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1.12.25

Lectura 1

     




NUESTRO MAPA DEL MUNDO

¿Qué leer?

Cuando la humanidad comenzó a poner por escrito las enseñanzas de sus sabios, los códigos que recogían las costumbres y las leyes, así como los relatos de los acontecimientos con los que se había forjado cada pueblo… nació la lectura.

Hasta entonces, la cultura —ese verdadero cultivo del alma— solo podía transmitirse de viva voz. Lo que hombres y mujeres lograban conservar en la memoria pasaba de generación en generación como un valioso mapa del mundo, como una antorcha encendida en medio de la oscuridad.

Escuchar sigue siendo hoy fundamental en nuestra vida. Es el primer camino por el que accedemos al lenguaje; le da forma a nuestro pensamiento mientras vivimos y, sobre todo, hace posible el diálogo, una de las fibras esenciales del tejido mismo de la existencia.

Pero, para que el diálogo merezca la pena, es necesario tener algo que decir. Y esa riqueza interior no surge por casualidad: se alimenta de la lectura, de la reflexión personal, de la apertura a la sociedad, del encuentro con otras ideas y otras experiencias.

La lectura ocupa hoy un lugar irreemplazable en la cultura. La memoria de la humanidad se conserva, en gran medida, en la palabra escrita: libros, cartas, ensayos, poemas y relatos que esperan el encuentro con un lector dispuesto a dialogar con ellos.

Cada libro abre una ventana distinta. Algunos nos enseñan, otros nos emocionan; unos nos hacen pensar y otros nos ayudan a comprender mejor a las personas y el mundo que nos rodea. Todos, de una u otra forma, dejan una huella en quien los lee con el corazón abierto.

Prometo continuar escribiendo un poquito más sobre este tema en próximas publicaciones. Aunque no pueda considerarme un auténtico ratón de biblioteca, sí valoro profundamente un buen libro y todo lo que puede aportar a nuestra vida. Leer nos hace más libres, más críticos y, sobre todo, más humanos.

LUCÍA S.









  

4.11.25

Lectura II

                                    

Continúo con mi pequeña aportación sobre la lectura.

Hoy me gustaría centrar la atención en los siguientes puntos:

  • Prestar atención.

  • El hábito de leer.

  • Criterio para elegir un libro.

Prestar atención

Escuchar y leer son hábitos indispensables para ensanchar nuestro horizonte, ya de por sí limitado, al menos en mi caso. Ambos exigen la capacidad de prestar atención.

Los medios de comunicación, las redes sociales y los teléfonos móviles se disputan nuestra atención como si fuera su capital más preciado. Es fácil que esta abundancia de reclamos termine fragmentándola. Sucede como cuando uno se siente constantemente interrumpido: aquello que beneficia a los gigantes de la comunicación quizá nos empobrece a nosotros, pues ese continuo volcarse hacia fuera puede dejarnos sin un verdadero «hacia dentro».

Prestar atención no consiste únicamente en hacer un esfuerzo puntual para retener datos. Es dejarse sorprender por la realidad, por las personas y por las situaciones, permitiendo que permanezcan vivas dentro de nosotros.

Quien lee y escucha profundiza en la experiencia de lo que vive gracias a un proceso de interiorización. Aprende a recogerse, a habitar dentro de sí mismo y a leer tanto en las situaciones como en las personas.

Sin embargo, incluso para alguien como yo, con una cultura media, la aceleración de la vida entraña el riesgo de dejar de leer. Arrastrados por los múltiples frentes que reclaman nuestra atención, muchas veces no encontramos ese momento de calma para sentarnos con un libro entre las manos.

El hábito de leer

Pedagogos y especialistas en educación señalan que resulta difícil adquirir el hábito de la lectura cuando no se ha cultivado desde la infancia. También coinciden en que existe una gran diferencia entre quienes leen habitualmente y quienes no lo hacen.

Quizá haya influido la aparición de formas de entretenimiento más inmediatas. No me refiero al uso de los videojuegos, sino a su abuso. No pretendo demonizarlos, pero sí pienso que necesitan cierto control. Cuando ocupan demasiado espacio pueden reducir la imaginación, empobrecer el mundo interior y hacer depender de estímulos constantes. A veces también disminuyen la sensibilidad, el control del tiempo y la capacidad de concentración.

Guardo un recuerdo muy hermoso de mi infancia. Eran aquellos momentos en los que mi madre nos reunía para leernos. Lo hacía con una entonación admirable, con una capacidad de transmitir que jamás he vuelto a encontrar a lo largo de mi vida. Quizá elegía muy bien lo que quería enseñarnos, pero sobre todo conocía profundamente al pequeño público que tenía delante. Permanecíamos embobados, con los ojos clavados en ella.

Era alguien insustituible. No solo la queríamos con toda nuestra alma, sino que la admirábamos casi como si fuera un ser perfecto para nosotros.

Con el paso de los años he pensado muchas veces qué era aquello que tanto nos fascinaba. Y, en realidad, no había nada extraordinario. Muchas veces era simplemente la Biblia para niños. Mi madre era una cristiana ejemplar, que enseñaba sobre todo con su vida. Nos transmitió valores, amor, responsabilidad y una gran libertad.

Otras veces nos leía fábulas con sus enseñanzas; otras, libros sobre la naturaleza, la geografía, la belleza o pequeñas historias del mundo. Lo único que sé es que poseía un extraordinario don para educar, sin haber cursado estudios superiores. Muchas materias que he necesitado estudiar siendo adulta ya me las había sembrado ella durante mi infancia.

Quizá por eso, cuando veo que hoy, debido al ritmo de vida, muchas madres apenas tienen tiempo para responder a las preguntas de sus hijos, siento cierta tristeza. A menudo los duermen con un móvil en la mano, en lugar de hacerlo con un cuento, una conversación o aquella sencilla oración del «Jesusito de mi vida» que tantas generaciones aprendimos.

Pienso que, sin darse cuenta, se están perdiendo uno de los momentos más tiernos y decisivos en la educación y en el cariño de sus hijos.

Perdonad este pequeño paréntesis personal. Me he desviado del tema principal, pero también sirve para romper el tono más técnico de lo anterior. Hablábamos precisamente de cómo nace el hábito de la lectura. En el caso de los niños, siempre debe existir alguien que les descubra ese placer: un padre, una madre, un abuelo, un profesor, un familiar o un buen amigo.

Las tecnologías digitales facilitan llevar siempre un libro consigo. También los audiolibros son una magnífica opción cuando no disponemos de otro momento para leer. Yo misma recurro a ellos con frecuencia, aprovechando trayectos o mientras realizo tareas domésticas, porque muchas veces es el único tiempo del que dispongo.

Sin embargo, para mí, el libro en papel sigue teniendo un encanto especial. Se parece a un vino de reserva: necesita reposo. Cuando cierras el libro, él también se detiene contigo. Puedes volver atrás, releer una frase, meditarla o simplemente dejar que repose en tu interior. En cambio, el audiolibro continúa si no lo pausas, y eso dificulta un poco más la concentración y la reflexión.

Criterio para elegir un libro

Cada año se editan miles de libros. Internet nos permite adquirir muchos de ellos a precios muy asequibles e incluso descargarlos gratuitamente. Ante tanta oferta y con un tiempo necesariamente limitado surge una pregunta inevitable: ¿qué leo?

Existe una larga tradición de libros que, además de entretener, educan. Otros simplemente ofrecen evasión, y también tienen su lugar.

A mí me resulta útil tener varios libros empezados al mismo tiempo. Según cómo me encuentre —relajada, cansada, preocupada o de vacaciones— uno u otro responde mejor al momento que estoy viviendo.

A la hora de elegir conviene tener presente que muchas grandes empresas controlan importantes grupos editoriales. Es lógico que den prioridad a las publicaciones de su propio sello, relegando otras obras quizá de mayor calidad editadas por empresas más pequeñas.

Por eso no debemos conceder un valor excesivo a las listas de los más vendidos. Lo más vendido no siempre es lo mejor.

Con su fina ironía, Charles Dickens escribió:

«¡Hay libros de los cuales el lomo y la cubierta son, con mucho, lo mejor!»

Querer estar siempre a la última puede hacernos pasar por alto libros más inteligentes, más divertidos, más profundos o más creativos.

Al igual que hacemos zapping con las películas, también podemos hacerlo con los libros. No todos son para todos los lectores, y no pasa nada por abandonar uno que no logra atraparnos para comenzar otro que sí lo haga.

El lector no firma ningún contrato con el autor. Conviene darle una oportunidad, leer con paciencia y confiar en que la obra termine conquistándonos. Pero, si después de un tiempo no sucede, no hay por qué sentirse culpable al dejarla y buscar otra lectura.

Toda una vida no bastaría para leer todos los grandes clásicos. Entre ellos podríamos citar a Aristóteles, Cicerón, Dostoievski o Chesterton.

Con el tiempo también se aprende a elegir los libros, igual que se aprende a elegir las amistades.

Porque un buen libro se parece mucho a un buen amigo: conversa con nosotros sin imponerse, nos acompaña con discreción y, cuando hace falta, nos aconseja e incluso nos corrige en silencio.

"Leer no consiste únicamente en pasar páginas, sino en dejar que algunas de ellas nos cambien por dentro. En el próximo capítulo hablaremos precisamente de esa lectura que transforma la vida."

 

Lucia SS



2.11.25

Lectura III

        

Queridos lectores:

Había dado por terminado este tema, pero después me entró el gusanillo de pensar que me había dejado algunas cosas importantes en el tintero. Como la lectura es un asunto especialmente amplio y las circunstancias de cada lector son muy variadas, voy a dirigirme, sobre todo, a ese lector que considero intermedio, que lee una media de seis libros al año. En estas líneas quiero compartir algunos criterios que, personalmente, me ayudan a la hora de elegir mis lecturas.

¿Qué busco al elegir un libro?

No me considero una experta en este tema, pero sí puedo hablar de aquello que me ha servido a lo largo de la vida y que se ha convertido en una pauta para mí.

Hay libros que nos ayudan a crecer. Es verdad que no todos marcan un antes y un después, pero todo lo que leemos deja huella. La lectura afina el alma o la embota; abre horizontes o los estrecha. Con el paso de los años, nuestra personalidad refleja tanto los libros que hemos leído como aquellos que nunca llegamos a leer.

Quien se alimenta durante años de lecturas escogidas con buen criterio adquiere una mirada más amplia sobre el mundo y sobre las personas. Aprende a comprender la complejidad de la realidad y desarrolla una sensibilidad mayor para descubrir la belleza y la grandeza que le rodean. En cierto modo, somos lo que habitualmente leemos, lo que vemos y lo que escuchamos.

Antes de elegir un libro conviene preguntarse: ¿qué busco realmente? La respuesta condicionará la elección. Quizá busque una buena novela, una obra técnica, un libro de historia, de filosofía, de antropología, una biografía, una novela histórica o, simplemente, una lectura que me entretenga.

También conviene preguntarse cuáles son nuestras prioridades. ¿Quiero disfrutar? ¿Aprender? ¿Profundizar en un tema? ¿Conocer otras culturas? ¿Descubrir autores nuevos? ¿Esponjar el alma? ¿Buscar respuestas a inquietudes personales?

Cada lector tiene sus preferencias. Para algunos será importante leer el libro más vendido; otros siguen fielmente a un autor porque les inspira confianza; otros buscan siempre las últimas novedades. Cada uno tiene sus gustos. Pero la pregunta importante sigue siendo la misma: ¿acepto cualquier lectura sin ningún criterio, o procuro elegir aquello que realmente merece la pena?

Como quien escribe soy yo, comparto el criterio que procuro seguir, no porque sea el único válido, sino porque a mí me ha ayudado y porque otros me lo enseñaron antes.

Generalmente no leo todo ni veo todo, por mucha publicidad que tenga una obra. Me gusta dejar reposar las novedades antes de acercarme a ellas. Sobre todo, no admito cualquier cosa. Busco libros que me ayuden a ser más humana, que me hagan crecer como persona, que me permitan aprender de las experiencias, de las vivencias y de los aciertos o errores de otros.

Esta elección, en ocasiones, va a contracorriente de lo que más vende. Con frecuencia triunfan el morbo, la crítica destructiva, la difamación o el sexo tratado de forma obsesiva. Sin embargo, existen libros maravillosos esperando su turno en mi lista de lectura. Algunos son novedades y otros grandes clásicos. Como el tiempo es limitado, debo elegir, y mi prioridad siempre es la misma: el contenido y aquello que puede aportarme.

Reconozco que siento cierta rebeldía a dejarme arrastrar por lo que todo el mundo hace, ve o lee. No rechazo las modas por sistema, pero tampoco acepto como argumento suficiente el simple hecho de que «todo el mundo lo hace».

Somos muy cuidadosos al elegir los alimentos que comemos; leemos los prospectos de los medicamentos; buscamos el mejor ejercicio para cuidar nuestro cuerpo... ¿Y no vamos a ser igual de exigentes con el alimento de nuestra mente y de nuestro espíritu?

Porque, vuelvo a insistir, somos, en buena medida, aquello que vemos, lo que escuchamos y lo que leemos. Nuestra personalidad, nuestro criterio y nuestro mundo interior también se alimentan de cultura.

Los autores y su contexto

Todo autor escribe condicionado, en mayor o menor medida, por un contexto histórico, cultural, social y geográfico. Conocer ese contexto nos ayuda a comprender mejor la obra y a sacar de ella un mayor provecho. Comprender la época en la que fue escrita una obra, las circunstancias del autor o la sociedad en la que vivió nos permite valorar mejor sus aportaciones y distinguir aquello que pertenece a su tiempo de lo que sigue teniendo valor universal.

Aconsejar y dejarse aconsejar

Todos podemos recomendar un buen libro y, al mismo tiempo, dejarnos aconsejar por otros.

Decíamos en un artículo anterior que un libro puede convertirse en un amigo. Y, como ocurre con las amistades, también los elegimos. No todo el mundo entra en nuestra casa; tampoco todo libro debe ocupar un lugar en nuestra biblioteca interior. Con la televisión sucede algo parecido: entró en nuestras casas sin pedir permiso, pero el mando sigue estando en nuestras manos.

Hoy existen numerosas páginas con reseñas, críticas y resúmenes que pueden orientarnos, aunque siempre conviene recordar que ninguna opinión sustituye al juicio personal del lector.

Compartir las buenas lecturas

¡Cuántas conversaciones han nacido alrededor de un libro!

Quizá ahora, con Internet y las redes sociales, esto ocurra menos en el ámbito familiar. Recuerdo cómo, entre hermanos, comentábamos lo que estábamos leyendo. Nos recomendábamos unos a otros diciendo: «Este libro te va a gustar». Incluso cuando no disponíamos de mucho tiempo, cada uno leía un libro distinto y luego contaba a los demás cómo iba la historia. Era una forma de leer varios libros a la vez y de enriquecer nuestras conversaciones.

También las tertulias literarias o una sencilla conversación alrededor de un café son ocasiones magníficas para compartir impresiones y descubrir nuevas lecturas.

Dialogar con el libro

Leer no consiste únicamente en pasar páginas. También es dialogar con el autor, con los personajes y con las ideas que aparecen en la obra.

Muchas veces terminamos poniéndonos en la piel de un personaje; aprendemos de él, le damos la razón o se la quitamos; sufrimos con sus errores y disfrutamos con sus aciertos. En definitiva, vivimos el libro.

También sucede que algunas obras vuelven a nuestras manos en distintas etapas de la vida. Al releerlas descubrimos matices que antes habían pasado desapercibidos. Son libros que nos ayudaron entonces y que siguen orientándonos años después. Eso demuestra que los buenos libros crecen con nosotros.

Resulta muy útil conservar una lista de los libros que hemos leído o de aquellos que deseamos leer. Conviene anotar una breve referencia sobre su contenido o el tema que tratan. Con el paso del tiempo esa lista se convierte en una excelente guía para releer, recomendar o recordar obras que dejaron huella.

Para terminar

Y para no cansaros, os propongo un pequeño ejercicio.

Si tenéis tiempo y ganas, haced una lista de los libros que recordéis haber leído. De muchos apenas conservaréis un vago recuerdo; de otros, una idea principal o una frase que os acompañó durante años. Sin embargo, esa lista será un pequeño tesoro personal. Os permitirá descubrir el camino recorrido como lectores y comprobar cómo cada lectura ha ido dejando una huella, unas veces profunda y otras casi imperceptible, en vuestra manera de pensar y de vivir.

No olvidemos que un buen libro nunca termina cuando cerramos sus páginas; continúa viviendo dentro de quien lo ha leído. Vuelve a nosotros en una conversación, en una decisión importante, en una dificultad o en un momento de alegría. Los mejores libros pasan a formar parte de nuestra vida y nos acompañan silenciosamente durante muchos años.

Por eso merece la pena elegir bien nuestras lecturas. Igual que cuidamos el alimento del cuerpo, cuidemos también el alimento de la inteligencia, de la sensibilidad y del corazón.

Y me atrevería a terminar con una reflexión que resume cuanto he querido compartir en estos tres artículos:

«Dime qué lees habitualmente y te diré, en gran medida, en quién te estás convirtiendo».

Porque los libros no solo llenan nuestras estanterías; poco a poco, también van construyendo nuestra forma de mirar el mundo, de comprender a las personas y de vivir la vida.           
Lucia SS              

3.3.25

Lectura IV.

                                                                             

                                                                            

 Queridos lectores:                                      
Tengo que confesaros que este tema me está sorprendiendo. Pensé que con el artículo anterior había dicho casi todo lo que tenía que decir sobre la lectura. Sin embargo, cuanto más reflexiono sobre ella, más consciente soy de su enorme importancia. Es como un libro inagotable: cada vez que vuelves a abrirlo descubres algo nuevo.

Hay una preocupación que no consigo apartar de mi pensamiento. Muchos niños quizá nunca lleguen a descubrir el mundo maravilloso que se esconde detrás de las páginas de un libro. Y no porque no puedan hacerlo, sino porque nadie les ha enseñado el camino.

No culpo a los padres. Muchos de ellos tampoco llegaron a enamorarse de la lectura. En el colegio leyeron los libros obligatorios, algunos con gusto y otros por obligación, pero nunca adquirieron ese hábito que convierte la lectura en una necesidad. Después llegaron la televisión, los videojuegos, las tabletas... Todo es más inmediato, más fácil y exige mucho menos esfuerzo que abrir un libro.

Sin embargo, el amor por la lectura no nace cuando un niño aprende a juntar letras. Empieza mucho antes.

Comienza cuando alguien le sienta en sus rodillas para contarle un cuento. Cuando señala un dibujo y pronuncia despacio su nombre. Cuando convierte unas simples ilustraciones en una aventura. Más tarde llegan las sílabas, las palabras, las frases... Hasta que un día, casi sin darse cuenta, el niño descubre que ya sabe leer.

Pero aprender a leer no significa todavía convertirse en lector.

Ahí comienza el verdadero trabajo de quienes saben despertar la curiosidad y sembrar el amor por los libros. Y esa tarea es un auténtico arte.

Hace unos días viví una escena que me emocionó profundamente.

Viajaba en el metro. Frente a mí se sentó un padre con un niño de unos tres años. Cada uno ocupaba su asiento. El padre era muy alto y tenía que inclinarse continuamente para escuchar a su hijo; después estiraba el cuello con un gesto que delataba el esfuerzo.

El pequeño llevaba un cuento entre las manos. Era uno de esos libros con grandes ilustraciones y muy pocas palabras.

Pasaba las páginas con impaciencia hasta que encontraba un pequeño texto. Entonces sujetaba con sus dos manitas el rostro de su padre y lo dirigía hacia las letras para que se las leyera.

El padre obedecía una y otra vez.

Pero quien tenía el mejor asiento era yo.

Yo podía contemplar la cara del niño mientras escuchaba.

Nunca olvidaré aquella expresión.

Sus ojos se abrían como si acabara de descubrir un universo entero. Después permanecía largo rato observando el dibujo, completamente absorto. Tal vez solo aparecía una planta, unos animales o un paisaje cualquiera. Sin embargo, para él aquello era mucho más. Estaba construyendo una historia que únicamente existía dentro de su imaginación.

¡Cuánto habría dado por saber qué estaba viendo!

Aquella escena se repitió varias veces.

Confieso que estuve a punto de decirle al padre:

—No deje nunca de hacer esto con su hijo. Quizá algún día él no recuerde este viaje en metro, pero toda la vida llevará dentro el amor que usted está sembrando ahora.

Entonces pensé en la televisión.

Las imágenes aparecen y desaparecen con tanta rapidez que apenas dejan espacio para imaginar. Todo está hecho. Todo está explicado. No hay nada que completar.

En cambio, un libro obliga al niño a participar. Le invita a inventar los colores de un paisaje, el rostro de un personaje o el sonido de una tormenta. Su imaginación trabaja sin descanso.

Por eso me gusta ver a un niño convertir un palo en un caballo, en una espada o en una pértiga; esconder una piedra bajo la tierra y llamarla tesoro; inventar castillos donde los mayores solo vemos cuatro ramas. Esa capacidad de crear es uno de los mayores regalos de la infancia.

En el artículo anterior hablaba de cómo elijo mis lecturas. Tampoco ahora me dejo impresionar por las listas de los libros más vendidos. A veces he encontrado auténticas joyas escritas por personas desconocidas, autores que jamás alcanzaron fama, pero que tenían algo verdadero que contar.

Hace poco tuve que recomendar libros a dos de mis sobrinos, de siete y trece años.

No fue una tarea fácil.

Uno recurre inevitablemente a la memoria y recuerda aquellos libros que dejaron una huella imborrable. Después intenta averiguar qué le gusta a cada niño, qué aventuras le atraen, qué temas despiertan su curiosidad. Solo entonces puede aconsejar un libro.

Y si ese no le entusiasma, se busca otro.

Cada lector tiene su libro esperando.

Estos dos niños poseen una costumbre que me llena de esperanza: nunca se acuestan sin dedicar entre un cuarto de hora y media hora a la lectura. Gracias a ello ya han recorrido un largo camino como lectores.

Creo que los primeros libros deberían ayudar también a formar el corazón.

Cuentos, relatos y novelas donde aparezcan el bien y el mal, el sacrificio, la amistad, la generosidad, el valor o la justicia. Historias que hagan pensar, admirarse y preguntarse qué haríamos nosotros en el lugar de los protagonistas.

Sin darse cuenta, el niño va amueblando su interior.

Y aquí no puedo callarme.

Me rebelo contra esa costumbre de ofrecer a los niños una avalancha de dibujos violentos, estridentes y frenéticos. Personajes irreales que viven en un permanente estado de agresividad.

Después nos sorprende que prefieran los videojuegos o que necesiten cada vez más estímulos para entretenerse.

¿Cómo van a disfrutar de la sencillez si hemos acostumbrado sus ojos al exceso?

Todas las especies alimentan a sus crías según sus necesidades.

¿Por qué nosotros prestamos tanta atención a alimentar el cuerpo y tan poca a alimentar la sensibilidad?

Los dispositivos electrónicos pueden llegar a crear una auténtica dependencia. Más tarde aparecen el insomnio, la hiperactividad o la dificultad para concentrarse, y buscamos remedios cuando quizá el problema comenzó mucho antes.

Siempre he pensado que el mal no se vence añadiendo más mal, sino inundando la vida de bien.

Después de miles de libros leídos, sigo sintiendo la misma emoción al abrir uno nuevo. Me apasionan especialmente las novelas históricas y las que me acercan a otras culturas, porque permiten comprender otras formas de pensar y de vivir.

Podría citar muchos títulos, pero solo mencionaré algunos que siguen vivos en mi memoria:

Un saco de canicas, Matar a un ruiseñor, Cisnes salvajes, El esbirro, El diario de Ana Frank, Vientos del Este, vientos del Oeste, Mi familia y otros animales, Velando en la noche, Buena suerte, La llave de Sara, El secreto de mi madre, La estepa infinita, La sombra del olivar, La rosa de medianoche, No sin mi hija y El precio a pagar.

He querido recordar libros publicados hace ya muchos años porque temo que algunos permanezcan olvidados en las estanterías de las bibliotecas, cuando todavía tienen mucho que ofrecer.

Y termino con una costumbre personal que quizá pueda servir a otros lectores.

Me gusta tener varios libros empezados al mismo tiempo. Hay días para una novela, otros para un ensayo y otros para una lectura ligera. El estado de ánimo también necesita su propio libro.

La alfabetización nos enseña a leer las palabras.

La lectura, en cambio, enseña a leer la vida.

Porque leer pone en marcha la imaginación, la memoria, la emoción, la inteligencia, la reflexión y la intuición. Por eso quien no lee mantiene una parte de su mundo interior sin desarrollar.

Y quiero despedirme con unas palabras de Miguel de Unamuno que resumen mejor que nadie todo cuanto he intentado expresar:

«Leer, leer, leer; vivir la vida que otros soñaron.»

          LUCIA SS

23.8.24

La A mistad

Bienvenido/a a Escalando Horizontes. En este espacio comparto experiencias, reflexiones y aprendizajes, con la esperanza de que puedan inspirar, acompañar o ser de utilidad a otras personas. Gracias por estar aquí y por compartir este camino conmigo.

        


     
  LA AMISTAD (ALGUNA ENSEÑANZA DE LA MANO DE LA BIBLIA)

1️⃣ 📖 Cita bíblica; Marcos 2,3-5 – El paralítico y sus amigos

“Llegaron a él trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo donde estaba; y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. Y viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.”

👉 Enseñanza “La amistad verdadera no se limita a palabras: carga, insiste y no abandona. Cuando uno no puede caminar, el amigo camina por él. “La amistad se demuestra con hechos concretos; acompañar al otro en sus dificultades es un acto de amor.”

2️⃣ 📖 Lucas 10,33-35 – El buen samaritano

“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídale; y todo lo que gastares de más, yo te lo pagaré cuando vuelva.”

👉 Enseñanza “El amigo es quien se detiene cuando otros pasan de largo. La amistad nace del cuidado gratuito y del compromiso con el dolor del otro. “La verdadera amistad se construye con cercanía y servicio desinteresado.”

3️⃣ 📖 Éxodo 17,12 – Moisés sostenido por Aarón y Jur

“Y las manos de Moisés se cansaban; por lo que tomaron una piedra y la pusieron debajo de él, y se sentó sobre ella; y Aarón y Hur sostenían sus manos, el uno de un lado y el otro de otro; así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol.”

👉 Enseñanza “Hay amistades silenciosas que no brillan, pero sostienen. El amigo fiel permanece cuando el cansancio vence. “El valor de un amigo muchas veces se nota en su presencia silenciosa y constante.”

4️⃣ 📖 Hechos 16,25 – Pablo y Silas en la cárcel

“Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían.”

👉 Enseñanza “La amistad auténtica no desaparece en la prueba. Compartir la oscuridad transforma el sufrimiento en esperanza. “La amistad verdadera permanece incluso en las circunstancias más difíciles.”

5️⃣ 📖 Lucas 24,15-16 – Jesús y los discípulos de Emaús

“Y aconteció que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos. Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen.” 👉 Enseñanza “El verdadero amigo camina al ritmo del otro. Escucha, acompaña y espera el momento justo para hablar. “La amistad requiere paciencia y acompañamiento, sin imponer ni apresurar.”

6️⃣ 📖 Rut 1,16-17 – Rut y Noemí

“Respondió Rut: No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.” 👉 Enseñanza “La amistad fiel no se abandona cuando la vida se oscurece. Elegir quedarse es una de las mayores formas de amar. “El compromiso y la fidelidad son pilares de una amistad verdadera.”

7️⃣ 📖 1 Samuel 20,42 – David y Jonatán

“Y Jonatán dijo a David: Vete en paz, porque ambos hemos jurado por el nombre del Señor, diciendo: El Señor esté entre tú y yo, entre tu descendencia y mi descendencia, para siempre.” 👉 Enseñanza “La amistad verdadera busca el bien del otro, incluso cuando cuesta perder. El amigo no compite: “Proteger y alegrarse por el bien del amigo es una manifestación del amor sincero.”

8️⃣ 📖 Proverbios 17,17 – La amistad constante

“En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia.”

👉 Enseñanza “La amistad verdadera no depende de las circunstancias. Un amigo auténtico permanece a tu lado tanto en los buenos como en los malos momentos. “El amor de un amigo fiel se reconoce en la constancia y en el apoyo cuando más se necesita.”

9️⃣ 📖 Proverbios 27,17 – La amistad que fortalece

“Hierro con hierro se afila; y el hombre se afila con el rostro de su amigo.”

👉 Enseñanza “Los amigos nos ayudan a crecer y mejorar. La verdadera amistad nos desafía a ser mejores personas, sin lastimarnos, sino con honestidad y cuidado. “Un amigo fiel no solo acompaña, sino que inspira y fortalece nuestra vida diaria.”

10️⃣ 📖 Proverbios 27,9 – La dulzura de un amigo

“El perfume y el incienso alegran el corazón; y la dulzura de un amigo es más que los consejos sinceros.” 👉 Enseñanza “La amistad se percibe en los gestos de afecto, cuidado y palabra amable. No todo es utilidad o consejo; a veces basta la cercanía sincera.”

“El amigo que alegra el corazón aporta bienestar y alegría, tan valioso como cualquier consejo práctico

CONCLUSION PENSAR CADA UNA COMO SERIA LA MIRADA DE JESUS.

·       Con su madre que siempre estuvo a su lado

·        Al Joven rico, que quiere seguirle le atrae, pero no quiere renunciar a sus riquezas

·       A zaqueo, un hombre que al encontrase con Su mirada cambia radicalmente su vida y rectifica su actitud para con los demás

·       A la Magdalena la pecadora, donde otros condenan El perdona

·       Al paralitico, le pregunta con cariño. Pero quiere que tenga fe

·       A los apóstoles rudos, poca cosa etc. Os escojo como instrumentos etc.

●       A mí me ayuda repetir “Jesús que yo vea con tus ojos Jesús de mío, Jesús de mi alma


Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...