BIENVENIDOS

Mostrando entradas con la etiqueta Creencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Creencias. Mostrar todas las entradas

20.7.25

Pensando En El Cielo: Creencias



                                                                                             Queridos lectores:

   Se que cada uno de nosotros tenemos distintas   tendencias a la hora de pensar y elegir los  
temas sobre los que queremos escribir.
A mí me ocurre con frecuencia que, al leer o comentar algún relato en las tertulias, me surge el deseo de escribir sobre algún tema relacionado, aportar otro punto de vista o compartir alguna reflexión. Pero también me sucede que, antes de terminar un artículo, aparece otro asunto que considero más oportuno y dejo el anterior para más adelante. Así tengo varios escritos comenzados, esperando su momento. Uno de ellos es este:
El cielo. No tiene por qué ocurrir, pero es frecuente que, conforme cumplimos años, vayan apareciendo pequeñas limitaciones que nos recuerdan que el tiempo no pasa en vano. Una de ellas es el sueño: cuesta más dormir de un tirón o nos despertamos varias veces durante la noche. Aquello de dormir «como un lirón» va quedando atrás.

Hago este preámbulo para contaros lo que me ocurrió.

Después de leer el artículo de Eusebio, «En el cielo como en la tierra», me encantó. Él sabe que soy una admiradora de sus aportaciones, de la maestría y de la personalidad que reflejan sus escritos. Sin embargo, también le comenté que, desde mi punto de vista, en aquel relato pesaba mucho más la ficción que la realidad.

Yo sí creo en el Cielo y, desde pequeños, nos hablaban de él con toda naturalidad. A veces era para animarnos a portarnos bien; otras, cuando fallecía un ser querido. Entonces nos decían: «Está en el Cielo». De niños no comprendíamos del todo el alcance de esas palabras, pero nos llenaban de paz. Era como una puerta abierta a la esperanza de volver a encontrarnos algún día. Otras veces nos decían: «Desde el Cielo te ve y te ayudará más». Y aunque nuestro cuerpo era pequeño, nuestra fe y nuestra confianza eran inmensas.

Con los años esa reacción ya no es igual.

Por eso, cuando leí la descripción que hacía Eusebio, el Cielo se me presentó algo vacío, sin demasiado atractivo... y, casi sin darme cuenta, me creó un pequeño conflicto. Pensé con humor que casi se me quitaban las ganas de ir.

Como tengo cierta tendencia a filosofar y reflexionar, el tema volvió una y otra vez a mi cabeza. Comencé a preguntarme qué sabía realmente del Cielo, qué había oído sobre él.

Recordé aquellas palabras de san Pablo:

"Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman."

Pero, aunque siempre me habían impresionado, en aquel momento no terminaron de responder a mi inquietud.

En estas estaba cuando me dormí.

Y ¿sabéis con qué soñé?

Pues con el Cielo.

Y fue un sueño tan maravilloso que no quería despertar.

Todo era belleza en grado sumo; esplendor, bondad y armonía. Estar allí era participar de algo que no tiene explicación, algo tan sublime que las palabras se quedan inevitablemente cortas.

Comprendí mejor aquello de la contemplación de Dios, pero a través de la contemplación de su obra. Del Paraíso tal como Él lo creó y lo concibió para nuestros primeros padres.

Había toda clase de árboles, plantas, flores y aromas. Todo respiraba una perfecta armonía. También contemplé animales, aves, peces e insectos de todas las especies. Cada uno permanecía en su propio hábitat y, al mismo tiempo, todos convivían como una única familia. Nadie era superior a nadie. Nadie era depredador de nadie.

Incluso conocí especies ya extinguidas, majestuosas, vivas en un eterno presente donde el tiempo, el espacio y el lugar parecían haber desaparecido.

Pero lo que más me impresionó fueron las personas.

Incluso más que los ángeles.

Eran semejantes a Dios, con un cuerpo glorioso, llenas de esplendor, sin huella alguna de enfermedad, defecto o vejez. Se encontraban en un estado de plenitud y pureza que me impresionó profundamente.

Reconocí a personas que nunca había conocido en la tierra: tres de mis abuelos. Allí estaban, conversando con naturalidad junto a todos los seres queridos ya reencontrados, entre ellos mis padres.

Entonces comprendí algo que nunca he olvidado:

El Cielo no es un lugar; es un estado.

Un estado de felicidad perpetua.

No sé cómo explicarlo. Si reuniéramos todos los momentos más felices que hemos vivido a lo largo de nuestra vida, apenas serían una mota de arena comparados con la felicidad que allí se experimenta.

Tengo que confesar que no sé cuánto duró aquel sueño, pero sí sé que permaneció vivo dentro de mí durante mucho tiempo. Lo recordaba con un realismo, una claridad y una verdad tan grandes que, en algunos momentos, casi podría afirmar que lo vi.

Aquel mismo día me empapé de todo cuanto pude encontrar sobre el Cielo. Leí, busqué y profundicé en este tema. Y, sinceramente, nada de lo que encontré contradecía lo que había soñado.

Ante la imposibilidad de explicar qué es realmente el Cielo, muchos autores y teólogos han intentado describirlo diciendo lo que allí no existe: no habrá sufrimiento, ni hambre, ni sed, ni cansancio; no habrá injusticias, ni dolor, ni muerte.

Es un buen comienzo.

Pero me parece una descripción demasiado pobre.

Porque el Cielo no es simplemente la ausencia del mal.

El Cielo es la plenitud del bien; la plenitud del amor, de la belleza, de la verdad y de la presencia de Dios.

No sé si aquel sueño fue únicamente un sueño o un regalo que Dios quiso concederme para fortalecer mi esperanza. Lo que sí sé es que, desde aquel día, cuando pienso en el Cielo, ya no lo imagino como un lugar lejano, sino como el abrazo definitivo con Dios y con todos aquellos a quienes hemos amado.

Y, como dice el título del libro y de la película «El cielo es real», yo también creo que lo es.

                                       Lucía S.



14.4.24

Mayo Mes De Maria

                                                           


A lo largo de los años se han escrito innumerables artículos sobre personajes históricos. Sin embargo, como esta revista se publica en el mes de mayo, quiero dedicar estas líneas a la persona a quien, desde hace siglos, la tradición cristiana consagra de un modo especial este tiempo: la Virgen María.

Mayo es su mes. También celebramos el Día de la Madre y la naturaleza se llena de flores. No parece una casualidad. María es la Madre por excelencia: Madre de Dios y madre nuestra; la flor más bella entre todas las flores.

No pretendo hacer un recorrido por su vida, sobre la que tanto se ha escrito. Prefiero recordar algo mucho más cercano y entrañable: aquellas canciones que durante generaciones hemos cantado en iglesias, colegios y hogares, y que todavía hoy son capaces de despertar recuerdos, emoción y esperanza. Al leer sus letras, muchos volveremos, aunque solo sea por un instante, a nuestra infancia.

«Madre, óyeme: mi plegaria es un grito en la noche…»

«Buena Madre, veo en ti a la mujer llena de Dios…»

«Cuántas veces, siendo niño, te recé…»

Estas y tantas otras canciones acompañaron el mes de mayo de miles de niños. Eran días de flores, de altares improvisados, de rezos sencillos y de una fe que se aprendía casi sin darnos cuenta, al calor de la familia y de la escuela.

A mí todo aquello no me hizo ningún mal. Al contrario. Aprendí las primeras oraciones y devociones casi al mismo tiempo que comenzaba a hablar. Es cierto que, en muchos momentos de mi vida, las dejé a un lado. Pero también puedo decir que, cuando más las necesité, fueron un verdadero salvavidas.

Quiero terminar con una anécdota que refleja la sencillez con la que vivíamos aquella devoción.

En casa teníamos una imagen de la Virgen junto a la escalera. Desde pequeños nos enseñaron a saludarla al pasar, lanzarle un beso, pedirle ayuda o darle las gracias.

Un día había visita en casa. Uno de mis hermanos, que apenas tenía tres años, cogió una tremenda pataleta. Lloraba y gritaba sin consuelo. Lo mandaron a su habitación y mi madre comentó a la visita:

—Ahora se callará.

Y así fue. Al llegar a la imagen de la Virgen, el niño hizo un silencio absoluto. La visita quedó desconcertada. Apenas unos segundos después, continuó llorando con la misma intensidad mientras seguía subiendo la escalera.

Mi madre sonrió y explicó:

—Ha hecho una pausa para saludar a la Virgen.

Son recuerdos sencillos, propios de otra época, pero que dejaron una huella profunda. Porque la fe, muchas veces, no se transmite con grandes discursos, sino con pequeños gestos cotidianos que permanecen para siempre en el corazón.        


A lo largo de los años, se han escrito muchísimos artículos sobre personajes históricos,
Pues como la revista sale en el mes de mayo. Quiero hablar de un personaje Único, maravilloso al que se dedica por tradición este  mes
. Mayo mes de la Virgen, Nadie ha tenido tanto reconocimiento ni en el cielo ni en la tierra. También se celebra el día de la madre, y es el mes de las flores. Creo que precisamente porque la Virgen es la madre por excelencia pues es de Dios y nuestra, y la flor de las flores.
No voy a hablar de ella, pero si he recopilar la letra de alguna canción dedicadas en su honor y que la mayoría recordaremos
·        Madre, óyeme: mi plegaria es un grito en la noche. Madre, mírame en la noche de mi juventud. Madre, sálvame, mil peligros acechan mi vida. Madre, lléname de esperanza, de amor y de fe.

Madre, guíame: en la sombra no encuentro el camino. Madre, llévame, que a tu lado feliz cantaré. Madre, una flor, una flor con espinas es bella. Madre, un amor, un amor que ha empezado a nacer.

 Madre, sonreír, sonreír aunque llore en el alma. Madre, construir, caminar aunque vuelva a caer. Madre, sólo soy el anhelo y la carne que luchan. Madre, tuyo soy, y en tus manos me vengo a poner.
·        Buena Madre veo en ti, a la mujer llena de Dios. Buena Madre por la fe, sabes vivir en la oscuridad. Mira a tus hijos caminar, buscando luz. Mira la angustia y el dolor,   Danos tu fe y acógenos.
·        Cuántas veces siendo niño te rece .Con mis besos te decía que te amaba .Poco a poco, con el tiempo, alejándome de Ti Por caminos que se alejan me perdí.
Hoy he vuelto, Madre a recordar, cuántas cosas dije ante tu altar, y al rezarte puedo comprender, que una Madre no se cansa de esperar
Al regreso me encendías una luz. Sonriendo desde lejos me esperabas. En la mesa la comida aún caliente y el mantel. Y tú abrazo en mi alegría de volver

·        . 
Aunque el hijo se alejara del hogar, una madre siempre espera su regreso, que el regalo más hermoso, que a los hijos da el Señor, es su madre y el milagro de su amor.
     A mí no me hizo ningún mal. Por el contrario, las oraciones y devociones que aprendí a la vez que comenzaba a hablar. Aunque las he abandonado en muchos momentos. En otros han sido mi salva-vidas.
     Como colofón una anécdota: En casa teníamos una imagen de la Virgen al subir la escalera. Y nos enseñaron a saludarla, tirar un beso, pedirle cosas , pedirle ayuda etc. Pues un día en casa estaba una visita y no sé el motivo, pero uno de mis hermanos con 3 añitos cogió una pataleta, y los gritos y lloros  aumentaban. Debieron mandarlo a su cuarto. Mi madre le comento a la visita, calculando que el niño iba por la escalera, ahora se callará, y así fue ante la sorpresa de esta visita, para continuar berreando. Mi madre explico que  el motivo de la pausa fue dedicado a la Virgen




19.2.23

Jesús Y El Niño Leproso


                          


Al acercarse la Navidad recordé una historia que, en una ocasión, me conmovió profundamente, tanto por su contenido como por quien la narró: un prestigioso cuentacuentos.

Durante mucho tiempo desconocí quién era su autor. No recuerdo que el narrador lo mencionara y me costó mucho encontrarlo, pues ni siquiera conocía el título. Después de consultar diversas fuentes descubrí que pertenece a Alejandro Casona, autor de la Generación del 27. El relato se titula El solitario.

La versión que sigue no es una transcripción literal. He recortado algunos pasajes y modificado otros, aunque he procurado ser fiel a su esencia y a su contenido. Espero que el autor me disculpe. Comienzo.

Era una noche de diciembre, pero no una noche como las demás. El viento helado hacía temblar los olivos de Belén; la nieve cubría las praderas y los carámbanos colgaban de los tejados de las chozas. Y, sin embargo, se comprendía que aquella no era una noche cualquiera. En su blancura silenciosa había una íntima tensión, un jadeo de músicas nunca oídas, un latir de raíces que anunciaban un milagro inmenso y dulcísimo.

El viento, en lugar de aullar, susurraba algo urgente y sigiloso, como una consigna ante la que las ramas se abrían asombradas para dejarle paso. Las ovejas, recogidas en el redil, temblaban por primera vez no de miedo, sino de emoción. Hasta la misma nieve parecía sentir la necesidad de exhalar un cálido aliento de vida. Era como si la noche entera, conteniendo la respiración, se preparase para un acontecimiento grandioso.

Tan distinta era aquella noche que el cielo mismo quiso honrarla con una estrella nueva. Los pastores, buenos conocedores del firmamento, comprendieron que aquella estrella viajera venía de Oriente, de las tierras morenas del camello y de las especias, donde los reyes celebraban bodas y nacimientos ofreciéndose mutuamente oro, incienso y mirra.

¿Qué mensaje traería aquel lucero errante? ¿Un cataclismo? ¿Un milagro?

De pronto, en los aires resonó un coro de ángeles. Los pastores se miraron estremecidos. Al escuchar trompetas no esperaban nada bueno. Tal vez se anunciaba algo terrible que no fueran capaces de soportar, o algo tan grande que no pudieran comprender. Pero cuando oyeron las sencillas palabras de la Anunciación, sus corazones se llenaron de paz.

Solo iba a nacer un niño pobre.

Se arrodillaron y entonaron un aleluya de gozoso alivio, porque aquella noticia, tan sencilla y tan inmensa a la vez, cabía entera en su corazón.

En un humilde establo de barro y paja, semejante a un nido de golondrinas, dormía el recién nacido entre la mula y el buey. María lo acunaba y le cantaba melodías pausadas que llenaban de ternura los largos silencios de la noche. José se afanaba en adecentar el refugio: fabricaba una cuna, alimentaba el fuego para que no pasaran frío, velaba por su seguridad y ajustaba los goznes del portón.

De repente, la puerta se abrió violentamente y entraron un hombre y una mujer llevando en brazos a un niño. El hombre lucía una larga barba y un cuchillo cruzado al cinturón de soga. José y María se sobresaltaron, recordando las historias de los salteadores que acechaban los caminos.

—No temáis —dijo el desconocido—. Nunca hice otro mal que el necesario para defender nuestra vida. Solo os pido refugio y un poco de calor para mi mujer y mi hijo. Los soldados nos persiguen y, allí donde llegamos, todas las puertas se cierran.

—Acércate —dijo María a la mujer—. Tus ropas están heladas. Dame a tu hijo para que duerma un poco sobre mi regazo.

Y le tendió los brazos.

Pero la madre retrocedió con un grito.

—¡No! Solo yo puedo tocarlo. El tuyo es hermoso y está sano. Guarda para él las caricias de tus manos.

María la contempló sin comprender. La vio llorar en silencio mientras besaba una y otra vez la carne de su hijo, intentando calentarla como hace una vaca con su ternero recién nacido. Entonces fijó la vista en el pequeño y comprendió.

—¡José! —exclamó con espanto—. ¡Lepra!

—No tengáis miedo —repitió el hombre del cuchillo—. No acercaremos nuestro hijo al vuestro. Ya estamos acostumbrados a vivir al borde de los caminos, a no pisar los molinos ni las viñas, a pedir el pan desde lejos y a no dirigir la palabra a nadie si no es con la boca contra el viento. Pero la noche está helada y el pequeño no podría resistirla. Solo pedimos un poco de fuego y un rincón en esta cuadra.

Las entrañas de María se conmovieron. Tranquilizó a José con una mirada, dejó a su Niño en el pesebre, protegido por el aliento de la mula y el buey, y tomó resueltamente al niño enfermo entre sus brazos. Lo acomodó sobre el hueco aún tibio de sus rodillas, donde momentos antes había dormido Jesús. Después lo estrechó contra su pecho y continuó cantándole en voz baja.

Al amanecer, los pastores llegaron apresurados al establo entre flautas, tambores y villancicos. Querían adorar al recién nacido y ofrecerle cuanto poseían. Traían corderillos sobre los hombros, un perro fiel que guardaba la entrada, quesos, pan y, sobre todo, el inmenso regalo de un corazón lleno de cariño.

Fue entonces cuando la familia acogida descubrió el milagro.

Su hijo estaba completamente limpio. Todas las huellas del mal blanco habían desaparecido. El niño leproso reía feliz, con el cuerpo sano. Solo permanecía en su hombro derecho una pequeña marca de plata, blanca como una flor de lis.

Pasaron treinta y tres años.

Palestina vivía envuelta en continuas rebeliones contra la Roma imperial. Muchos hombres eran conducidos al suplicio de la cruz, unas veces acusados de falsos profetas, otras de ladrones o de delitos inventados. Entre ellos estaba Jesús de Nazaret.

Al caer la tarde, Jesús agonizaba en el madero. A su derecha, un hombre fuerte, de larga barba, se retorcía entre las cuerdas de su cruz, dejando escapar un lamento más cercano al dolor que a la protesta.

—¿Por qué me acusan de vivir fuera de la ley si nunca me dejaron vivir dentro de ella? Desde niño solo conocí el borde de los caminos. Nunca me permitieron pisar el lagar de las uvas ni el umbral de los molinos. Tenía que pedir el pan desde lejos y hablar siempre con la boca contra el viento. Nací, como los míos, marcado por el mal y por la miseria. De mi padre heredé únicamente un cuchillo y el instinto de defenderme. ¿De qué pueden acusarme ahora quienes siempre me expulsaron de entre ellos? ¡Nunca estuve dentro!

Hizo una pausa y añadió con voz quebrada:

—Solo una dulce mujer me cantó una noche de nieve mientras me sostenía sobre sus rodillas. A ella le debo la vida tanto como a mi propia madre. Si hice algún mal, Señor, te pido perdón en memoria de aquella mujer.

Jesús lo miró profundamente y vio que, sobre su hombro derecho, brillaba una pequeña marca de plata, blanca como una flor de lis.

Entonces le sonrió con infinita misericordia y pronunció aquellas palabras eternas:

—En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Y desde aquel instante, quien había vivido siempre perseguido y rechazado encontró, por fin, la mirada de Jesús y se convirtió en el primero en entrar redimido en la Casa del Padre.                

Jesús lo miró profundamente y vio que, sobre su hombro derecho, brillaba una pequeña marca de plata, blanca como una flor de lis.

Entonces le sonrió con infinita misericordia y pronunció aquellas palabras eternas:

—En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Y, por primera vez en su vida, aquel niño que siempre había vivido rechazado encontró un lugar donde nadie volvía a expulsarlo.

  LUCIA SS

   

Un corazón de piedra puede convertirse en posada

Hay poemas sencillos que encierran una profunda verdad. Este es uno de ellos.

La escena comienza con un bandido que sale al encuentro de dos peregrinos con la intención de robarles. Sin embargo, no son las armas las que cambian su vida, sino la mirada de María y el cariño que ella y José le ofrecen. Aquello que parecía un corazón de granito acaba convirtiéndose en una humilde posada para recibir al Niño.

La repetición de estos versos resume toda la transformación:

«Yo que hasta ayer fui ladrón,
vil, cruel y fiero bandido,
robaré mil corazones
para recibir al Niño.»

Es una hermosa imagen de la conversión. Dios no elige a personas perfectas, sino a personas dispuestas a dejarse transformar por el amor. El bandido sigue siendo el mismo hombre, pero ya no desea arrebatar bienes materiales: ahora quiere conquistar corazones para que también ellos se conviertan en morada de Cristo.

Quizá todos llevamos dentro algo de ese bandido. A veces endurecemos el corazón, nos encerramos en nosotros mismos o caminamos por sendas equivocadas. Pero basta una mirada de misericordia para iniciar un camino nuevo.

Que también nuestro corazón deje de ser piedra y se convierta en una humilde posada donde Jesús encuentre siempre un lugar.

30.7.18

Reza Por Nosotros



Artículo publicado en Abc de Sevilla el domingo 11 de marzo de 2018
Rezar es una conversación con los que ya no están, el recuerdo de los que te antecedieron y la oración para seguir su ejemplo. Rezar es pedir por ellos. Y también pedirles a ellos por los que estamos aquí. Es el momento de más calma del día, y, en mi caso, el de primera hora de la mañana, poco más de las seis, y el agua de la ducha caliente cayendo despacio sobre los hombros. Rezar es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia. Es pasar por la Iglesia de San Pedro, de camino al colegio, y rezarle al Cristo de Burgos un Padre Nuestro para que te ayude en los exámenes. Es el refugio del frío, y el silencio acogedor. Rezar es tener memoria.
Rezar es lo que va antes del trabajo o después del trabajo, y lo que nunca lo suplanta,  porque ya lo dice el refrán: a Dios rogando y con el mazo dando. Es lo único que puedes hacer cuando ya no puedes hacer más, y es la forma de comprometerse de quien no tiene otro medio de hacerlo, como cuando rezamos por un enfermo que se va a operar y ya está todo en manos del cirujano (y de Dios). Rezar no hace milagros, o sí los hace, eso nunca lo sabremos, pero ofrece consuelo al que reza y a aquel por quien se reza. Rezar nunca es inútil, porque siempre conforta.
“Rezar es decir rezaré por ti y, también, reza por mí. Y es, por tanto, lo contrario a la vanidad, la aceptación de tus limitaciones, aprender a resignarse cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor”
Rezar es decir rezaré por ti y, también, reza por mí. Y es, por tanto, lo contrario a la vanidad. Rezar es la aceptación de tus limitaciones. Es aprender a resignarse cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad. Rezar es resignación cuando procede, pero también arrebato y pundonor cuando toca. Es buscar las fuerzas si no se tienen y confiar en que las cosas van a ser como deberían ser. Rezar es optimismo, no dar nada por perdido, luchar y resistir, como en la canción, erguido frente a todo, y es mi padre antes de morir. Rezar es fragilidad y entereza.
Rezar es curar las heridas, restañar los arañazos, superar el daño que te han hecho. Pasar página y empezar de cero. Perdonar las ofensas y también pedir perdón. Y sobre todo tener gratitud. Rezar es dar las gracias por vivir y por lo que la vida te ha dado. Es despertarse con las ilusiones renovadas. Aferrarse desesperadamente a lo inmaterial. Acordarse de lo que de verdad importa, y relativizar todo lo demás. Es establecer las prioridades, poner en orden los papeles de tu mesa, buscar la trascendencia, pensar a lo grande.
“Rezar es introspección en la sociedad del exhibicionismo. Es relajarse y calmar los nervios. Y prepararse mentalmente para lo que ha de venir. No es solo buscar el coraje, sino también la inspiración, la idea, el enfoque, la luz, el claro en medio de la espesura”.
Rezar es desconectar y apagar el móvil. Es introspección en la sociedad del exhibicionismo. Es relajarse y calmar los nervios. Y prepararse mentalmente para lo que ha de venir. No es solo buscar el coraje, sino también la inspiración, la idea, el enfoque, la luz, el claro en medio de la espesura. Rezar es razonar, aunque parezca lo más irracional que haya. Es la mente funcionando como cuando juegas un partido de tenis. Es planificar y anticipar las jugadas. Es abstracción en los tiempos de lo concreto y lo material. Es pausa en un mundo excitado. Es calma cuando todo es ansiedad. Y es aburrido en la dictadura de lo divertido.
Rezar es una forma extrema de independencia, una actividad casi contracultural, lo más punki que se puede hacer una tarde de domingo. Es la forma más radical de practicar “mindfullness”, tan pasada de moda que cualquier día se volverá extraordinariamente “cool”. Rezar podría computar como horas de trabajo para los empleados públicos, pero no sirve  porque es una práctica “antisistema”, sin reconocimiento alguno del “establishment”. Tan políticamente incorrecta que la gente oculta que reza como esconde la tripa para la foto. Rezar es un placer oculto, que se reserva para la intimidad. Un acto privado, y casi a escondidas, que, cuando se hace acompañado, necesita cierta oscuridad y mucha, mucha, confianza.
Rezar es una forma extrema de independencia, una actividad casi contracultural, lo más punki que se puede hacer una tarde de domingo. Es la forma más radical de practicar “mindfullness”, tan pasada de moda que cualquier día se volverá extraordinariamente “cool”.
Rezar es desnudarse y abrir tu alma a la persona con la que rezas. Y es una declaración de amor por la persona que tienes en tus rezos. Es derramar tu cariño sobre los que más quieres y sentir el cariño de los que rezan por ti. Rezar es tener a otros en tus oraciones y  estar en las oraciones de otros, que es mucho más que estar solo en su memoria. Rezar, y sobre todo que recen por ti, es la mayor aspiración que uno puede tener en la vida. Un privilegio inmenso. Es querer tanto a alguien como para rezar por él, y que alguien te quiera tanto como para rezar por ti. ¿Cabe mayor orgullo? ¿Existe mayor plenitud que la de saber que hay una madre, un hermano, un hijo o un amigo que quiere que Dios te proteja, y te dé salud, y te ilumine, y te ayude, y te acompañe, y esté siempre contigo?
Rezar es tener fe. Tener fe en la vida, en las personas, en tus amigos, en tus hijos, en tus padres, en Dios. Rezar es la maestría de niños y abuelos. Y es un súper poder que nos predispone al bien. Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.

Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...