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11.7.24

Angeles De Pantalón Corto

                                        

                                                                                 LOS "ÁNGELES DEL COLE"

Hubiera sido un privilegio escuchar la conversación de aquellos tres amigos de cuarto de Primaria cuando, un buen día, decidieron poner en marcha, en el más absoluto secreto, un plan que los comprometía a convertirse en los «ángeles custodios» de todos los niños del colegio.

Durante las clases estarían atentos a quienes tenían dificultades con las lecciones para ayudarles, en la medida de sus posibilidades. En el recreo recorrerían el patio procurando que nadie permaneciera solo, sin jugar, aburrido o envuelto en una pelea. Ellos, los «ángeles del cole», estaban entusiasmados con aquella gran idea y se pusieron manos a la obra en cuanto tuvieron ocasión.

La ilusión propia de la infancia, unida a la fuerza de su generosidad, hizo que pronto se notara su presencia. En el patio aparecían siempre para defender al más perjudicado en una riña o intervenir en cualquier altercado, fortaleciendo, al mismo tiempo, los lazos de amistad con aquellos compañeros a quienes protegían.

Pero, del mismo modo que existen corazones nobles que buscan el bien sin egoísmo, que transmiten alegría y siembran paz con su bondad, también los hay endurecidos por la malicia.

Así ocurrió que, un día, al salir de clase y antes de despedirse, los tres amigos fueron acorralados por la pandilla de los «mandones del cole», esos que solo con su presencia infunden miedo. Les propinaron una buena paliza para amedrentarlos y conseguir que dejaran de entrometerse en sus asuntos; es decir, en sus continuos abusos y acosos sobre los niños más pequeños y vulnerables.

Los tres «ángeles» tuvieron que ser atendidos en el centro de salud más cercano. Y fue precisamente aquel incidente el que sacó a la luz el secreto que habían guardado con tanta discreción.

Esta historia real, ocurrida hace algunos años, invita a una profunda reflexión sobre el verdadero significado de la bondad.

Con frecuencia se confunde la bondad con la debilidad, cuando sucede exactamente lo contrario. Hace falta una gran fortaleza para dominar el propio carácter, controlar los impulsos y transformarlos en mansedumbre, comprensión y auténtica sensibilidad hacia las necesidades de los demás.

La bondad perfecciona a quien la practica. No tiene nada de ingenua, blandengue o afectada. Es una virtud exigente, que requiere firmeza, dominio de uno mismo y una constante disposición a hacer el bien.

En cambio, las actitudes agresivas, los malos modales, las palabras altaneras, burlescas o despectivas y el desprecio hacia los demás revelan, por encima de todo, una profunda carencia de educación, de elegancia y, en definitiva, de humanidad.

¡Qué equivocados están quienes creen engrandecerse recurriendo a esos comportamientos! Al actuar así se incapacitan para escuchar con interés, comprender al otro o tratar con amabilidad a quien busca un consejo, una ayuda o simplemente un poco de comprensión.

La bondad es una inclinación natural, pero también una cualidad que puede educarse y fortalecerse. Paciente y serena, perfecciona a quien la posee porque sabe dar y darse, transmitiendo ánimo, esperanza y entusiasmo a cuantos le rodean.

Los muchachos de aquel colegio poseían esa bondad espontánea que no pierde el tiempo buscando culpables, sino comprendiendo las circunstancias que han llevado a cada persona a su situación. Preferían descubrir lo bueno que había en los demás y actuar solidariamente.

No eran conscientes de que estaban viviendo una auténtica virtud. Hoy, por desgracia, ser virtuoso suele tener un precio. Ellos lo comprobaron en su propia piel.

Vivimos un tiempo en el que parece librarse un pulso constante entre dos fuerzas. De un lado, la exasperación, la ira, la soberbia y el egoísmo, que amenazan con arrinconar la bondad. Del otro, una multitud silenciosa de personas que siguen creyendo que el bien merece la pena.

Dar las gracias. Pedir las cosas por favor. Escuchar con atención. Pedir perdón cuando es necesario, sin convertirlo en un drama. Sonreír. Respetar al que piensa distinto. Son gestos sencillos, casi imperceptibles, pero de una importancia inmensa.

Esos pequeños actos cotidianos constituyen el otro brazo de ese pulso. Son el abono fértil del que brotará una sociedad más humana, más respetuosa y más comprometida con el bien.

Porque la bondad nunca hace ruido, pero siempre deja huella.


Lucia SS



27.1.24

Peregrino IV (Articulo recuerdo a Eusebio)



                                              


Como el trayecto de Madrid a Pamplona es largo, hay tiempo para todo. Cuando el interés por el alma™
de Juan decayó, a nadie le interesó seguir elucubrando sobre temas así de transcendentales, de modo que nuestro querido Juan se concentró en sus pensamientos y volvió a soñar, pero esta vez sin dormir, un sueño de hombre soñador. Y esto era lo que le circulaba por las neuronas de su cerebro. Lo transcribo tal cual. Tendréis que perdonarle que esta vez se ponga transcendental o filosófico o tierno y sentimental. Pero él es así: “Poco sabemos sobre cómo alcanzar la verdad, pero sí sabemos cómo caminar de un lugar a otro, por más arduo que sea el viaje. Esa es mi única aspiración en este viaje: caminar de un lugar a otro, no parar, porque parar es morir. Mi vida es como la de un pájaro parecido a la golondrina, que se llama vencejo y que tiene las patitas tan cortas que si se posa en el suelo no puede remontar el vuelo y muere. El vencejo se pasa la vida en un eterno viaje. Como yo, sólo que él va por el cielo y yo por el suelo; pero los dos condenados a un eterno peregrinaje. El se pasa la vida viajando por el cielo y no puede posarse, porque es volar o morir. Hasta aparearse lo hace volando. Si no vuela no podrá comer, ni respirar, porque él vive del aire y del alimento que el aire le proporciona, que son básicamente los mosquitos. Su boca abierta succiona aire y alimento y no podrá dejar de volar. Y sólo se posará en un risco o tejado alto para cumplir con su obligación de anidar y prolongar la especie, y eso sucede una vez al año. Pondrá sus huevos, alimentará a sus crías durante dos meses y tarea cumplida. Luego otra vez al cielo, a viajar alejado del suelo. Yo tampoco podré pararme en cualquier albergue del camino, porque esté cansado o me duelan los pies o el alma. Si quiero la meta, he de seguir caminando y no parar.
Parar sería el final de mi camino sin haber llegado a nada. Así que a caminar Juan, a ver qué nos encontramos. En el camino está la verdad, la vida. En la parada no hay nada, amigo mío. No tienes ya ninguna razón para detenerte. Tú, al igual que el vencejo, ya has anidado, ya has criado a tus hijos, has cumplido con el deber de ir perpetuando la especie. Ahora el camino es tu vida.” Y con estos pensamientos revoltosos y confusos cociéndose en su cerebro se fueron acercando a la estación. El tren se paró y Juan se levantó del asiento. Todos los del compartimento se fueron despidiendo y le desearon felices sueños, silenciosos o compartidos y Feliz Camino. Todos fueron comprensivos con él, porque los viejos se duermen en cualquier parte y hay que ser educados y respetarles el merecido descanso. Y cada uno se fue por su lado hasta nunca más ver, pero se llevaron un agradable recuerdo de aquel viejo soñador. Juan se sentó en un banco de la estación y mientras esperaba al autobús que le iba a llevar a Saint Jean Pied de Port, no pudo por menos de recordar a la persona que le había contado la vida de estos increíbles pájaros que se pasan el 80 por ciento de su vida en el aire. Esta persona le contó cómo ella recogía a algunos vencejos que caían al suelo y les ayudaba para salvarles de la muerte. Y es que los pobres tienen un grave problema cuando caen al suelo, sobre todo las crías. Mientras están en el nido la madre los alimenta y les hace engordar hasta que pesan incluso más que ella misma. Pero a los dos meses tienen que saltar del nido y nunca más volverán a él. Tendrán que buscarse la vida por sí mismos en otra parte del planeta, porque el nido ya no será su casa y su madre les soltará definitivamente de su protección. La madre si volverá año tras año al mismo nido con una precisión de GPS y allí criará otros polluelos. Algunas veces


estas crías no aciertan con el aleteo correcto o no están suficientemente fuertes y caen al suelo y ya sabemos que caer al suelo significa la muerte. Esta persona con ternura los recogía y alimentaba un tiempo hasta que estaban suficientemente fuertes para ´volver emprender una vida en Dios sabe que latitudes de la tierra. Juan me encargó encarecidamente a mí , su portavoz, que le diera las gracias a esa persona en su nombre. Me dijo que fue gloria bendita oir el relato de su boca y que siempre se la imaginará teniendo en su mano una cría de vencejo y alimentándolo tiernamente, para darle una oportunidad de vivir y divisar la tierra casi entera desde las alturas, ya que son aves migratorias y realizan gigantescos viajes, buscando los mejores climas del globo terráqueo Me dijo que ella le había inspirado este episodio de su Camino y que a ella le dedicaba estos pensamientos que me ha dejado para que se los transmita a ustedes, mis pacientes y sufridos lectores. Y este día se despidió diciéndome: “Amigo escribano, ten en gran
aprecio a una persona así, porque no se encuentran muchas de éstas en el mundo y quien encuentra a una de ellas encuentra un tesoro Una persona que acuna y mima así a un pobre pájaro ha de tener un alma muy especial”. Y prosiguió: “No os voy a revelar su nombre, porque no sé si a ella le gustaría. Sólo os diré que, mientras me contaba esta tierna historia de los vencejos, su rostro lucía con una luz especial. Si un día, en vuestro peregrinaje os encontráis con ella, la reconoceréis fácilmente, porque os contará historias entrañables y su rostro resplandecerá otra vez, mientras el corazón se le seguirá saliendo por la boca”.




19.2.23

Jesús Y El Niño Leproso


                          


Al acercarse la Navidad recordé una historia que, en una ocasión, me conmovió profundamente, tanto por su contenido como por quien la narró: un prestigioso cuentacuentos.

Durante mucho tiempo desconocí quién era su autor. No recuerdo que el narrador lo mencionara y me costó mucho encontrarlo, pues ni siquiera conocía el título. Después de consultar diversas fuentes descubrí que pertenece a Alejandro Casona, autor de la Generación del 27. El relato se titula El solitario.

La versión que sigue no es una transcripción literal. He recortado algunos pasajes y modificado otros, aunque he procurado ser fiel a su esencia y a su contenido. Espero que el autor me disculpe. Comienzo.

Era una noche de diciembre, pero no una noche como las demás. El viento helado hacía temblar los olivos de Belén; la nieve cubría las praderas y los carámbanos colgaban de los tejados de las chozas. Y, sin embargo, se comprendía que aquella no era una noche cualquiera. En su blancura silenciosa había una íntima tensión, un jadeo de músicas nunca oídas, un latir de raíces que anunciaban un milagro inmenso y dulcísimo.

El viento, en lugar de aullar, susurraba algo urgente y sigiloso, como una consigna ante la que las ramas se abrían asombradas para dejarle paso. Las ovejas, recogidas en el redil, temblaban por primera vez no de miedo, sino de emoción. Hasta la misma nieve parecía sentir la necesidad de exhalar un cálido aliento de vida. Era como si la noche entera, conteniendo la respiración, se preparase para un acontecimiento grandioso.

Tan distinta era aquella noche que el cielo mismo quiso honrarla con una estrella nueva. Los pastores, buenos conocedores del firmamento, comprendieron que aquella estrella viajera venía de Oriente, de las tierras morenas del camello y de las especias, donde los reyes celebraban bodas y nacimientos ofreciéndose mutuamente oro, incienso y mirra.

¿Qué mensaje traería aquel lucero errante? ¿Un cataclismo? ¿Un milagro?

De pronto, en los aires resonó un coro de ángeles. Los pastores se miraron estremecidos. Al escuchar trompetas no esperaban nada bueno. Tal vez se anunciaba algo terrible que no fueran capaces de soportar, o algo tan grande que no pudieran comprender. Pero cuando oyeron las sencillas palabras de la Anunciación, sus corazones se llenaron de paz.

Solo iba a nacer un niño pobre.

Se arrodillaron y entonaron un aleluya de gozoso alivio, porque aquella noticia, tan sencilla y tan inmensa a la vez, cabía entera en su corazón.

En un humilde establo de barro y paja, semejante a un nido de golondrinas, dormía el recién nacido entre la mula y el buey. María lo acunaba y le cantaba melodías pausadas que llenaban de ternura los largos silencios de la noche. José se afanaba en adecentar el refugio: fabricaba una cuna, alimentaba el fuego para que no pasaran frío, velaba por su seguridad y ajustaba los goznes del portón.

De repente, la puerta se abrió violentamente y entraron un hombre y una mujer llevando en brazos a un niño. El hombre lucía una larga barba y un cuchillo cruzado al cinturón de soga. José y María se sobresaltaron, recordando las historias de los salteadores que acechaban los caminos.

—No temáis —dijo el desconocido—. Nunca hice otro mal que el necesario para defender nuestra vida. Solo os pido refugio y un poco de calor para mi mujer y mi hijo. Los soldados nos persiguen y, allí donde llegamos, todas las puertas se cierran.

—Acércate —dijo María a la mujer—. Tus ropas están heladas. Dame a tu hijo para que duerma un poco sobre mi regazo.

Y le tendió los brazos.

Pero la madre retrocedió con un grito.

—¡No! Solo yo puedo tocarlo. El tuyo es hermoso y está sano. Guarda para él las caricias de tus manos.

María la contempló sin comprender. La vio llorar en silencio mientras besaba una y otra vez la carne de su hijo, intentando calentarla como hace una vaca con su ternero recién nacido. Entonces fijó la vista en el pequeño y comprendió.

—¡José! —exclamó con espanto—. ¡Lepra!

—No tengáis miedo —repitió el hombre del cuchillo—. No acercaremos nuestro hijo al vuestro. Ya estamos acostumbrados a vivir al borde de los caminos, a no pisar los molinos ni las viñas, a pedir el pan desde lejos y a no dirigir la palabra a nadie si no es con la boca contra el viento. Pero la noche está helada y el pequeño no podría resistirla. Solo pedimos un poco de fuego y un rincón en esta cuadra.

Las entrañas de María se conmovieron. Tranquilizó a José con una mirada, dejó a su Niño en el pesebre, protegido por el aliento de la mula y el buey, y tomó resueltamente al niño enfermo entre sus brazos. Lo acomodó sobre el hueco aún tibio de sus rodillas, donde momentos antes había dormido Jesús. Después lo estrechó contra su pecho y continuó cantándole en voz baja.

Al amanecer, los pastores llegaron apresurados al establo entre flautas, tambores y villancicos. Querían adorar al recién nacido y ofrecerle cuanto poseían. Traían corderillos sobre los hombros, un perro fiel que guardaba la entrada, quesos, pan y, sobre todo, el inmenso regalo de un corazón lleno de cariño.

Fue entonces cuando la familia acogida descubrió el milagro.

Su hijo estaba completamente limpio. Todas las huellas del mal blanco habían desaparecido. El niño leproso reía feliz, con el cuerpo sano. Solo permanecía en su hombro derecho una pequeña marca de plata, blanca como una flor de lis.

Pasaron treinta y tres años.

Palestina vivía envuelta en continuas rebeliones contra la Roma imperial. Muchos hombres eran conducidos al suplicio de la cruz, unas veces acusados de falsos profetas, otras de ladrones o de delitos inventados. Entre ellos estaba Jesús de Nazaret.

Al caer la tarde, Jesús agonizaba en el madero. A su derecha, un hombre fuerte, de larga barba, se retorcía entre las cuerdas de su cruz, dejando escapar un lamento más cercano al dolor que a la protesta.

—¿Por qué me acusan de vivir fuera de la ley si nunca me dejaron vivir dentro de ella? Desde niño solo conocí el borde de los caminos. Nunca me permitieron pisar el lagar de las uvas ni el umbral de los molinos. Tenía que pedir el pan desde lejos y hablar siempre con la boca contra el viento. Nací, como los míos, marcado por el mal y por la miseria. De mi padre heredé únicamente un cuchillo y el instinto de defenderme. ¿De qué pueden acusarme ahora quienes siempre me expulsaron de entre ellos? ¡Nunca estuve dentro!

Hizo una pausa y añadió con voz quebrada:

—Solo una dulce mujer me cantó una noche de nieve mientras me sostenía sobre sus rodillas. A ella le debo la vida tanto como a mi propia madre. Si hice algún mal, Señor, te pido perdón en memoria de aquella mujer.

Jesús lo miró profundamente y vio que, sobre su hombro derecho, brillaba una pequeña marca de plata, blanca como una flor de lis.

Entonces le sonrió con infinita misericordia y pronunció aquellas palabras eternas:

—En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Y desde aquel instante, quien había vivido siempre perseguido y rechazado encontró, por fin, la mirada de Jesús y se convirtió en el primero en entrar redimido en la Casa del Padre.                

Jesús lo miró profundamente y vio que, sobre su hombro derecho, brillaba una pequeña marca de plata, blanca como una flor de lis.

Entonces le sonrió con infinita misericordia y pronunció aquellas palabras eternas:

—En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Y, por primera vez en su vida, aquel niño que siempre había vivido rechazado encontró un lugar donde nadie volvía a expulsarlo.

  LUCIA SS

   

Un corazón de piedra puede convertirse en posada

Hay poemas sencillos que encierran una profunda verdad. Este es uno de ellos.

La escena comienza con un bandido que sale al encuentro de dos peregrinos con la intención de robarles. Sin embargo, no son las armas las que cambian su vida, sino la mirada de María y el cariño que ella y José le ofrecen. Aquello que parecía un corazón de granito acaba convirtiéndose en una humilde posada para recibir al Niño.

La repetición de estos versos resume toda la transformación:

«Yo que hasta ayer fui ladrón,
vil, cruel y fiero bandido,
robaré mil corazones
para recibir al Niño.»

Es una hermosa imagen de la conversión. Dios no elige a personas perfectas, sino a personas dispuestas a dejarse transformar por el amor. El bandido sigue siendo el mismo hombre, pero ya no desea arrebatar bienes materiales: ahora quiere conquistar corazones para que también ellos se conviertan en morada de Cristo.

Quizá todos llevamos dentro algo de ese bandido. A veces endurecemos el corazón, nos encerramos en nosotros mismos o caminamos por sendas equivocadas. Pero basta una mirada de misericordia para iniciar un camino nuevo.

Que también nuestro corazón deje de ser piedra y se convierta en una humilde posada donde Jesús encuentre siempre un lugar.

Microrrelatos



Una estrella de mar cada vez

Un día, durante unas vacaciones por tierras del Cantábrico, caminaba por la playa cuando reparé en un hombre que se agachaba constantemente. Recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Repetía el mismo gesto una y otra vez.

Al principio pensé que practicaba algún ejercicio, una especie de rutina de flexiones. Sin embargo, al acercarme observé que lo que recogía eran estrellas de mar que las olas habían depositado en la orilla. Una a una las devolvía al océano.

Le pregunté por qué lo hacía y me respondió:

—Estoy devolviendo estas estrellas al mar para que tengan una nueva oportunidad.

Debió de percibir en mi rostro que yo entendía poco del mar —soy de tierra adentro—, porque continuó explicándome:

—Como ves, la marea está baja y estas estrellas han quedado atrapadas en la playa. Si no las devuelvo al agua, morirán aquí por falta de oxígeno.

Le respondí:

—Lo entiendo, pero debe de haber miles de estrellas de mar en esta playa. No podrá salvarlas a todas. Además, esto ocurre en cientos de playas a lo largo de toda la costa. Y, siendo sinceros, con el esfuerzo que requiere y los años que usted tiene... parece un sacrificio sin demasiado sentido.

El hombre sonrió.

—¿Que no tiene sentido?

Se inclinó, recogió otra estrella y, mientras la lanzaba al mar, contestó:

—Para esta sí lo ha tenido.

Aquella sencilla escena encerraba una gran enseñanza.

Es una lección aplicable a nuestra vida cotidiana, en tantos y tantos gestos...

No puedo cambiar el mundo, pero sí puedo cambiarme a mí mismo y mejorar mi entorno.

No puedo eliminar todos los residuos contaminantes que dañan nuestro planeta, pero sí puedo reducir el consumo innecesario, reutilizar lo que esté en mi mano y separar correctamente los residuos para facilitar su reciclaje.

No puedo detener las guerras, pero sí puedo ser un remanso de paz allí donde vivo y con las personas que me rodean.

Y así ocurre con cada pequeño acto de cada día.

De uno a uno. Gesto a gesto. De persona a persona.

Porque, aunque no podamos hacerlo todo, siempre podremos hacer algo por alguien.


Conclusión

Muchas veces creemos que nuestros pequeños esfuerzos son insignificantes porque no cambian el mundo entero. Sin embargo, para la persona que recibe nuestra ayuda, nuestro tiempo o nuestra atención, pueden significarlo todo. Al igual que aquella estrella de mar, siempre habrá alguien para quien nuestro pequeño gesto marque una gran diferencia.


Gestionando los problemas

El panadero me contrató para ayudarle a reparar su viejo horno.

Acabábamos de terminar un duro primer día de trabajo. Primero se averió el taladro eléctrico, lo que nos hizo perder más de una hora. Después, cuando ya nos disponíamos a marcharnos, el viejo camión se negó a arrancar.

Como yo iba en mi coche, me ofrecí a llevarle hasta su casa.

Durante el trayecto permaneció en silencio. Se le veía cansado y contrariado, pero sorprendentemente sereno.

Al llegar, me invitó a conocer a su familia.

Mientras caminábamos hacia la puerta, se detuvo unos instantes frente a un pequeño árbol que tenía en el jardincillo. Con ambas manos acarició suavemente las puntas de sus ramas.

Cuando se abrió la puerta, ocurrió algo que me sorprendió.

Su rostro cambió por completo. Sonrió con una alegría inmensa, abrazó a sus dos pequeños hijos y besó con cariño a su esposa.

Después me acompañó de nuevo hasta el coche.

Al pasar otra vez junto al árbol, no pude evitar preguntarle qué había hecho allí unos minutos antes.

Al principio se hizo el despistado, pero al ver que seguía esperando una respuesta sonrió y me dijo:

—Ese es mi árbol de los problemas.

Continuó explicándome:

—No puedo evitar tener problemas durante el trabajo. Siempre aparecen dificultades, preocupaciones o contratiempos. Pero hay una cosa que tengo muy clara: los problemas no pertenecen a mi casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos.

»Así que, cada noche, cuando llego, los cuelgo simbólicamente en este árbol. A la mañana siguiente vuelvo a recogerlos.

Hizo una breve pausa y añadió sonriendo:

—¿Y sabes qué es lo mejor? Que cuando salgo por la mañana a buscarlos, nunca encuentro tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior.

Aquel día aprendí una auténtica lección de vida que procuro practicar siempre.

No se trata de negar la realidad ni de ocultar las preocupaciones cuando hablo con mi esposa, sino de no convertir cada conversación en una carga más. Intento compartir lo necesario y, al mismo tiempo, estar disponible para ayudarla también con las suyas.

Que los problemas y las preocupaciones nunca nos aparten de quienes más queremos.


Conclusión

Los problemas forman parte de la vida, pero no deberían ocupar el lugar reservado para el amor, la familia y los momentos compartidos. Aprender a dejarlos, aunque solo sea por unas horas, es también una forma de cuidar de quienes caminan a nuestro lado.


El mejor regalo

Con frecuencia, nuestros hijos nos regalan lecciones que nos hacen reflexionar profundamente.

Hace tiempo, un amigo me contó, emocionado y arrepentido, una pequeña anécdota.

Un día regañó a su hija, de apenas tres años, por haber gastado un rollo de papel de regalo. La economía familiar no atravesaba su mejor momento y aquel papel estaba reservado para un compromiso importante.

Por eso se enfadó cuando vio que la niña había utilizado casi todo el rollo para envolver una pequeña caja que pensaba colocar bajo el árbol de Navidad.

A pesar de la regañina, a la mañana siguiente la pequeña se acercó hasta la cama de su padre con la caja entre las manos y le dijo, sonriendo:

—Es para ti, papá.

Mi amigo me confesó que se sintió avergonzado por la dureza con la que la había tratado el día anterior.

Sin embargo, al abrir la caja y verla vacía, volvió a molestarse.

Le dijo:

—¿No sabes que cuando haces un regalo debe haber algo dentro?

La niña levantó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas, y respondió:

—Pero, papá... no está vacía. La he llenado de besos. Todos son para ti.

Mi amigo me confesó que en aquel instante se le rompió el corazón.

Abrazó a su hija con todas sus fuerzas y le pidió perdón.

Durante muchos años conservó aquella pequeña caja, mal envuelta y sin ningún valor material, junto a su cama.

Y cada vez que se sentía triste, desanimado o preocupado, abría aquella caja imaginaria y recordaba el inmenso amor con el que su hija había llenado su interior.

En realidad, todos los padres recibimos un regalo parecido el día que nacen nuestros hijos.

Una caja invisible llena de amor incondicional, abrazos, besos, confianza y esperanza.

No existe posesión más valiosa que esa.


Conclusión

Con demasiada frecuencia damos importancia a aquello que puede comprarse y olvidamos que los regalos más valiosos no tienen precio. El amor sincero, un abrazo, un beso o una muestra de cariño permanecen para siempre en la memoria y en el corazón. Quizá ese sea, verdaderamente, el mejor regalo que podemos recibir.

                               Lucia ss

22.7.22

Su Nombre Era Fleming: Dar es recibir.

 


Fleming y él era un pobre agricultor inglés.
Un día, mientras trataba de ganarse la vida para su familia, escuchó a alguien pidiendo ayuda desde un pantano cercano.
Inmediatamente soltó sus herramientas y corrió hacia el pantano.
Allí, enterrado hasta la cintura en el lodo negro, estaba un niño aterrorizado, gritando y luchando tratando de liberarse del lodo.
El agricultor Fleming salvó al niño de lo que pudo ser una muerte lenta y terrible.
El siguiente día, un carruaje muy pomposo llegó hasta los predios del agricultor inglés.
Un noble inglés, elegantemente vestido, se bajó del vehículo y se presentó a sí mismo como el padre del niño que Fleming había salvado.
Yo quiero recompensarlo, dijo el noble inglés. Usted salvó la vida de mi hijo.
No, yo no puedo aceptar una recompensa por lo que hice, respondió el agricultor inglés, rechazando la oferta.
En ese momento el propio hijo del agricultor salió a la puerta de la casa de la familia.
¿Es ese su hijo? preguntó el noble inglés.
-Sí -, respondió el agricultor lleno de orgullo.
-Le voy a proponer un trato.
 Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación.
Si él es parecido a su padre crecerá hasta convertirse en un hombre del cuál usted estará muy orgulloso.
El agricultor aceptó.
Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming el agricultor se graduó de la Escuela de Medicina de St. Mary' s Hospital en Londres, y se convirtió en un personaje conocido a través del mundo, el notorio Sir Alexander Fleming, el descubridor de la Penicilina.
Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó enfermo de pulmonía.
¿Que lo salvó? La Penicilina.
¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill.
¿El nombre de su hijo? Sir Winston Churchill.
Alguien dijo una vez: Siempre recibimos a cambio lo mismo que ofrecemos.
Trabaja como si no necesitaras el dinero.
Ama como si nunca te hubieran herido.
Baila como si nadie te estuviera mirando.



Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...