abuelas: El Poder Del Amor 3

 Llevo poco tiempo colaborando en la revista del barrio donde vivo y, desde que descubrí el enorme trabajo que hay detrás de cada número, todavía me hace más ilusión sentarme a escribir.

Antes de comenzar, permitidme un pequeño inciso. Espero que los abuelos no se molesten. Hoy este artículo está dedicado a las abuelas. No porque quiera excluirlos, sino porque sería imposible escribir continuamente "abuelos y abuelas". Ellos también merecen un reconocimiento, pero hoy el protagonismo es para ellas.

Me gustaría hacer una mención muy especial a tantas mujeres de mi pueblo: algunas mayores que yo, otras compañeras de mi infancia y juventud, con las que compartí juegos, calles y recuerdos. Hoy, la inmensa mayoría tiene algo en común: son abuelas. ¡Y qué abuelas!

Cuando mi hermana Nati me envió una fotografía de varias de ellas, me pareció tan bonita y tan representativa que enseguida despertó en mí el deseo de escribir este pequeño homenaje.

¿Quiénes son esas abuelas?

Son esas mujeres que dejan una huella imborrable en el corazón de sus nietos. Son un refugio seguro, un segundo hogar donde siempre encontramos comprensión, ternura y amor incondicional. Son esos abrazos largos que parecen curarlo todo, la mirada que transmite calma y el corazón que nunca juzga.

En ellas encontramos el espejo donde aprender a mirarnos, el hombro donde descansar las lágrimas, el silencio que sabe escuchar nuestros secretos y la paciencia infinita para interesarse por nuestras pequeñas historias, como si fueran las más importantes del mundo.

Las abuelas guardan la esencia de los momentos que nunca podrán reemplazarse: los cuentos contados al calor de su regazo, los valores aprendidos sin necesidad de grandes discursos, las primeras oraciones antes de dormir mientras velaban nuestros sueños y ese cariño que solo ellas saben regalar.

Siempre aciertan con los pequeños detalles, porque conocen el verdadero valor del tiempo dedicado y del amor entregado sin esperar nada a cambio. Sus brazos recomponen el alma, sus manos alivian las heridas de las rodillas cuando somos niños y también esas otras heridas invisibles que la vida va dejando en el corazón.

Las abuelas de hoy son jóvenes de espíritu, llenas de energía, con proyectos e ilusiones. Son mujeres luchadoras que han construido su vida con esfuerzo. La vida les ha dado muchas alegrías, pero pocas cosas les han sido regaladas.

Y, aunque ya hayan criado a sus hijos, siguen siendo imprescindibles para ellos. En una sociedad donde conciliar el trabajo y la familia parece un rompecabezas imposible, ellas continúan colocando muchas de las piezas en su lugar. Gracias a su ayuda, miles de familias pueden salir adelante cada día.

Por eso las abuelas —y también los abuelos— se han convertido en figuras esenciales en la sociedad del siglo XXI. Son el apoyo silencioso que sostiene muchos hogares sin pedir nunca reconocimiento.

Son mujeres generosas, capaces de permanecer despiertas para que otros puedan dormir tranquilos. Saben aplazar sus propios planes para cuidar de quienes más quieren. Nunca dejan de soñar, pero muchas veces ponen sus sueños en segundo plano para ayudar a cumplir los de los demás.

Son abuelas modernas, activas, cultivadas, curiosas y abiertas al mundo. Sin embargo, conservan intacta una escala de valores firme, esa que les sirve de brújula para enseñar, muchas veces sin palabras, lo verdaderamente importante.

Mención a la abuela

Un jardín de amor crece siempre en el corazón de una abuela.

Una abuela es esa niñera que prefiere contemplar a sus nietos antes que la televisión.

Su voz permanece en nuestros oídos, sus caricias siguen acariciando nuestro rostro y sus besos continúan descansando en nuestra memoria.

Ha sido muy fácil quererlas, pero resulta muy difícil aprender a vivir sin ellas.

Son ellas quienes enseñan desde la experiencia, incluso desde los errores que un día cometieron.

Las que estuvieron presentes en nuestros primeros pasos y en nuestras primeras palabras. Las que nos enseñaron a escribir "abuela" antes incluso de comprender todo lo que esa palabra significaría para nosotros.

Las que nos dejaban meter las manos en la masa —eso sí, bien limpias— mientras preparaban un bizcocho. Las que nos enseñaron a reconocer las flores del campo, a cuidar un pequeño caracol o a descubrir que la felicidad se escondía en las cosas más sencillas.

Ellas se convierten en amigas, maestras, confidentes y compañeras de aventuras.

Nos escuchan con verdadera atención, nos cuentan cómo era su infancia y después preguntan con la misma ilusión por la nuestra.

Y no importa el camino que elijamos. Da igual si estudiamos lejos o cerca, si la vida nos lleva a otra ciudad o incluso a otro país. Ellas seguirán esperándonos con la misma sonrisa, con la mesa preparada y el corazón abierto de par en par.

Porque las abuelas nunca dejan de ser hogar.

Con el paso de los años quizá olvidemos muchos momentos de nuestra infancia, pero jamás olvidaremos el olor de su cocina, el calor de sus abrazos, la ternura de sus manos sujetando las nuestras o esa forma tan especial que tenían de hacernos sentir únicos.

Dicen que Dios no podía estar en todas partes y por eso creó a las madres. Yo añadiría que, cuando una madre se convierte en abuela, el amor encuentra una nueva manera de hacerse presente.

Las abuelas son la memoria viva de la familia. Son el puente entre el pasado y el futuro; las guardianas de nuestras raíces, las que conservan las historias que nadie escribió y las transmiten de generación en generación. En un mundo que corre deprisa, ellas nos recuerdan que lo verdaderamente importante siempre necesita tiempo: escuchar, acompañar, cuidar, esperar y amar.

Quizá nunca lleguemos a agradecerles todo lo que han hecho por nosotros. Nunca llevarán una capa de superheroína ni recibirán grandes homenajes. Su recompensa siempre ha sido mucho más sencilla: una llamada inesperada, un beso, un dibujo hecho por un nieto, una visita de domingo o unas pequeñas manos buscándolas para sentirse seguras.

Hoy quiero rendir homenaje a todas esas mujeres extraordinarias que, sin hacer ruido, sostienen familias enteras con su entrega silenciosa.

A vosotras, abuelas, que habéis convertido el sacrificio en ternura, el esfuerzo en ejemplo y el amor en vuestra forma de vivir.

Gracias por cada abrazo, por cada consejo, por cada renuncia que nunca contasteis y por cada sonrisa que regalasteis incluso cuando estabais cansadas.

Ojalá nunca olvidemos que, mientras exista una abuela, siempre habrá un lugar donde regresar.

Porque las abuelas no solo dejan recuerdos.

Dejan raíces.

Y quien tiene raíces tan profundas, nunca deja de florecer.

Con todo mi cariño y admiración para todas las abuelas, las de ayer, las de hoy y las que un día lo serán. Porque el mundo siempre será un lugar mejor mientras exista una de ellas.

                                   Lucía Sanz




31.7.23

Los abuelos

                                  Los Abuelos: Con el poder del amor 5



Vivimos en una sociedad que corre deprisa. Todo parece medirse por la productividad, la rapidez y la utilidad inmediata. Sin embargo, existen personas que nos recuerdan que lo verdaderamente importante no suele tener prisa. Los abuelos son una de esas presencias silenciosas que sostienen la vida familiar sin hacer ruido.

En muchas ocasiones pensamos en ellos como quienes cuidan de los nietos cuando los padres trabajan. Y es cierto que hoy desempeñan un papel imprescindible para muchas familias. Pero reducir su misión a esa ayuda cotidiana sería olvidar la riqueza inmensa que representan.

Los abuelos son memoria viva. Son las raíces que mantienen firme el árbol familiar. Gracias a ellos conocemos nuestras historias, comprendemos de dónde venimos y aprendemos valores que ningún libro puede enseñar con la misma profundidad.

Cada arruga de un abuelo habla de luchas, sacrificios, alegrías y esperanzas. Han vivido tiempos diferentes, han superado dificultades que hoy apenas imaginamos y, sin proponérselo, transmiten una sabiduría que solo concede el paso de los años.

Mucho más que cuidadores

Cuando un abuelo juega con un nieto, no solo comparte un rato de diversión. Está construyendo recuerdos que permanecerán toda la vida.

Cuando escucha con paciencia, transmite seguridad.

Cuando cuenta una historia familiar, fortalece la identidad del niño.

Cuando abraza sin prisas, enseña que el amor no necesita palabras grandilocuentes.

Los estudios destacan numerosos beneficios psicológicos y emocionales de esta relación, tanto para los nietos como para los propios abuelos. Sin embargo, quienes hemos disfrutado del cariño de nuestros mayores sabemos que no hacen falta investigaciones para comprenderlo. Basta recordar una tarde junto a ellos para descubrir el inmenso tesoro que representan.

Cada abuelo tiene un modo único de amar

No existen dos abuelos iguales.

Los hay divertidos, capaces de convertir cualquier tarde en una aventura.

Otros son prudentes y serenos, ofreciendo siempre el consejo oportuno.

Algunos destacan por su ternura; otros por su firmeza.

Pero todos, cada uno a su manera, dejan una huella imborrable.

No necesitan ser perfectos. Solo necesitan estar presentes.

También ellos necesitan ser cuidados

Con frecuencia olvidamos que quienes un día cuidaron de nosotros también llegan a una etapa en la que necesitan compañía, comprensión y cariño.

Muchos abuelos entregan su tiempo sin reservas. Recogen a los nietos del colegio, ayudan con los deberes, preparan comidas, acompañan a actividades y están siempre disponibles.

Su generosidad merece nuestro agradecimiento, pero también nuestro respeto.

No debemos convertir su amor en una obligación permanente.

Los padres siguen siendo los principales responsables de la educación de sus hijos. Los abuelos colaboran, enriquecen y acompañan, pero nunca deben verse sobrecargados hasta el punto de perder su propia tranquilidad o poner en riesgo su salud.

El legado más valioso

Vivimos preocupados por dejar bienes materiales a quienes amamos.

Sin embargo, el mayor legado que puede dejar un abuelo no cabe en una herencia.

Es el ejemplo.

Es la fe.

Es la honradez.

Es la capacidad de perdonar.

Es la fortaleza ante las dificultades.

Es la serenidad que nace de haber aprendido que casi todo acaba encontrando su lugar.

Los nietos quizá olviden muchos regalos, pero jamás olvidarán cómo les hicieron sentir sus abuelos.

Una invitación

Si todavía tienes la inmensa fortuna de contar con tus abuelos, visítalos.

Escúchalos.

Pregúntales por su infancia.

Déjales hablar.

Abrázalos.

Y diles cuánto los quieres.

Quizá algún día descubras que aquellas conversaciones aparentemente sencillas fueron algunas de las lecciones más importantes de tu vida.

Porque los abuelos no solo transmiten recuerdos.

Transmiten identidad.

Nos recuerdan quiénes somos.

Y nos enseñan, sin apenas darse cuenta, que el verdadero amor siempre deja huella.

 

  Lucia SS

 



16.6.23

La Posverdad Y Las Fake News

 


En el artículo anterior reflexionaba sobre la verdad. Hoy quiero detenerme en su cara opuesta: la posverdad y las llamadas fake news. En realidad, ambas forman parte de un mismo problema, aunque merecen ser analizadas por separado.

No soy periodista ni experto en comunicación. Seguramente cualquiera de vosotros podría explicar estos conceptos con mayor rigor académico que yo. Sin embargo, hay algo que me impulsa a escribir sobre ellos: la inquietud que me produce comprobar hasta qué punto las nuevas tecnologías, los medios de comunicación y las redes sociales, siendo herramientas extraordinarias, también pueden convertirse en instrumentos de manipulación.

Vivimos en un mundo fascinante. Nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información ni a tantos medios para comunicarnos. Todo está al alcance de un clic y todo evoluciona a una velocidad vertiginosa. Yo mismo reconozco que muchas veces camino varios pasos por detrás de ese progreso. Pero precisamente por eso intento observarlo con espíritu crítico.

Las fake news, o noticias falsas, no son un fenómeno completamente nuevo. La mentira ha acompañado siempre a la humanidad. Lo que sí es nuevo es la velocidad con la que una falsedad puede recorrer el planeta y el enorme impacto que puede llegar a tener antes de que aparezca la verdad.

Más preocupante aún es la llamada posverdad. No consiste únicamente en mentir. Va mucho más allá. Es un modo de construir relatos donde los hechos importan menos que las emociones que despiertan. Una afirmación termina pareciendo cierta no porque haya sido demostrada, sino porque coincide con nuestras ideas, nuestros prejuicios o nuestros deseos.

Cuando eso ocurre, la frontera entre la verdad y la mentira comienza a difuminarse. Dejamos de preguntarnos si algo es cierto para preguntarnos únicamente si nos gusta creerlo. Y ese es un terreno muy peligroso.

Los medios de comunicación son uno de los pilares de cualquier democracia. Pero una prensa libre necesita también un compromiso firme con la verdad. Cuando ese compromiso se debilita, se resienten la política, la economía y, en definitiva, la confianza entre los ciudadanos.

Me preocupa comprobar cómo, en muchas ocasiones, opinamos con rotundidad sobre asuntos que apenas conocemos. Creemos estar informados porque hemos leído un titular, visto un vídeo de unos segundos o un mensaje en una red social. Confundimos información con inmediatez y conocimiento con acumulación de datos.


Hace tiempo leí una frase que resume muy bien esta realidad:

«Nos creemos informados porque lo hemos leído en un tuit. Creemos que es verdad porque lo han dicho en la televisión. Y pensamos que tenemos criterio propio cuando solo escuchamos a quien dice aquello que queremos oír.»

Quizá esa sea una de las grandes trampas de nuestro tiempo: vivir rodeados de información y, sin embargo, dedicar cada vez menos esfuerzo a contrastarla.

Tampoco deja de inquietarme el inmenso rastro digital que vamos dejando sin apenas ser conscientes. Cada búsqueda, cada compra, cada "me gusta", cada página visitada... todo queda registrado. Esos datos tienen un valor enorme porque permiten conocer nuestros hábitos, nuestras preferencias e incluso anticipar nuestras decisiones. En muchas ocasiones, lo que parece un servicio gratuito termina convirtiéndonos en el producto.

La publicidad personalizada, las campañas de influencia o determinados mensajes políticos utilizan precisamente ese conocimiento para llegar de forma mucho más eficaz a nuestras emociones.

Y ahí vuelve a aparecer la posverdad.

No importa tanto convencer mediante argumentos como despertar sentimientos. No importa tanto demostrar como emocionar. No importa tanto la realidad como el relato.

Por eso algunos discursos prometen exactamente lo que el ciudadano desea escuchar, aunque quien los pronuncia sepa de antemano que nunca podrá o querrá cumplirlo. La emoción sustituye a la razón y la ilusión desplaza al análisis.

Existe una conocida frase atribuida al mundo del cine que siempre me hace reflexionar:


«Haz creer a la gente que ha pensado y te querrá; haz que piense de verdad y quizá te odie.»

No sé si será completamente cierta, pero encierra una advertencia importante: pensar exige esfuerzo. Creer, en cambio, resulta mucho más cómodo.

A pesar de todo, sigo creyendo en las personas. No podemos vivir desconfiando de todo y de todos. La confianza es uno de los pilares de la convivencia. Precisamente por eso duele tanto cuando alguien la utiliza para manipularnos.

Quien miente de manera deliberada suele pensar que los demás son ingenuos. Yo prefiero creer que, cuando confiamos, no estamos demostrando ingenuidad, sino algo mucho más noble: la voluntad de seguir creyendo en la honestidad de las personas.

Y quizá sea esa confianza, acompañada siempre de un sano espíritu crítico, la mejor defensa que tenemos frente a la mentira

Lucia SS

















25.5.23

Mi Nueva Amiga (un pulso)

 

La Esclerosis Múltiple es una enfermedad degenerativa y crónica del sistema nervioso, de origen auto-inmune, que afecta al cerebro y la médula espinal.
El sistema inmune ataca a la mielina, que es la sustancia que envuelve las fibras nerviosas o neuronas. La mielina se deteriora y presenta cicatrices, conocidas como esclerosis, entonces aparece la inflamación. Los impulsos nerviosos que circulan por las neuronas se ven entonces entorpecidos o directamente interrumpidos, con los consiguientes efectos en el organismo.
Los síntomas de la Esclerosis Múltiple son variables dependiendo de la localización, la extensión, la gravedad y el número de las lesiones. Son diferentes para cada persona, por ello se la suele conocer como “la enfermedad de las mil caras”.
Los síntomas más habituales son de tipo motor, sensorial y fatiga.
La Esclerosis Múltiple es la segunda causa de discapacidad entre los jóvenes, tras los accidentes de tráfico, y no tiene cura. Pero la actitud en ella, y digamos un pulso con ella, puede hacer que sea mas lento su progreso.

(Micro-relato de una chica de 22 años al diagnosticarla esclerosis múltiple)

Un día de invierno, junto a los regalos de navidad. Una nueva amiga.
A ti te tocó un coche y a mi la aventura de llevarlo sin antes haberme sacado el carnet.
Semana de pruebas y mi amiga quería robarme todo lo que tenía, le hice invisible una sonrisa, de ver cada día a mi familia, de comerme todo lo que tenia en el plato y de bailar por los pasillos del hospital sin derramar una lágrima.
De no darme cuenta de lo que pasaba y ponerla celosa, haciendo nuevas amigas que me visitaban de otras habitaciones y me regalaban revistas. Y gracias a los chistes de un profesional de mi tierra que tanto me ayudó en esos días.
Y aun así. ¿vas a quedarte? ¿estas segura? Si es así, déjame caminar, que mis dedos puedan percibir lo que tocan. Permite me abrazar. Presenciar cómo se arruga mi cara en cada sonrisa..!Déjame al menos respirar¡
No me mires así, mi vida ya era de esa manera antes que llegaras y por muy lenta o rápida que seas no lo voy a dejar de intentar. Mírame a la cara, ¿somos amigas no? Si quieres te dejo dormir en mi cama, pero ni se te ocurra levantarte antes que yo.
Y no te rías de mí, que cada día soy mas valiente, a cada minuto te voy a demostrar quien de las dos es mas fuerte.
                                                          NATIVIDAD SS

17.3.23

La Verdad

 

Esa fue la pregunta que, hace casi dos mil años, formuló Poncio Pilato durante el juicio de Jesús. La tenía delante de él y, sin embargo, no quiso reconocerla.

Hoy, en este mundo globalizado en el que vivimos, esa pregunta sigue teniendo plena actualidad. Más que nunca necesitaríamos que la verdad ocupara el lugar que le corresponde, por su importancia, por la rapidez con la que se difunde la información y por las enormes consecuencias que tiene sobre nuestras vidas. Sin embargo, da la impresión de que lo que con frecuencia impera es la mentira, la corrupción, el egoísmo, el culto al dinero y la manipulación.

A veces me pregunto: ¿qué legado queremos dejar a las nuevas generaciones? ¿Un mundo de desconfianza, de inseguridad y de miedo? ¿Una sociedad en la que caminemos sobre arenas movedizas, sin saber nunca qué es cierto y qué no?

A lo largo de la historia, la verdad siempre ha tenido un enorme valor. Desde pequeños nos enseñaban a decirla, aunque nuestras mentiras fueran inocentes o simples verdades a medias. Aquellas enseñanzas venían acompañadas de ejemplos que todos recordamos, como el de Pinocho. Bastaba imaginar que nos crecía la nariz para que, casi sin querer, acabáramos delatándonos delante del espejo.


La mentira parece pequeña cuando nace, pero va desgastando poco a poco nuestra conciencia y nuestra sensibilidad. Primero se convierte en una costumbre; después, en una forma de actuar; y llega un momento en que incluso terminamos creyéndonos nuestras propias mentiras. Entonces dejan de ser una excepción para convertirse en una herramienta de nuestra vida.

Cuando la conciencia se deforma, también se debilitan valores esenciales del ser humano: el bien común, el respeto a los demás, la defensa de la buena fama del prójimo, la honradez en la administración de los bienes públicos, la lucha por resolver los verdaderos problemas o la ayuda a los más débiles. En su lugar aparece el interés personal y el beneficio de quienes forman parte de nuestro propio entorno.

Precisamente esta reflexión es la que me ha llevado a escribir estas líneas sobre la trascendencia ética, moral y profesional de la verdad en el siglo XXI. Hoy ya no existen límites para la difusión de una mentira. Las redes sociales y algunos medios de comunicación pueden convertir una falsedad en una aparente realidad en cuestión de minutos.

Hay personas que poseen una enorme capacidad para influir sobre millones de ciudadanos. Y cuando la información llega a quienes carecen de herramientas para contrastarla, o simplemente confían ciegamente en quien la transmite, el daño puede ser enorme.

Conozco casos en los que una persona ha sido acusada públicamente antes incluso de celebrarse el juicio. Aunque posteriormente haya sido declarada inocente, la sospecha permanece y el estigma puede acompañarla durante toda la vida.

Existe una conocida historia que ilustra muy bien esta realidad. Una mujer acudió a confesarse porque era muy dada al chisme y a hablar mal de los demás, exagerando, inventando o difundiendo rumores.

El sacerdote le pidió que, cuando matara una gallina, desplumara el animal y esparciera todas las plumas desde lo alto de un monte. Ella obedeció y regresó satisfecha. Entonces el sacerdote le dijo:

—Ahora vuelve y recógelas todas.

La mujer respondió que era imposible, porque el viento las había dispersado.

El sacerdote concluyó:

—Así ocurre con la fama, el honor y la reputación de una persona. Una vez destruidos y esparcidos, resulta casi imposible recuperarlos.

Esa historia resume perfectamente el poder devastador de la mentira.

No me preocupa únicamente que haya personas que mientan; me preocupa que millones contribuyan a difundir esas mentiras sin comprobar si son ciertas. Compartimos noticias, comentarios o acusaciones con demasiada facilidad, olvidando que una simple publicación puede arruinar la vida de alguien.

Incluso en el periodismo resulta difícil mantener siempre la independencia y el rigor. La presión por ser el primero en ofrecer una noticia puede imponerse, en ocasiones, sobre la obligación de verificarla. Muchas informaciones ni siquiera proceden ya de reporteros que investigan sobre el terreno, sino de agencias cuya versión es reproducida por numerosos medios.

Siempre recuerdo el caso Watergate. Lo que parecía un simple robo en la sede del Partido Demócrata terminó destapando una compleja trama de espionaje y corrupción política que acabó provocando la dimisión del presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon.

Aquella investigación periodística se convirtió en un símbolo del compromiso con la verdad. Los periodistas tuvieron que enfrentarse al secretismo, a las presiones y a las amenazas, demostrando que el periodismo puede desempeñar una labor esencial cuando busca la verdad con honestidad y valentía.

Quisiera terminar compartiendo algunas reflexiones de pensadores y personajes históricos que han dedicado palabras memorables a la verdad:


  • «Sócrates es mi amigo, pero soy más amigo de la verdad.» — Aristóteles.
  • «Los hechos no dejan de existir solo porque sean ignorados.» — Rafik Schami.
  • «La verdad, si no es entera, se convierte en aliada de lo falso.» — T. H. Huxley.
  • «En las montañas de la verdad nunca se escala en vano.» — G. K. Chesterton.
  • «El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla.» — Anónimo.
  • «Prefiero molestar con la verdad que complacer con adulaciones.» — Aristóteles.
  • «Una necedad, aunque la repitan millones de bocas, no deja de ser una necedad.» — Anónimo.
  • «Siempre se ayuda la mentira de lo cierto para atacar a la verdad.» — Rabindranath Tagore.
  • «Si dices la verdad, no tendrás que acordarte de nada.» — Mark Twain.
  • «El camino del hombre hacia la verdad consiste, en gran parte, en descubrir las mentiras.» — G. K. Chesterton.
  • «No se accede a la verdad sino a través del amor.» — Jesús Arellano.
  • «La verdad puede ser eclipsada, pero nunca se extingue.» — Albert Einstein.
  • «La verdad padece, pero no perece.» — Vaclav Havel.

Vivimos en una época en la que resulta más fácil que nunca difundir una mentira y más difícil que nunca reparar el daño que produce. Precisamente por eso, defender la verdad no es una opción reservada a filósofos, periodistas o jueces. Es una responsabilidad de todos. Porque solo sobre la verdad pueden construirse la confianza, la justicia y una sociedad verdaderamente libre.

Lucía Sanz


3.3.23

Un Amigo Diferente





  La profesora de cuarto de primaria debía leer y corregir lo que los chicos con trazos a lápiz, irregulares y  torpes, habían escrito, dando los primeros pasos, en sus vacilantes redacciones. No pudo resistirse y escribió ¡genial! al final de  la  que tenía entre sus manos.
   Aquella mañana en el colegio se habló de las personas con discapacidad haciendo especial referencia a los niños, por tanto el tema a red

actar en clase de Lengua, llevaría por título: “Un amigo diferente”.
  Se dio rienda suelta a estos incipientes estudiantes, para comprobar qué habían entendido  de todo aquello, y ver cómo expresan lo que sienten cuando descubren a unos niños, tan iguales y a la vez tan distintos, con los que no pueden, en muchas ocasiones, compartir juegos, confidencias y travesuras.
  Javi era un niño de nueve años, inquieto, travieso y juguetón, gemelo de su hermano Miguel.
   El pequeño Javi, toma nota  sobre lo que tiene que escribir; mordisquea un poco el lápiz y rápidamente se le va el pensamiento a un primo suyo afectado por  una lesión cerebral desde su nacimiento. De repente, como si todo alrededor hubiera desaparecido. Mentalmente se traslada a su lado, en casa, la playa,  las tardes de verano, reuniones familiares. ¿Quién es él para mí? mi primo, mi amigo. Y sin levantar la cabeza del papel comienza a escribir de corrido:
   Yo tengo un amigo, se llama Carlos, con 25 años que nació malito, pero que es muy simpático y le quiero mucho. Sale del colegio con una camiseta del Cádiz, ¡le encanta el Cádiz!

Tiene dos equipos, el Cádiz y el Betis. Cuando el Betis está abajo él es del Cádiz, y cuando el Cádiz está abajo él es del Betis.
Lo que tiene de diferente es: que no puede hablar bien. El médico cuando lo sacó del vientre de su madre, le puso un aparato en la cabeza y lo sacó, pero el aparato le apretó muy fuerte y le hizo daño en el cerebro, en la parte del  habla, y tiene los músculos del labio y la lengua que no los puede mover.
   Me cae muy bien, es gracioso y amable y cuenta historias muy divertidas, también chistes y su risa nos contagia a todos.
Juega muy bien al fútbol en la playa, y en un bar siempre se pide una fanta y en invierno agua. Creo que es el mejor amigo que tengo,  aunque como el no controla su fuerza a veces pega fuerte jugando, y hace tela de daño. ¡Pero es el mejor del mundo!
  Antes de firmar, el pequeño Javi, dibujó a dos personajes, uno más alto que el otro, que, amigablemente  echaban el brazo cada uno sobre el hombro del otro, debajo sus nombres

  Cuánto amor puede albergar un corazón  tan joven, que empieza a abrirse a la vida, que  descubre el dolor, el sufrimiento, las  limitaciones de sus iguales! y al mismo tiempo en su inocente simplicidad de niño es capaz de percibir en las balbuceantes palabras de su amigo, historias amenas, chispeantes, divertidas,  llenas de increíble imaginación. Capta con acierto sus gustos y aficiones. Y como colofón, dejando de lado lo que personalmente le pudiera disgustar, le da el número uno en el podio de su amistad a nivel mundial.
   Ni la diferencia de años ni los parapetos  de una deficiencia, son obstáculos cuando el amor y la nobleza abren los ojos para  ver.! Sus miradas sencillas, rectas, sin prejuicios, llenos de buena voluntad.

   Al día siguiente la profesora, entre el barullo de chiquillos distingue  a Javi.  Va corriendo tras un balón en el  patio del cole, como siempre, tan alegre y sonriente.  Juega con despreocupación,  entregado a su equipo de futbol, totalmente ajeno al alcance y  sacudida emocional  que su redacción  ha descargado, y  la sabia lección que, con la simplicidad de su temblorosa caligrafía ha trazado
                                                                                        
* Basado en hechos reales.    




22.2.23

Canto A La Mujer



Ensalzando a la mujer en la cancion 

(  letra entre-sacada de tres canciones: Juanes (a Dios le pido). De Presuntos implicados ( gente) y de Andrea Bocheli  (vivo por ella)




Que mis ojos se despierten
Con la luz de tu mirada yo
A Dios le pido
     Vivo por ella sin saber si la encontré o me ha encontrado,
ya no recuerdo como fue, pero al final me ha conquistado
vivo por ella que me da toda verdadera fuerza
vivo por ella y no me pesara
   Dos, tres, horas para disfrutarte
 dos de cada siete días para darte
Un pasaje en la más bella historia de amor
Dos, tres, horas para contemplarte
Y dos de cada siete días para darte
Me acomodo en un rincón de tu corazón
    Esperaré a que vayas por donde yo voy,
a que tu alma me des como yo te la doy.
Esperaré a que aprendas de noche a soñar,
a que de pronto me quieras besar.
     Para vivir así, en miradas transparentes
Recibir su luz, definitivamente
Nubes van y van pasando
Pero aquella luz, nos sigue iluminando
  Es gente, que pide por la gente en los altares
  En las romerías
  Gente, que da la vida
   Gente que infunde fe
Gente que crece y que merece paz
Gente, que se funde en un abrazo ante el horror
Gente que comparte el oleaje de su alma
Gente que nos renueva las pequeña esperanzas
De un día vivir en paz
    Es la musa que te invita, a tocarla suavecita
en mi piano a veces triste
la muerte no existe si ella está aquí...
   Que fresca es la sombra que ofrecen
Que limpia el agua dulce de sus miradas
       Es por ti que empiezo un nuevo día
Hay Ángeles entre nosotros
Ángeles entre nosotros
      Por los días que me quedan
Y las noches que aún no llegan
Yo, a Dios le pido
Por los hijos de mis hijos
Y los hijos de tus hijos
A Dios le pido
   Esperaré que las manos me quieras tomar,
que en tu recuerdo me quieras por siempre llevar,
que mi presencia sea el mundo que quieras sentir,
que un día no puedas sin mi amor vivir.
    Que mis ojos se despierten
Con la luz de tu mirada yo
A Dios le pido

19.2.23

Jesús Y El Niño Leproso


                          


Al acercarse la Navidad recordé una historia que, en una ocasión, me conmovió profundamente, tanto por su contenido como por quien la narró: un prestigioso cuentacuentos.

Durante mucho tiempo desconocí quién era su autor. No recuerdo que el narrador lo mencionara y me costó mucho encontrarlo, pues ni siquiera conocía el título. Después de consultar diversas fuentes descubrí que pertenece a Alejandro Casona, autor de la Generación del 27. El relato se titula El solitario.

La versión que sigue no es una transcripción literal. He recortado algunos pasajes y modificado otros, aunque he procurado ser fiel a su esencia y a su contenido. Espero que el autor me disculpe. Comienzo.

Era una noche de diciembre, pero no una noche como las demás. El viento helado hacía temblar los olivos de Belén; la nieve cubría las praderas y los carámbanos colgaban de los tejados de las chozas. Y, sin embargo, se comprendía que aquella no era una noche cualquiera. En su blancura silenciosa había una íntima tensión, un jadeo de músicas nunca oídas, un latir de raíces que anunciaban un milagro inmenso y dulcísimo.

El viento, en lugar de aullar, susurraba algo urgente y sigiloso, como una consigna ante la que las ramas se abrían asombradas para dejarle paso. Las ovejas, recogidas en el redil, temblaban por primera vez no de miedo, sino de emoción. Hasta la misma nieve parecía sentir la necesidad de exhalar un cálido aliento de vida. Era como si la noche entera, conteniendo la respiración, se preparase para un acontecimiento grandioso.

Tan distinta era aquella noche que el cielo mismo quiso honrarla con una estrella nueva. Los pastores, buenos conocedores del firmamento, comprendieron que aquella estrella viajera venía de Oriente, de las tierras morenas del camello y de las especias, donde los reyes celebraban bodas y nacimientos ofreciéndose mutuamente oro, incienso y mirra.

¿Qué mensaje traería aquel lucero errante? ¿Un cataclismo? ¿Un milagro?

De pronto, en los aires resonó un coro de ángeles. Los pastores se miraron estremecidos. Al escuchar trompetas no esperaban nada bueno. Tal vez se anunciaba algo terrible que no fueran capaces de soportar, o algo tan grande que no pudieran comprender. Pero cuando oyeron las sencillas palabras de la Anunciación, sus corazones se llenaron de paz.

Solo iba a nacer un niño pobre.

Se arrodillaron y entonaron un aleluya de gozoso alivio, porque aquella noticia, tan sencilla y tan inmensa a la vez, cabía entera en su corazón.

En un humilde establo de barro y paja, semejante a un nido de golondrinas, dormía el recién nacido entre la mula y el buey. María lo acunaba y le cantaba melodías pausadas que llenaban de ternura los largos silencios de la noche. José se afanaba en adecentar el refugio: fabricaba una cuna, alimentaba el fuego para que no pasaran frío, velaba por su seguridad y ajustaba los goznes del portón.

De repente, la puerta se abrió violentamente y entraron un hombre y una mujer llevando en brazos a un niño. El hombre lucía una larga barba y un cuchillo cruzado al cinturón de soga. José y María se sobresaltaron, recordando las historias de los salteadores que acechaban los caminos.

—No temáis —dijo el desconocido—. Nunca hice otro mal que el necesario para defender nuestra vida. Solo os pido refugio y un poco de calor para mi mujer y mi hijo. Los soldados nos persiguen y, allí donde llegamos, todas las puertas se cierran.

—Acércate —dijo María a la mujer—. Tus ropas están heladas. Dame a tu hijo para que duerma un poco sobre mi regazo.

Y le tendió los brazos.

Pero la madre retrocedió con un grito.

—¡No! Solo yo puedo tocarlo. El tuyo es hermoso y está sano. Guarda para él las caricias de tus manos.

María la contempló sin comprender. La vio llorar en silencio mientras besaba una y otra vez la carne de su hijo, intentando calentarla como hace una vaca con su ternero recién nacido. Entonces fijó la vista en el pequeño y comprendió.

—¡José! —exclamó con espanto—. ¡Lepra!

—No tengáis miedo —repitió el hombre del cuchillo—. No acercaremos nuestro hijo al vuestro. Ya estamos acostumbrados a vivir al borde de los caminos, a no pisar los molinos ni las viñas, a pedir el pan desde lejos y a no dirigir la palabra a nadie si no es con la boca contra el viento. Pero la noche está helada y el pequeño no podría resistirla. Solo pedimos un poco de fuego y un rincón en esta cuadra.

Las entrañas de María se conmovieron. Tranquilizó a José con una mirada, dejó a su Niño en el pesebre, protegido por el aliento de la mula y el buey, y tomó resueltamente al niño enfermo entre sus brazos. Lo acomodó sobre el hueco aún tibio de sus rodillas, donde momentos antes había dormido Jesús. Después lo estrechó contra su pecho y continuó cantándole en voz baja.

Al amanecer, los pastores llegaron apresurados al establo entre flautas, tambores y villancicos. Querían adorar al recién nacido y ofrecerle cuanto poseían. Traían corderillos sobre los hombros, un perro fiel que guardaba la entrada, quesos, pan y, sobre todo, el inmenso regalo de un corazón lleno de cariño.

Fue entonces cuando la familia acogida descubrió el milagro.

Su hijo estaba completamente limpio. Todas las huellas del mal blanco habían desaparecido. El niño leproso reía feliz, con el cuerpo sano. Solo permanecía en su hombro derecho una pequeña marca de plata, blanca como una flor de lis.

Pasaron treinta y tres años.

Palestina vivía envuelta en continuas rebeliones contra la Roma imperial. Muchos hombres eran conducidos al suplicio de la cruz, unas veces acusados de falsos profetas, otras de ladrones o de delitos inventados. Entre ellos estaba Jesús de Nazaret.

Al caer la tarde, Jesús agonizaba en el madero. A su derecha, un hombre fuerte, de larga barba, se retorcía entre las cuerdas de su cruz, dejando escapar un lamento más cercano al dolor que a la protesta.

—¿Por qué me acusan de vivir fuera de la ley si nunca me dejaron vivir dentro de ella? Desde niño solo conocí el borde de los caminos. Nunca me permitieron pisar el lagar de las uvas ni el umbral de los molinos. Tenía que pedir el pan desde lejos y hablar siempre con la boca contra el viento. Nací, como los míos, marcado por el mal y por la miseria. De mi padre heredé únicamente un cuchillo y el instinto de defenderme. ¿De qué pueden acusarme ahora quienes siempre me expulsaron de entre ellos? ¡Nunca estuve dentro!

Hizo una pausa y añadió con voz quebrada:

—Solo una dulce mujer me cantó una noche de nieve mientras me sostenía sobre sus rodillas. A ella le debo la vida tanto como a mi propia madre. Si hice algún mal, Señor, te pido perdón en memoria de aquella mujer.

Jesús lo miró profundamente y vio que, sobre su hombro derecho, brillaba una pequeña marca de plata, blanca como una flor de lis.

Entonces le sonrió con infinita misericordia y pronunció aquellas palabras eternas:

—En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Y desde aquel instante, quien había vivido siempre perseguido y rechazado encontró, por fin, la mirada de Jesús y se convirtió en el primero en entrar redimido en la Casa del Padre.                

Jesús lo miró profundamente y vio que, sobre su hombro derecho, brillaba una pequeña marca de plata, blanca como una flor de lis.

Entonces le sonrió con infinita misericordia y pronunció aquellas palabras eternas:

—En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Y, por primera vez en su vida, aquel niño que siempre había vivido rechazado encontró un lugar donde nadie volvía a expulsarlo.

  LUCIA SS

   

Un corazón de piedra puede convertirse en posada

Hay poemas sencillos que encierran una profunda verdad. Este es uno de ellos.

La escena comienza con un bandido que sale al encuentro de dos peregrinos con la intención de robarles. Sin embargo, no son las armas las que cambian su vida, sino la mirada de María y el cariño que ella y José le ofrecen. Aquello que parecía un corazón de granito acaba convirtiéndose en una humilde posada para recibir al Niño.

La repetición de estos versos resume toda la transformación:

«Yo que hasta ayer fui ladrón,
vil, cruel y fiero bandido,
robaré mil corazones
para recibir al Niño.»

Es una hermosa imagen de la conversión. Dios no elige a personas perfectas, sino a personas dispuestas a dejarse transformar por el amor. El bandido sigue siendo el mismo hombre, pero ya no desea arrebatar bienes materiales: ahora quiere conquistar corazones para que también ellos se conviertan en morada de Cristo.

Quizá todos llevamos dentro algo de ese bandido. A veces endurecemos el corazón, nos encerramos en nosotros mismos o caminamos por sendas equivocadas. Pero basta una mirada de misericordia para iniciar un camino nuevo.

Que también nuestro corazón deje de ser piedra y se convierta en una humilde posada donde Jesús encuentre siempre un lugar.

Microrrelatos



Una estrella de mar cada vez

Un día, durante unas vacaciones por tierras del Cantábrico, caminaba por la playa cuando reparé en un hombre que se agachaba constantemente. Recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Repetía el mismo gesto una y otra vez.

Al principio pensé que practicaba algún ejercicio, una especie de rutina de flexiones. Sin embargo, al acercarme observé que lo que recogía eran estrellas de mar que las olas habían depositado en la orilla. Una a una las devolvía al océano.

Le pregunté por qué lo hacía y me respondió:

—Estoy devolviendo estas estrellas al mar para que tengan una nueva oportunidad.

Debió de percibir en mi rostro que yo entendía poco del mar —soy de tierra adentro—, porque continuó explicándome:

—Como ves, la marea está baja y estas estrellas han quedado atrapadas en la playa. Si no las devuelvo al agua, morirán aquí por falta de oxígeno.

Le respondí:

—Lo entiendo, pero debe de haber miles de estrellas de mar en esta playa. No podrá salvarlas a todas. Además, esto ocurre en cientos de playas a lo largo de toda la costa. Y, siendo sinceros, con el esfuerzo que requiere y los años que usted tiene... parece un sacrificio sin demasiado sentido.

El hombre sonrió.

—¿Que no tiene sentido?

Se inclinó, recogió otra estrella y, mientras la lanzaba al mar, contestó:

—Para esta sí lo ha tenido.

Aquella sencilla escena encerraba una gran enseñanza.

Es una lección aplicable a nuestra vida cotidiana, en tantos y tantos gestos...

No puedo cambiar el mundo, pero sí puedo cambiarme a mí mismo y mejorar mi entorno.

No puedo eliminar todos los residuos contaminantes que dañan nuestro planeta, pero sí puedo reducir el consumo innecesario, reutilizar lo que esté en mi mano y separar correctamente los residuos para facilitar su reciclaje.

No puedo detener las guerras, pero sí puedo ser un remanso de paz allí donde vivo y con las personas que me rodean.

Y así ocurre con cada pequeño acto de cada día.

De uno a uno. Gesto a gesto. De persona a persona.

Porque, aunque no podamos hacerlo todo, siempre podremos hacer algo por alguien.


Conclusión

Muchas veces creemos que nuestros pequeños esfuerzos son insignificantes porque no cambian el mundo entero. Sin embargo, para la persona que recibe nuestra ayuda, nuestro tiempo o nuestra atención, pueden significarlo todo. Al igual que aquella estrella de mar, siempre habrá alguien para quien nuestro pequeño gesto marque una gran diferencia.


Gestionando los problemas

El panadero me contrató para ayudarle a reparar su viejo horno.

Acabábamos de terminar un duro primer día de trabajo. Primero se averió el taladro eléctrico, lo que nos hizo perder más de una hora. Después, cuando ya nos disponíamos a marcharnos, el viejo camión se negó a arrancar.

Como yo iba en mi coche, me ofrecí a llevarle hasta su casa.

Durante el trayecto permaneció en silencio. Se le veía cansado y contrariado, pero sorprendentemente sereno.

Al llegar, me invitó a conocer a su familia.

Mientras caminábamos hacia la puerta, se detuvo unos instantes frente a un pequeño árbol que tenía en el jardincillo. Con ambas manos acarició suavemente las puntas de sus ramas.

Cuando se abrió la puerta, ocurrió algo que me sorprendió.

Su rostro cambió por completo. Sonrió con una alegría inmensa, abrazó a sus dos pequeños hijos y besó con cariño a su esposa.

Después me acompañó de nuevo hasta el coche.

Al pasar otra vez junto al árbol, no pude evitar preguntarle qué había hecho allí unos minutos antes.

Al principio se hizo el despistado, pero al ver que seguía esperando una respuesta sonrió y me dijo:

—Ese es mi árbol de los problemas.

Continuó explicándome:

—No puedo evitar tener problemas durante el trabajo. Siempre aparecen dificultades, preocupaciones o contratiempos. Pero hay una cosa que tengo muy clara: los problemas no pertenecen a mi casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos.

»Así que, cada noche, cuando llego, los cuelgo simbólicamente en este árbol. A la mañana siguiente vuelvo a recogerlos.

Hizo una breve pausa y añadió sonriendo:

—¿Y sabes qué es lo mejor? Que cuando salgo por la mañana a buscarlos, nunca encuentro tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior.

Aquel día aprendí una auténtica lección de vida que procuro practicar siempre.

No se trata de negar la realidad ni de ocultar las preocupaciones cuando hablo con mi esposa, sino de no convertir cada conversación en una carga más. Intento compartir lo necesario y, al mismo tiempo, estar disponible para ayudarla también con las suyas.

Que los problemas y las preocupaciones nunca nos aparten de quienes más queremos.


Conclusión

Los problemas forman parte de la vida, pero no deberían ocupar el lugar reservado para el amor, la familia y los momentos compartidos. Aprender a dejarlos, aunque solo sea por unas horas, es también una forma de cuidar de quienes caminan a nuestro lado.


El mejor regalo

Con frecuencia, nuestros hijos nos regalan lecciones que nos hacen reflexionar profundamente.

Hace tiempo, un amigo me contó, emocionado y arrepentido, una pequeña anécdota.

Un día regañó a su hija, de apenas tres años, por haber gastado un rollo de papel de regalo. La economía familiar no atravesaba su mejor momento y aquel papel estaba reservado para un compromiso importante.

Por eso se enfadó cuando vio que la niña había utilizado casi todo el rollo para envolver una pequeña caja que pensaba colocar bajo el árbol de Navidad.

A pesar de la regañina, a la mañana siguiente la pequeña se acercó hasta la cama de su padre con la caja entre las manos y le dijo, sonriendo:

—Es para ti, papá.

Mi amigo me confesó que se sintió avergonzado por la dureza con la que la había tratado el día anterior.

Sin embargo, al abrir la caja y verla vacía, volvió a molestarse.

Le dijo:

—¿No sabes que cuando haces un regalo debe haber algo dentro?

La niña levantó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas, y respondió:

—Pero, papá... no está vacía. La he llenado de besos. Todos son para ti.

Mi amigo me confesó que en aquel instante se le rompió el corazón.

Abrazó a su hija con todas sus fuerzas y le pidió perdón.

Durante muchos años conservó aquella pequeña caja, mal envuelta y sin ningún valor material, junto a su cama.

Y cada vez que se sentía triste, desanimado o preocupado, abría aquella caja imaginaria y recordaba el inmenso amor con el que su hija había llenado su interior.

En realidad, todos los padres recibimos un regalo parecido el día que nacen nuestros hijos.

Una caja invisible llena de amor incondicional, abrazos, besos, confianza y esperanza.

No existe posesión más valiosa que esa.


Conclusión

Con demasiada frecuencia damos importancia a aquello que puede comprarse y olvidamos que los regalos más valiosos no tienen precio. El amor sincero, un abrazo, un beso o una muestra de cariño permanecen para siempre en la memoria y en el corazón. Quizá ese sea, verdaderamente, el mejor regalo que podemos recibir.

                               Lucia ss

Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...