Obediencia ( S Miguel y S Pedro)
Nuestra lucha interior, nuestro esfuerzo por ser santos, consiste en procurar vivir fundamentados en la fe, que nos ayuda a tener unidad de vida. Se trata de luchar para que todos nuestros pensamientos, nuestras obras, nuestras conversaciones, en definitiva, todo lo que hacemos, lo realicemos con Dios y por Dios, dándole un sentido redentor.
Esta es una meta muy grande para nuestra pequeñez. Pero nos fiamos de la gracia y del regalo de la vocación: possumus, podemos.
Es una meta que abarca toda nuestra vida, cada minuto, cada día. Somos limitados y necesitamos un esfuerzo constante. Por eso, a lo largo del camino, necesitamos la gracia de los sacramentos, el alimento de la Eucaristía para no desfallecer, la formación y el consejo de la dirección espiritual.
Este esfuerzo se traduce en el crecimiento de las virtudes humanas y en saber sobrenaturalizarlas orientándolas hacia la meta del cielo.
Las virtudes no son actos aislados ni independientes entre sí. Mantienen una unidad, como los vasos comunicantes: cualquier acto de una virtud ayuda al crecimiento de las demás.
La obediencia con los años
La obediencia es una virtud que, paradójicamente, puede costarnos más vivir a medida que nos hacemos mayores. Y, además, podemos engañarnos pensando que ya la tenemos suficientemente superada.
Con los años adquirimos más autonomía, somos más o menos autosuficientes, tenemos experiencia y criterio propio. Pero precisamente por eso podemos tender a resistirnos más a hacer la voluntad de otro, a aceptar determinadas directrices o a asumir todo lo que lleva consigo vivir en familia.
Podemos caer, sin darnos cuenta, en vivir más como hijos únicos que como miembros de una familia. Empezamos a crear nuestras propias excepciones: «esto no hace falta que lo consulte», «esto siempre lo he hecho así», «por una vez no pasa nada», «esto es una pequeñez»...
Y las pequeñas excepciones, acumuladas a lo largo de los años, pueden terminar creando una mentalidad.
Por eso necesitamos afinar.
Pasan los años y la costumbre puede convertirse en un gran enemigo. Hemos oído mil veces las mismas cosas, las hemos leído, las conocemos... pero precisamente por eso nos puede costar más interiorizarlas. Corremos el riesgo de actuar por inercia, sin preguntarnos por la raíz y por los porqués de nuestro modo de actuar.
Necesitamos hilar fino.
Probablemente no encontraremos grandes cosas ni actos épicos. Pero, si estamos vigilantes, encontraremos muchos pequeños actos de amor.
Obedecer es vivir en familia
Vivir en familia significa ser familia. Y para que una familia funcione hacen falta unas directrices, unas pautas de orden y de delicadeza que faciliten la convivencia.
No se trata de imposiciones. Nuestras casas no funcionan a base de comunicados, como un cuartel:
«Se hace saber... y el que no cumpla, al calabozo».
No es eso.
Las indicaciones que recibimos están orientadas a facilitar la convivencia, mantener un determinado tono, no mortificar ni cargar a nadie y conseguir que todos pongamos de nuestra parte. Se trata de sumar por el bien de todas.
Muchas veces, por una delicadeza extrema de quienes nos dirigen, recibimos muy pocas indicaciones porque se supone que sabemos cómo vivir las cosas. Por eso necesitamos tener el oído atento. A veces, al buen entendedor, pocas palabras bastan.
Y las indicaciones están dirigidas a mí, no a la que tengo al lado.
Otras veces será cuestión de fijarme en el ejemplo de quienes van por delante. Como dice el refrán: «Allá donde fueres, haz lo que vieres».
También necesitamos comprender que vivir en familia implica aceptar determinadas cosas comunes: dentro de lo posible, «un mismo puchero», unos criterios comunes, una manera de organizarse. Y eso requiere mucha fuerza de voluntad.
Hay circunstancias y circunstancias, por supuesto. Pero cuando las necesidades de todas están cubiertas, cuando las cosas están previstas y se hacen a su hora y en su día, conviene preguntarse si realmente necesito introducir una excepción personal.
Cuántos conflictos podemos evitar —o al menos no aumentar— cuidando estas pequeñas cosas.
A veces vivimos «a la carta» sin darnos cuenta.
Y no se trata solamente de grandes decisiones. Puede ser algo tan sencillo como abrir una nevera una y otra vez para buscar algo que estaba previsto y reservado para todas; utilizar como propio algo que necesitan las demás; dejar fuera de su sitio un instrumento que otra persona necesita; ocupar un espacio común como si fuera exclusivamente nuestro...
Son pequeñas cosas, pero precisamente en ellas se manifiesta muchas veces nuestra capacidad de pensar en los demás.
El respeto por los armarios comunes, por las zonas comunes, por el baño, por dejar cada cosa en su sitio, por una toalla, por una tapa, por el tono que empleamos... también forma parte de la obediencia.
Libertad y obediencia
La libertad no está reñida con la obediencia. Al contrario: la obediencia puede convertir un acto no solo en libre, sino también en liberador.
En casa se fomenta y se respeta la pluralidad. La diversidad es algo muy bueno. No se trata de que todas pensemos igual ni de anular la personalidad de nadie.
Somos dueños y responsables de nuestros actos.
Y precisamente porque somos libres podemos obedecer. Sin libertad no se puede amar.
La obediencia no es una ley exterior que me obliga a amar, sino una ley interior que me da fuerza para amar.
Nuestra libertad, eso sí, está limitada por nuestros deberes familiares, cívicos y por las obligaciones que hemos asumido libremente.
Por eso obedecer no significa renunciar a la iniciativa personal, al estudio, al criterio o a la capacidad de gestionar distintas situaciones.
La obediencia es contraria a esa actitud de «que me lo den todo hecho». Al contrario: hay que intentar adelantarse, facilitar, buscar soluciones.
No ir siempre con pegas, sino procurar aportar soluciones.
Sinceridad de vida
La obediencia requiere vivir con rectitud de intención, con sinceridad de vida y en coherencia con nuestra conciencia.
Habitualmente, nuestro único espectador es Dios. Y este convencimiento tiene que manifestarse en nuestras acciones, en todos los ámbitos de nuestra vida.
Tenemos que preguntarnos: ¿estoy pensando en sumar o en complicar? ¿Estoy facilitando la vida a los demás? ¿La huella que dejo mueve o repele?
La verdadera obediencia no consiste simplemente en cumplir externamente. Tiene que transformar nuestro modo de estar con los demás.
Consultar también es obedecer
Hay una obediencia que se juega en cosas muy pequeñas.
A veces nuestro «yo interior» se rebela y nos sugiere hacer simplemente lo que nos da la gana: «mi bola», «yo sé lo que hago», «no necesito consultar esto», «por una vez...».
Podemos llegar a actuar como propietarios de lo que, en realidad, hemos recibido para administrar y poner al servicio de todos.
Por eso, cuando sabemos que algo es una excepción, el mismo acto de consultarlo puede ayudarnos a buscar otras soluciones más adecuadas.
No quiero decir con esto que tengamos que consultar cada paso. No tendría sentido.
Pero sí puede ser muy bueno consultar esas pequeñas excepciones que nos vamos creando. Porque algunas, acumuladas durante años, pueden terminar convirtiéndose en hábitos, manías u obsesiones.
La consulta da alas, forma y da paz.
Una regla de oro ante muchas tentaciones puede ser preguntarnos qué fruto dejan: ¿paz o inquietud?
La conciencia, para obedecerla verdaderamente, tiene que ser una conciencia recta, verdadera y delicada. Y para formarla necesitamos también acudir a Dios, especialmente ante el Sagrario, y dejarnos ayudar por la dirección espiritual.
Humildad, pobreza y obediencia
Hay una relación muy estrecha entre humildad, pobreza y obediencia.
La humildad me facilita vivir la obediencia porque no me fío exclusivamente de mi propio criterio. Me lleva a consultar aquello que se sale de lo ordinario y me ayuda a obedecer sin hacer ningún drama.
La humildad también me ayuda a rechazar ese pequeño tirano interior que se rebela cuando las cosas no se hacen como yo quiero. Y me ayuda a ofrecer y agradecer que no tengan que explicarme todo.
La pobreza, por su parte, también tiene mucho que ver con estas pequeñas decisiones.
Muchas reacciones de «no necesito consultar», «hago lo que me parece» o «utilizo este instrumento como quiero» pueden acabar teniendo consecuencias materiales. Podemos utilizar de manera individual algo que está pensado para todas, gastar más de lo necesario o disponer de algo común como si fuera propio.
La pobreza nos lleva a pensar en el conjunto.
La obediencia y el agradecimiento
A medida que pasan los años, la obediencia tiene que afinarse.
Interiormente podemos llevar un «quién como Dios» transformado, sin darnos cuenta, en un «quién como yo».
Y podemos caer en actitudes como:
«Si no me lo dicen directamente, no tengo por qué hacerlo».
«Si quieren que cambie algo, que me lo digan».
«No voy a admitir insinuaciones».
«Son pequeñeces».
Aquí pueden aparecer también susceptibilidades a flor de piel, pereza para admitir algo que podría ayudarnos a mejorar o una resistencia a aceptar aquello que toca nuestro modo habitual de hacer las cosas.
La obediencia es contraria a la queja y al victimismo.
También puede ser contraria a cierto protagonismo, a la búsqueda de reconocimiento o a pensar demasiado en lo que hacemos nosotros sin reparar en lo que hacen los demás.
Y suele coincidir que las mismas personas que tienen dificultades para obedecer pueden tener también dificultades para reconocer y agradecer lo que hacen los demás.
Porque hay muchísimas cosas pequeñas y ordinarias que los demás hacen cada día por nosotros y a las que podemos acostumbrarnos.
Una persona que obedece, que está integrada en el conjunto, sabe valorar el esfuerzo de los demás. Y es más fácil que sea agradecida porque sabe todo lo que hay detrás de cada cosa que hacen por ella: tiempo, esfuerzo, preocupación, oración, atención...
Valorando al otro, te valoras a ti mismo. Y viceversa.
La obediencia y la vocación
La obediencia también tiene una dimensión sobrenatural: la convicción de la divinidad de la Obra y de que nuestra vocación es un regalo de Dios.
Muchas veces, cuando se hace difícil soñar, el freno no es la falta de capacidad, sino la comodidad de entregarnos a la rutina.
Tenemos que mantener vivo el espíritu de la vocación.
También en el apostolado necesitamos esta actitud de iniciativa y obediencia. Aprovechar las oportunidades, estar allí donde está la gente, buscar caminos nuevos. No todas las personas pueden acercarse a un centro; tenemos que saber salir a su encuentro.
Prefiero una Iglesia herida por salir que una Iglesia sana pero encerrada por miedo.
Esto exige también formación y capacidad para afrontar las preguntas y las dificultades de nuestro tiempo.
Recuerdo el testimonio de aquel sacerdote que, al comenzar su labor en un colegio, se encontró con un comentario de un alumno sobre los sacerdotes y los abusos. Interiormente, aquel comentario le rompió algo. No reaccionó exteriormente; continuó con calma, pero al llegar a casa lloró como un niño.
Podría haberse dejado llevar por el desconcierto. Sin embargo, acudió al Sagrario y buscó consejo espiritual.
A partir de ahí comprendió que tenía que estudiar, formarse, conocer mejor la realidad de los jóvenes. Se metió en su mundo, jugó a lo que ellos jugaban, procuró identificarse con ellos, creó incluso una aplicación y un método de estudio.
Puede gustar más o menos su manera de hacer las cosas, pero lo importante es que supo escuchar.
Escuchar, escuchar y escuchar.
La obediencia no nos encierra: nos ayuda a salir de nosotros mismos para poder servir mejor.
Obedecer como San Miguel
San Miguel nos recuerda aquella respuesta: «¿Quién como Dios?»
Esa es, en el fondo, la actitud de la obediencia.
No «quién como yo», no «yo sé más», no «yo lo haría de otra manera», no «nadie tiene que decirme nada».
Sino:
¿Quién como Dios?
Y desde ahí, con libertad, con iniciativa, con responsabilidad y con alegría, poner nuestra voluntad al servicio de Dios y de los demás.
Ponernos en manos de la Virgen
Y para aprender a vivir esta virtud podemos ponernos en manos de la Virgen.
Ella nos enseña una actitud de docilidad, de espera, de aceptación y de adelantarse a las necesidades de los demás.
María sabe escuchar, sabe esperar, sabe aceptar y sabe ponerse al servicio.
Que nos ayude a vivir una obediencia delicada, alegre y libre; una obediencia que no sea simplemente cumplir, sino amar.
Que nos ayude a descubrir a Dios detrás de las indicaciones, detrás de las pequeñas obligaciones y también detrás de aquellas cosas que no entendemos del todo.
Y que, como San Miguel, sepamos responder con nuestra vida:
¿Quién como Dios?



