
Queridos lectores:
Tengo que confesaros que este tema me está sorprendiendo. Pensé que con el artículo anterior había dicho casi todo lo que tenía que decir sobre la lectura. Sin embargo, cuanto más reflexiono sobre ella, más consciente soy de su enorme importancia. Es como un libro inagotable: cada vez que vuelves a abrirlo descubres algo nuevo.
Hay una preocupación que no consigo apartar de mi pensamiento. Muchos niños quizá nunca lleguen a descubrir el mundo maravilloso que se esconde detrás de las páginas de un libro. Y no porque no puedan hacerlo, sino porque nadie les ha enseñado el camino.
No culpo a los padres. Muchos de ellos tampoco llegaron a enamorarse de la lectura. En el colegio leyeron los libros obligatorios, algunos con gusto y otros por obligación, pero nunca adquirieron ese hábito que convierte la lectura en una necesidad. Después llegaron la televisión, los videojuegos, las tabletas... Todo es más inmediato, más fácil y exige mucho menos esfuerzo que abrir un libro.
Sin embargo, el amor por la lectura no nace cuando un niño aprende a juntar letras. Empieza mucho antes.
Comienza cuando alguien le sienta en sus rodillas para contarle un cuento. Cuando señala un dibujo y pronuncia despacio su nombre. Cuando convierte unas simples ilustraciones en una aventura. Más tarde llegan las sílabas, las palabras, las frases... Hasta que un día, casi sin darse cuenta, el niño descubre que ya sabe leer.
Pero aprender a leer no significa todavía convertirse en lector.
Ahí comienza el verdadero trabajo de quienes saben despertar la curiosidad y sembrar el amor por los libros. Y esa tarea es un auténtico arte.
Hace unos días viví una escena que me emocionó profundamente.
Viajaba en el metro. Frente a mí se sentó un padre con un niño de unos tres años. Cada uno ocupaba su asiento. El padre era muy alto y tenía que inclinarse continuamente para escuchar a su hijo; después estiraba el cuello con un gesto que delataba el esfuerzo.
El pequeño llevaba un cuento entre las manos. Era uno de esos libros con grandes ilustraciones y muy pocas palabras.
Pasaba las páginas con impaciencia hasta que encontraba un pequeño texto. Entonces sujetaba con sus dos manitas el rostro de su padre y lo dirigía hacia las letras para que se las leyera.
El padre obedecía una y otra vez.
Pero quien tenía el mejor asiento era yo.
Yo podía contemplar la cara del niño mientras escuchaba.
Nunca olvidaré aquella expresión.
Sus ojos se abrían como si acabara de descubrir un universo entero. Después permanecía largo rato observando el dibujo, completamente absorto. Tal vez solo aparecía una planta, unos animales o un paisaje cualquiera. Sin embargo, para él aquello era mucho más. Estaba construyendo una historia que únicamente existía dentro de su imaginación.
¡Cuánto habría dado por saber qué estaba viendo!
Aquella escena se repitió varias veces.
Confieso que estuve a punto de decirle al padre:
—No deje nunca de hacer esto con su hijo. Quizá algún día él no recuerde este viaje en metro, pero toda la vida llevará dentro el amor que usted está sembrando ahora.
Entonces pensé en la televisión.
Las imágenes aparecen y desaparecen con tanta rapidez que apenas dejan espacio para imaginar. Todo está hecho. Todo está explicado. No hay nada que completar.
En cambio, un libro obliga al niño a participar. Le invita a inventar los colores de un paisaje, el rostro de un personaje o el sonido de una tormenta. Su imaginación trabaja sin descanso.
Por eso me gusta ver a un niño convertir un palo en un caballo, en una espada o en una pértiga; esconder una piedra bajo la tierra y llamarla tesoro; inventar castillos donde los mayores solo vemos cuatro ramas. Esa capacidad de crear es uno de los mayores regalos de la infancia.
En el artículo anterior hablaba de cómo elijo mis lecturas. Tampoco ahora me dejo impresionar por las listas de los libros más vendidos. A veces he encontrado auténticas joyas escritas por personas desconocidas, autores que jamás alcanzaron fama, pero que tenían algo verdadero que contar.
Hace poco tuve que recomendar libros a dos de mis sobrinos, de siete y trece años.
No fue una tarea fácil.
Uno recurre inevitablemente a la memoria y recuerda aquellos libros que dejaron una huella imborrable. Después intenta averiguar qué le gusta a cada niño, qué aventuras le atraen, qué temas despiertan su curiosidad. Solo entonces puede aconsejar un libro.
Y si ese no le entusiasma, se busca otro.
Cada lector tiene su libro esperando.
Estos dos niños poseen una costumbre que me llena de esperanza: nunca se acuestan sin dedicar entre un cuarto de hora y media hora a la lectura. Gracias a ello ya han recorrido un largo camino como lectores.
Creo que los primeros libros deberían ayudar también a formar el corazón.
Cuentos, relatos y novelas donde aparezcan el bien y el mal, el sacrificio, la amistad, la generosidad, el valor o la justicia. Historias que hagan pensar, admirarse y preguntarse qué haríamos nosotros en el lugar de los protagonistas.
Sin darse cuenta, el niño va amueblando su interior.
Y aquí no puedo callarme.
Me rebelo contra esa costumbre de ofrecer a los niños una avalancha de dibujos violentos, estridentes y frenéticos. Personajes irreales que viven en un permanente estado de agresividad.
Después nos sorprende que prefieran los videojuegos o que necesiten cada vez más estímulos para entretenerse.
¿Cómo van a disfrutar de la sencillez si hemos acostumbrado sus ojos al exceso?
Todas las especies alimentan a sus crías según sus necesidades.
¿Por qué nosotros prestamos tanta atención a alimentar el cuerpo y tan poca a alimentar la sensibilidad?
Los dispositivos electrónicos pueden llegar a crear una auténtica dependencia. Más tarde aparecen el insomnio, la hiperactividad o la dificultad para concentrarse, y buscamos remedios cuando quizá el problema comenzó mucho antes.
Siempre he pensado que el mal no se vence añadiendo más mal, sino inundando la vida de bien.
Después de miles de libros leídos, sigo sintiendo la misma emoción al abrir uno nuevo. Me apasionan especialmente las novelas históricas y las que me acercan a otras culturas, porque permiten comprender otras formas de pensar y de vivir.
Podría citar muchos títulos, pero solo mencionaré algunos que siguen vivos en mi memoria:
Un saco de canicas, Matar a un ruiseñor, Cisnes salvajes, El esbirro, El diario de Ana Frank, Vientos del Este, vientos del Oeste, Mi familia y otros animales, Velando en la noche, Buena suerte, La llave de Sara, El secreto de mi madre, La estepa infinita, La sombra del olivar, La rosa de medianoche, No sin mi hija y El precio a pagar.
He querido recordar libros publicados hace ya muchos años porque temo que algunos permanezcan olvidados en las estanterías de las bibliotecas, cuando todavía tienen mucho que ofrecer.
Y termino con una costumbre personal que quizá pueda servir a otros lectores.
Me gusta tener varios libros empezados al mismo tiempo. Hay días para una novela, otros para un ensayo y otros para una lectura ligera. El estado de ánimo también necesita su propio libro.
La alfabetización nos enseña a leer las palabras.
La lectura, en cambio, enseña a leer la vida.
Porque leer pone en marcha la imaginación, la memoria, la emoción, la inteligencia, la reflexión y la intuición. Por eso quien no lee mantiene una parte de su mundo interior sin desarrollar.
Y quiero despedirme con unas palabras de Miguel de Unamuno que resumen mejor que nadie todo cuanto he intentado expresar:
«Leer, leer, leer; vivir la vida que otros soñaron.»
LUCIA SS