Una personalidad que se identifique con Cristo
¿Cómo influye la personalidad en la vida diaria? ¿Puede cambiar una persona? ¿qué papel desarrolla la gracia?¿Por qué reacciono de ese modo? ¿Por qué soy así? ¿Podré cambiar? Son algunas de las preguntas que alguna vez pueden asaltarnos. A veces, nos las planteamos respecto a los demás: ¿por qué tiene ese modo de ser?... Vamos a profundizar sobre estas cuestiones, mirando a nuestra meta: parecernos cada vez más a Jesucristo, dejándolo obrar en nuestra existencia. Este proceso abarca todas las dimensiones de la persona, que al divinizarse conserva los rasgos de lo auténticamente humano, elevándolos según la vocación cristiana. Y es que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre: perfectus Deus, perfectus homo. En Él contemplamos la figura realizada del ser humano, pues «Cristo Redentor (...) revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es ‒si se puede hablar así‒ la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad»
Si bien lo divino, lo sobrenatural, es el elemento decisivo en la santidad personal, lo que une y armoniza todas las facetas del hombre, no podemos olvidar que esto incluye, como algo intrínseco y necesario, lo humano: Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere -insisto- muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a Él, que es "perfectus Deus, perfectus homo"
La tarea de formar el carácter La acción de la gracia en las almas va de la mano con un crecimiento en la madurez humana, en la perfección del carácter. Por eso, al mismo tiempo que cultiva las virtudes sobrenaturales, un cristiano que busca la santidad procurará alcanzar los hábitos, modos de hacer y de pensar que caracterizan a alguien como maduro y equilibrado. Se moverá no por un simple afán de perfección, sino para reflejar la vida de Cristo; por eso, san Josemaría anima a examinarse: —Hijo: ¿dónde está el Cristo que las almas buscan en ti?: ¿en tu soberbia?, ¿en tus deseos de imponerte a los otros?, ¿en esas pequeñeces de carácter en las que no te quieres vencer?, ¿en esa tozudez?... ¿Está ahí Cristo? —¡¡No!! La respuesta nos da una clave para emprender esta tarea: —De acuerdo: debes tener personalidad, pero la tuya ha de procurar identificarse con Cristo
En la propia personalidad influye tanto lo que se hereda y se manifiesta desde el nacimiento, que suele llamarse temperamento, como aquellos aspectos que se han adquirido por la educación, las decisiones personales, el trato con los demás y con Dios, y otros muchos factores, que incluso pueden ser inconscientes. De este modo, existen distintos tipos de personalidades o caracteres ‒extrovertidos o tímidos, fogosos o reservados, despreocupados o aprensivos, etc.‒, que se expresan en el modo de trabajar, de relacionarse con los demás, de considerar los acontecimientos diarios. Estos elementos influyen en la vida moral, al facilitar el desarrollo de ciertas virtudes o, si falta el empeño por moldearlos, la aparición de defectos: por ejemplo, una personalidad emprendedora puede ayudar a cultivar la laboriosidad, con tal de que al mismo tiempo se viva una disciplina que evitará el defecto de la inconstancia y del activismo. Dios cuenta con nuestra personalidad para llevarnos por caminos de santidad. El modo de ser de cada uno es como una tierra fértil que se ha de cultivar: basta quitar con paciencia y alegría las piedras y malas hierbas que impiden la acción de la gracia, y comenzará a dar fruto.
Cada quien puede hacer rendir los talentos que ha recibido de las manos de Dios, si se deja transformar por la acción del Espíritu Santo, forjando una personalidad que refleje el rostro de Cristo, sin que esto quite para nada los propios acentos, pues variados son los santos del cielo, que cada uno tiene sus notas personales especialísimas[. Si bien hemos de robustecer y pulir la propia personalidad para que se ajuste a un estilo cristiano, no podemos pensar que el ideal sería convertirse en una especie de "superhombre" En realidad, el modelo es siempre Jesucristo, que posee una naturaleza humana igual que la nuestra, pero perfecta en su normalidad y elevada por la gracia.
Madurez humana y sobrenatural La palabra "madurez" significa primero estar en sazón, a punto, y por extensión hace referencia a la plenitud del ser. Al mismo tiempo, nuestra fe incorpora todos los valores nobles que se encuentran en las distintas culturas, y por eso también es útil retomar, purificándolos, los criterios clásicos de madurez humana. Es algo que se ha hecho a lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana, en mayor o menor medida, de forma más o menos explícita. El mundo clásico greco-romano, por ejemplo, que tan sabiamente cristianizaron los Padres de la Iglesia, colocó al centro del ideal de madurez humana especialmente la "sabiduría" y la "prudencia", entendidas con diversos matices. Los filósofos y teólogos cristianos de aquella época enriquecieron esta concepción, señalando la preeminencia de las virtudes teologales, de modo especial la caridad como vínculo de la perfección[8], en palabras de san Pablo, y que da forma a todas las virtudes. Actualmente, el estudio sobre la madurez humana se ha complementado con las distintas perspectivas que ofrecen las ciencias modernas. Sus conclusiones son útiles en la medida en que parten de una visión del hombre abierta al mensaje cristiano. Así, algunos suelen distinguir tres campos fundamentales en la madurez: intelectual, emotiva y social. Rasgos significativos de madurez intelectual pueden ser: un adecuado concepto de sí mismo (cercanía entre lo que uno piensa que es y lo que realmente es, en la que influye decisivamente la sinceridad con uno mismo); una filosofía correcta de la vida; establecer personalmente metas y fines claros, pero con horizontes abiertos e ilimitados (en amplitud, profundidad e intensidad); un conjunto armónico de valores; una clara certidumbre ético-moral; un sano realismo ante el mundo propio y ajeno; la capacidad de reflexión y análisis sereno de los problemas; la creatividad y la iniciativa; etc.
Entre los rasgos de madurez emotiva, sin ninguna pretensión de exhaustividad, cabría señalar: el saber reaccionar proporcionalmente ante los sucesos de la vida, sin dejarse abatir por el fracaso ni perder el realismo en el éxito; la capacidad de control flexible y constructivo de sí mismo; el saber amar, ser generosos y donarse a los demás; la seguridad y firmeza en las decisiones y compromisos; la serenidad y capacidad de superación ante los retos y las dificultades; el optimismo, la alegría, la simpatía y el buen humor. Finalmente, como parte de la madurez social encontramos: el afecto sincero por los demás, el respeto a sus derechos y el deseo de descubrir y aliviar sus necesidades; la comprensión de la diversidad de opiniones, valores o rasgos culturales, sin prejuicios; la capacidad de crítica e independencia frente a la cultura dominante, el entorno y el ambiente, los grupos de presión o las modas; una naturalidad en el comportamiento que lleva a actuar sin convencionalismos; ser capaces de escuchar y comprender; la facilidad para colaborar con otros.
Un camino hacia la madurez Cabría resumir estos rasgos diciendo que la persona madura es capaz de desarrollar un proyecto elevado, claro y armónico de su vida, y que posee las disposiciones positivas necesarias para realizarlo con facilidad. En cualquier caso, la madurez viene como un proceso que requiere tiempo, que pasa por distintos momentos y etapas. Suele crecer de una manera gradual, aunque en la historia personal pueda haber sucesos que impulsan a dar grandes saltos: por ejemplo, la venida al mundo del primer hijo para algunos marca un hito, al caer en la cuenta de lo que implica esta nueva responsabilidad; o, después de atravesar serios apuros económicos, una persona puede aprender a reconsiderar cuáles son las cosas verdaderamente importantes en la vida; etc.
En este camino hacia la madurez, la fuerza transformadora de la gracia se hace presente. Basta una mirada de conjunto a las santas y santos más conocidos para detectar en seguida en ellos los ideales elevados, la certidumbre de sus convicciones, la humildad ‒que es el más adecuado concepto de sí mismo‒, su desbordante creatividad e iniciativa, su capacidad de entrega y amor hecha realidad, su contagioso optimismo, su apertura ‒su afán apostólico, en definitiva‒ eficaz y universal. Contar con la gracia y el tiempo Aunque es posible señalar que en cierto momento una persona ha llegado a una etapa de madurez en su vida, la tarea de trabajar sobre el modo de ser de cada uno se proyecta a lo largo de todo nuestro andar terreno. El autoconocimiento y la aceptación del propio carácter darán paz para no desanimarse en este empeño. Esto no implica ceder al conformismo. Quiere decir, más bien, reconocer que el heroísmo de la santidad no exige poseer ya una personalidad perfecta ni aspirar a un modo de ser idealizado, y que la santidad requiere la lucha paciente de cada día, sabiendo reconocer los errores y pedir perdón.
Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha. Y es que en esta empresa contamos siempre con la ayuda del Señor y con los cuidados maternos de santa María: «La Virgen hace precisamente esto con nosotros, nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser hombres y cristianos de una manera superficial, sino a vivir con responsabilidad, a tender cada vez más hacia lo alto»[13].
Protagonistas de nuestra vida «Les pido que sean constructores del futuro, que se metan en el trabajo por un mundo mejor. Queridos jóvenes, por favor, no balconeen la vida, métanse en ella, Jesús no se quedó en el balcón, se metió; no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús»[1]. Ante estas palabras del Papa Francisco a los jóvenes, surgen inmediatamente algunas preguntas, que el mismo Romano Pontífice formulaba enseguida: «¿Por dónde empezamos? ¿A quién le pedimos que empiece esto? Por vos y por mí. Cada uno, en silencio otra vez, pregúntese si tengo que empezar por mí, por dónde empiezo. Cada uno abra su corazón para que Jesús le diga por dónde empiezo»[2]. Para ser protagonistas de los acontecimientos del mundo es indispensable comenzar por ser protagonistas de nuestra propia vida.
Libres y condicionados Este protagonismo implica reconocer que si bien las circunstancias familiares o sociales influyen en nuestro carácter, no lo determinan de un modo absoluto. Lo mismo cabe decir de los instintos más elementales que provienen de la constitución corporal, y también de la herencia genética: marcan algunas tendencias, pero que se pueden moldear y orientar con el ejercicio de una voluntad que sigue a la razón bien formada.
Nuestra personalidad se forja en la medida en que libremente tomamos decisiones, ya que las acciones humanas no se dirigen únicamente a cambiar nuestro entorno, sino que también influyen en nuestro modo de ser. Aunque a veces suceda de una manera no muy consciente, la repetición de actos hace que adquiramos ciertas costumbres o adoptemos una postura ante la realidad. Por eso, cuando explicamos el por qué de nuestras reacciones espontáneas, más que decir "es que soy así", muchas veces tendríamos que admitir: "me he hecho así".
Tenemos condicionamientos que muchas veces son difíciles de controlar, como la calidad de las relaciones familiares, el entorno social en el que se crece, una enfermedad que nos limita en cualquier sentido, etc. Frecuentemente, no es posible ignorarlos o remediarlos, pero sí cabe cambiar la actitud con la que se enfrentan, sobre todo si somos conscientes de que nada escapa de los cuidados providentes de Dios: Es necesario repetir una y otra vez que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor[3]. En cualquier circunstancia, incluso con grandes limitaciones, podemos dar a Dios y al prójimo obras de amor, por más pequeñas que parezcan: ¡quién sabe cuánto vale una sonrisa en medio de la tribulación, el ofrecimiento al Señor del dolor en unión a la Cruz, la aceptación paciente de las contrariedades! Nada puede superar a un amor sin límites, más fuerte que el dolor, que la soledad, que el abandono, que la traición, que la calumnia, que el sufrimiento físico y moral, que la propia muerte.
Artífices de la propia vida Descubrir los talentos personales -virtudes, capacidades, competencias-, agradecerlos y sacarles el partido posible es tarea de nuestra libertad. Pero hemos de recordar que lo que más estructura la personalidad cristiana son los dones de Dios, que inciden en lo más íntimo de nuestro ser. Entre estos se encuentra, de modo eminente, el regalo inmenso de la filiación divina, recibido con el Bautismo. Gracias a esta, el Padre ve en nosotros la imagen -si bien imperfecta, pues somos creaturas limitadas- de Jesucristo, que se hace cada vez más clara con el sacramento de la Confirmación, el perdón transformador de la Penitencia y, especialmente, la comunión con su Cuerpo y su Sangre. Partiendo de estos dones recibidos de la mano de Dios, cada persona, lo quiera o no, es autor de su existencia. En palabras de san Juan Pablo II, «a cada hombre se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra»[4]. Somos dueños de nuestros actos -el Señor desde el principio, creó al hombre y le dejó en manos de su propio albedrío[5]-; somos nosotros, si queremos, los que llevamos las riendas de nuestras vidas en medio de las tormentas y dificultades.
¡Somos libres! Este descubrimiento se experimenta con algo de incertidumbre: ¿dónde llevaré mi vida?; pero sobre todo con gozo: Dios, al crearnos, ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido una historia que sea una historia verdadera, hecha de auténticas decisiones, y no una ficción ni un juego[6]. En esta aventura no estamos solos: contamos, en primer lugar, con la ayuda del mismo Dios, que nos propone una misión, y también con la colaboración de los demás: familiares, amigos, incluso personas que coinciden casualmente con nosotros en algún momento de la existencia. El protagonismo en la propia vida no implica negar que para muchos aspectos somos dependientes, y si consideramos que esta dependencia es recíproca, entonces también cabría decir que somos interdependientes. La libertad, por lo tanto, no se basta a sí misma: quedaría vacía si no la empleamos para comprometemos en cosas grandes, magnánimas. Como veremos, la libertad es para la entrega o, dicho de otro modo, solo cabe una libertad entregada.
Un camino para recorrer San Josemaría solía recordar un cartel que encontró en Burjasot (Valencia), poco tiempo después del fin de la guerra civil española, con una frase que no pocas veces citó en su predicación: "Cada caminante siga su camino". Cada alma vive su propia vocación de un modo personal, con sus propios acentos: Se puede andar por la derecha, por la izquierda, en zig-zag, caminando con los pies, a caballo. Hay cien mil maneras de ir por el camino divino[7]. Cada persona es el actor principal de su historia de santidad, cada una tiene su sello distintivo, en la configuración de cualquier faceta de su existencia y de su personalidad, evitando el mero "dejarse llevar" por los sucesos. Libremente —como hijos, insisto, no como esclavos—, seguimos el sendero que el Señor ha señalado para cada uno de nosotros. Saboreamos esta soltura de movimientos como un regalo de Dios[8]. Esta soltura -soberanía humana- va de la mano de la responsabilidad, del saber que somos "hechura de Dios": un sueño divino que se hace realidad en la medida en que experimentamos el amor sin condiciones, que pide nuestra respuesta. El amor de Dios afirma nuestra libertad, y la eleva a cotas insospechadas con su gracia. Cada persona nota la necesidad de abrirse a alguien más, de compartir la existencia, de dar y recibir amor.
Caminar acompañados Dentro de los planes divinos, la vida está hecha para compartirse: el Señor cuenta con la ayuda mutua que se prestan los seres humanos. Lo constatamos, de hecho, cada día: tantas veces ni siquiera somos capaces de cubrir las necesidades más básicas y perentorias de manera individual. Nadie puede ser completamente autónomo. En un nivel más profundo, cada persona nota esa necesidad de abrirse a alguien más, de compartir la existencia, de dar y recibir amor. «Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal»[9].
Esta natural apertura hacia los demás llega a su máxima expresión en los planes redentores del Señor. Cuando recitamos el Símbolo de los Apóstoles, confesamos que creemos en la comunión de los santos, comunión que es la entraña de la Iglesia. Por eso, en la vida espiritual, también es indispensable aprender a contar con la ayuda de los demás, que están implicados de un modo u otro en nuestra relación con Dios: recibimos la fe a través de la enseñanza de nuestros padres y catequistas; participamos de los sacramentos que celebra un ministro de la Iglesia; acudimos al consejo espiritual de otro hermano en la fe, que también reza por nosotros; etc.
Saber que caminamos acompañados en la vida cristiana nos llena de alegría y tranquilidad, sin que disminuya nuestro propio empeño por alcanzar la santidad. Aunque muchas veces nos dejemos llevar de la mano, nuestro papel no se limita a eso. San Josemaría, al referirse a la vida espiritual, manifestaba que el consejo no elimina la responsabilidad personal. Y concluía: la dirección espiritual debe tender a formar personas de criterio[10]. Por esto, no queremos que nos suplan en las resoluciones que tomamos, ni dejar de poner esfuerzo en las tareas que hemos hecho propias. Al mismo tiempo que reconocemos la ayuda indispensable de los demás, hemos de ser conscientes de que, en la vida espiritual es el Señor quien actúa a través de ellos para transmitirnos su luz y fuerza. Esto nos da seguridad para continuar caminando hacia la santidad cuando, por un motivo u otro, faltan aquellas personas que jugaban un papel importante en nuestra vida cristiana. En este sentido, también gozamos de una profunda libertad de espíritu en relación a las personas que Dios ha puesto a nuestro lado, a quienes queremos a través del corazón de Cristo, y cuyo apoyo agradecemos profundamente.
Libres para amar sin condiciones Los cristianos sabemos que la plenitud personal llega como fruto de la libre y total disponibilidad a los deseos del Amor de un Dios Creador, Redentor y Santificador. Los dones que hemos recibido alcanzan su máximo rendimiento al abrirnos a la gracia de Dios, como confirma la experiencia de tantos santos y santas. Al dejar que el Señor se metiera en sus vidas, supieron ponerse amorosamente a su servicio, como Santa María que, en el momento de la Anunciación pronuncia la respuesta firme: fiat! —¡hágase en mí según tu palabra!—, el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios[11].
Cuando una persona se decide por Dios, empeña sus sueños y energías en lo que más vale la pena. Se da cuenta del sentido último de la libertad, que no está simplemente en poder elegir una cosa u otra, sino en poder disponer de la vida para algo grande, aceptando compromisos definitivos. Dedicar las propias cualidades a seguir a Cristo, aunque a veces implique rechazar otras opciones, trae la felicidad, el ciento por uno[12] en la tierra y la vida eterna[13]. Refleja también un alto grado de madurez interior, pues solo quien tiene una personalidad con convicciones es capaz de comprometerse de una manera total: Libremente, sin coacción alguna, porque me da la gana, me decido por Dios[14].
Abandonar pasado, presente y futuro en el Señor El alma que opta por Dios se mueve con una paz interior que supera cualquier tribulación. Sé en quién he creído[15]: son palabras que expresan la confianza de san Pablo en medio de las dificultades por ser fiel a su vocación de apóstol de las gentes. Quien pone al Señor por fundamento, goza de una seguridad inquebrantable, y esto le permite donarse también a los demás: viviendo el celibato por motivos apostólicos o en el matrimonio o en tantos otros caminos que puede tomar la existencia cristiana. Es una entrega que abarca presente, pasado y futuro, como rezaba san Josemaría: Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno]. Nadie puede cambiar el pasado. Sin embargo, el Señor toma la historia de cada uno, perdona en el sacramento de la Reconciliación los pecados que puedan haber existido y reintegra armoniosamente esos sucesos en la vida de sus hijos. Todo es para bien[17]: incluso los errores que hemos cometido, si sabemos acudir a la misericordia divina y, con la gracia de Dios, procuramos vivir en el presente más pendientes de Él. Así se está también en condiciones de ver confiadamente el futuro, pues sabemos que está en manos de un Padre que nos quiere: ¡quien está en las manos de Dios, cae y se levanta siempre en las manos de Dios!
El recto amor de sí mismo Habéis sido rescatados (…) no con bienes corruptibles, plata u oro, sino con la sangre preciosa de Cristo[1]. San Pedro recuerda a los primeros cristianos que su existencia tiene un valor inconmensurable, pues han sido objeto del abundante amor del Señor, que los ha redimido. Cristo, con el don de la filiación divina, llena de seguridad nuestros pasos por el mundo. Así lo manifestaba con espontaneidad a san Josemaría un chico: "Padre —me decía aquel muchachote (¿qué habrá sido de él?), buen estudiante de la Central—, pensaba en lo que usted me dijo ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, 'engallado' el cuerpo y soberbio por dentro ¡hijo de Dios!" Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la "soberbia"[2].
Conocer la grandeza de nuestra condición ¿Cómo entender ese fomentar la "soberbia"? Ciertamente, no se trata de imaginar virtudes que uno no tiene, ni de vivir con un sentido de autosuficiencia que tarde o temprano traiciona. Consiste más bien en conocer la grandeza de nuestra condición: el ser humano es la «única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo»[3]; creado a su imagen y semejanza, está llamado a llevar a plenitud esta imagen al identificarse cada vez más con Cristo por la acción de la gracia. Esta vocación sublime funda el recto amor de sí mismo, que está presente en la fe cristiana. A la luz de esa fe, podemos juzgar nuestros logros y fracasos. La aceptación serena de la propia identidad condiciona nuestra forma de estar en el mundo y de actuar en él. Además, contribuye a la confianza personal que disminuye los miedos, precipitaciones y retraimientos, facilita la apertura a los demás y a las nuevas situaciones y fomenta el optimismo y la alegría.
La idea positiva o negativa que tenemos de nosotros depende del conocimiento propio y del cumplimiento de las metas que cada uno se propone. Estas parten, en buena medida, de los modelos de hombre o mujer que deseamos alcanzar y que se nos presentan de modos muy diversos, por ejemplo, a través de la educación recibida en el hogar, los comentarios de amigos o conocidos, las ideas predominantes en una determinada sociedad. Por eso, es importante definir cuáles son nuestros puntos de referencia, ya que si son altos y nobles, contribuirán a una adecuada autoestima. Y conviene identificar cuáles son los modelos que circulan en nuestra cultura porque, más o menos conscientemente, influyen en cómo nos valoramos.
Preguntarse por los modelos Sucede, en ocasiones, que formulamos un juicio distorsionado sobre nosotros al haber admitido unos criterios de éxito que, de hecho, pueden ser poco realistas e incluso nocivos: la eficacia profesional a costa de cualquier precio, relaciones afectivas egocéntricas, estilos de vida marcados por el hedonismo. Nos podemos sobrevalorar después de algunos logros, que nos parecen reconocidos por los demás; también nos puede suceder lo contrario: infravalorarnos, al no haber alcanzado determinados objetivos o no sentirnos considerados en ciertos ambientes. Estas valoraciones equivocadas son, en gran medida, la consecuencia de mirar demasiado a quienes califican la trayectoria personal exclusivamente en función de lo que se logra, tiene o posee. Para evitar los riesgos anteriores, vale la pena preguntarse cuáles son nuestros puntos de referencia en la vida profesional, familiar, social y si estos son compatibles con una perspectiva cristiana de la existencia. Sabemos, además, que en último término el modelo más perfecto, completo y plenamente coherente es Jesucristo Ver nuestra vida a la luz de la suya es el mejor modo de valorarnos, pues sabemos que Jesús es un ejemplo cercano, con el que tenemos una relación personal -de un yo con un Tú-a través del amor. Autoconocimiento: con la luz de Dios Para juzgarse con verdad, es imprescindible conocerse. Esta tarea es compleja y requiere un aprendizaje que, en cierto sentido, no termina nunca. Empieza por superar una perspectiva exclusivamente subjetiva -"según yo", "según mi opinión", "a mí me parece"….- para tener en consideración otros pareceres. Si ni siquiera sabemos con exactitud cómo es nuestra voz o apariencia física, y hemos de acudir a herramientas como una grabación o el espejo, ¡cuánto más será indispensable admitir que no somos los mejores jueces para valorar nuestra propia personalidad!
Además de la reflexión personal, conocerse a sí mismo es fruto de lo que nos enseñan los demás sobre nosotros. Esto se consigue cuando sabemos abrirnos a quienes nos pueden ayudar -¡qué gran recurso tenemos en la dirección espiritual personal!-, admitiendo sus opiniones y considerándolas en relación a un buen ideal de vida. En este ámbito también influyen la interacción con quienes nos rodean, las modas y costumbres de la sociedad. Un entorno que promueve la reflexión favorece el desarrollo de los recursos de introspección; mientras que un ambiente con estilo de vida superficial, limita ese desarrollo.
Conviene, por lo tanto, fomentar hábitos de reflexión y preguntarnos cómo nos ve Dios. La oración es el tiempo oportuno, pues al mismo tiempo que conocemos al Señor nos conocemos a nosotros mismos con su luz. Más vale oír reproche de sabio que escuchar alabanza de necio[4]. Por otro lado, como todos somos en parte responsable de la autoestima de quienes nos rodean, hemos de esmerarnos para que en nuestras palabras se refleje la consideración por cada uno, que es hijo de Dios. Especialmente si tenemos una posición de autoridad o de guía (en la relación padre-hijo, profesor-alumno, etc.) los consejos e indicaciones contribuirán a reafirmar en los demás la convicción del propio valer, incluso cuando es preciso corregir con claridad. Este es el punto de partida, el oxígeno para que la persona crezca respirando por sí misma, con esperanza.
Aceptación personal: así nos quiere el Señor Al considerar el propio modo de ser a la luz de Dios, estamos en condiciones de aceptarnos como somos: con talentos y virtudes, pero también con defectos que admitimos humildemente. La verdadera autoestima implica reconocer que no todos somos iguales y aceptar que otras personas pueden ser más inteligentes, tocar mejor un instrumento musical, ser más atléticos... Todos tenemos buenas cualidades que podemos desarrollar y, más importante aún, todos somos hijos de Dios. En esto consiste la genuina auto-aceptación, el sentido positivo del amor propio del cristiano que quiere servir a Dios y a los demás, desechando las comparaciones excesivas que podrían conducir a la tristeza.
En último término, nos aceptaremos como somos si no perdemos de vista que Dios nos ama con nuestros límites, que forman parte de nuestro camino de santificación y son la materia de nuestra lucha. El Señor nos elige, como a los primeros Doce: hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres (cfr. Mt 4, 19), corredentores, administradores de la gracia de Dios. Ante el éxito y los fracasos Desde este planteamiento sobrenatural, se contemplan con mayor profundidad nuestro modo de ser y trayectoria biográfica, entendiendo su pleno sentido. Se relativizan, con una visión de eternidad, los sucesos y logros temporales. Así, si nos alegramos con el éxito en nuestra actividad, sabemos también que lo más importante es que esta haya servido para crecer en santidad. Es el realismo cristiano, madurez humana y sobrenatural, que del mismo modo que no se deja llevar por la exaltación que puede provocar el triunfo o la alabanza, tampoco se arrastra por el pesimismo ante la derrota. Al mismo tiempo, admitir que las dificultades externas y las propias imperfecciones limitan nuestros logros es uno de los aspectos que da forma a la autoestima, fundamenta la madurez personal y abre las puertas del aprendizaje. Solo podemos aprender desde el reconocimiento de nuestras carencias y con la actitud de extraer experiencias positivas de lo sucedido: ¡Has fracasado! -Nosotros no fracasamos nunca. -Pusiste del todo tu confianza en Dios. -No perdonaste, luego, ningún medio humano. Convéncete de esta verdad: el éxito tuyo -ahora y en esto- era fracasar. -Da gracias al Señor y ¡a comenzar de nuevo![7] Se está en condiciones de emprender el camino de la Cruz, que muestra las paradojas de la fortaleza de la debilidad, la grandeza de la miseria y el crecimiento en la humillación, y enseña su extraordinaria eficacia.
Obrar con seguridad y saber rectificar La seguridad personal es más firme cuando se apoya en el saberse hijos amados de Dios, y no en la certeza de alcanzar el éxito, que tantas veces se nos escapa. Esta convicción permite tolerar el riesgo que acompaña cualquier decisión, superar la parálisis de la inseguridad y guardar una actitud de razonable apertura hacia lo nuevo. No es prudente el que no se equivoca nunca, sino el que sabe rectificar sus errores. Es prudente porque prefiere no acertar veinte veces, antes que dejarse llevar de un cómodo abstencionismo. No obra con alocada precipitación o con absurda temeridad, pero asume el riesgo de sus decisiones, y no renuncia a conseguir el bien por miedo a no acertar. incluso las caídas cuando pedimos perdón al Señor y, con su gracia, nos levantamos habiendo crecido en humildad. De este modo, saber rectificar forma parte del proceso de conversión: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda iniquidad.
Una virtud indispensable La autoestima crece, en definitiva, al amparo de la humildad, porque ésa es la virtud que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza[11]. Si falta esta actitud del alma, no es raro que lleguen problemas de estima personal. Pero cuando se cultiva, la persona se llena de realismo, y se valora con acierto: ¡no somos hombres ni mujeres impecables, pero tampoco seres corrompidos! Somos hijos de Dios, y sobre nuestras limitaciones se asienta una dignidad insospechada.
Formar el carácter en la virtud La madurez cristiana implica tomar las riendas de nuestra vida, preguntarnos de verdad, ante Dios, qué nos falta aún. Inicia entonces un combate por adquirir, con nuestro empeño y sobre todo la ayuda del Señor, las virtudes. «Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?»[1]. Nosotros, discípulos del Señor, presenciamos la escena con los Apóstoles, y quizá nos sorprendemos ante la contestación: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios»[2] Jesús no da una respuesta directa. Con suave pedagogía divina, quiere conducir a aquel joven hacia el sentido último de sus aspiraciones: «Jesús muestra que la pregunta del joven es, en realidad, una pregunta religiosa y que la bondad, que atrae y al mismo tiempo vincula al hombre, tiene su fuente en Dios, más aún, es Dios mismo: el Único que es digno de ser amado “con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente"» Para entrar en la Vida El Señor vuelve enseguida a los términos de aquella consulta audaz: ¿qué debo hacer? «Si quieres entrar en la Vida -responde- guarda los mandamientos». Tal como lo presentan los evangelios, el joven es un judío piadoso que podría haberse ido satisfecho con esta respuesta; el Maestro le ha confirmado en sus convicciones, porque le refiere a los mandamientos que ha guardado desde su adolescencia. Sin embargo, quiere oírlos de la boca de este nuevo Rabbí que enseña con autoridad. Intuye, y no se equivoca, que puede abrirle horizontes insospechados. «¿Cuáles?», pregunta. Jesús le recuerda los deberes que tienen que ver con el prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás al prójimo como a ti mismo»]. Son los preceptos -la llamada segunda tabla- que protegen «el bien de la persona humana, imagen de Dios, a través de la tutela de sus bienes particulares»]. Constituyen la primera etapa, la vía hacia la libertad, no la libertad perfecta, como señala san Agustín; dicho de otro modo, son una fase inicial en el camino del amor, pero todavía no el amor maduro, plenamente cumplido.
¿Qué me falta aún? El joven conoce y vive estas prescripciones, pero algo en su interior le pide más; tiene que haber -piensa- algo más que pueda hacer. Jesús lee en su corazón: «fijó en él su mirada y quedó prendado de él»[10]. Y le lanza el desafío de su vida: «Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme. Jesucristo ha puesto a aquel hombre frente a su conciencia, frente a su libertad, frente a su deseo de ser mejor. No sabemos hasta qué punto ha entendido los requerimientos del Maestro, aunque por su misma pregunta -«¿qué me falta aún?»-, parece como si hubiera esperado otras “cosas para hacer". Sus disposiciones son buenas, aunque quizá aún no había entendido la necesidad de interiorizar el sentido de los mandamientos del Señor. La vida a la que Dios llama no consiste únicamente en hacer cosas buenas, sino en «ser buenos», virtuosos. Como solía precisar nuestro Padre[12], no basta con ser bondadosos, sino buenos, de acuerdo con el panorama inmenso -«uno sólo es el bueno»[13]- que Jesús abre ante nosotros.
La madurez cristiana implica tomar las riendas de nuestra vida, preguntarnos de verdad, ante Dios, qué nos falta aún. Nos impulsa a salir del cómodo refugio de quien es un cumplidor de la ley para descubrir que lo que cuenta es seguir a Jesús, a pesar de los propios errores. Dejamos entonces que sus enseñanzas transformen nuestro modo de pensar y de sentir. Experimentamos que nuestro corazón, antes pequeño y encogido, se dilata con la libertad que Dios ha puesto en él: «corro por el camino de tus mandamientos porque has dilatado mi corazón»]
El reto de la formación moral El joven no esperaba que “la cosa que faltaba" fuera precisamente poner su vida a los pies de Dios y de los demás, perdiendo su seguridad de cumplidor Y se marchó triste, como sucede a todo aquel que prefiere seguir exclusivamente su propia hoja de ruta, en vez de dejar que Dios lo guíe y le sorprenda. Dios nos ha llamado a vivir con su libertad -«hac libertate nos Christus liberavit»[15]- y, en el fondo, nuestro corazón no se conforma con menos.
Madurar es aprender a vivir de acuerdo a unos ideales altos. No se trata simplemente de conocer unos preceptos o de adquirir una visión cada vez más afinada de las repercusiones de nuestros actos. Decidirse a ser buenos -santos, en definitiva- supone identificarse con Cristo, sabiendo descubrir las razones del estilo de vida que Él nos propone. Implica, por tanto, conocer el sentido de las normas morales, que nos enseñan a qué bienes debemos aspirar, cómo debemos de vivir para alcanzar una existencia plena. Y esto se alcanza incorporando en nuestro modo de ser las virtudes cristianas.
Los pilares del carácter El saber moral no es un discurso abstracto, ni una técnica. La formación de la conciencia requiere un fortalecimiento del carácter que se apoya sobre las virtudes como sus pilares. Estas asientan la personalidad, la estabilizan, le trasmiten equilibrio. Nos hacen capaces de salir de nosotros mismos, del egocentrismo, y dirigir el foco de nuestros intereses fuera de nosotros, hacia Dios y hacia los demás. La persona virtuosa está centrada, posee medida en todo, es recta, íntegra, enteriza. En cambio, quien carece de virtudes a duras penas será capaz de emprender proyectos de envergadura o de dar forma a los grandes ideales. Su vida estará hecha de improvisaciones y bandazos, de modo que no será fiable, ni siquiera para sí mismo.
Fomentar las virtudes expande nuestra libertad. Nada tiene que ver la virtud con el acostumbramiento o con la rutina. Desde luego, para que arraigue un hábito operativo bueno, para que cuaje en nuestro modo de ser y nos lleve a obrar el bien con más facilidad, no basta con una sola acción.
La renovación del espíritu Las virtudes, humanas y sobrenaturales, nos orientan hacia el bien, hacia aquello que colma nuestras aspiraciones. Nos ayudan a alcanzar la auténtica felicidad, que consiste en unirse a Dios: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado». Otorgan facilidad para actuar según los preceptos morales, que ya no se ven solo como normas a cumplir, sino como un camino que conduce a la perfección cristiana, a la identificación con Jesucristo según el estilo de vida de las bienaventuranzas, que son como el retrato de su rostro y «se refieren a actitudes y disposiciones básicas de la existencia.
Se abre, entonces, un camino de crecimiento en la vida cristiana, según las palabras de san Pablo: «transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto». La gracia cambia el modo en que juzgamos los distintos eventos, y nos da criterios nuevos para actuar. Progresivamente, aprendemos a ajustar nuestro modo de ver las cosas a la voluntad de Dios, que se expresa también en la ley moral, de modo que amamos el bien, la vida santa, y gustamos «qué es lo bueno, agradable y perfecto». Se alcanza una madurez moral y afectiva en clave cristiana, que lleva a apreciar con facilidad qué es lo auténticamente noble, verdadero, justo y bello, y a rechazar el pecado, que ofende la dignidad de los hijos de Dios.
«el criterio supone madurez, firmeza de convicciones, conocimiento suficiente de la doctrina, delicadeza de espíritu, educación de la voluntad»[21]. ¡Qué gran retrato de la personalidad cristiana!: una madurez que nos ayuda a tomar decisiones con libertad interior y hacerlas propias, es decir, con la responsabilidad del que sabe dar cuenta de ellas; unas convicciones fuertes y seguras, basadas en un conocimiento profundo de la doctrina cristiana que alcanzamos a través de clases o charlas de formación, las lecturas, la reflexión y, especialmente, del ejemplo de otros, pues las «verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente». Esto se conjuga con la delicadeza de espíritu, que se traduce en afabilidad con los demás, y la educación de la voluntad, que se resuelve en llevar una vida virtuosa. Un «alma de criterio», por lo tanto, sabe preguntarse en las distintas circunstancias: ¿qué espera Dios de mí? Pide luces al Espíritu Santo, recurre a los principios que ha asimilado, se aconseja con quien puede ayudarle, y sabe actuar en consecuencia.
Fruto del amor Así entendido, el comportamiento moral -que se concreta en vivir los mandamientos con la fuerza de la virtud- es fruto del amor, que nos compromete en la búsqueda y promoción del bien. Un amor así va más allá del sentimiento, que por su propia naturaleza es fluctuante y fugaz: no depende de los humores del momento, de lo que me apetece, o de lo que me gustaría en una determinada circunstancia. Más bien, amar y ser amado supone un darse, que se funda en el atractivo que originan en el corazón el saberse querido por Dios y esos grandes ideales por los que vale la pena empeñar la libertad: «En la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios» La perfección cristiana no se limita al cumplimiento de unas normas, pero tampoco al desarrollo aislado de capacidades como el autocontrol o la eficiencia. Impulsa, más bien, a la entrega de la libertad al Señor, a responder a su invitación: «ven y sígueme»[24], con la ayuda de su gracia. Se trata de vivir según el Espíritu[25], movidos por la caridad, de modo que se desea servir a los demás, y se comprende que la ley de Dios es la vía privilegiada para practicar ese amor libremente elegido. No es cuestión de cumplir unas reglas, sino de adherirse a Jesús, de compartir su vida y su destino, obedeciendo amorosamente a la voluntad del Padre.
Sin ser perfeccionistas. Luchamos por amor a nuestro Padre Dios, es en Él en quien tenemos fija la mirada y no en nosotros mismos. Conviene, por tanto, desechar la tendencia al perfeccionismo, que quizá podría surgir si planteáramos erróneamente nuestra lucha interior según unos criterios de eficacia, la precisión, el rendimiento…, muy en boga en algunos contextos profesionales, pero que desdibujan la vida moral cristiana. La santidad consiste principalmente en amar a Dios. De hecho, la madurez lleva a armonizar el deseo de actuar bien, con las limitaciones reales que experimentamos en nosotros mismos y en los demás. Sin embargo, no perderemos la paz, pues Dios nos dice, lo mismo que al Apóstol: «Te basta mi gracia»[27]. Nos llenamos de agradecimiento y esperanza, pues el Señor cuenta con nuestras limitaciones, con tal de que nos impulsen a convertirnos, a acudir a su ayuda.