BIENVENIDOS

19.9.19

Obediencia

                            
                                 Obediencia    ( S Miguel y S Pedro)


La obediencia es una virtud que nos ayuda a buscar y cumplir la voluntad de Dios. Si preguntáramos hoy qué significa obedecer, probablemente recibiríamos respuestas muy diferentes. Para muchos, obedecer puede parecer simplemente someterse a una norma o hacer lo que otro manda. Pero, desde una perspectiva cristiana, la obediencia tiene un sentido mucho más profundo.

Nuestra lucha interior, nuestro esfuerzo por ser santos, consiste en procurar vivir fundamentados en la fe, que nos ayuda a tener unidad de vida. Se trata de luchar para que todos nuestros pensamientos, nuestras obras, nuestras conversaciones, en definitiva, todo lo que hacemos, lo realicemos con Dios y por Dios, dándole un sentido redentor.

Esta es una meta muy grande para nuestra pequeñez. Pero nos fiamos de la gracia y del regalo de la vocación: possumus, podemos.

Es una meta que abarca toda nuestra vida, cada minuto, cada día. Somos limitados y necesitamos un esfuerzo constante. Por eso, a lo largo del camino, necesitamos la gracia de los sacramentos, el alimento de la Eucaristía para no desfallecer, la formación y el consejo de la dirección espiritual.

Este esfuerzo se traduce en el crecimiento de las virtudes humanas y en saber sobrenaturalizarlas orientándolas hacia la meta del cielo.

Las virtudes no son actos aislados ni independientes entre sí. Mantienen una unidad, como los vasos comunicantes: cualquier acto de una virtud ayuda al crecimiento de las demás.

La obediencia con los años

La obediencia es una virtud que, paradójicamente, puede costarnos más vivir a medida que nos hacemos mayores. Y, además, podemos engañarnos pensando que ya la tenemos suficientemente superada.

Con los años adquirimos más autonomía, somos más o menos autosuficientes, tenemos experiencia y criterio propio. Pero precisamente por eso podemos tender a resistirnos más a hacer la voluntad de otro, a aceptar determinadas directrices o a asumir todo lo que lleva consigo vivir en familia.

Podemos caer, sin darnos cuenta, en vivir más como hijos únicos que como miembros de una familia. Empezamos a crear nuestras propias excepciones: «esto no hace falta que lo consulte», «esto siempre lo he hecho así», «por una vez no pasa nada», «esto es una pequeñez»...

Y las pequeñas excepciones, acumuladas a lo largo de los años, pueden terminar creando una mentalidad.

Por eso necesitamos afinar.

Pasan los años y la costumbre puede convertirse en un gran enemigo. Hemos oído mil veces las mismas cosas, las hemos leído, las conocemos... pero precisamente por eso nos puede costar más interiorizarlas. Corremos el riesgo de actuar por inercia, sin preguntarnos por la raíz y por los porqués de nuestro modo de actuar.

Necesitamos hilar fino.

Probablemente no encontraremos grandes cosas ni actos épicos. Pero, si estamos vigilantes, encontraremos muchos pequeños actos de amor.

Obedecer es vivir en familia

Vivir en familia significa ser familia. Y para que una familia funcione hacen falta unas directrices, unas pautas de orden y de delicadeza que faciliten la convivencia.

No se trata de imposiciones. Nuestras casas no funcionan a base de comunicados, como un cuartel:

«Se hace saber... y el que no cumpla, al calabozo».

No es eso.

Las indicaciones que recibimos están orientadas a facilitar la convivencia, mantener un determinado tono, no mortificar ni cargar a nadie y conseguir que todos pongamos de nuestra parte. Se trata de sumar por el bien de todas.

Muchas veces, por una delicadeza extrema de quienes nos dirigen, recibimos muy pocas indicaciones porque se supone que sabemos cómo vivir las cosas. Por eso necesitamos tener el oído atento. A veces, al buen entendedor, pocas palabras bastan.

Y las indicaciones están dirigidas a mí, no a la que tengo al lado.

Otras veces será cuestión de fijarme en el ejemplo de quienes van por delante. Como dice el refrán: «Allá donde fueres, haz lo que vieres».

También necesitamos comprender que vivir en familia implica aceptar determinadas cosas comunes: dentro de lo posible, «un mismo puchero», unos criterios comunes, una manera de organizarse. Y eso requiere mucha fuerza de voluntad.

Hay circunstancias y circunstancias, por supuesto. Pero cuando las necesidades de todas están cubiertas, cuando las cosas están previstas y se hacen a su hora y en su día, conviene preguntarse si realmente necesito introducir una excepción personal.

Cuántos conflictos podemos evitar —o al menos no aumentar— cuidando estas pequeñas cosas.

A veces vivimos «a la carta» sin darnos cuenta.

Y no se trata solamente de grandes decisiones. Puede ser algo tan sencillo como abrir una nevera una y otra vez para buscar algo que estaba previsto y reservado para todas; utilizar como propio algo que necesitan las demás; dejar fuera de su sitio un instrumento que otra persona necesita; ocupar un espacio común como si fuera exclusivamente nuestro...

Son pequeñas cosas, pero precisamente en ellas se manifiesta muchas veces nuestra capacidad de pensar en los demás.

El respeto por los armarios comunes, por las zonas comunes, por el baño, por dejar cada cosa en su sitio, por una toalla, por una tapa, por el tono que empleamos... también forma parte de la obediencia.

Libertad y obediencia

La libertad no está reñida con la obediencia. Al contrario: la obediencia puede convertir un acto no solo en libre, sino también en liberador.

En casa se fomenta y se respeta la pluralidad. La diversidad es algo muy bueno. No se trata de que todas pensemos igual ni de anular la personalidad de nadie.

Somos dueños y responsables de nuestros actos.

Y precisamente porque somos libres podemos obedecer. Sin libertad no se puede amar.

La obediencia no es una ley exterior que me obliga a amar, sino una ley interior que me da fuerza para amar.

Nuestra libertad, eso sí, está limitada por nuestros deberes familiares, cívicos y por las obligaciones que hemos asumido libremente.

Por eso obedecer no significa renunciar a la iniciativa personal, al estudio, al criterio o a la capacidad de gestionar distintas situaciones.

La obediencia es contraria a esa actitud de «que me lo den todo hecho». Al contrario: hay que intentar adelantarse, facilitar, buscar soluciones.

No ir siempre con pegas, sino procurar aportar soluciones.

Sinceridad de vida

La obediencia requiere vivir con rectitud de intención, con sinceridad de vida y en coherencia con nuestra conciencia.

Habitualmente, nuestro único espectador es Dios. Y este convencimiento tiene que manifestarse en nuestras acciones, en todos los ámbitos de nuestra vida.

Tenemos que preguntarnos: ¿estoy pensando en sumar o en complicar? ¿Estoy facilitando la vida a los demás? ¿La huella que dejo mueve o repele?

La verdadera obediencia no consiste simplemente en cumplir externamente. Tiene que transformar nuestro modo de estar con los demás.

Consultar también es obedecer

Hay una obediencia que se juega en cosas muy pequeñas.

A veces nuestro «yo interior» se rebela y nos sugiere hacer simplemente lo que nos da la gana: «mi bola», «yo sé lo que hago», «no necesito consultar esto», «por una vez...».

Podemos llegar a actuar como propietarios de lo que, en realidad, hemos recibido para administrar y poner al servicio de todos.

Por eso, cuando sabemos que algo es una excepción, el mismo acto de consultarlo puede ayudarnos a buscar otras soluciones más adecuadas.

No quiero decir con esto que tengamos que consultar cada paso. No tendría sentido.

Pero sí puede ser muy bueno consultar esas pequeñas excepciones que nos vamos creando. Porque algunas, acumuladas durante años, pueden terminar convirtiéndose en hábitos, manías u obsesiones.

La consulta da alas, forma y da paz.

Una regla de oro ante muchas tentaciones puede ser preguntarnos qué fruto dejan: ¿paz o inquietud?

La conciencia, para obedecerla verdaderamente, tiene que ser una conciencia recta, verdadera y delicada. Y para formarla necesitamos también acudir a Dios, especialmente ante el Sagrario, y dejarnos ayudar por la dirección espiritual.

Humildad, pobreza y obediencia

Hay una relación muy estrecha entre humildad, pobreza y obediencia.

La humildad me facilita vivir la obediencia porque no me fío exclusivamente de mi propio criterio. Me lleva a consultar aquello que se sale de lo ordinario y me ayuda a obedecer sin hacer ningún drama.

La humildad también me ayuda a rechazar ese pequeño tirano interior que se rebela cuando las cosas no se hacen como yo quiero. Y me ayuda a ofrecer y agradecer que no tengan que explicarme todo.

La pobreza, por su parte, también tiene mucho que ver con estas pequeñas decisiones.

Muchas reacciones de «no necesito consultar», «hago lo que me parece» o «utilizo este instrumento como quiero» pueden acabar teniendo consecuencias materiales. Podemos utilizar de manera individual algo que está pensado para todas, gastar más de lo necesario o disponer de algo común como si fuera propio.

La pobreza nos lleva a pensar en el conjunto.

La obediencia y el agradecimiento

A medida que pasan los años, la obediencia tiene que afinarse.

Interiormente podemos llevar un «quién como Dios» transformado, sin darnos cuenta, en un «quién como yo».

Y podemos caer en actitudes como:

«Si no me lo dicen directamente, no tengo por qué hacerlo».

«Si quieren que cambie algo, que me lo digan».

«No voy a admitir insinuaciones».

«Son pequeñeces».

Aquí pueden aparecer también susceptibilidades a flor de piel, pereza para admitir algo que podría ayudarnos a mejorar o una resistencia a aceptar aquello que toca nuestro modo habitual de hacer las cosas.

La obediencia es contraria a la queja y al victimismo.

También puede ser contraria a cierto protagonismo, a la búsqueda de reconocimiento o a pensar demasiado en lo que hacemos nosotros sin reparar en lo que hacen los demás.

Y suele coincidir que las mismas personas que tienen dificultades para obedecer pueden tener también dificultades para reconocer y agradecer lo que hacen los demás.

Porque hay muchísimas cosas pequeñas y ordinarias que los demás hacen cada día por nosotros y a las que podemos acostumbrarnos.

Una persona que obedece, que está integrada en el conjunto, sabe valorar el esfuerzo de los demás. Y es más fácil que sea agradecida porque sabe todo lo que hay detrás de cada cosa que hacen por ella: tiempo, esfuerzo, preocupación, oración, atención...

Valorando al otro, te valoras a ti mismo. Y viceversa.

La obediencia y la vocación

La obediencia también tiene una dimensión sobrenatural: la convicción de la divinidad de la Obra y de que nuestra vocación es un regalo de Dios.

Muchas veces, cuando se hace difícil soñar, el freno no es la falta de capacidad, sino la comodidad de entregarnos a la rutina.

Tenemos que mantener vivo el espíritu de la vocación.

También en el apostolado necesitamos esta actitud de iniciativa y obediencia. Aprovechar las oportunidades, estar allí donde está la gente, buscar caminos nuevos. No todas las personas pueden acercarse a un centro; tenemos que saber salir a su encuentro.

Prefiero una Iglesia herida por salir que una Iglesia sana pero encerrada por miedo.

Esto exige también formación y capacidad para afrontar las preguntas y las dificultades de nuestro tiempo.

Recuerdo el testimonio de aquel sacerdote que, al comenzar su labor en un colegio, se encontró con un comentario de un alumno sobre los sacerdotes y los abusos. Interiormente, aquel comentario le rompió algo. No reaccionó exteriormente; continuó con calma, pero al llegar a casa lloró como un niño.

Podría haberse dejado llevar por el desconcierto. Sin embargo, acudió al Sagrario y buscó consejo espiritual.

A partir de ahí comprendió que tenía que estudiar, formarse, conocer mejor la realidad de los jóvenes. Se metió en su mundo, jugó a lo que ellos jugaban, procuró identificarse con ellos, creó incluso una aplicación y un método de estudio.

Puede gustar más o menos su manera de hacer las cosas, pero lo importante es que supo escuchar.

Escuchar, escuchar y escuchar.

La obediencia no nos encierra: nos ayuda a salir de nosotros mismos para poder servir mejor.

Obedecer como San Miguel

San Miguel nos recuerda aquella respuesta: «¿Quién como Dios?»

Esa es, en el fondo, la actitud de la obediencia.

No «quién como yo», no «yo sé más», no «yo lo haría de otra manera», no «nadie tiene que decirme nada».

Sino:

¿Quién como Dios?

Y desde ahí, con libertad, con iniciativa, con responsabilidad y con alegría, poner nuestra voluntad al servicio de Dios y de los demás.

Ponernos en manos de la Virgen

Y para aprender a vivir esta virtud podemos ponernos en manos de la Virgen.

Ella nos enseña una actitud de docilidad, de espera, de aceptación y de adelantarse a las necesidades de los demás.

María sabe escuchar, sabe esperar, sabe aceptar y sabe ponerse al servicio.

Que nos ayude a vivir una obediencia delicada, alegre y libre; una obediencia que no sea simplemente cumplir, sino amar.

Que nos ayude a descubrir a Dios detrás de las indicaciones, detrás de las pequeñas obligaciones y también detrás de aquellas cosas que no entendemos del todo.

Y que, como San Miguel, sepamos responder con nuestra vida:

¿Quién como Dios?



15.8.19

Bautizo de Marina

 




     
    El verano pasado, después de juntarnos un año más, en las fiestas del pueblo. Ojeando la revista, repasando fotos y recordando acontecimientos. No sé el porqué, pero sentí el impulso de pensar; en la gran pila bautismal. Y es posible que esté equivocada, pero hice cálculos y deduje, que probablemente estuviera sin utilizar casi medio siglo. Hasta el bautizo de mi sobrina Marina. Pues la mayoría de los que estábamos aquí, recibimos en ella el bautismo. Y el que más y el que menos habíamos pasado de esta simbólica cifra.
¡Pues, merece la pena recordarlo.¡
Marina Sanz Infanta fue bautizada el 22-9-2007 a los 3 meses. Una niña preciosa. Allí nos trasladamos la familia. Y lo celebramos también en nuestra casa. Seguro que sus abuelos a los que no conoció lo celebraron por todo lo alto desde el cielo, con su nieta y familia reunida. Cosa que ya no es tan fácil.
Fue idea de Juan Carlos Sanz, el padre, que su pequeña Marina recibiera el sacramento del bautismo en el pueblo. Donde el, su padre y hermanos y quizás hasta su abuelo fueron bautizados.
Era una osadía, pues había que organizarlo todo, que el sacerdote pudiera, etc. Pero esta junto a la ilusión pudo más. Y se dedicaron con cuerpo y alma a reparar y preparar dicha capilla y la iglesia, para este acontecimiento. Retoques de pintura y mucho por limpiar. Pues la iglesia solo se utiliza en verano. Por desgracia como ocurre con tantos pueblos, van quedando pocos vecinos viviendo en él. Nuestra iglesia, como la mayoría de los pueblos de Castilla es señorial, grande, de piedra. Pero en la que el correr de los años ha dejado sus huellas y por desgracia el presupuesto no da para la restauración que necesita. Pero dentro de su sencillez, es espléndida, bonita y acogedora.
Pues después de casi 1/2 siglo de no haber sido bautizado nadie en nuestra iglesia, por lo que la pequeña cripta permanecía cerrada junto a su grandiosa pila bautismal. Marina fue bautizada, no recuerdo si nos tomamos las molestias de mandar alguna foto, la digitalización apenas comenzaba. Pero como más vale tarde que nunca, viendo que salían anécdotas muy variadas, creímos que había sido un acontecimiento precioso y diría casi histórico en el pueblo. Y ojalá no fuera la Última en hacerlo
Marina ya está mayor, y le encanta ir al pueblo a pasar el día, subir a llano, incluso ir a buscar setas. Su hermano Álvaro se conoce todas las rutas y sendas. Tanto es así, que el verano pasado lo comprobamos. Pues los días que estuvimos, nos levantamos temprano para hacer una ruta de dos horas antes de Misa con él. Y nos sorprendió, los paisajes, bosques, dehesas. Lugares que siendo del pueblo yo no conocía, ni había descubierto. Para el no hay límites, es un deportista nato. Y domina la situación de todos los picos, montes, etc. de Burgos pues pocos le quedaran por explorar. Tiene mucho interés por distinguir las setas, y reconocer los terrenos propicios, la fauna la flora….
Me da pena, que a veces cuando llegan a una edad, no les atraiga ir ya al pueblo, pues no encuentran alicientes.
 El pueblo está precioso y muy cuidado, pero prácticamente tiene vida un periodo corto. Por lo que no tienen alternativa para divertirse y se aburren los más jóvenes.
Yo no recuerdo aburrirme de pequeña. Pero es verdad que ha cambiado mucho. Prácticamente nuestra vida y diversión estaba en la calle, había menos peligros, todos nos conocíamos.
Por si los más jóvenes se preguntan ¿Qué hacíamos? Pues teníamos los prados, las huertas, el río, nos bañábamos en aquella pequeña poza que era nuestra piscina. Cogíamos cangrejos, y pasábamos la tarde del domingo a la fresca mientras echabas los reteles y jugábamos.
Subíamos a los árboles, nos tiramos con cartones en la cuesta lisa etc. Cosas que ya solo existen en nuestra memoria.
Pues ahora está muy cambiado. Sembrado con cereales. Pues al no haber gente que va limpiando, y ganado que va comiendo toda la maleza esta se vuelve salvaje.
Luego ya no nieva como cuando éramos pequeños. Por lo que el río lleva muy poca agua y no existe la zona fresca para pasear en su rivera. Por lo general todo está más seco. Propio de las zonas deshabitadas, Junto con este cambio climático del que todos somos conscientes.   
                                         
                                                                                   Lucia Sanz



                                           

16.4.19

Ordesa

 



Tengo que confesar que, de entrada, este libro no despertó mi interés. Desde las primeras cincuenta páginas tuve la sensación de haber descubierto ya su hilo conductor. Me preguntaba si era realmente necesario tanto rodeo, tantas divagaciones y vueltas sobre una misma idea para expresar algo que el lector intuye desde el principio. Se me hizo largo, con demasiadas páginas para llegar a confirmar aquello que ya había comprendido.

Diría que estamos ante una autobiografía transformada en narrativa. En algunos momentos la percibí más como una sucesión de pensamientos, reflexiones y sentencias que como un relato. Hay frases brillantes, sí, pero en ocasiones parecen encajar con poca coherencia. Incluso llega a hacer afirmaciones categóricas desde una visión muy subjetiva que, páginas después, él mismo acaba contradiciendo.

Las grandes editoriales pueden permitirse publicar libros de este tipo e incluso convertirlos en superventas. Al fin y al cabo, cuenta una historia personal que, en muchos aspectos, resulta común para quienes hemos vivido las décadas de los setenta, ochenta y noventa. Sin embargo, también hay circunstancias profundamente distintas que hacen de su experiencia algo muy particular.

A medida que avanzo en la lectura comprendo mejor el motivo de esa aparente divagación inicial. El propio autor escribe:

«Cuando se murieron mis padres tenía dos opciones: ir al psiquiatra o escribir el libro. Escribí el libro porque me salía más barato».

Esa frase lo explica casi todo.

Es como si, poco a poco, el autor fuera desnudándose ante el lector. Va desprendiéndose de un mundo interior que lo asfixia y del que necesita liberarse, aunque para ello tenga que arrancarse jirones del alma y volver a abrir heridas que nunca llegaron a cicatrizar.

Todos necesitamos, en algún momento de la vida, un desaguadero para vaciar lo que llevamos dentro. Solo cuando limpiamos el dolor que nos corroe podemos hacer sitio a otras muchas cosas buenas que también existen, aunque a veces no seamos capaces de verlas.

Creo que este libro es, precisamente, eso: una confesión. Un inmenso desahogo. El intento de sacar fuera una vida llena de añoranzas, recuerdos, silencios, omisiones y, sobre todo, de remordimiento. Es un caudal de lágrimas que permanecieron congeladas durante años en su interior.

Describe también una vida con pocas raíces familiares. Apenas conoce la historia de sus abuelos y da la impresión de que sus padres nunca le hablaron demasiado de ellos, o quizá él nunca preguntó lo suficiente.

En muchos momentos tengo la sensación de que vive instalado en una angustia existencial permanente. Todos atravesamos pérdidas y adversidades, aunque no escribamos un libro sobre ellas. Todos conocemos el duelo y la ausencia de personas muy queridas.

Hay pasajes en los que parece necesitar culpabilizar a todo y a todos. Me pregunto si realmente ese camino puede conducir a la paz interior. Desde mi punto de vista, no. El libro me transmite la impresión de que durante demasiados años vivió instalado en una especie de síndrome de Peter Pan, sin terminar de asumir determinadas responsabilidades emocionales.

Percibo también un exceso de queja y de autocompasión. Comprendo el peso del remordimiento. Quizá permaneció demasiado tiempo encerrado en su propio mundo mientras sus padres estaban ahí, justificándose a sí mismo como si fuera la única víctima. Ahora ellos ya no están y todo se convierte en recuerdo.

Hay un pasaje especialmente hermoso que resume esa toma de conciencia:

«Todo lo que hiciste por mí es ya sagrado. Todo cuanto te vi hacer por mí es la sangre misma de la vida. Todo lo recuerdo.»

El paso del tiempo le hace reconocerse en sus propios hijos. Descubre en ellos actitudes que fueron las suyas. Recuerda aquellos besos y abrazos que nunca dio a su madre, cuando ella le reprochaba: «Lo que haces, harán tus hijos contigo». Cuando ella llamaba por teléfono y él no quería hablar, ahora es él quien quisiera hacerlo... pero ella ya no está. Ese es, probablemente, el verdadero centro del libro: el remordimiento por el tiempo perdido.

Ese reproche, en mayor o menor medida, podría hacérnoslo cualquiera de nosotros. Y ahí encuentro una de las enseñanzas más valiosas de esta obra: no dejar pasar la oportunidad de demostrar cariño a quienes queremos.

El libro puede entenderse también como una llamada a cambiar de actitud. A agradecer lo que la vida todavía nos ofrece. Seguramente tenemos muchos más motivos para dar gracias de los que imaginamos. Basta con levantar la vista al cielo, comprobar que cada día vuelve a salir el sol y mirar a nuestro alrededor para descubrir personas con razones infinitamente más dolorosas para sentirse derrotadas.

La vida nos invita a reparar errores cuando aún estamos a tiempo y a seguir caminando siempre hacia delante.

Donde discrepo profundamente es en algunos juicios que el autor realiza sobre cuestiones que afectan a todos. Me habría gustado encontrar una mirada más equilibrada y menos categórica, especialmente cuando habla de su país. Considero que, en ocasiones, lanza afirmaciones con excesiva ligereza, incluso con cierto desprecio, para después matizarlas o desmentirlas pocas páginas más adelante.

A pesar de todo, quiero agradecerle muchas de las reflexiones que deja sembradas entre sus páginas. Algunas invitan sinceramente al lector a detenerse y pensar. No son citas textuales, pero sí ideas que me acompañarán después de cerrar el libro:

  • La facilidad con la que el ser humano termina hermanándose con el pesimismo.
  • Que desde que dejó de beber empezó a mirar a las personas con mejores ojos.
  • La hermosa costumbre de poner nombres de músicos y compositores a sus seres queridos para que su recuerdo sonara siempre como música.
  • La creación del personaje del maquinista, que me pareció uno de los mayores aciertos narrativos.
  • Los recuerdos de su madre en las tareas cotidianas, que resurgen cuando a él le toca realizar esas mismas faenas.

Conclusión

Si algo me deja esta lectura es una certeza que los años terminan confirmando: conforme envejecemos comprendemos que muy pocas cosas son realmente importantes.

Al final de la vida, lo que verdaderamente permanece no son los éxitos, el dinero ni el reconocimiento. Permanecen la familia, la fe, un reducido grupo de amigos auténticos y todas aquellas experiencias que nos ayudaron a crecer como personas.

Ese, para mí, es el verdadero mensaje que merece la pena conservar después de cerrar este libro.

                                  Lucía S.

                    

22.2.19

El Corazón De Las Tinieblas (Crítica Literaria)

El argumento de esta novela inspiró la película Apocalypse Now.

Marlow, un agente comercial británico, se ve obligado a remontar el río Congo en busca de Kurtz, uno de los hombres más prestigiosos de la compañía para la que trabaja. A medida que el barco avanza por territorios cada vez más inhóspitos, Marlow va construyendo una imagen casi legendaria de aquel hombre al que todos parecen admirar. Sin embargo, lo que encontrará será un mundo apocalíptico y tenebroso, dominado por un personaje que simboliza la degradación moral, la corrupción del poder y la contradicción de una civilización que presume de progreso mientras destruye todo cuanto toca.

La novela nos conduce al corazón de la selva, pero también al lado más oscuro del ser humano. La colonización europea, la codicia por la expansión, la explotación de los pueblos africanos, la esclavitud y la deshumanización aparecen retratadas con una crudeza extraordinaria. La selva deja de ser un simple escenario para convertirse en un personaje más, con una fuerza casi sobrenatural. Solo quien se adentra en ella puede comprender su inmensidad y el efecto que ejerce sobre quienes la desafían.

La obra es un profundo alegato sobre los rincones más ocultos del alma humana. En sus páginas conviven el bien y el mal, la vida y la muerte, la cordura y la locura, la soledad y la fragilidad del hombre. Más que una novela de aventuras, es una exploración filosófica y moral.

Sin embargo, debo reconocer que el modo de contar la historia no ha conseguido llegarme. El simbolismo es constante y, en ocasiones, excesivo. Para un libro relativamente breve, concentra una enorme carga psicológica y filosófica que hace la lectura lenta y, por momentos, difícil de seguir.

Tampoco ayuda la escasez de diálogos. La narración se apoya sobre todo en largas descripciones y reflexiones que, aunque crean una atmósfera muy poderosa, terminan ralentizando el ritmo. Eso sí, las escenas de la brutalidad ejercida contra los nativos están descritas con tal intensidad que transmiten al lector una permanente sensación de angustia y asfixia.

Desde un punto de vista ético, la novela constituye una reflexión extraordinaria sobre los límites de las acciones humanas y sobre la delgada línea que separa la civilización de la barbarie. También denuncia cómo el poder sin escrúpulos acaba destruyendo tanto a quien lo ejerce como a quienes lo padecen. Kurtz representa precisamente esa caída hacia el abismo moral.

El viaje por el Congo termina convirtiéndose en un viaje interior. Marlow —y con él el lector— se enfrenta a preguntas incómodas sobre la corrupción del hombre, la locura del poder, el colonialismo y la explotación humana y ambiental. La célebre frase final de Kurtz, «¡El horror! ¡El horror!», resume con una fuerza extraordinaria todo el sentido de la obra.

A pesar de reconocer su enorme importancia literaria, personalmente esta novela no me ha entusiasmado. Incluso después de una segunda lectura, mi impresión apenas ha cambiado. La considero una obra excesivamente oscura, barroca y simbólica. Sus frecuentes digresiones desvían la atención de la acción principal y hacen que el relato pierda dinamismo. Comprendo por qué muchos la consideran una obra maestra, pero en mi caso no ha despertado el interés por seguir leyendo al autor.

Quisiera destacar, no obstante, un detalle que me pareció especialmente humano: el gesto final de Marlow hacia la prometida de Kurtz. Después de todo el horror vivido durante el viaje, ese pequeño acto de compasión introduce un destello de humanidad en medio de tanta oscuridad.

Quizá esa sea la gran enseñanza de la novela: todos llevamos dentro la posibilidad de convertirnos en Kurtz. Las circunstancias, la ambición o el poder pueden sacar a la luz aquello que creemos controlar. La auténtica civilización no consiste en dominar a otros, sino en no perder nunca la conciencia de nuestra propia humanidad.

«Si la riqueza fuera el secreto de la felicidad, los ricos estarían bailando por las calles. Pero solo los niños pobres hacen eso.»

                                                                            Lucia SS 

El Secreto De Mi Madre (Tertulia Literaria)


 
Cuando el amor vence al horror

Me hace ilusión haceros partícipes de este libro, por si aún no lo habéis leído. Es un libro corto en número de páginas, pero inmenso por la profundidad de su contenido.

Quizá esta no sea una crítica literaria al libro de este mes, El corazón de las tinieblas, sino más bien una reflexión nacida de su lectura. Al terminarlo me quedó una sensación de desazón, y, casi de inmediato, acudió a mi memoria otro libro que había leído tiempo atrás.

Precisamente esa similitud, aunque en sentido completamente opuesto, me ha animado a compartir esta reseña. Si El corazón de las tinieblas nos enfrenta a los horrores de los que es capaz el ser humano, El secreto de mi madre nos descubre la inmensa capacidad que también tenemos para amar y dejarnos amar.

Es una historia narrada con un realismo conmovedor y, al mismo tiempo, con una delicadeza infinita. Es de esos libros que no puedes abandonar una vez empiezas a leerlos, porque, página tras página, va ensanchando el corazón.

En más de una ocasión me pregunté: ¿dónde está el límite para una persona dispuesta a hacer el bien? ¿Hasta dónde puede llegar alguien que pone en riesgo su propia vida y la de su hija por salvar la de otros? La respuesta que ofrece este libro es sencilla y, a la vez, inmensa: amar sin medida.

Me gustan los libros que dejan poso, los que me ayudan a ser un poco mejor, los que, al cerrarlos, me hacen pensar que, a pesar de todo, vale la pena seguir creyendo en el ser humano.

La historia está basada en hechos reales y fue llevada al cine.

Soy consciente de que la editorial no es de las más conocidas y de que el libro no ha recibido grandes premios. Sin embargo, siento un cierto orgullo al considerarme una rescatadora de libros y autores que permanecen ocultos para las grandes editoriales y el gran público. Muchas veces, las mejores historias pasan desapercibidas, no porque sean peores, sino porque nunca tuvieron la oportunidad de llegar a más lectores.

También sé que mi formación literaria es sencilla y que quizá mis criterios de exigencia no sean los de un crítico especializado. Pero precisamente por eso leo: para disfrutar, descansar, aprender y crecer como persona. Y procuro escoger libros que despierten en mí esas emociones.

Dicho esto, paso a haceros una breve introducción.

Sinopsis

En 1939, las tropas hitlerianas invaden Polonia. Los judíos comienzan a ser perseguidos y encerrados en guetos, donde sobreviven en condiciones inhumanas. El terror se apodera del país: los vecinos se denuncian entre sí y cualquiera puede ser acusado de ayudar a un judío. La pena por ofrecerles refugio o asistencia es la muerte.

Años antes, una mujer abandona a su marido en Alemania. Él simpatiza con el nazismo; ella no. Junto a sus dos hijos, Helena y Damian, regresa a Sokal, su pueblo natal en Polonia. Esa mujer se llama Franciska. Es una persona sencilla, un peón más en el inmenso tablero de la guerra, pero será capaz de arriesgar su vida y la de su familia por mantenerse fiel a sus principios.

Mikolaj es un niño judío, hijo del director del hospital de la zona. Vilheim es uno de los soldados alemanes que vigilan el gueto de Sokal. Bronek es un hombre judío encerrado allí junto a su familia. Sus destinos terminarán entrelazándose, y será Franciska quien, con una valentía extraordinaria, tratará de protegerlos a todos, ofreciendo refugio y esperanza durante los años más oscuros de la guerra.

La novela está narrada desde cuatro puntos de vista distintos: Helena, la hija de Franciska; Vilheim, el soldado alemán; Bronek y el pequeño Mikolaj. Cada uno aporta una mirada diferente, y todas ellas se van entretejiendo hasta formar un relato lleno de humanidad que permite comprender la historia desde perspectivas muy diversas.

El secreto de mi madre no es únicamente otra novela sobre la Segunda Guerra Mundial. Es, sobre todo, un homenaje a la bondad, al sacrificio y a la esperanza. Nos recuerda que, incluso cuando todo parece perdido, siempre puede aparecer alguien dispuesto a encender una luz en medio de la oscuridad.

Es una lectura ágil, emocionante y profundamente inspiradora. Una auténtica oda a la valentía. Porque no hacen falta superpoderes ni capas para cambiar el mundo. Son nuestras decisiones, nuestros pequeños actos cotidianos, los que nos convierten en héroes o villanos de nuestra propia historia.

Y, al cerrar el libro, uno comprende que el verdadero secreto de Franciska no era esconder personas. Su verdadero secreto era haber comprendido que el amor siempre es más fuerte que el miedo.


«La felicidad te mantiene dulce.
Los juicios te mantienen fuerte.
Los dolores te mantienen humano.
El fracaso te mantiene humilde.
El éxito te mantiene brillante.
Pero solo la fe te mantiene en marcha.»

                                                                   Lucía S.



24.1.19

La Importancia Del Significado De Las Palabras

       

                                                                         
                                                                             CARTA DE UNA ZORRA

dirigida al juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo, y motivada porque este juez ha dictado una sentencia en la que afirma: «Que llamar zorra a una mujer no es delito, ni falta, ni nada, porque quien usa ese adjetivo en realidad lo que quiere decir es que dicha mujer es astuta y sagaz». En base a ello, he aquí el escrito que le ha remitido una ciudadana:

"Estimado juez Del Olmo:

El motivo de esta misiva no es otro que el de solicitarle amparo judicial ante una injusticia cometida en la persona de mi tía abuela Felicitas y que me tiene un tanto preocupada. Paso a exponerle los hechos:

Esta mañana mi tía abuela Felicitas y servidora nos hemos cruzado en el garaje con un sujeto bastante cafre que goza de una merecida impopularidad entre la comunidad de vecinos. Animada por la última sentencia de su cosecha, que le ha hecho comprender la utilidad de la palabra como vehículo para limar asperezas, y echando mano a la riqueza semántica de nuestra querida lengua española, mi querida tía abuela, mujer locuaz donde las haya, le ha saludado con un jovial "que te den, cabrito".

Se ha puesto como una energúmeno, oiga. De poco me ha servido explicarle que la buena de mi tía abuela lo decía en el sentido de alabar sus grandes dotes como trepador de riscos, y que en estas épocas de recortes a espuertas, desear a alguien que le den algo es la expresión de un deseo de buena voluntad.
El sujeto, entre espumarajos, nos ha soltado unos cuantos vocablos, que no sé si eran insultos o piropos porque no ha especificado a cuál de sus múltiples acepciones se refería, y ha enfilado hacia la comisaría más cercana haciendo oídos sordos a mis razonamientos, que no son otros que los suyos de usted, y a los de mi tía abuela, que le despedía señalando hacia arriba con el dedo corazón de su mano derecha con la evidente intención de saber hacia dónde soplaba el viento.

Como tengo la esperanza de que la denuncia que sin duda está intentando colocar esa hiena -en el sentido de que es un hombre de sonrisa fácil- llegue en algún momento a sus manos, le ruego, por favor, que intente mediar en este asunto explicándole al asno -expresado con la intención de destacar que es hombre tozudo, a la par que trabajador- de mi vecino lo de que las palabras no siempre significan lo que significan, y le muestre de primera mano esa magnífica sentencia suya en la que determina que llamar zorra a una mujer es asumible siempre y cuando se diga en su acepción de mujer astuta.

Sé que es usted un porcino -dicho con el ánimo de remarcar que todo en su señoría son recursos aprovechables- y que como tal, pondrá todo lo que esté de su mano para que mi vecino y otros carroñeros como él -dicho en el sentido de que son personas que se comen los filetes una vez muerta la vaca - entren por el aro y comprendan que basta un poco de buena voluntad, como la de mi tía abuela Felicitas, para transformar las agrias discusiones a gritos en educados intercambios de descripciones, tal y como determina usted en su sentencia, convirtiendo así el mundo en un lugar mucho más agradable.

Sin más, y agradeciéndole de antemano su atención, se despide atentamente, una víbora (evidentemente, en el sentido de ponerme a sus pies), enviándole mis más respetuosos saludos a las zorras de su esposa y su madre"
       
                                       CARTA DE UNA ZORRA,



Dirigida al juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo, y motivada porque este juez ha dictado una sentencia en la que afirma: «Que llamar zorra a una mujer no es delito, ni falta, ni nada, porque quien usa ese adjetivo en realidad lo que quiere decir es que dicha mujer es astuta y sagaz». En base a ello, he aquí el escrito que le ha remitido una ciudadana:

"Estimado juez Del Olmo:

El motivo de esta misiva no es otro que el de solicitarle amparo judicial ante una injusticia cometida en la persona de mi tía abuela Felicitas y que me tiene un tanto preocupada. Paso a exponerle los hechos:

Esta mañana mi tía abuela Felicitas y servidora nos hemos cruzado en el garaje con un sujeto bastante cafre que goza de una merecida impopularidad 

Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...