BIENVENIDOS

2.11.25

Matrimonio: Con El Poder Del Amor (3)

   

A raíz de la lectura de Ana Karenina

Desde que existe la humanidad, el hombre y la mujer se han unido formando una familia. Sin la seriedad de ese vínculo-compromiso habría sido imposible la continuidad de la especie. El ser humano supera en inteligencia a la mayoría de los animales, pero necesita muchos años para alcanzar la madurez y la autonomía. Por ello requiere nacer, crecer y desarrollarse al amparo de una familia. En ese proceso, el padre, la madre y los hermanos desempeñan un papel insustituible.

¿Qué implica casarse frente a otras formas de convivencia? La diferencia esencial radica en que el matrimonio nace del deseo de construir un proyecto de vida definitivo. No se trata de que cada uno conserve su propio proyecto y ambos coincidan durante un tiempo, reservándose parcelas de sí mismos. Casarse significa crear una historia común, una vida compartida que irá creciendo y transformándose con los años.

Una pareja decide dar ese paso cuando descubre que el amor que vive desea convertirlo en algo permanente. Es como decir: «Quiero que estés siempre en mi vida y quiero estar siempre en la tuya». Esa decisión marca la diferencia respecto a cualquier otra relación. El nivel de confianza, de entrega y de compromiso es mucho mayor. Es el deseo de darse por entero, de ser acogido plenamente y de corresponder con la misma generosidad. Cuando hablo de un «todo», me refiero a la intención y al deseo, porque esa entrega se va haciendo realidad con el tiempo, con la convivencia, con las dificultades e incluso con las crisis, que muchas veces son las que más ayudan a crecer y madurar.

En Ana Karenina, Tolstói describe admirablemente esta idea a través del personaje de Levin:

«Levin no conservaba apenas recuerdos de su madre, pero su memoria le era sagrada. Y si se casaba, su esposa debía semejarse mentalmente a ese ideal encantador y adorado. Para él no podía existir el amor fuera del matrimonio... mientras que sus amigos consideraban el matrimonio como uno de los numerosos actos de la vida social, Levin lo veía como el más importante de la existencia, aquel del que dependía toda su felicidad.»

Tolstói contrapone dos maneras de entender el amor. Para unos, el matrimonio es simplemente un acontecimiento social; para Levin representa la decisión más trascendental de la vida, porque de ella dependerá buena parte de su felicidad futura. Quizá ahí resida una de las claves del libro: cuando se comprende el verdadero sentido del compromiso, la fidelidad deja de ser una carga para convertirse en la consecuencia natural del amor.

El noviazgo constituye precisamente el tiempo de preparación para esa decisión. Es la etapa del conocimiento mutuo, del aprendizaje y también de las dificultades. Debe haber desacuerdos, enfados y discusiones. Son precisamente esos momentos los que permiten descubrir aspectos del otro —y de nosotros mismos— que permanecían ocultos. Sin ellos, el conocimiento sería superficial.

Si ambos son capaces de superar esas diferencias, aprender a dialogar y adaptarse el uno al otro, la relación sale fortalecida. Para eso existe el noviazgo: para comprobar si ese proyecto común es verdaderamente posible.

En otra escena de la novela, el general Serpujovskói conversa con Wronski y le dice:

«La mujer es la piedra de toque en la carrera del hombre... La única manera de no verse reducido a la inacción por el amor es casarse.»

Utiliza una curiosa comparación: llevar una carga solo es posible cuando queda bien sujeta a los hombros; entonces las manos permanecen libres para trabajar. Con esa imagen quiere expresar que el compromiso estable no limita la libertad, sino que la ordena y le permite desplegar todas sus posibilidades.

Vivimos, sin embargo, en una cultura marcada por la provisionalidad. Todo parece pasajero. Las personas entran y salen de nuestra vida; las promesas se hacen con facilidad y, con demasiada frecuencia, también se rompen. Da la impresión de que nada está destinado a durar.

Y, sin embargo, cabe hacerse una pregunta: ¿es verdad que nada valioso puede durar para siempre?

Muchos desean un amor definitivo, pero sienten miedo. Es comprensible. El futuro siempre encierra incertidumbre. Sin embargo, ningún proyecto importante se construye sin asumir riesgos.

Cuando comienza un matrimonio se encuentran dos personalidades distintas, dos biografías, dos maneras de educarse, dos familias y dos formas de entender la vida. Todo eso necesita ensamblarse poco a poco.

Nadie se enamora de los defectos. Al principio predominan las cualidades que atraen: la simpatía, la ternura, la belleza, la inteligencia... Es una etapa necesaria, pero insuficiente.

Después llega un segundo momento que algunos llaman «desilusión» y que quizá sería más justo denominar realismo. Entonces aparecen las limitaciones, las manías, los defectos y las diferencias. Pero si el amor es auténtico, la persona sigue siendo valiosa más allá de sus imperfecciones. Es precisamente entonces cuando llega la verdadera decisión: continuar o abandonar.

Por eso el noviazgo tiene una fecha de caducidad. Cuando dos personas ya se conocen suficientemente, deben preguntarse si desean construir una vida en común. Si ese camino no conduce a ninguna parte, termina perdiendo su sentido.

Para ello es imprescindible hablar mucho, confiar, compartir los propios valores y comprobar si aquello que resulta esencial para uno puede ser comprendido y respetado por el otro. Cuando existen principios fundamentales incompatibles, la convivencia acaba resintiéndose.

A pesar de todo, la voluntad de permanecer juntos posee una fuerza extraordinaria para construir una vida feliz. Es importante que los hijos descubran que sus padres siguen queriéndose incluso en los momentos difíciles, cuando el cansancio, las preocupaciones o las diferencias parecen imponerse. El amor no consiste en no tener problemas, sino en aprender a afrontarlos juntos.

Con demasiada frecuencia fijamos la mirada únicamente en las crisis y olvidamos la inmensa cantidad de momentos felices compartidos con la persona que amamos. Esos recuerdos son los que sostienen el camino cuando llegan los días más duros.

Tolstói vuelve a mostrárnoslo en la relación entre Kitty y Levin. Son muy diferentes, pero precisamente esas diferencias los enriquecen mutuamente. Existe entre ellos un profundo respeto, una admiración recíproca y el firme propósito de no poner nunca en peligro aquello que los une. Comprenden que el amor no es un sentimiento que permanece intacto por sí solo, sino una obra que se construye durante toda la vida.

Querer a alguien supone siempre un riesgo. Nadie puede controlar el futuro. Pero sí puede renovar cada día una decisión sencilla y profunda: «Hoy vuelvo a elegirte. Hoy quiero seguir queriéndote. Y mañana volveré a hacerlo.»

Quizá esa sea la auténtica esencia del matrimonio: no la promesa de que nunca habrá dificultades, sino la voluntad de caminar juntos, creciendo, perdonándose y amándose hasta el final.

  LUCIA SS





















Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...