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24.3.24

En Torno A La Vida (Micro Relatos)






SIEMPRE HAS ESTADO A MI LADO

Desde mi concepción, Tú ya estabas a mi lado.

Podría haber muerto antes incluso de nacer. Mi madre sufrió un accidente durante el embarazo y el miedo la invadió de repente. No temía tanto por ella como por la pequeña vida que llevaba en su seno.

Cuando los médicos le dijeron que ambos estábamos bien, respiró aliviada. Poco antes había descubierto que no latía un solo corazón dentro de ella, sino dos. Aquella noticia la había llenado de emoción y también de incertidumbre.

Sin embargo, nunca dejó que el miedo ocupara el lugar de la confianza.

Como tantas madres generosas, no pensó en dos bocas más que alimentar, ni en dos cuerpos que vestir, ni en las innumerables necesidades que traería una familia más numerosa. Levantó la mirada hacia el cielo y, con la naturalidad de quien habla con un amigo de toda la vida, Te dijo:

—Esta vez tendrán que venir con dos panes debajo del brazo.

Y Te dio gracias porque los tres seguíamos con vida.

Con el paso de los años, en las reuniones familiares, volvían una y otra vez los recuerdos de la infancia. Entre risas, alguien terminaba preguntándole:

—¿Cómo podíais sacar adelante una familia tan grande viviendo solo del campo?

Ella sonreía.

Sabía muy bien que trabajar la tierra era vivir mirando al cielo. Se araba, se sembraba, se abonaba... y bastaba una tormenta de granizo para perder en unos minutos el esfuerzo de todo un año.

Sin embargo, nunca insistía en las penurias. No hablaba de las noches sin dormir, ni de las estrecheces económicas, ni de los sacrificios silenciosos que solo conocen los padres. Prefería detenerse en las bendiciones.

Recuerdo escucharle decir que, curiosamente, el año en que nacía un hijo solía llegar acompañado de una cosecha mejor o de alguna sorpresa inesperada. Los pocos animales que tenían criaban más de lo habitual; incluso una vaca llegó a parir dos terneros. Eran pequeños detalles que otros habrían atribuido a la casualidad, pero ella los recibía como una caricia de la Providencia.


Con inteligencia, trabajo y una extraordinaria capacidad para administrar lo poco, conseguía multiplicarlo todo. Nunca sobró nada, pero jamás faltó lo necesario.

Con los años he comprendido que, cuando uno vive convencido de que Dios camina a su lado, las dificultades no desaparecen, pero dejan de ser muros infranqueables. La confianza abre caminos donde antes solo parecía haber obstáculos.

Quizá por eso las personas más sencillas suelen descubrir antes Su presencia. Dios no acostumbra a levantar la voz. Habla en el silencio, actúa sin hacer ruido y ayuda de puntillas, sin reclamar reconocimiento.

Muchas veces nos apropiamos de los dones que hemos recibido, como si fueran únicamente fruto de nuestro esfuerzo. En cambio, cuando llega el sufrimiento, protestamos enseguida:

—¿Por qué a mí?

Con el tiempo he aprendido que existe una pregunta mucho más fecunda:

—¿Para qué?

Los diamantes no nacen brillando. Antes han soportado una enorme presión, han sido golpeados y cuidadosamente pulidos hasta reflejar la luz.

Quizá ocurra lo mismo con las personas.

Por eso, cuando miro hacia atrás y recuerdo aquel accidente que pudo cambiar mi historia antes de empezar, ya no me pregunto por qué seguí con vida.

La única pregunta que permanece en mi corazón es esta:


Señor, ¿para qué me dejaste con vida?


SOY ESPECIAL

Cuando mis padres supieron que iban a tener un hijo, desbordaban de alegría. Nunca quisieron conocer mi sexo antes de nacer. Querían que aquel momento fuera una sorpresa.

Todo transcurrió como sucede en la mayoría de los embarazos.

Llegó el día en que, por fin, nos conoceríamos. Mi madre ingresó en el hospital para traerme al mundo. Fueron horas de dolores, de espera y de esperanza. Y, como me daba mucha pena que sufriera tanto, decidí nacer.

Como a todos los recién nacidos, me llevaron para los cuidados inmediatos. Pasaban los minutos y mis padres preguntaban por mí. Se extrañaban de que tardaran tanto en llevarme al regazo de mi madre y a los brazos de mi padre. La inquietud comenzó a apoderarse de ellos.

—¿Le habrá pasado algo?

Esperaban ansiosos conocer a su pequeñín.

Las enfermeras dudaban antes de entregarme.

Cuando, por fin, mis padres me vieron, se derrumbaron. Sintieron dolor, angustia, miedo. No encontraban consuelo. No podían comprender lo que estaba ocurriendo. Por un instante, no supieron qué hacer conmigo.

Después de un largo rato, abrazados y llorando, hicieron silencio en su corazón y rezaron.

Entonces Dios les susurró:

—Lo que estáis viendo es solo el sobre de una carta. El sobre acaba desechándose; lo importante es la carta. Leedla despacio y descubriréis el inmenso regalo que habéis recibido.

Desde aquel instante, nunca más dejaron de abrazarme entre sus dos corazones.

Perdonad..., todavía no os he contado qué tenía de especial.

Nací con un cromosoma más.

Muchos creen que esa es nuestra única diferencia. Pero se equivocan. Somos especiales por muchísimas más cosas, aunque demasiadas veces no nos dejan demostrarlas... porque ni siquiera nos permiten nacer.

Tenemos un don para ganarnos el cariño de quienes nos rodean. Somos capaces de reunir a toda la familia, de arrancar sonrisas cuando parecen imposibles y de regalar un amor inmenso, sin condiciones.

A mí me llaman "rompecorazones". No sé muy bien qué significa, pero debe de ser algo bonito, porque siempre me lo dicen con una sonrisa llena de ternura.

Hubo un momento en que mis padres no sabían qué hacer conmigo.

Hoy sé que no sabrían qué hacer sin mí.

HE VUELTO A NACER

Era uno de esos días en los que la lluvia invitaba a quedarse en casa. Aunque a ninguno nos apetecía salir, teníamos pendiente una reunión entre amigos para celebrar distintos acontecimientos. Vencimos la pereza y, por fin, nos reunimos.

Yo regresé a casa a una hora prudente. Me esperaban mis obligaciones familiares y, además, necesitaba recuperar algo de sueño, así que me acosté temprano. Los demás decidieron prolongar la velada.

Ya entrada la noche recibí un mensaje que me dejó helado:

«He vuelto a nacer.»

Al regresar a casa, con la carretera empapada y algunas zonas comenzando a helarse, el coche de este amigo derrapó. Dio dos vueltas completas sobre sí mismo antes de acabar en la cuneta.

Horas después pudo contar lo sucedido. Me confesó que había visto la muerte muy de cerca. El coche quedó destrozado, pero él sobrevivió milagrosamente.

Me dijo que, en apenas unos segundos, toda su vida pasó por delante de sus ojos. Y añadió una frase que no he podido olvidar:

—Había cosas que no me gustaron nada.

Pensó que, si hubiera muerto en aquel instante, habría dejado demasiados asuntos importantes sin resolver. Mientras el coche giraba sin control, solo pudo rezar y pedir a Dios un poco más de tiempo.

Tiempo para dedicárselo a su familia.

Tiempo para jugar con su pequeño, para no perderse ninguna etapa de su infancia, para estar presente en su crecimiento.

Y, sobre todo, tiempo para abrazar a su mujer y decirle cuánto la quería; decirle que estaba por encima de todo, aunque hacía demasiado tiempo que no se lo expresaba.

Aquel accidente le hizo comprender que la vida no estaba en sus manos, como tantas veces había creído. Descubrió, de la manera más dura, que la muerte no siempre llama a la puerta de los demás.

Vivimos viendo cómo otros parten y, casi sin darnos cuenta, pensamos que esa desgracia siempre les ocurre a otros. Nos sentimos, inconscientemente, inmunes.

Pero basta un segundo para descubrir que nosotros tampoco somos dueños del mañana.

Entonces recordó un mensaje de WhatsApp que alguien había compartido en el grupo unos días antes:

«Relájate. Dios existe... pero no eres tú.»

Nunca una frase tan sencilla había encerrado una verdad tan profunda.

A veces necesitamos rozar el abismo para comprender que cada día es un regalo, que el amor no puede aplazarse y que las palabras importantes no deberían esperar a mañana. Porque el mañana, sencillamente, no nos pertenece.

                                                               Lucia SS






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  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...