Queridos lectores:
Se que cada uno de nosotros tenemos distintas tendencias a la hora de pensar y elegir losHago este preámbulo para contaros lo que me ocurrió.
Después de leer el artículo de Eusebio, «En el cielo como en la tierra», me encantó. Él sabe que soy una admiradora de sus aportaciones, de la maestría y de la personalidad que reflejan sus escritos. Sin embargo, también le comenté que, desde mi punto de vista, en aquel relato pesaba mucho más la ficción que la realidad.
Yo sí creo en el Cielo y, desde pequeños, nos hablaban de él con toda naturalidad. A veces era para animarnos a portarnos bien; otras, cuando fallecía un ser querido. Entonces nos decían: «Está en el Cielo». De niños no comprendíamos del todo el alcance de esas palabras, pero nos llenaban de paz. Era como una puerta abierta a la esperanza de volver a encontrarnos algún día. Otras veces nos decían: «Desde el Cielo te ve y te ayudará más». Y aunque nuestro cuerpo era pequeño, nuestra fe y nuestra confianza eran inmensas.
Con los años esa reacción ya no es igual.
Por eso, cuando leí la descripción que hacía Eusebio, el Cielo se me presentó algo vacío, sin demasiado atractivo... y, casi sin darme cuenta, me creó un pequeño conflicto. Pensé con humor que casi se me quitaban las ganas de ir.
Como tengo cierta tendencia a filosofar y reflexionar, el tema volvió una y otra vez a mi cabeza. Comencé a preguntarme qué sabía realmente del Cielo, qué había oído sobre él.
Recordé aquellas palabras de san Pablo:
"Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman."
Pero, aunque siempre me habían impresionado, en aquel momento no terminaron de responder a mi inquietud.
En estas estaba cuando me dormí.
Y ¿sabéis con qué soñé?
Pues con el Cielo.
Y fue un sueño tan maravilloso que no quería despertar.
Todo era belleza en grado sumo; esplendor, bondad y armonía. Estar allí era participar de algo que no tiene explicación, algo tan sublime que las palabras se quedan inevitablemente cortas.
Comprendí mejor aquello de la contemplación de Dios, pero a través de la contemplación de su obra. Del Paraíso tal como Él lo creó y lo concibió para nuestros primeros padres.
Había toda clase de árboles, plantas, flores y aromas. Todo respiraba una perfecta armonía. También contemplé animales, aves, peces e insectos de todas las especies. Cada uno permanecía en su propio hábitat y, al mismo tiempo, todos convivían como una única familia. Nadie era superior a nadie. Nadie era depredador de nadie.
Incluso conocí especies ya extinguidas, majestuosas, vivas en un eterno presente donde el tiempo, el espacio y el lugar parecían haber desaparecido.
Pero lo que más me impresionó fueron las personas.
Incluso más que los ángeles.
Eran semejantes a Dios, con un cuerpo glorioso, llenas de esplendor, sin huella alguna de enfermedad, defecto o vejez. Se encontraban en un estado de plenitud y pureza que me impresionó profundamente.
Reconocí a personas que nunca había conocido en la tierra: tres de mis abuelos. Allí estaban, conversando con naturalidad junto a todos los seres queridos ya reencontrados, entre ellos mis padres.
Entonces comprendí algo que nunca he olvidado:
El Cielo no es un lugar; es un estado.
Un estado de felicidad perpetua.
No sé cómo explicarlo. Si reuniéramos todos los momentos más felices que hemos vivido a lo largo de nuestra vida, apenas serían una mota de arena comparados con la felicidad que allí se experimenta.
Tengo que confesar que no sé cuánto duró aquel sueño, pero sí sé que permaneció vivo dentro de mí durante mucho tiempo. Lo recordaba con un realismo, una claridad y una verdad tan grandes que, en algunos momentos, casi podría afirmar que lo vi.
Aquel mismo día me empapé de todo cuanto pude encontrar sobre el Cielo. Leí, busqué y profundicé en este tema. Y, sinceramente, nada de lo que encontré contradecía lo que había soñado.
Ante la imposibilidad de explicar qué es realmente el Cielo, muchos autores y teólogos han intentado describirlo diciendo lo que allí no existe: no habrá sufrimiento, ni hambre, ni sed, ni cansancio; no habrá injusticias, ni dolor, ni muerte.
Es un buen comienzo.
Pero me parece una descripción demasiado pobre.
Porque el Cielo no es simplemente la ausencia del mal.
El Cielo es la plenitud del bien; la plenitud del amor, de la belleza, de la verdad y de la presencia de Dios.
No sé si aquel sueño fue únicamente un sueño o un regalo que Dios quiso concederme para fortalecer mi esperanza. Lo que sí sé es que, desde aquel día, cuando pienso en el Cielo, ya no lo imagino como un lugar lejano, sino como el abrazo definitivo con Dios y con todos aquellos a quienes hemos amado.
Y, como dice el título del libro y de la película «El cielo es real», yo también creo que lo es.
Lucía S.
