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12.5.26

Noviazgo: Con El Poder Del Amor II

                                     


                       El amor: Una realidad que se cultiva día a día 

El amor no es algo que se hace; es algo que se vive. Es una realidad viva que crece o se marchita, que se conquista y se manifiesta en el día a día. Abarca todo nuestro ser y todas las potencias del alma. Es vivir para y por la persona amada, y muchas veces hacerlo sin grandes manifestaciones externas, porque el verdadero amor sabe expresarse de formas muy diversas en cada etapa de la vida.

El amor nace pequeño. Para que arraigue necesita cuidados constantes, desvelos, sacrificios y dedicación. Hay que mimarlo, abonarlo, llenarlo de pequeños detalles y estar atentos para que no se marchite. Solo así echará raíces profundas sobre las que poder construir un proyecto común y una familia.

Siempre me conmueve contemplar a esos matrimonios que han llegado juntos a la vejez. No permanecen unidos simplemente porque se soporten; son una verdadera unidad. El tiempo habrá cambiado su aspecto exterior, pero quien sabe mirar más allá puede intuir cuántas vivencias, alegrías, penas, sacrificios y proyectos compartidos guardan en su historia. Ya no existe aquel amor romántico e idealizado de la juventud, pero se comunican con toda su persona: una mirada, un gesto, una caricia o un silencio dicen mucho más que las palabras. Aprendamos a valorar ese amor ahora, y no cuando falte uno de los dos.

El noviazgo es el tiempo de prepararse, de conocerse y de aprender a quererse tal como cada uno es. Es entonces cuando se toma la decisión más importante de la vida: proyectar y formar un hogar.

Si ese hogar comienza edificándose sobre unos cimientos sólidos, será capaz de soportar las tormentas de la vida, los reveses, las dificultades y también de disfrutar plenamente las alegrías, manteniendo siempre el convencimiento de que «juntos podemos».

Cultivar el amor exige un verdadero conocimiento mutuo. ¡Qué poca importancia damos a esto! Y, sin embargo, la tiene. Especialmente cuando se guardan rincones de la propia vida que no queremos compartir: la infancia, la familia, las heridas, las enfermedades, los traumas, el carácter o las propias tendencias. El noviazgo consiste, sobre todo, en conocerse. Porque incluso creyendo que conocemos todo de la otra persona, la convivencia siempre depara sorpresas; cuánto más si nunca se ha hablado de lo esencial.

Cuando se comienza por lo que debería ser la consecuencia del amor —la unión física— y se convierte en el objetivo principal, se invierte el orden natural de las cosas. Entonces puede aparecer el egoísmo, buscando únicamente satisfacer esa dimensión instintiva que todos poseemos. La entrega física encuentra su verdadero sentido cuando nace como expresión de un amor profundo y maduro, no cuando pretende sustituirlo.

Cultivar el amor significa preparar juntos un proyecto de futuro, estar dispuesto a renunciar por el otro a tantas cosas que no construyen, para llegar a ser verdaderamente una sola carne y una sola alma.

Todo lo que acabo de escribir puede parecer hoy una visión idealista o incluso bucólica. No está de moda. Parece algo fuera de tiempo. Y, sin embargo, quizá precisamente por haber olvidado estos principios vemos con tanta frecuencia el fracaso de muchas relaciones. Me gusta expresarlo gráficamente diciendo que hemos puesto el carro delante del burro: el carro del placer inmediato, del egoísmo, de la infidelidad y de la mentira delante del burro del amor, del respeto, de la fidelidad y de la entrega.

Todos deseamos amar y ser amados, respetar y ser respetados, confiar y ser dignos de confianza. Sin embargo, muchas veces buscamos los frutos sin haber cuidado antes las raíces.

No pretendo ponerme solemne; simplemente he querido reflexionar con seriedad sobre algo extraordinariamente serio.

Cada vez concedemos mayor importancia a la preparación profesional. Se exige ser los mejores y para ello se invierten años de estudio, másteres, prácticas, oposiciones y toda clase de sacrificios. Sin embargo, cuando se trata de prepararse para el matrimonio, solemos regatear el tiempo y el esfuerzo. Incluso unos sencillos cursillos prematrimoniales nos parecen excesivos.

Y, sin embargo, esa preparación debería continuar también después del matrimonio, cuando más necesitamos apoyo, orientación y acompañamiento. Personas especializadas en orientación familiar pueden ayudar a prevenir conflictos o a afrontarlos juntos. Lo positivo de estos encuentros es que obligan a participar a ambos cónyuges, de modo que los dos colaboran en la búsqueda de soluciones.

Muchas dificultades aparecen con la llegada del primer hijo. Es un cambio enorme. Ese pequeño ser, totalmente dependiente, requiere una dedicación constante y puede resultar agotador. Pero, al mismo tiempo, llena el hogar de vida, de ilusión y de un amor nuevo que transforma profundamente a la familia.

No son tiempos fáciles para formar una familia. En muchos casos supone una decisión casi heroica. Las leyes no siempre la protegen suficientemente. Hay mujeres que, por el hecho de quedarse embarazadas, pueden ver peligrar su puesto de trabajo. Otras muchas parejas carecen del apoyo familiar necesario para conciliar la vida laboral y familiar, especialmente de esos abuelos cuyo papel resulta tantas veces imprescindible.

Precisamente porque formar una familia es hoy un gran desafío, resulta aún más necesario aprender, recibir orientación y adquirir herramientas que ayuden a afrontar las dificultades.

Vivimos en una sociedad donde, con frecuencia, se ensalzan valores muy distintos de los que sostienen un amor duradero. Los medios de comunicación y la llamada prensa del corazón presentan como algo normal cambiar de pareja con la misma facilidad con que se cambia de ropa o de perfume. Quizá exagero, pero todos entendemos a qué me refiero.

Hay, además, un aspecto al que prestamos muy poca atención: la comunicación. No basta con convivir; es necesario comunicarse.

Sin comunicación conyugal no puede sobrevivir una relación. Todo lo que no se comunica no se comparte; lo que no se comparte acaba separando; lo que separa crea distancia; y la distancia, poco a poco, convierte a dos personas que un día se amaron profundamente en auténticos desconocidos.

Porque el amor verdadero no consiste únicamente en enamorarse. Consiste, sobre todo, en elegir cada día permanecer al lado de la persona amada, cuidarla, respetarla y volver a enamorarse de ella una y otra vez.

«Enamorarte es hermoso; permanecer enamorado es una decisión que se renueva cada día.»

      LUCIA SS

28.12.25

A proposito de Rosa (Mi Primer Articulo)

                           A PROPÓSITO DE ROSA


Leyendo el artículo que Rafa publicó sobre Rosa, y que le agradezco profundamente, he pensado que demuestra una sensibilidad que le honra. Gestos como este nos recuerdan lo fácil que resulta acostumbrarnos a escuchar noticias o conocer casos dramáticos como si fueran algo normal, lejano y ajeno a nosotros. Sin embargo, pocas veces pensamos en la historia que hay detrás de cada persona. Rafa sí lo ha hecho; ha seguido su situación, nos ha informado y, con ello, ha dejado claro que Rosa le importa.

Mientras regresaba a casa, fui dando vueltas a todo esto. Me tocó el alma. Lo siento, Eusebio, pero yo sí noto continuamente el alma. Quizá algún día hable de ello, porque tengo que confesar que hubo una etapa de mi vida en la que creí haberla perdido, haberla arrojado por la borda para seguir otros derroteros. Todos, en mayor o menor medida, tenemos que afrontar nuestra propia historia y tomar decisiones importantes, y eso nunca es fácil.

En mi caso, era cambiar el todo por la nada, o la nada por el todo. Sin embargo, me encontré con algo —o, mejor dicho, con Alguien—, en algún lugar, que sí tenía aquello que yo buscaba. Gracias a ese encuentro descubrí por qué y para qué podía servir mi vida. Comprendí que el verdadero secreto consistía en descubrir esos tesoros que siempre habían estado ahí, a mi lado, esperando ser reconocidos.

Vivimos en una sociedad profundamente materialista y racionalista, donde parece que solo existe aquello que se puede ver y tocar. Sin embargo, hay innumerables realidades invisibles capaces de colmar el anhelo del alma y de apaciguar las necesidades del cuerpo.

En mi ya más de medio siglo de existencia he conocido a muchas "Rosas". Personas con nombres distintos: hombres, mujeres, adolescentes, niños... Rosas marcadas por la soledad más absoluta, incluso cuando habían disfrutado de una intensa vida social.

Siempre que me encuentro con alguien que pide ayuda en la calle, o con una persona sin hogar —que puede vivir su pobreza con una enorme dignidad—, intento ponerme en su lugar. Aunque no siempre pueda ayudar materialmente, sí puedo ofrecer una sonrisa, una mirada, un gesto amable. Que perciban, aunque solo sea por un instante: "Me importas; no me eres indiferente."


He tenido la oportunidad de conocer a algunas de estas personas porque coincidían con mi trayecto diario al trabajo. Movida por el amor al prójimo —bien entendido, sin paternalismos—, y pensando que cualquiera de nosotros podría ocupar ese mismo lugar, me interesé por sus vidas y por las circunstancias que las habían llevado hasta allí.

En muchos casos descubrí historias durísimas y desgarradoras. Una cadena de acontecimientos en la que cada eslabón iba unido al siguiente hasta destrozar el alma y el corazón, obligándoles finalmente a pedir para mantener con vida un cuerpo del que, en ocasiones, ya ni siquiera deseaban seguir siendo prisioneros.

Siempre procuré, dentro de mis posibilidades, aliviar alguna necesidad material y, al mismo tiempo, ofrecer una pequeña chispa de esperanza para el alma. Procuraba no pasar de largo, aunque la prisa o la comodidad me invitaran a cambiar de acera. Bastaba un sencillo: «¿Cómo estás hoy?», recordar algo que me habían contado anteriormente o interesarme por un problema concreto. Pequeños detalles, pequeñas rendijas de esperanza, porque muchas veces los gestos son el verdadero lenguaje del corazón.

Durante muchos años he visto la película ¡Qué bello es vivir!. Aunque contiene algún personaje alegórico con un tono humorístico, su enseñanza sigue siendo profundamente actual: el mundo es distinto porque tú has estado en él. Incluso cuando alguien atraviesa el peor momento de su vida, ha sembrado mucho bien a su alrededor. Por eso merece la pena vivir una y mil veces. Y, aunque existan situaciones aparentemente desesperadas, siempre hay un rayo de luz al que aferrarse. Quizá nosotros podamos ser ese rayo de luz para alguna de las muchas Rosas que encontramos en nuestro camino.

Quiero terminar recordando al psiquiatra y neurólogo austriaco Viktor Frankl, autor del libro El hombre en busca de sentido. Superviviente de un campo de concentración nazi —o, más propiamente, de un campo de exterminio—, escribió que allí no sobrevivían necesariamente los más fuertes, ni los más inteligentes, sino quienes encontraban un motivo por el que vivir.

En su caso, ese motivo era la esperanza de volver a encontrarse con su joven esposa, de la que desconocía si seguía con vida. Aquella esperanza le sostuvo para soportar cualquier penalidad. También observó que resistían mejor quienes mantenían unas convicciones profundas, capaces de dar sentido a su existencia incluso en medio del mayor sufrimiento.

Quizá esa sea una de las grandes lecciones que Rosa, Rafa y tantas otras personas nos recuerdan: que nadie debería sentirse invisible; que un gesto de cercanía puede cambiar un día, y que una vida siempre encuentra fuerzas para seguir adelante cuando descubre que sigue siendo importante para alguien

                                                 Lucia SS

1.12.25

Lectura 1

     




NUESTRO MAPA DEL MUNDO

¿Qué leer?

Cuando la humanidad comenzó a poner por escrito las enseñanzas de sus sabios, los códigos que recogían las costumbres y las leyes, así como los relatos de los acontecimientos con los que se había forjado cada pueblo… nació la lectura.

Hasta entonces, la cultura —ese verdadero cultivo del alma— solo podía transmitirse de viva voz. Lo que hombres y mujeres lograban conservar en la memoria pasaba de generación en generación como un valioso mapa del mundo, como una antorcha encendida en medio de la oscuridad.

Escuchar sigue siendo hoy fundamental en nuestra vida. Es el primer camino por el que accedemos al lenguaje; le da forma a nuestro pensamiento mientras vivimos y, sobre todo, hace posible el diálogo, una de las fibras esenciales del tejido mismo de la existencia.

Pero, para que el diálogo merezca la pena, es necesario tener algo que decir. Y esa riqueza interior no surge por casualidad: se alimenta de la lectura, de la reflexión personal, de la apertura a la sociedad, del encuentro con otras ideas y otras experiencias.

La lectura ocupa hoy un lugar irreemplazable en la cultura. La memoria de la humanidad se conserva, en gran medida, en la palabra escrita: libros, cartas, ensayos, poemas y relatos que esperan el encuentro con un lector dispuesto a dialogar con ellos.

Cada libro abre una ventana distinta. Algunos nos enseñan, otros nos emocionan; unos nos hacen pensar y otros nos ayudan a comprender mejor a las personas y el mundo que nos rodea. Todos, de una u otra forma, dejan una huella en quien los lee con el corazón abierto.

Prometo continuar escribiendo un poquito más sobre este tema en próximas publicaciones. Aunque no pueda considerarme un auténtico ratón de biblioteca, sí valoro profundamente un buen libro y todo lo que puede aportar a nuestra vida. Leer nos hace más libres, más críticos y, sobre todo, más humanos.

LUCÍA S.









  

4.11.25

Lectura II

                                    

Continúo con mi pequeña aportación sobre la lectura.

Hoy me gustaría centrar la atención en los siguientes puntos:

  • Prestar atención.

  • El hábito de leer.

  • Criterio para elegir un libro.

Prestar atención

Escuchar y leer son hábitos indispensables para ensanchar nuestro horizonte, ya de por sí limitado, al menos en mi caso. Ambos exigen la capacidad de prestar atención.

Los medios de comunicación, las redes sociales y los teléfonos móviles se disputan nuestra atención como si fuera su capital más preciado. Es fácil que esta abundancia de reclamos termine fragmentándola. Sucede como cuando uno se siente constantemente interrumpido: aquello que beneficia a los gigantes de la comunicación quizá nos empobrece a nosotros, pues ese continuo volcarse hacia fuera puede dejarnos sin un verdadero «hacia dentro».

Prestar atención no consiste únicamente en hacer un esfuerzo puntual para retener datos. Es dejarse sorprender por la realidad, por las personas y por las situaciones, permitiendo que permanezcan vivas dentro de nosotros.

Quien lee y escucha profundiza en la experiencia de lo que vive gracias a un proceso de interiorización. Aprende a recogerse, a habitar dentro de sí mismo y a leer tanto en las situaciones como en las personas.

Sin embargo, incluso para alguien como yo, con una cultura media, la aceleración de la vida entraña el riesgo de dejar de leer. Arrastrados por los múltiples frentes que reclaman nuestra atención, muchas veces no encontramos ese momento de calma para sentarnos con un libro entre las manos.

El hábito de leer

Pedagogos y especialistas en educación señalan que resulta difícil adquirir el hábito de la lectura cuando no se ha cultivado desde la infancia. También coinciden en que existe una gran diferencia entre quienes leen habitualmente y quienes no lo hacen.

Quizá haya influido la aparición de formas de entretenimiento más inmediatas. No me refiero al uso de los videojuegos, sino a su abuso. No pretendo demonizarlos, pero sí pienso que necesitan cierto control. Cuando ocupan demasiado espacio pueden reducir la imaginación, empobrecer el mundo interior y hacer depender de estímulos constantes. A veces también disminuyen la sensibilidad, el control del tiempo y la capacidad de concentración.

Guardo un recuerdo muy hermoso de mi infancia. Eran aquellos momentos en los que mi madre nos reunía para leernos. Lo hacía con una entonación admirable, con una capacidad de transmitir que jamás he vuelto a encontrar a lo largo de mi vida. Quizá elegía muy bien lo que quería enseñarnos, pero sobre todo conocía profundamente al pequeño público que tenía delante. Permanecíamos embobados, con los ojos clavados en ella.

Era alguien insustituible. No solo la queríamos con toda nuestra alma, sino que la admirábamos casi como si fuera un ser perfecto para nosotros.

Con el paso de los años he pensado muchas veces qué era aquello que tanto nos fascinaba. Y, en realidad, no había nada extraordinario. Muchas veces era simplemente la Biblia para niños. Mi madre era una cristiana ejemplar, que enseñaba sobre todo con su vida. Nos transmitió valores, amor, responsabilidad y una gran libertad.

Otras veces nos leía fábulas con sus enseñanzas; otras, libros sobre la naturaleza, la geografía, la belleza o pequeñas historias del mundo. Lo único que sé es que poseía un extraordinario don para educar, sin haber cursado estudios superiores. Muchas materias que he necesitado estudiar siendo adulta ya me las había sembrado ella durante mi infancia.

Quizá por eso, cuando veo que hoy, debido al ritmo de vida, muchas madres apenas tienen tiempo para responder a las preguntas de sus hijos, siento cierta tristeza. A menudo los duermen con un móvil en la mano, en lugar de hacerlo con un cuento, una conversación o aquella sencilla oración del «Jesusito de mi vida» que tantas generaciones aprendimos.

Pienso que, sin darse cuenta, se están perdiendo uno de los momentos más tiernos y decisivos en la educación y en el cariño de sus hijos.

Perdonad este pequeño paréntesis personal. Me he desviado del tema principal, pero también sirve para romper el tono más técnico de lo anterior. Hablábamos precisamente de cómo nace el hábito de la lectura. En el caso de los niños, siempre debe existir alguien que les descubra ese placer: un padre, una madre, un abuelo, un profesor, un familiar o un buen amigo.

Las tecnologías digitales facilitan llevar siempre un libro consigo. También los audiolibros son una magnífica opción cuando no disponemos de otro momento para leer. Yo misma recurro a ellos con frecuencia, aprovechando trayectos o mientras realizo tareas domésticas, porque muchas veces es el único tiempo del que dispongo.

Sin embargo, para mí, el libro en papel sigue teniendo un encanto especial. Se parece a un vino de reserva: necesita reposo. Cuando cierras el libro, él también se detiene contigo. Puedes volver atrás, releer una frase, meditarla o simplemente dejar que repose en tu interior. En cambio, el audiolibro continúa si no lo pausas, y eso dificulta un poco más la concentración y la reflexión.

Criterio para elegir un libro

Cada año se editan miles de libros. Internet nos permite adquirir muchos de ellos a precios muy asequibles e incluso descargarlos gratuitamente. Ante tanta oferta y con un tiempo necesariamente limitado surge una pregunta inevitable: ¿qué leo?

Existe una larga tradición de libros que, además de entretener, educan. Otros simplemente ofrecen evasión, y también tienen su lugar.

A mí me resulta útil tener varios libros empezados al mismo tiempo. Según cómo me encuentre —relajada, cansada, preocupada o de vacaciones— uno u otro responde mejor al momento que estoy viviendo.

A la hora de elegir conviene tener presente que muchas grandes empresas controlan importantes grupos editoriales. Es lógico que den prioridad a las publicaciones de su propio sello, relegando otras obras quizá de mayor calidad editadas por empresas más pequeñas.

Por eso no debemos conceder un valor excesivo a las listas de los más vendidos. Lo más vendido no siempre es lo mejor.

Con su fina ironía, Charles Dickens escribió:

«¡Hay libros de los cuales el lomo y la cubierta son, con mucho, lo mejor!»

Querer estar siempre a la última puede hacernos pasar por alto libros más inteligentes, más divertidos, más profundos o más creativos.

Al igual que hacemos zapping con las películas, también podemos hacerlo con los libros. No todos son para todos los lectores, y no pasa nada por abandonar uno que no logra atraparnos para comenzar otro que sí lo haga.

El lector no firma ningún contrato con el autor. Conviene darle una oportunidad, leer con paciencia y confiar en que la obra termine conquistándonos. Pero, si después de un tiempo no sucede, no hay por qué sentirse culpable al dejarla y buscar otra lectura.

Toda una vida no bastaría para leer todos los grandes clásicos. Entre ellos podríamos citar a Aristóteles, Cicerón, Dostoievski o Chesterton.

Con el tiempo también se aprende a elegir los libros, igual que se aprende a elegir las amistades.

Porque un buen libro se parece mucho a un buen amigo: conversa con nosotros sin imponerse, nos acompaña con discreción y, cuando hace falta, nos aconseja e incluso nos corrige en silencio.

"Leer no consiste únicamente en pasar páginas, sino en dejar que algunas de ellas nos cambien por dentro. En el próximo capítulo hablaremos precisamente de esa lectura que transforma la vida."

 

Lucia SS



2.11.25

Matrimonio: Con El Poder Del Amor (3)

   

A raíz de la lectura de Ana Karenina

Desde que existe la humanidad, el hombre y la mujer se han unido formando una familia. Sin la seriedad de ese vínculo-compromiso habría sido imposible la continuidad de la especie. El ser humano supera en inteligencia a la mayoría de los animales, pero necesita muchos años para alcanzar la madurez y la autonomía. Por ello requiere nacer, crecer y desarrollarse al amparo de una familia. En ese proceso, el padre, la madre y los hermanos desempeñan un papel insustituible.

¿Qué implica casarse frente a otras formas de convivencia? La diferencia esencial radica en que el matrimonio nace del deseo de construir un proyecto de vida definitivo. No se trata de que cada uno conserve su propio proyecto y ambos coincidan durante un tiempo, reservándose parcelas de sí mismos. Casarse significa crear una historia común, una vida compartida que irá creciendo y transformándose con los años.

Una pareja decide dar ese paso cuando descubre que el amor que vive desea convertirlo en algo permanente. Es como decir: «Quiero que estés siempre en mi vida y quiero estar siempre en la tuya». Esa decisión marca la diferencia respecto a cualquier otra relación. El nivel de confianza, de entrega y de compromiso es mucho mayor. Es el deseo de darse por entero, de ser acogido plenamente y de corresponder con la misma generosidad. Cuando hablo de un «todo», me refiero a la intención y al deseo, porque esa entrega se va haciendo realidad con el tiempo, con la convivencia, con las dificultades e incluso con las crisis, que muchas veces son las que más ayudan a crecer y madurar.

En Ana Karenina, Tolstói describe admirablemente esta idea a través del personaje de Levin:

«Levin no conservaba apenas recuerdos de su madre, pero su memoria le era sagrada. Y si se casaba, su esposa debía semejarse mentalmente a ese ideal encantador y adorado. Para él no podía existir el amor fuera del matrimonio... mientras que sus amigos consideraban el matrimonio como uno de los numerosos actos de la vida social, Levin lo veía como el más importante de la existencia, aquel del que dependía toda su felicidad.»

Tolstói contrapone dos maneras de entender el amor. Para unos, el matrimonio es simplemente un acontecimiento social; para Levin representa la decisión más trascendental de la vida, porque de ella dependerá buena parte de su felicidad futura. Quizá ahí resida una de las claves del libro: cuando se comprende el verdadero sentido del compromiso, la fidelidad deja de ser una carga para convertirse en la consecuencia natural del amor.

El noviazgo constituye precisamente el tiempo de preparación para esa decisión. Es la etapa del conocimiento mutuo, del aprendizaje y también de las dificultades. Debe haber desacuerdos, enfados y discusiones. Son precisamente esos momentos los que permiten descubrir aspectos del otro —y de nosotros mismos— que permanecían ocultos. Sin ellos, el conocimiento sería superficial.

Si ambos son capaces de superar esas diferencias, aprender a dialogar y adaptarse el uno al otro, la relación sale fortalecida. Para eso existe el noviazgo: para comprobar si ese proyecto común es verdaderamente posible.

En otra escena de la novela, el general Serpujovskói conversa con Wronski y le dice:

«La mujer es la piedra de toque en la carrera del hombre... La única manera de no verse reducido a la inacción por el amor es casarse.»

Utiliza una curiosa comparación: llevar una carga solo es posible cuando queda bien sujeta a los hombros; entonces las manos permanecen libres para trabajar. Con esa imagen quiere expresar que el compromiso estable no limita la libertad, sino que la ordena y le permite desplegar todas sus posibilidades.

Vivimos, sin embargo, en una cultura marcada por la provisionalidad. Todo parece pasajero. Las personas entran y salen de nuestra vida; las promesas se hacen con facilidad y, con demasiada frecuencia, también se rompen. Da la impresión de que nada está destinado a durar.

Y, sin embargo, cabe hacerse una pregunta: ¿es verdad que nada valioso puede durar para siempre?

Muchos desean un amor definitivo, pero sienten miedo. Es comprensible. El futuro siempre encierra incertidumbre. Sin embargo, ningún proyecto importante se construye sin asumir riesgos.

Cuando comienza un matrimonio se encuentran dos personalidades distintas, dos biografías, dos maneras de educarse, dos familias y dos formas de entender la vida. Todo eso necesita ensamblarse poco a poco.

Nadie se enamora de los defectos. Al principio predominan las cualidades que atraen: la simpatía, la ternura, la belleza, la inteligencia... Es una etapa necesaria, pero insuficiente.

Después llega un segundo momento que algunos llaman «desilusión» y que quizá sería más justo denominar realismo. Entonces aparecen las limitaciones, las manías, los defectos y las diferencias. Pero si el amor es auténtico, la persona sigue siendo valiosa más allá de sus imperfecciones. Es precisamente entonces cuando llega la verdadera decisión: continuar o abandonar.

Por eso el noviazgo tiene una fecha de caducidad. Cuando dos personas ya se conocen suficientemente, deben preguntarse si desean construir una vida en común. Si ese camino no conduce a ninguna parte, termina perdiendo su sentido.

Para ello es imprescindible hablar mucho, confiar, compartir los propios valores y comprobar si aquello que resulta esencial para uno puede ser comprendido y respetado por el otro. Cuando existen principios fundamentales incompatibles, la convivencia acaba resintiéndose.

A pesar de todo, la voluntad de permanecer juntos posee una fuerza extraordinaria para construir una vida feliz. Es importante que los hijos descubran que sus padres siguen queriéndose incluso en los momentos difíciles, cuando el cansancio, las preocupaciones o las diferencias parecen imponerse. El amor no consiste en no tener problemas, sino en aprender a afrontarlos juntos.

Con demasiada frecuencia fijamos la mirada únicamente en las crisis y olvidamos la inmensa cantidad de momentos felices compartidos con la persona que amamos. Esos recuerdos son los que sostienen el camino cuando llegan los días más duros.

Tolstói vuelve a mostrárnoslo en la relación entre Kitty y Levin. Son muy diferentes, pero precisamente esas diferencias los enriquecen mutuamente. Existe entre ellos un profundo respeto, una admiración recíproca y el firme propósito de no poner nunca en peligro aquello que los une. Comprenden que el amor no es un sentimiento que permanece intacto por sí solo, sino una obra que se construye durante toda la vida.

Querer a alguien supone siempre un riesgo. Nadie puede controlar el futuro. Pero sí puede renovar cada día una decisión sencilla y profunda: «Hoy vuelvo a elegirte. Hoy quiero seguir queriéndote. Y mañana volveré a hacerlo.»

Quizá esa sea la auténtica esencia del matrimonio: no la promesa de que nunca habrá dificultades, sino la voluntad de caminar juntos, creciendo, perdonándose y amándose hasta el final.

  LUCIA SS





















Lectura III

        

Queridos lectores:

Había dado por terminado este tema, pero después me entró el gusanillo de pensar que me había dejado algunas cosas importantes en el tintero. Como la lectura es un asunto especialmente amplio y las circunstancias de cada lector son muy variadas, voy a dirigirme, sobre todo, a ese lector que considero intermedio, que lee una media de seis libros al año. En estas líneas quiero compartir algunos criterios que, personalmente, me ayudan a la hora de elegir mis lecturas.

¿Qué busco al elegir un libro?

No me considero una experta en este tema, pero sí puedo hablar de aquello que me ha servido a lo largo de la vida y que se ha convertido en una pauta para mí.

Hay libros que nos ayudan a crecer. Es verdad que no todos marcan un antes y un después, pero todo lo que leemos deja huella. La lectura afina el alma o la embota; abre horizontes o los estrecha. Con el paso de los años, nuestra personalidad refleja tanto los libros que hemos leído como aquellos que nunca llegamos a leer.

Quien se alimenta durante años de lecturas escogidas con buen criterio adquiere una mirada más amplia sobre el mundo y sobre las personas. Aprende a comprender la complejidad de la realidad y desarrolla una sensibilidad mayor para descubrir la belleza y la grandeza que le rodean. En cierto modo, somos lo que habitualmente leemos, lo que vemos y lo que escuchamos.

Antes de elegir un libro conviene preguntarse: ¿qué busco realmente? La respuesta condicionará la elección. Quizá busque una buena novela, una obra técnica, un libro de historia, de filosofía, de antropología, una biografía, una novela histórica o, simplemente, una lectura que me entretenga.

También conviene preguntarse cuáles son nuestras prioridades. ¿Quiero disfrutar? ¿Aprender? ¿Profundizar en un tema? ¿Conocer otras culturas? ¿Descubrir autores nuevos? ¿Esponjar el alma? ¿Buscar respuestas a inquietudes personales?

Cada lector tiene sus preferencias. Para algunos será importante leer el libro más vendido; otros siguen fielmente a un autor porque les inspira confianza; otros buscan siempre las últimas novedades. Cada uno tiene sus gustos. Pero la pregunta importante sigue siendo la misma: ¿acepto cualquier lectura sin ningún criterio, o procuro elegir aquello que realmente merece la pena?

Como quien escribe soy yo, comparto el criterio que procuro seguir, no porque sea el único válido, sino porque a mí me ha ayudado y porque otros me lo enseñaron antes.

Generalmente no leo todo ni veo todo, por mucha publicidad que tenga una obra. Me gusta dejar reposar las novedades antes de acercarme a ellas. Sobre todo, no admito cualquier cosa. Busco libros que me ayuden a ser más humana, que me hagan crecer como persona, que me permitan aprender de las experiencias, de las vivencias y de los aciertos o errores de otros.

Esta elección, en ocasiones, va a contracorriente de lo que más vende. Con frecuencia triunfan el morbo, la crítica destructiva, la difamación o el sexo tratado de forma obsesiva. Sin embargo, existen libros maravillosos esperando su turno en mi lista de lectura. Algunos son novedades y otros grandes clásicos. Como el tiempo es limitado, debo elegir, y mi prioridad siempre es la misma: el contenido y aquello que puede aportarme.

Reconozco que siento cierta rebeldía a dejarme arrastrar por lo que todo el mundo hace, ve o lee. No rechazo las modas por sistema, pero tampoco acepto como argumento suficiente el simple hecho de que «todo el mundo lo hace».

Somos muy cuidadosos al elegir los alimentos que comemos; leemos los prospectos de los medicamentos; buscamos el mejor ejercicio para cuidar nuestro cuerpo... ¿Y no vamos a ser igual de exigentes con el alimento de nuestra mente y de nuestro espíritu?

Porque, vuelvo a insistir, somos, en buena medida, aquello que vemos, lo que escuchamos y lo que leemos. Nuestra personalidad, nuestro criterio y nuestro mundo interior también se alimentan de cultura.

Los autores y su contexto

Todo autor escribe condicionado, en mayor o menor medida, por un contexto histórico, cultural, social y geográfico. Conocer ese contexto nos ayuda a comprender mejor la obra y a sacar de ella un mayor provecho. Comprender la época en la que fue escrita una obra, las circunstancias del autor o la sociedad en la que vivió nos permite valorar mejor sus aportaciones y distinguir aquello que pertenece a su tiempo de lo que sigue teniendo valor universal.

Aconsejar y dejarse aconsejar

Todos podemos recomendar un buen libro y, al mismo tiempo, dejarnos aconsejar por otros.

Decíamos en un artículo anterior que un libro puede convertirse en un amigo. Y, como ocurre con las amistades, también los elegimos. No todo el mundo entra en nuestra casa; tampoco todo libro debe ocupar un lugar en nuestra biblioteca interior. Con la televisión sucede algo parecido: entró en nuestras casas sin pedir permiso, pero el mando sigue estando en nuestras manos.

Hoy existen numerosas páginas con reseñas, críticas y resúmenes que pueden orientarnos, aunque siempre conviene recordar que ninguna opinión sustituye al juicio personal del lector.

Compartir las buenas lecturas

¡Cuántas conversaciones han nacido alrededor de un libro!

Quizá ahora, con Internet y las redes sociales, esto ocurra menos en el ámbito familiar. Recuerdo cómo, entre hermanos, comentábamos lo que estábamos leyendo. Nos recomendábamos unos a otros diciendo: «Este libro te va a gustar». Incluso cuando no disponíamos de mucho tiempo, cada uno leía un libro distinto y luego contaba a los demás cómo iba la historia. Era una forma de leer varios libros a la vez y de enriquecer nuestras conversaciones.

También las tertulias literarias o una sencilla conversación alrededor de un café son ocasiones magníficas para compartir impresiones y descubrir nuevas lecturas.

Dialogar con el libro

Leer no consiste únicamente en pasar páginas. También es dialogar con el autor, con los personajes y con las ideas que aparecen en la obra.

Muchas veces terminamos poniéndonos en la piel de un personaje; aprendemos de él, le damos la razón o se la quitamos; sufrimos con sus errores y disfrutamos con sus aciertos. En definitiva, vivimos el libro.

También sucede que algunas obras vuelven a nuestras manos en distintas etapas de la vida. Al releerlas descubrimos matices que antes habían pasado desapercibidos. Son libros que nos ayudaron entonces y que siguen orientándonos años después. Eso demuestra que los buenos libros crecen con nosotros.

Resulta muy útil conservar una lista de los libros que hemos leído o de aquellos que deseamos leer. Conviene anotar una breve referencia sobre su contenido o el tema que tratan. Con el paso del tiempo esa lista se convierte en una excelente guía para releer, recomendar o recordar obras que dejaron huella.

Para terminar

Y para no cansaros, os propongo un pequeño ejercicio.

Si tenéis tiempo y ganas, haced una lista de los libros que recordéis haber leído. De muchos apenas conservaréis un vago recuerdo; de otros, una idea principal o una frase que os acompañó durante años. Sin embargo, esa lista será un pequeño tesoro personal. Os permitirá descubrir el camino recorrido como lectores y comprobar cómo cada lectura ha ido dejando una huella, unas veces profunda y otras casi imperceptible, en vuestra manera de pensar y de vivir.

No olvidemos que un buen libro nunca termina cuando cerramos sus páginas; continúa viviendo dentro de quien lo ha leído. Vuelve a nosotros en una conversación, en una decisión importante, en una dificultad o en un momento de alegría. Los mejores libros pasan a formar parte de nuestra vida y nos acompañan silenciosamente durante muchos años.

Por eso merece la pena elegir bien nuestras lecturas. Igual que cuidamos el alimento del cuerpo, cuidemos también el alimento de la inteligencia, de la sensibilidad y del corazón.

Y me atrevería a terminar con una reflexión que resume cuanto he querido compartir en estos tres artículos:

«Dime qué lees habitualmente y te diré, en gran medida, en quién te estás convirtiendo».

Porque los libros no solo llenan nuestras estanterías; poco a poco, también van construyendo nuestra forma de mirar el mundo, de comprender a las personas y de vivir la vida.           
Lucia SS              

15.3.25

Ahora Quien Drige Mi Clic: Educacion


La trepidante velocidad de la vida nos lleva a considerar como antiguas vivencias que apenas pertenecen a unas décadas atrás.

Hubo un tiempo en que se educaba también a pie de calle. Cualquier persona mayor era, para los niños de entonces, una autoridad a la que se respetaba y de la que siempre podía aprenderse algo. No era extraño que corrigiera una falta de educación o advirtiera de un peligro presente o futuro. Eran habituales las indicaciones sobre las palabras adecuadas, las correcciones en los modales, en la forma de hablar, en la educación y en la cortesía.

El otro día vi a un bebé con un teléfono móvil casi más grande que él. Lo manejaba con una sorprendente destreza, deslizando su pequeño dedo sobre la pantalla. Aquella imagen me hizo recordar una de las lecciones que más veces escuchábamos de pequeños: no señalar a nadie con el dedo.

—¡Ese dedo! ¡Que no se señala a nadie!— se oía decir una y otra vez.

Como las gotas de agua que, con paciencia, van dejando un surco en la roca, aquellas normas de educación y de buenas maneras fueron cincelando, con naturalidad y firmeza, nuestra forma de vivir y de relacionarnos con los demás.

En uno de esos gigantescos pasos que ha dado la humanidad llegamos a la era de la tecnología. Florecieron las redes sociales y, con un simple clic, podemos trasladarnos a las antípodas o recorrer el universo entero sin mover más que un dedo.

Y entonces surge la pregunta: ¿quién corrige hoy ese dedo que, desde el anonimato, puede señalar, criticar, difamar o falsear la verdad?

¿Fueron mejores los tiempos pasados? Sobre eso habría mucho que debatir. La realidad es que, con cada invento o descubrimiento, la humanidad avanza a vaivenes, oscilando siempre entre el bien y el mal.

Desde los moradores de las cuevas de Altamira hasta los habitantes de las grandes ciudades, el ser humano posee una dignidad merecedora de respeto. Ni lo moderno es bueno por definición, ni lo antiguo malo por el mero hecho de haber quedado atrás.

Nuestros abuelos aprendieron a leer y escribir con el Catón. Entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, muchos estudiantes recibieron su formación con la Enciclopedia Álvarez, que reunía materias como Historia de España, Historia Sagrada, Lengua Española, Aritmética, Geometría, Geografía, Ciencias Naturales, Formación Familiar y Social, Higiene o Formación Político-Social.

Con la EGB llegaron las fichas de trabajo y el aprendizaje en equipo. Hoy nos enfrentamos al reto de la digitalización. En muchas aulas ya es imprescindible un ordenador o una tableta para estudiar, hacer los deberes o incluso realizar un examen. Y esta transformación no ha hecho más que empezar.

Sea como fuere, en cualquier época siempre han sido necesarias la valentía y la honestidad para decir la verdad, actuar con transparencia y obrar con rectitud. Ser íntegros y comportarnos éticamente es algo que trasciende al tiempo y al progreso científico. Es una herencia moral que reclama siempre su lugar.

Y vuelvo al motivo que me impulsó a escribir este artículo. ¿Quién enseña hoy a niños y adolescentes dónde deben poner el clic?

Y no solo dónde ponerlo, sino también cuándo no hacerlo. ¿Cuántas veces reenviamos una noticia sin haberla leído por completo, sin contrastarla con otras fuentes y sin pensar en las consecuencias que puede tener para la fama, la honra o la vida de otras personas?

La tecnología es una herramienta extraordinaria. Sería deseable que aprendiéramos no solo a disfrutar de sus enormes posibilidades, sino también a utilizarla con responsabilidad. Porque el mal uso de estas herramientas puede perjudicar a otros... y también a nosotros mismos. Nadie está completamente a salvo de caer en ello.

Quizá, antes de cada clic, convendría recordar aquella sencilla enseñanza que tantas veces escuchamos en nuestra infancia: no hagas a los demás lo que no quisieras que hicieran contigo.

Para terminar, traigo a colación unas palabras atribuidas al gran matemático árabe Al-Juarismi (Al-Khwarizmi):

«Le preguntaron cuál era el valor del ser humano y respondió:

Si tiene ética, su valor es igual a 1.

Si además es inteligente, agréguele un cero y su valor será 10.

Si también es rico, súmele otro cero y será 100.

Si, por encima de todo eso, además es una buena persona, añádale otro cero y su valor será 

1.000.

Pero si pierde el 1, que representa la ética, perderá todo su valor, porque solo le quedarán los ceros.»

Porque, antes del clic, siempre debería estar la conciencia.

                                                                                                      Lucía Sanz


3.3.25

Lectura IV.

                                                                             

                                                                            

 Queridos lectores:                                      
Tengo que confesaros que este tema me está sorprendiendo. Pensé que con el artículo anterior había dicho casi todo lo que tenía que decir sobre la lectura. Sin embargo, cuanto más reflexiono sobre ella, más consciente soy de su enorme importancia. Es como un libro inagotable: cada vez que vuelves a abrirlo descubres algo nuevo.

Hay una preocupación que no consigo apartar de mi pensamiento. Muchos niños quizá nunca lleguen a descubrir el mundo maravilloso que se esconde detrás de las páginas de un libro. Y no porque no puedan hacerlo, sino porque nadie les ha enseñado el camino.

No culpo a los padres. Muchos de ellos tampoco llegaron a enamorarse de la lectura. En el colegio leyeron los libros obligatorios, algunos con gusto y otros por obligación, pero nunca adquirieron ese hábito que convierte la lectura en una necesidad. Después llegaron la televisión, los videojuegos, las tabletas... Todo es más inmediato, más fácil y exige mucho menos esfuerzo que abrir un libro.

Sin embargo, el amor por la lectura no nace cuando un niño aprende a juntar letras. Empieza mucho antes.

Comienza cuando alguien le sienta en sus rodillas para contarle un cuento. Cuando señala un dibujo y pronuncia despacio su nombre. Cuando convierte unas simples ilustraciones en una aventura. Más tarde llegan las sílabas, las palabras, las frases... Hasta que un día, casi sin darse cuenta, el niño descubre que ya sabe leer.

Pero aprender a leer no significa todavía convertirse en lector.

Ahí comienza el verdadero trabajo de quienes saben despertar la curiosidad y sembrar el amor por los libros. Y esa tarea es un auténtico arte.

Hace unos días viví una escena que me emocionó profundamente.

Viajaba en el metro. Frente a mí se sentó un padre con un niño de unos tres años. Cada uno ocupaba su asiento. El padre era muy alto y tenía que inclinarse continuamente para escuchar a su hijo; después estiraba el cuello con un gesto que delataba el esfuerzo.

El pequeño llevaba un cuento entre las manos. Era uno de esos libros con grandes ilustraciones y muy pocas palabras.

Pasaba las páginas con impaciencia hasta que encontraba un pequeño texto. Entonces sujetaba con sus dos manitas el rostro de su padre y lo dirigía hacia las letras para que se las leyera.

El padre obedecía una y otra vez.

Pero quien tenía el mejor asiento era yo.

Yo podía contemplar la cara del niño mientras escuchaba.

Nunca olvidaré aquella expresión.

Sus ojos se abrían como si acabara de descubrir un universo entero. Después permanecía largo rato observando el dibujo, completamente absorto. Tal vez solo aparecía una planta, unos animales o un paisaje cualquiera. Sin embargo, para él aquello era mucho más. Estaba construyendo una historia que únicamente existía dentro de su imaginación.

¡Cuánto habría dado por saber qué estaba viendo!

Aquella escena se repitió varias veces.

Confieso que estuve a punto de decirle al padre:

—No deje nunca de hacer esto con su hijo. Quizá algún día él no recuerde este viaje en metro, pero toda la vida llevará dentro el amor que usted está sembrando ahora.

Entonces pensé en la televisión.

Las imágenes aparecen y desaparecen con tanta rapidez que apenas dejan espacio para imaginar. Todo está hecho. Todo está explicado. No hay nada que completar.

En cambio, un libro obliga al niño a participar. Le invita a inventar los colores de un paisaje, el rostro de un personaje o el sonido de una tormenta. Su imaginación trabaja sin descanso.

Por eso me gusta ver a un niño convertir un palo en un caballo, en una espada o en una pértiga; esconder una piedra bajo la tierra y llamarla tesoro; inventar castillos donde los mayores solo vemos cuatro ramas. Esa capacidad de crear es uno de los mayores regalos de la infancia.

En el artículo anterior hablaba de cómo elijo mis lecturas. Tampoco ahora me dejo impresionar por las listas de los libros más vendidos. A veces he encontrado auténticas joyas escritas por personas desconocidas, autores que jamás alcanzaron fama, pero que tenían algo verdadero que contar.

Hace poco tuve que recomendar libros a dos de mis sobrinos, de siete y trece años.

No fue una tarea fácil.

Uno recurre inevitablemente a la memoria y recuerda aquellos libros que dejaron una huella imborrable. Después intenta averiguar qué le gusta a cada niño, qué aventuras le atraen, qué temas despiertan su curiosidad. Solo entonces puede aconsejar un libro.

Y si ese no le entusiasma, se busca otro.

Cada lector tiene su libro esperando.

Estos dos niños poseen una costumbre que me llena de esperanza: nunca se acuestan sin dedicar entre un cuarto de hora y media hora a la lectura. Gracias a ello ya han recorrido un largo camino como lectores.

Creo que los primeros libros deberían ayudar también a formar el corazón.

Cuentos, relatos y novelas donde aparezcan el bien y el mal, el sacrificio, la amistad, la generosidad, el valor o la justicia. Historias que hagan pensar, admirarse y preguntarse qué haríamos nosotros en el lugar de los protagonistas.

Sin darse cuenta, el niño va amueblando su interior.

Y aquí no puedo callarme.

Me rebelo contra esa costumbre de ofrecer a los niños una avalancha de dibujos violentos, estridentes y frenéticos. Personajes irreales que viven en un permanente estado de agresividad.

Después nos sorprende que prefieran los videojuegos o que necesiten cada vez más estímulos para entretenerse.

¿Cómo van a disfrutar de la sencillez si hemos acostumbrado sus ojos al exceso?

Todas las especies alimentan a sus crías según sus necesidades.

¿Por qué nosotros prestamos tanta atención a alimentar el cuerpo y tan poca a alimentar la sensibilidad?

Los dispositivos electrónicos pueden llegar a crear una auténtica dependencia. Más tarde aparecen el insomnio, la hiperactividad o la dificultad para concentrarse, y buscamos remedios cuando quizá el problema comenzó mucho antes.

Siempre he pensado que el mal no se vence añadiendo más mal, sino inundando la vida de bien.

Después de miles de libros leídos, sigo sintiendo la misma emoción al abrir uno nuevo. Me apasionan especialmente las novelas históricas y las que me acercan a otras culturas, porque permiten comprender otras formas de pensar y de vivir.

Podría citar muchos títulos, pero solo mencionaré algunos que siguen vivos en mi memoria:

Un saco de canicas, Matar a un ruiseñor, Cisnes salvajes, El esbirro, El diario de Ana Frank, Vientos del Este, vientos del Oeste, Mi familia y otros animales, Velando en la noche, Buena suerte, La llave de Sara, El secreto de mi madre, La estepa infinita, La sombra del olivar, La rosa de medianoche, No sin mi hija y El precio a pagar.

He querido recordar libros publicados hace ya muchos años porque temo que algunos permanezcan olvidados en las estanterías de las bibliotecas, cuando todavía tienen mucho que ofrecer.

Y termino con una costumbre personal que quizá pueda servir a otros lectores.

Me gusta tener varios libros empezados al mismo tiempo. Hay días para una novela, otros para un ensayo y otros para una lectura ligera. El estado de ánimo también necesita su propio libro.

La alfabetización nos enseña a leer las palabras.

La lectura, en cambio, enseña a leer la vida.

Porque leer pone en marcha la imaginación, la memoria, la emoción, la inteligencia, la reflexión y la intuición. Por eso quien no lee mantiene una parte de su mundo interior sin desarrollar.

Y quiero despedirme con unas palabras de Miguel de Unamuno que resumen mejor que nadie todo cuanto he intentado expresar:

«Leer, leer, leer; vivir la vida que otros soñaron.»

          LUCIA SS

11.7.24

Angeles De Pantalón Corto

                                        

                                                                                 LOS "ÁNGELES DEL COLE"

Hubiera sido un privilegio escuchar la conversación de aquellos tres amigos de cuarto de Primaria cuando, un buen día, decidieron poner en marcha, en el más absoluto secreto, un plan que los comprometía a convertirse en los «ángeles custodios» de todos los niños del colegio.

Durante las clases estarían atentos a quienes tenían dificultades con las lecciones para ayudarles, en la medida de sus posibilidades. En el recreo recorrerían el patio procurando que nadie permaneciera solo, sin jugar, aburrido o envuelto en una pelea. Ellos, los «ángeles del cole», estaban entusiasmados con aquella gran idea y se pusieron manos a la obra en cuanto tuvieron ocasión.

La ilusión propia de la infancia, unida a la fuerza de su generosidad, hizo que pronto se notara su presencia. En el patio aparecían siempre para defender al más perjudicado en una riña o intervenir en cualquier altercado, fortaleciendo, al mismo tiempo, los lazos de amistad con aquellos compañeros a quienes protegían.

Pero, del mismo modo que existen corazones nobles que buscan el bien sin egoísmo, que transmiten alegría y siembran paz con su bondad, también los hay endurecidos por la malicia.

Así ocurrió que, un día, al salir de clase y antes de despedirse, los tres amigos fueron acorralados por la pandilla de los «mandones del cole», esos que solo con su presencia infunden miedo. Les propinaron una buena paliza para amedrentarlos y conseguir que dejaran de entrometerse en sus asuntos; es decir, en sus continuos abusos y acosos sobre los niños más pequeños y vulnerables.

Los tres «ángeles» tuvieron que ser atendidos en el centro de salud más cercano. Y fue precisamente aquel incidente el que sacó a la luz el secreto que habían guardado con tanta discreción.

Esta historia real, ocurrida hace algunos años, invita a una profunda reflexión sobre el verdadero significado de la bondad.

Con frecuencia se confunde la bondad con la debilidad, cuando sucede exactamente lo contrario. Hace falta una gran fortaleza para dominar el propio carácter, controlar los impulsos y transformarlos en mansedumbre, comprensión y auténtica sensibilidad hacia las necesidades de los demás.

La bondad perfecciona a quien la practica. No tiene nada de ingenua, blandengue o afectada. Es una virtud exigente, que requiere firmeza, dominio de uno mismo y una constante disposición a hacer el bien.

En cambio, las actitudes agresivas, los malos modales, las palabras altaneras, burlescas o despectivas y el desprecio hacia los demás revelan, por encima de todo, una profunda carencia de educación, de elegancia y, en definitiva, de humanidad.

¡Qué equivocados están quienes creen engrandecerse recurriendo a esos comportamientos! Al actuar así se incapacitan para escuchar con interés, comprender al otro o tratar con amabilidad a quien busca un consejo, una ayuda o simplemente un poco de comprensión.

La bondad es una inclinación natural, pero también una cualidad que puede educarse y fortalecerse. Paciente y serena, perfecciona a quien la posee porque sabe dar y darse, transmitiendo ánimo, esperanza y entusiasmo a cuantos le rodean.

Los muchachos de aquel colegio poseían esa bondad espontánea que no pierde el tiempo buscando culpables, sino comprendiendo las circunstancias que han llevado a cada persona a su situación. Preferían descubrir lo bueno que había en los demás y actuar solidariamente.

No eran conscientes de que estaban viviendo una auténtica virtud. Hoy, por desgracia, ser virtuoso suele tener un precio. Ellos lo comprobaron en su propia piel.

Vivimos un tiempo en el que parece librarse un pulso constante entre dos fuerzas. De un lado, la exasperación, la ira, la soberbia y el egoísmo, que amenazan con arrinconar la bondad. Del otro, una multitud silenciosa de personas que siguen creyendo que el bien merece la pena.

Dar las gracias. Pedir las cosas por favor. Escuchar con atención. Pedir perdón cuando es necesario, sin convertirlo en un drama. Sonreír. Respetar al que piensa distinto. Son gestos sencillos, casi imperceptibles, pero de una importancia inmensa.

Esos pequeños actos cotidianos constituyen el otro brazo de ese pulso. Son el abono fértil del que brotará una sociedad más humana, más respetuosa y más comprometida con el bien.

Porque la bondad nunca hace ruido, pero siempre deja huella.


Lucia SS



5.6.24

La Felicidad





Hay palabras que pronunciamos con tanta frecuencia que terminamos creyendo que conocemos su verdadero significado. Felicidad es una de ellas. Todos hablamos de ella, todos la perseguimos, todos creemos reconocerla cuando aparece. Sin embargo, si alguien nos preguntara qué es exactamente, probablemente guardaríamos unos segundos de silencio antes de responder.

¿Qué es la felicidad? Yo tampoco sabría definirla. Sospecho que no existe una respuesta única. Si hiciéramos una encuesta, encontraríamos tantas definiciones como personas, porque cada vida recorre un camino distinto y cada corazón aprende a latir de una manera diferente.

Hace tiempo escuché que la mejor forma de explicar algo consiste en comenzar diciendo lo que no es. Quizá con la felicidad ocurra exactamente lo mismo.

La felicidad no es un destino al que se llega un día para quedarse. Tampoco un premio reservado a quienes acumulan éxitos, dinero o reconocimientos. Es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo.

Desde que nacemos tenemos derecho a ser felices. No debería ser un privilegio, sino una forma de vivir.

Sin embargo, casi nadie nos enseñó eso.

Nos educaron creyendo que la felicidad siempre estaba un poco más adelante. Era una recompensa que llegaría cuando alcanzáramos determinadas metas.

Desde niños fuimos escuchando frases que todos conocemos:

"Estudia y serás feliz."

"Compórtate bien y serás feliz."

"Haz deporte y serás feliz."

"Consigue un buen trabajo y serás feliz."

"Compra un coche mejor, una casa más grande, cambia de móvil, viaja más, consume más… y entonces serás feliz."

Sin darnos cuenta, aprendimos a colocar la felicidad siempre detrás de alguna condición.

Y quizá ahí comenzó el error.

Tal vez deberíamos invertir el orden.

Sé feliz y estudiarás mejor.

Sé feliz y trabajarás con ilusión.

Sé feliz y amarás con mayor generosidad.

Sé feliz y serás mejor compañero, mejor padre, mejor madre, mejor amigo.

Porque la felicidad no es la consecuencia de vivir bien; muchas veces es precisamente la causa.

Nos hemos acostumbrado a buscarla fuera de nosotros, cuando, en realidad, lleva toda la vida llamando desde dentro.

Vivimos convencidos de que el siguiente logro nos hará sentir completos. Pero cuando llega, apenas permanece unos instantes antes de que aparezca un nuevo deseo.

Es como intentar llenar un cántaro con agua mientras el fondo permanece abierto.

No significa que los bienes materiales sean malos. Al contrario. Son una bendición cuando ocupan el lugar que les corresponde. El problema comienza cuando esperamos de ellos lo que nunca podrán ofrecernos.

Si el dinero fuera sinónimo de felicidad, todos los ricos serían inmensamente felices. Y la experiencia nos demuestra que no es así.

Las cosas pueden hacernos la vida más cómoda, pero difícilmente consiguen llenar el corazón.

Con los años uno descubre que la felicidad depende mucho menos de nuestras aptitudes que de nuestra actitud.

No siempre podemos elegir lo que sucede, pero sí la manera de responder a lo que sucede.

La vida nunca deja de sorprendernos. A veces con regalos; otras, con heridas.

Pero incluso en los momentos difíciles seguimos teniendo dos posibilidades: vencer... o aprender.

Y aprender también es una forma de ganar.

Existen pequeñas actitudes que, casi sin darnos cuenta, iluminan la existencia.

La primera es la gratitud.

La persona agradecida jamás vive instalada en la queja permanente. Reconoce que nada importante se consigue completamente solo. Descubre que cada día está lleno de pequeños regalos: una conversación, una sonrisa inesperada, una mano tendida, una puesta de sol, un abrazo, la salud cuando acompaña o el cariño de quienes permanecen.

Quizá por eso nuestros mayores repetían aquel refrán que nunca pierde actualidad:

«Es de bien nacidos ser agradecidos».

La segunda actitud es saber pedir perdón.

Pocas palabras poseen tanta fuerza como un sencillo «perdóname» pronunciado a tiempo.

Todos nos equivocamos. Todos herimos alguna vez sin querer. Todos dejamos escapar palabras que jamás debieron salir de nuestros labios.

El orgullo levanta muros.

El perdón construye puentes.

Cuántas familias habrían evitado años de distancia si alguien hubiera tenido el valor de decir: «Me equivoqué.»

Y cuántos corazones vivirían hoy más ligeros si aprendieran también a perdonar.

La tercera actitud consiste en pedir ayuda.

Durante demasiado tiempo hemos confundido la fortaleza con la autosuficiencia.

Pero nadie puede recorrer solo todos los caminos.

Necesitamos consejos, abrazos, compañía, silencios compartidos y personas que sostengan nuestra esperanza cuando las fuerzas flaquean.

Somos seres creados para encontrarnos unos con otros, no para vivir aislados detrás de una pantalla.

Hace algún tiempo leí unas palabras atribuidas a Carla Bruni que me hicieron reflexionar profundamente. Decía que, después de cierta edad, la belleza deja de depender del cuerpo para convertirse en un estado del espíritu. Lo que realmente ilumina el rostro ya no son los rasgos físicos, sino la bondad, la serenidad, la elegancia interior, la sensibilidad y la manera de afrontar la vida.

Creo que existe una gran verdad en esa reflexión.

Con los años comprendemos que la belleza más hermosa no se contempla: se percibe.

Está en quien sabe escuchar.

En quien sonríe con sinceridad.

En quien inspira paz.

En quien ama sin hacer ruido.

En quien ha aprendido a vivir con el corazón limpio.

Al final, la felicidad quizá no sea otra cosa que esa luz discreta que nace cuando aprendemos a reconciliarnos con nosotros mismos, a valorar lo esencial y a comprender que vivir ya es, por sí solo, un regalo extraordinario.

No esperes a tener más para empezar a ser feliz.

No esperes a que desaparezcan todos los problemas.

No esperes al momento perfecto, porque probablemente nunca llegará.

Empieza hoy.

Da las gracias.

Abraza a quienes amas.

Perdona.

Pide ayuda cuando la necesites.

Y recuerda siempre que la felicidad no suele hacer ruido.

Llega despacio.

Se sienta a nuestro lado.

Y permanece únicamente en aquellos corazones que han aprendido a abrirle la puerta.

Hoy, simplemente, no olvides ser feliz.    

                                 LUCIA SS










   

3.10.23

El Valor Oculto Del Amor





Hay mucha gente buena en el mundo, más de la que podemos imaginar. A diario se cruza en nuestro camino, pasando inadvertida, pero sus vidas son fecundas: generan bien, entregan amor y, la mayoría de las veces, la sonrisa y el buen humor son sus señas de identidad.

Podrían compararse al aire limpio, a la hierba fresca o a esas pequeñas plantas de tallo tierno que, en silencio, cubren grandes superficies.

El tiempo corre veloz.

Sin embargo, me gustaría recordar la conmoción que causó la noticia del accidente sufrido por un grupo de jóvenes que, recién terminado el curso, decidieron dar lo mejor de sí mismas en un proyecto solidario en Costa de Marfil.

Mientras amigos y compañeros preparaban sus hamacas y chancletas para pasar el verano tumbados al sol, treinta jóvenes estudiantes emprendían un viaje de cuatro mil kilómetros para dirigirse a una zona del África occidental, lejos de la comodidad de sus hogares, donde realizarían labores de voluntariado y solidaridad.

Allí las esperaban con los brazos abiertos para recibir apoyo en su formación y ayuda en tareas sanitarias y educativas; todo ello impregnado del cariño, la generosidad y esa alegría desbordante propia de los corazones jóvenes.

Pero el destino quiso otra cosa.

Un fortuito accidente frustró aquellos magnánimos deseos. La noticia saltó rápidamente a los informativos y, a través de la prensa, se conoció todo lo que, durante años, habían realizado desde este proyecto de apoyo a África.

De no haber ocurrido el lamentable suceso, su labor habría permanecido ignorada y oculta para la mayor parte del mundo.

Estas jóvenes, como la hierba fresca que crece callada, llevaban con su presencia, su trabajo y su buen hacer una ráfaga de esperanza y cercanía a los más necesitados.

No se sentían heroínas ni titanes, porque cuando es el amor el que impulsa a hacer las cosas no hay medida ni cálculos mezquinos.


Así vivía Teresa Cardona, la única fallecida en el accidente, una de las responsables e impulsoras de este gran proyecto social en África. Mujer de sonrisa abierta y corazón generoso, había hecho de esa entrega una forma cotidiana de vivir. Era profesora de un colegio de Barcelona.

A veces juzgamos demasiado deprisa.

Nos parece que los tiempos están revueltos, que la juventud anda confundida, desorientada y sin ideales. Sin embargo, esas afirmaciones no hacen justicia a la valentía y a la generosidad que siguen demostrando tantos jóvenes de hoy.

Además, la experiencia enseña que, por poco que demos y ayudemos, siempre recibimos mucho más: lecciones de gratitud, de alegría, de fortaleza y de generosidad. Casi podría decirse, con un punto de egoísmo, que recibimos multiplicado cada pequeño gesto de lo que ofrecemos.

Pasa el tiempo, surgen otras noticias y nuestra atención se dispersa entre la avalancha de información que cada día nos llega.

Pero, mientras tanto, el bien continúa abriéndose camino en silencio, sin hacer ruido, como esas pequeñas plantas que crecen sin que nadie repare en ellas y, poco a poco, cubren la tierra de vida.

Y es entonces cuando volvemos a descubrir que la verdadera felicidad, la que llena de sentido la vida, nace cuando vivimos con el corazón abierto a los demás.

la felicidad que llena la vida, se encuentra cuando se vive en disposición de continua apertura a los demás.

      Lucia SS











16.6.23

La Posverdad Y Las Fake News

 


En el artículo anterior reflexionaba sobre la verdad. Hoy quiero detenerme en su cara opuesta: la posverdad y las llamadas fake news. En realidad, ambas forman parte de un mismo problema, aunque merecen ser analizadas por separado.

No soy periodista ni experto en comunicación. Seguramente cualquiera de vosotros podría explicar estos conceptos con mayor rigor académico que yo. Sin embargo, hay algo que me impulsa a escribir sobre ellos: la inquietud que me produce comprobar hasta qué punto las nuevas tecnologías, los medios de comunicación y las redes sociales, siendo herramientas extraordinarias, también pueden convertirse en instrumentos de manipulación.

Vivimos en un mundo fascinante. Nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información ni a tantos medios para comunicarnos. Todo está al alcance de un clic y todo evoluciona a una velocidad vertiginosa. Yo mismo reconozco que muchas veces camino varios pasos por detrás de ese progreso. Pero precisamente por eso intento observarlo con espíritu crítico.

Las fake news, o noticias falsas, no son un fenómeno completamente nuevo. La mentira ha acompañado siempre a la humanidad. Lo que sí es nuevo es la velocidad con la que una falsedad puede recorrer el planeta y el enorme impacto que puede llegar a tener antes de que aparezca la verdad.

Más preocupante aún es la llamada posverdad. No consiste únicamente en mentir. Va mucho más allá. Es un modo de construir relatos donde los hechos importan menos que las emociones que despiertan. Una afirmación termina pareciendo cierta no porque haya sido demostrada, sino porque coincide con nuestras ideas, nuestros prejuicios o nuestros deseos.

Cuando eso ocurre, la frontera entre la verdad y la mentira comienza a difuminarse. Dejamos de preguntarnos si algo es cierto para preguntarnos únicamente si nos gusta creerlo. Y ese es un terreno muy peligroso.

Los medios de comunicación son uno de los pilares de cualquier democracia. Pero una prensa libre necesita también un compromiso firme con la verdad. Cuando ese compromiso se debilita, se resienten la política, la economía y, en definitiva, la confianza entre los ciudadanos.

Me preocupa comprobar cómo, en muchas ocasiones, opinamos con rotundidad sobre asuntos que apenas conocemos. Creemos estar informados porque hemos leído un titular, visto un vídeo de unos segundos o un mensaje en una red social. Confundimos información con inmediatez y conocimiento con acumulación de datos.


Hace tiempo leí una frase que resume muy bien esta realidad:

«Nos creemos informados porque lo hemos leído en un tuit. Creemos que es verdad porque lo han dicho en la televisión. Y pensamos que tenemos criterio propio cuando solo escuchamos a quien dice aquello que queremos oír.»

Quizá esa sea una de las grandes trampas de nuestro tiempo: vivir rodeados de información y, sin embargo, dedicar cada vez menos esfuerzo a contrastarla.

Tampoco deja de inquietarme el inmenso rastro digital que vamos dejando sin apenas ser conscientes. Cada búsqueda, cada compra, cada "me gusta", cada página visitada... todo queda registrado. Esos datos tienen un valor enorme porque permiten conocer nuestros hábitos, nuestras preferencias e incluso anticipar nuestras decisiones. En muchas ocasiones, lo que parece un servicio gratuito termina convirtiéndonos en el producto.

La publicidad personalizada, las campañas de influencia o determinados mensajes políticos utilizan precisamente ese conocimiento para llegar de forma mucho más eficaz a nuestras emociones.

Y ahí vuelve a aparecer la posverdad.

No importa tanto convencer mediante argumentos como despertar sentimientos. No importa tanto demostrar como emocionar. No importa tanto la realidad como el relato.

Por eso algunos discursos prometen exactamente lo que el ciudadano desea escuchar, aunque quien los pronuncia sepa de antemano que nunca podrá o querrá cumplirlo. La emoción sustituye a la razón y la ilusión desplaza al análisis.

Existe una conocida frase atribuida al mundo del cine que siempre me hace reflexionar:


«Haz creer a la gente que ha pensado y te querrá; haz que piense de verdad y quizá te odie.»

No sé si será completamente cierta, pero encierra una advertencia importante: pensar exige esfuerzo. Creer, en cambio, resulta mucho más cómodo.

A pesar de todo, sigo creyendo en las personas. No podemos vivir desconfiando de todo y de todos. La confianza es uno de los pilares de la convivencia. Precisamente por eso duele tanto cuando alguien la utiliza para manipularnos.

Quien miente de manera deliberada suele pensar que los demás son ingenuos. Yo prefiero creer que, cuando confiamos, no estamos demostrando ingenuidad, sino algo mucho más noble: la voluntad de seguir creyendo en la honestidad de las personas.

Y quizá sea esa confianza, acompañada siempre de un sano espíritu crítico, la mejor defensa que tenemos frente a la mentira

Lucia SS

















Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...