El amor: Una realidad que se cultiva día a día
El amor no es algo que se hace; es algo que se vive. Es una realidad viva que crece o se marchita, que se conquista y se manifiesta en el día a día. Abarca todo nuestro ser y todas las potencias del alma. Es vivir para y por la persona amada, y muchas veces hacerlo sin grandes manifestaciones externas, porque el verdadero amor sabe expresarse de formas muy diversas en cada etapa de la vida.
El amor nace pequeño. Para que arraigue necesita cuidados constantes, desvelos, sacrificios y dedicación. Hay que mimarlo, abonarlo, llenarlo de pequeños detalles y estar atentos para que no se marchite. Solo así echará raíces profundas sobre las que poder construir un proyecto común y una familia.
Siempre me conmueve contemplar a esos matrimonios que han llegado juntos a la vejez. No permanecen unidos simplemente porque se soporten; son una verdadera unidad. El tiempo habrá cambiado su aspecto exterior, pero quien sabe mirar más allá puede intuir cuántas vivencias, alegrías, penas, sacrificios y proyectos compartidos guardan en su historia. Ya no existe aquel amor romántico e idealizado de la juventud, pero se comunican con toda su persona: una mirada, un gesto, una caricia o un silencio dicen mucho más que las palabras. Aprendamos a valorar ese amor ahora, y no cuando falte uno de los dos.
El noviazgo es el tiempo de prepararse, de conocerse y de aprender a quererse tal como cada uno es. Es entonces cuando se toma la decisión más importante de la vida: proyectar y formar un hogar.
Si ese hogar comienza edificándose sobre unos cimientos sólidos, será capaz de soportar las tormentas de la vida, los reveses, las dificultades y también de disfrutar plenamente las alegrías, manteniendo siempre el convencimiento de que «juntos podemos».
Cultivar el amor exige un verdadero conocimiento mutuo. ¡Qué poca importancia damos a esto! Y, sin embargo, la tiene. Especialmente cuando se guardan rincones de la propia vida que no queremos compartir: la infancia, la familia, las heridas, las enfermedades, los traumas, el carácter o las propias tendencias. El noviazgo consiste, sobre todo, en conocerse. Porque incluso creyendo que conocemos todo de la otra persona, la convivencia siempre depara sorpresas; cuánto más si nunca se ha hablado de lo esencial.
Cuando se comienza por lo que debería ser la consecuencia del amor —la unión física— y se convierte en el objetivo principal, se invierte el orden natural de las cosas. Entonces puede aparecer el egoísmo, buscando únicamente satisfacer esa dimensión instintiva que todos poseemos. La entrega física encuentra su verdadero sentido cuando nace como expresión de un amor profundo y maduro, no cuando pretende sustituirlo.
Cultivar el amor significa preparar juntos un proyecto de futuro, estar dispuesto a renunciar por el otro a tantas cosas que no construyen, para llegar a ser verdaderamente una sola carne y una sola alma.
Todo lo que acabo de escribir puede parecer hoy una visión idealista o incluso bucólica. No está de moda. Parece algo fuera de tiempo. Y, sin embargo, quizá precisamente por haber olvidado estos principios vemos con tanta frecuencia el fracaso de muchas relaciones. Me gusta expresarlo gráficamente diciendo que hemos puesto el carro delante del burro: el carro del placer inmediato, del egoísmo, de la infidelidad y de la mentira delante del burro del amor, del respeto, de la fidelidad y de la entrega.
Todos deseamos amar y ser amados, respetar y ser respetados, confiar y ser dignos de confianza. Sin embargo, muchas veces buscamos los frutos sin haber cuidado antes las raíces.
No pretendo ponerme solemne; simplemente he querido reflexionar con seriedad sobre algo extraordinariamente serio.
Cada vez concedemos mayor importancia a la preparación profesional. Se exige ser los mejores y para ello se invierten años de estudio, másteres, prácticas, oposiciones y toda clase de sacrificios. Sin embargo, cuando se trata de prepararse para el matrimonio, solemos regatear el tiempo y el esfuerzo. Incluso unos sencillos cursillos prematrimoniales nos parecen excesivos.
Y, sin embargo, esa preparación debería continuar también después del matrimonio, cuando más necesitamos apoyo, orientación y acompañamiento. Personas especializadas en orientación familiar pueden ayudar a prevenir conflictos o a afrontarlos juntos. Lo positivo de estos encuentros es que obligan a participar a ambos cónyuges, de modo que los dos colaboran en la búsqueda de soluciones.
Muchas dificultades aparecen con la llegada del primer hijo. Es un cambio enorme. Ese pequeño ser, totalmente dependiente, requiere una dedicación constante y puede resultar agotador. Pero, al mismo tiempo, llena el hogar de vida, de ilusión y de un amor nuevo que transforma profundamente a la familia.
No son tiempos fáciles para formar una familia. En muchos casos supone una decisión casi heroica. Las leyes no siempre la protegen suficientemente. Hay mujeres que, por el hecho de quedarse embarazadas, pueden ver peligrar su puesto de trabajo. Otras muchas parejas carecen del apoyo familiar necesario para conciliar la vida laboral y familiar, especialmente de esos abuelos cuyo papel resulta tantas veces imprescindible.
Precisamente porque formar una familia es hoy un gran desafío, resulta aún más necesario aprender, recibir orientación y adquirir herramientas que ayuden a afrontar las dificultades.
Vivimos en una sociedad donde, con frecuencia, se ensalzan valores muy distintos de los que sostienen un amor duradero. Los medios de comunicación y la llamada prensa del corazón presentan como algo normal cambiar de pareja con la misma facilidad con que se cambia de ropa o de perfume. Quizá exagero, pero todos entendemos a qué me refiero.
Hay, además, un aspecto al que prestamos muy poca atención: la comunicación. No basta con convivir; es necesario comunicarse.
Sin comunicación conyugal no puede sobrevivir una relación. Todo lo que no se comunica no se comparte; lo que no se comparte acaba separando; lo que separa crea distancia; y la distancia, poco a poco, convierte a dos personas que un día se amaron profundamente en auténticos desconocidos.
Porque el amor verdadero no consiste únicamente en enamorarse. Consiste, sobre todo, en elegir cada día permanecer al lado de la persona amada, cuidarla, respetarla y volver a enamorarse de ella una y otra vez.
«Enamorarte es hermoso; permanecer enamorado es una decisión que se renueva cada día.»
LUCIA SS
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