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19.2.23

Microrrelatos



Una estrella de mar cada vez

Un día, durante unas vacaciones por tierras del Cantábrico, caminaba por la playa cuando reparé en un hombre que se agachaba constantemente. Recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Repetía el mismo gesto una y otra vez.

Al principio pensé que practicaba algún ejercicio, una especie de rutina de flexiones. Sin embargo, al acercarme observé que lo que recogía eran estrellas de mar que las olas habían depositado en la orilla. Una a una las devolvía al océano.

Le pregunté por qué lo hacía y me respondió:

—Estoy devolviendo estas estrellas al mar para que tengan una nueva oportunidad.

Debió de percibir en mi rostro que yo entendía poco del mar —soy de tierra adentro—, porque continuó explicándome:

—Como ves, la marea está baja y estas estrellas han quedado atrapadas en la playa. Si no las devuelvo al agua, morirán aquí por falta de oxígeno.

Le respondí:

—Lo entiendo, pero debe de haber miles de estrellas de mar en esta playa. No podrá salvarlas a todas. Además, esto ocurre en cientos de playas a lo largo de toda la costa. Y, siendo sinceros, con el esfuerzo que requiere y los años que usted tiene... parece un sacrificio sin demasiado sentido.

El hombre sonrió.

—¿Que no tiene sentido?

Se inclinó, recogió otra estrella y, mientras la lanzaba al mar, contestó:

—Para esta sí lo ha tenido.

Aquella sencilla escena encerraba una gran enseñanza.

Es una lección aplicable a nuestra vida cotidiana, en tantos y tantos gestos...

No puedo cambiar el mundo, pero sí puedo cambiarme a mí mismo y mejorar mi entorno.

No puedo eliminar todos los residuos contaminantes que dañan nuestro planeta, pero sí puedo reducir el consumo innecesario, reutilizar lo que esté en mi mano y separar correctamente los residuos para facilitar su reciclaje.

No puedo detener las guerras, pero sí puedo ser un remanso de paz allí donde vivo y con las personas que me rodean.

Y así ocurre con cada pequeño acto de cada día.

De uno a uno. Gesto a gesto. De persona a persona.

Porque, aunque no podamos hacerlo todo, siempre podremos hacer algo por alguien.


Conclusión

Muchas veces creemos que nuestros pequeños esfuerzos son insignificantes porque no cambian el mundo entero. Sin embargo, para la persona que recibe nuestra ayuda, nuestro tiempo o nuestra atención, pueden significarlo todo. Al igual que aquella estrella de mar, siempre habrá alguien para quien nuestro pequeño gesto marque una gran diferencia.


Gestionando los problemas

El panadero me contrató para ayudarle a reparar su viejo horno.

Acabábamos de terminar un duro primer día de trabajo. Primero se averió el taladro eléctrico, lo que nos hizo perder más de una hora. Después, cuando ya nos disponíamos a marcharnos, el viejo camión se negó a arrancar.

Como yo iba en mi coche, me ofrecí a llevarle hasta su casa.

Durante el trayecto permaneció en silencio. Se le veía cansado y contrariado, pero sorprendentemente sereno.

Al llegar, me invitó a conocer a su familia.

Mientras caminábamos hacia la puerta, se detuvo unos instantes frente a un pequeño árbol que tenía en el jardincillo. Con ambas manos acarició suavemente las puntas de sus ramas.

Cuando se abrió la puerta, ocurrió algo que me sorprendió.

Su rostro cambió por completo. Sonrió con una alegría inmensa, abrazó a sus dos pequeños hijos y besó con cariño a su esposa.

Después me acompañó de nuevo hasta el coche.

Al pasar otra vez junto al árbol, no pude evitar preguntarle qué había hecho allí unos minutos antes.

Al principio se hizo el despistado, pero al ver que seguía esperando una respuesta sonrió y me dijo:

—Ese es mi árbol de los problemas.

Continuó explicándome:

—No puedo evitar tener problemas durante el trabajo. Siempre aparecen dificultades, preocupaciones o contratiempos. Pero hay una cosa que tengo muy clara: los problemas no pertenecen a mi casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos.

»Así que, cada noche, cuando llego, los cuelgo simbólicamente en este árbol. A la mañana siguiente vuelvo a recogerlos.

Hizo una breve pausa y añadió sonriendo:

—¿Y sabes qué es lo mejor? Que cuando salgo por la mañana a buscarlos, nunca encuentro tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior.

Aquel día aprendí una auténtica lección de vida que procuro practicar siempre.

No se trata de negar la realidad ni de ocultar las preocupaciones cuando hablo con mi esposa, sino de no convertir cada conversación en una carga más. Intento compartir lo necesario y, al mismo tiempo, estar disponible para ayudarla también con las suyas.

Que los problemas y las preocupaciones nunca nos aparten de quienes más queremos.


Conclusión

Los problemas forman parte de la vida, pero no deberían ocupar el lugar reservado para el amor, la familia y los momentos compartidos. Aprender a dejarlos, aunque solo sea por unas horas, es también una forma de cuidar de quienes caminan a nuestro lado.


El mejor regalo

Con frecuencia, nuestros hijos nos regalan lecciones que nos hacen reflexionar profundamente.

Hace tiempo, un amigo me contó, emocionado y arrepentido, una pequeña anécdota.

Un día regañó a su hija, de apenas tres años, por haber gastado un rollo de papel de regalo. La economía familiar no atravesaba su mejor momento y aquel papel estaba reservado para un compromiso importante.

Por eso se enfadó cuando vio que la niña había utilizado casi todo el rollo para envolver una pequeña caja que pensaba colocar bajo el árbol de Navidad.

A pesar de la regañina, a la mañana siguiente la pequeña se acercó hasta la cama de su padre con la caja entre las manos y le dijo, sonriendo:

—Es para ti, papá.

Mi amigo me confesó que se sintió avergonzado por la dureza con la que la había tratado el día anterior.

Sin embargo, al abrir la caja y verla vacía, volvió a molestarse.

Le dijo:

—¿No sabes que cuando haces un regalo debe haber algo dentro?

La niña levantó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas, y respondió:

—Pero, papá... no está vacía. La he llenado de besos. Todos son para ti.

Mi amigo me confesó que en aquel instante se le rompió el corazón.

Abrazó a su hija con todas sus fuerzas y le pidió perdón.

Durante muchos años conservó aquella pequeña caja, mal envuelta y sin ningún valor material, junto a su cama.

Y cada vez que se sentía triste, desanimado o preocupado, abría aquella caja imaginaria y recordaba el inmenso amor con el que su hija había llenado su interior.

En realidad, todos los padres recibimos un regalo parecido el día que nacen nuestros hijos.

Una caja invisible llena de amor incondicional, abrazos, besos, confianza y esperanza.

No existe posesión más valiosa que esa.


Conclusión

Con demasiada frecuencia damos importancia a aquello que puede comprarse y olvidamos que los regalos más valiosos no tienen precio. El amor sincero, un abrazo, un beso o una muestra de cariño permanecen para siempre en la memoria y en el corazón. Quizá ese sea, verdaderamente, el mejor regalo que podemos recibir.

                               Lucia ss

18.6.18

Sobre La Fuerza Del Amor (Albert Einstein)







Querida hija: Cuando propuse la teoría de la relatividad, muy pocos me entendieron, y lo que te revelaré ahora para que lo transmitas a la humanidad también chocará con la incomprensión y los perjuicios del mundo.
Te pido, aún así, que la custodies todo el tiempo que sea necesario, años, décadas, hasta que la sociedad haya avanzado lo suficiente para acoger lo que te explico a continuación.

Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha encontrado una explicación formal. Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya sido indentificado por nosotros. Esta fuerza universal es el amor.

Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más invisible y poderosa de las fuerzas. El amor es luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El amor es Dios y Dios es amor.

Esta fuerza lo explica todo y da sentido en mayúsculas a la vida. Esta es la variable que hemos obviado durante demasiado tiempo, tal vez porque el amor nos da miedo, ya que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo.

Tras el fracaso de la humanidad en el uso y control de las otras fuerzas del universo, que se han vuelto contra nosotros, es urgente que nos alimentemos de otra clase de energía. Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un sentido a la vida, si queremos salvar el mundo y cada ser sintiese que en él habita, el amor es la única y la última respuesta.

Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo bastante potente para destruir todo el odio, el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta. Sin embargo, cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada.

Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl, comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el amor es la quinta esencia de la vida.

Lamento profundamente no haberte sabido expresar lo que alberga mi corazón, que ha latido silenciosamente por ti toda mi vida. Tal vez sea demasiado tarde para pedir perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti he llegado a la última respuesta.
Tu padre
(Albert Einstein)

18.4.14

Arreglar Al Hombre: Lectura 1





             
 Arreglar al hombre


Había  un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo. Era un científico honrado. De los que utilizan sus conocimientos solo para hacer el bien. Y  estaba resuelto a encontrar la solución, la formula, dar con la clave y los medios para aminorar la destrucción  de la humanidad, y frenar el deterioro del planeta.. Pasaba días en su despacho, en el laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.

      Cierto día cuando el creía por fin, estar descubriendo la solución. Digamos la piedra filosofal para todos los problemas, su hijo de siete años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar, a compartir la carga que veía que abrumaba a su papa El científico, nervioso por la interrupción, “era el paso definitivo”, no podía distraerse. le pidió al niño que fuese a jugar a otro lugar. Viendo que era imposible que se fuera, pensó en algo que pudiese darle para distraer su atención. Se parecía a su padre, percibía su cansancio y desasosiego y venia a compartirlo.  Descubrió una revista en donde aparecía, el mapa del mundo, ¡justo lo que precisaba! Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: "Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto, para que lo repares sin ayuda de nadie".
    Calculó que al pequeño le llevaría días componer el mapa, tiempo que el necesitaba para culminar su proyecto, pero no fue así. Pasados unos minutos, escuchó la voz del niño: "Papá, papá, ya lo he resuelto, esta acabado". Al principio no dio crédito a las palabras del niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo propio de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz? Le dijo: "Hijo mío, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lograste recomponerlo?". "Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado el mundo.
Fuente: ACI Prensa.                                         Cambiar el mundo

      Encontrada en la lápida de un obispo anglicano en la Abadía de Westminster) Cuando era joven y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo. Según fui haciéndome mayor, pensé que no había modo de cambiar el mundo, así que me propuse un objetivo más modesto e intenté cambiar solo mi país. Pero con el tiempo me pareció también imposible. Cuando llegué a la vejez, me conformé con intentar cambiar a mi familia, a los más cercanos a mí. Pero tampoco conseguí casi nada. Ahora, en mi lecho de muerte, de repente he comprendido una cosa: Si hubiera empezado por intentar cambiarme a mí mismo, tal vez mi familia habría seguido mi ejemplo y habría cambiado, y con su inspiración y aliento quizá habría sido capaz de cambiar mi país y -quien sabe- tal vez incluso hubiera podido cambiar el mundo.

Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...