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16.4.19

Ordesa

 



Tengo que confesar que, de entrada, este libro no despertó mi interés. Desde las primeras cincuenta páginas tuve la sensación de haber descubierto ya su hilo conductor. Me preguntaba si era realmente necesario tanto rodeo, tantas divagaciones y vueltas sobre una misma idea para expresar algo que el lector intuye desde el principio. Se me hizo largo, con demasiadas páginas para llegar a confirmar aquello que ya había comprendido.

Diría que estamos ante una autobiografía transformada en narrativa. En algunos momentos la percibí más como una sucesión de pensamientos, reflexiones y sentencias que como un relato. Hay frases brillantes, sí, pero en ocasiones parecen encajar con poca coherencia. Incluso llega a hacer afirmaciones categóricas desde una visión muy subjetiva que, páginas después, él mismo acaba contradiciendo.

Las grandes editoriales pueden permitirse publicar libros de este tipo e incluso convertirlos en superventas. Al fin y al cabo, cuenta una historia personal que, en muchos aspectos, resulta común para quienes hemos vivido las décadas de los setenta, ochenta y noventa. Sin embargo, también hay circunstancias profundamente distintas que hacen de su experiencia algo muy particular.

A medida que avanzo en la lectura comprendo mejor el motivo de esa aparente divagación inicial. El propio autor escribe:

«Cuando se murieron mis padres tenía dos opciones: ir al psiquiatra o escribir el libro. Escribí el libro porque me salía más barato».

Esa frase lo explica casi todo.

Es como si, poco a poco, el autor fuera desnudándose ante el lector. Va desprendiéndose de un mundo interior que lo asfixia y del que necesita liberarse, aunque para ello tenga que arrancarse jirones del alma y volver a abrir heridas que nunca llegaron a cicatrizar.

Todos necesitamos, en algún momento de la vida, un desaguadero para vaciar lo que llevamos dentro. Solo cuando limpiamos el dolor que nos corroe podemos hacer sitio a otras muchas cosas buenas que también existen, aunque a veces no seamos capaces de verlas.

Creo que este libro es, precisamente, eso: una confesión. Un inmenso desahogo. El intento de sacar fuera una vida llena de añoranzas, recuerdos, silencios, omisiones y, sobre todo, de remordimiento. Es un caudal de lágrimas que permanecieron congeladas durante años en su interior.

Describe también una vida con pocas raíces familiares. Apenas conoce la historia de sus abuelos y da la impresión de que sus padres nunca le hablaron demasiado de ellos, o quizá él nunca preguntó lo suficiente.

En muchos momentos tengo la sensación de que vive instalado en una angustia existencial permanente. Todos atravesamos pérdidas y adversidades, aunque no escribamos un libro sobre ellas. Todos conocemos el duelo y la ausencia de personas muy queridas.

Hay pasajes en los que parece necesitar culpabilizar a todo y a todos. Me pregunto si realmente ese camino puede conducir a la paz interior. Desde mi punto de vista, no. El libro me transmite la impresión de que durante demasiados años vivió instalado en una especie de síndrome de Peter Pan, sin terminar de asumir determinadas responsabilidades emocionales.

Percibo también un exceso de queja y de autocompasión. Comprendo el peso del remordimiento. Quizá permaneció demasiado tiempo encerrado en su propio mundo mientras sus padres estaban ahí, justificándose a sí mismo como si fuera la única víctima. Ahora ellos ya no están y todo se convierte en recuerdo.

Hay un pasaje especialmente hermoso que resume esa toma de conciencia:

«Todo lo que hiciste por mí es ya sagrado. Todo cuanto te vi hacer por mí es la sangre misma de la vida. Todo lo recuerdo.»

El paso del tiempo le hace reconocerse en sus propios hijos. Descubre en ellos actitudes que fueron las suyas. Recuerda aquellos besos y abrazos que nunca dio a su madre, cuando ella le reprochaba: «Lo que haces, harán tus hijos contigo». Cuando ella llamaba por teléfono y él no quería hablar, ahora es él quien quisiera hacerlo... pero ella ya no está. Ese es, probablemente, el verdadero centro del libro: el remordimiento por el tiempo perdido.

Ese reproche, en mayor o menor medida, podría hacérnoslo cualquiera de nosotros. Y ahí encuentro una de las enseñanzas más valiosas de esta obra: no dejar pasar la oportunidad de demostrar cariño a quienes queremos.

El libro puede entenderse también como una llamada a cambiar de actitud. A agradecer lo que la vida todavía nos ofrece. Seguramente tenemos muchos más motivos para dar gracias de los que imaginamos. Basta con levantar la vista al cielo, comprobar que cada día vuelve a salir el sol y mirar a nuestro alrededor para descubrir personas con razones infinitamente más dolorosas para sentirse derrotadas.

La vida nos invita a reparar errores cuando aún estamos a tiempo y a seguir caminando siempre hacia delante.

Donde discrepo profundamente es en algunos juicios que el autor realiza sobre cuestiones que afectan a todos. Me habría gustado encontrar una mirada más equilibrada y menos categórica, especialmente cuando habla de su país. Considero que, en ocasiones, lanza afirmaciones con excesiva ligereza, incluso con cierto desprecio, para después matizarlas o desmentirlas pocas páginas más adelante.

A pesar de todo, quiero agradecerle muchas de las reflexiones que deja sembradas entre sus páginas. Algunas invitan sinceramente al lector a detenerse y pensar. No son citas textuales, pero sí ideas que me acompañarán después de cerrar el libro:

  • La facilidad con la que el ser humano termina hermanándose con el pesimismo.
  • Que desde que dejó de beber empezó a mirar a las personas con mejores ojos.
  • La hermosa costumbre de poner nombres de músicos y compositores a sus seres queridos para que su recuerdo sonara siempre como música.
  • La creación del personaje del maquinista, que me pareció uno de los mayores aciertos narrativos.
  • Los recuerdos de su madre en las tareas cotidianas, que resurgen cuando a él le toca realizar esas mismas faenas.

Conclusión

Si algo me deja esta lectura es una certeza que los años terminan confirmando: conforme envejecemos comprendemos que muy pocas cosas son realmente importantes.

Al final de la vida, lo que verdaderamente permanece no son los éxitos, el dinero ni el reconocimiento. Permanecen la familia, la fe, un reducido grupo de amigos auténticos y todas aquellas experiencias que nos ayudaron a crecer como personas.

Ese, para mí, es el verdadero mensaje que merece la pena conservar después de cerrar este libro.

                                  Lucía S.

                    

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