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20.7.25

Pensando En El Cielo: Creencias



                                                                                             Queridos lectores:

   Se que cada uno de nosotros tenemos distintas   tendencias a la hora de pensar y elegir los  
temas sobre los que queremos escribir.
A mí me ocurre con frecuencia que, al leer o comentar algún relato en las tertulias, me surge el deseo de escribir sobre algún tema relacionado, aportar otro punto de vista o compartir alguna reflexión. Pero también me sucede que, antes de terminar un artículo, aparece otro asunto que considero más oportuno y dejo el anterior para más adelante. Así tengo varios escritos comenzados, esperando su momento. Uno de ellos es este:
El cielo. No tiene por qué ocurrir, pero es frecuente que, conforme cumplimos años, vayan apareciendo pequeñas limitaciones que nos recuerdan que el tiempo no pasa en vano. Una de ellas es el sueño: cuesta más dormir de un tirón o nos despertamos varias veces durante la noche. Aquello de dormir «como un lirón» va quedando atrás.

Hago este preámbulo para contaros lo que me ocurrió.

Después de leer el artículo de Eusebio, «En el cielo como en la tierra», me encantó. Él sabe que soy una admiradora de sus aportaciones, de la maestría y de la personalidad que reflejan sus escritos. Sin embargo, también le comenté que, desde mi punto de vista, en aquel relato pesaba mucho más la ficción que la realidad.

Yo sí creo en el Cielo y, desde pequeños, nos hablaban de él con toda naturalidad. A veces era para animarnos a portarnos bien; otras, cuando fallecía un ser querido. Entonces nos decían: «Está en el Cielo». De niños no comprendíamos del todo el alcance de esas palabras, pero nos llenaban de paz. Era como una puerta abierta a la esperanza de volver a encontrarnos algún día. Otras veces nos decían: «Desde el Cielo te ve y te ayudará más». Y aunque nuestro cuerpo era pequeño, nuestra fe y nuestra confianza eran inmensas.

Con los años esa reacción ya no es igual.

Por eso, cuando leí la descripción que hacía Eusebio, el Cielo se me presentó algo vacío, sin demasiado atractivo... y, casi sin darme cuenta, me creó un pequeño conflicto. Pensé con humor que casi se me quitaban las ganas de ir.

Como tengo cierta tendencia a filosofar y reflexionar, el tema volvió una y otra vez a mi cabeza. Comencé a preguntarme qué sabía realmente del Cielo, qué había oído sobre él.

Recordé aquellas palabras de san Pablo:

"Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman."

Pero, aunque siempre me habían impresionado, en aquel momento no terminaron de responder a mi inquietud.

En estas estaba cuando me dormí.

Y ¿sabéis con qué soñé?

Pues con el Cielo.

Y fue un sueño tan maravilloso que no quería despertar.

Todo era belleza en grado sumo; esplendor, bondad y armonía. Estar allí era participar de algo que no tiene explicación, algo tan sublime que las palabras se quedan inevitablemente cortas.

Comprendí mejor aquello de la contemplación de Dios, pero a través de la contemplación de su obra. Del Paraíso tal como Él lo creó y lo concibió para nuestros primeros padres.

Había toda clase de árboles, plantas, flores y aromas. Todo respiraba una perfecta armonía. También contemplé animales, aves, peces e insectos de todas las especies. Cada uno permanecía en su propio hábitat y, al mismo tiempo, todos convivían como una única familia. Nadie era superior a nadie. Nadie era depredador de nadie.

Incluso conocí especies ya extinguidas, majestuosas, vivas en un eterno presente donde el tiempo, el espacio y el lugar parecían haber desaparecido.

Pero lo que más me impresionó fueron las personas.

Incluso más que los ángeles.

Eran semejantes a Dios, con un cuerpo glorioso, llenas de esplendor, sin huella alguna de enfermedad, defecto o vejez. Se encontraban en un estado de plenitud y pureza que me impresionó profundamente.

Reconocí a personas que nunca había conocido en la tierra: tres de mis abuelos. Allí estaban, conversando con naturalidad junto a todos los seres queridos ya reencontrados, entre ellos mis padres.

Entonces comprendí algo que nunca he olvidado:

El Cielo no es un lugar; es un estado.

Un estado de felicidad perpetua.

No sé cómo explicarlo. Si reuniéramos todos los momentos más felices que hemos vivido a lo largo de nuestra vida, apenas serían una mota de arena comparados con la felicidad que allí se experimenta.

Tengo que confesar que no sé cuánto duró aquel sueño, pero sí sé que permaneció vivo dentro de mí durante mucho tiempo. Lo recordaba con un realismo, una claridad y una verdad tan grandes que, en algunos momentos, casi podría afirmar que lo vi.

Aquel mismo día me empapé de todo cuanto pude encontrar sobre el Cielo. Leí, busqué y profundicé en este tema. Y, sinceramente, nada de lo que encontré contradecía lo que había soñado.

Ante la imposibilidad de explicar qué es realmente el Cielo, muchos autores y teólogos han intentado describirlo diciendo lo que allí no existe: no habrá sufrimiento, ni hambre, ni sed, ni cansancio; no habrá injusticias, ni dolor, ni muerte.

Es un buen comienzo.

Pero me parece una descripción demasiado pobre.

Porque el Cielo no es simplemente la ausencia del mal.

El Cielo es la plenitud del bien; la plenitud del amor, de la belleza, de la verdad y de la presencia de Dios.

No sé si aquel sueño fue únicamente un sueño o un regalo que Dios quiso concederme para fortalecer mi esperanza. Lo que sí sé es que, desde aquel día, cuando pienso en el Cielo, ya no lo imagino como un lugar lejano, sino como el abrazo definitivo con Dios y con todos aquellos a quienes hemos amado.

Y, como dice el título del libro y de la película «El cielo es real», yo también creo que lo es.

                                       Lucía S.



16.6.23

La Posverdad Y Las Fake News

 


En el artículo anterior reflexionaba sobre la verdad. Hoy quiero detenerme en su cara opuesta: la posverdad y las llamadas fake news. En realidad, ambas forman parte de un mismo problema, aunque merecen ser analizadas por separado.

No soy periodista ni experto en comunicación. Seguramente cualquiera de vosotros podría explicar estos conceptos con mayor rigor académico que yo. Sin embargo, hay algo que me impulsa a escribir sobre ellos: la inquietud que me produce comprobar hasta qué punto las nuevas tecnologías, los medios de comunicación y las redes sociales, siendo herramientas extraordinarias, también pueden convertirse en instrumentos de manipulación.

Vivimos en un mundo fascinante. Nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información ni a tantos medios para comunicarnos. Todo está al alcance de un clic y todo evoluciona a una velocidad vertiginosa. Yo mismo reconozco que muchas veces camino varios pasos por detrás de ese progreso. Pero precisamente por eso intento observarlo con espíritu crítico.

Las fake news, o noticias falsas, no son un fenómeno completamente nuevo. La mentira ha acompañado siempre a la humanidad. Lo que sí es nuevo es la velocidad con la que una falsedad puede recorrer el planeta y el enorme impacto que puede llegar a tener antes de que aparezca la verdad.

Más preocupante aún es la llamada posverdad. No consiste únicamente en mentir. Va mucho más allá. Es un modo de construir relatos donde los hechos importan menos que las emociones que despiertan. Una afirmación termina pareciendo cierta no porque haya sido demostrada, sino porque coincide con nuestras ideas, nuestros prejuicios o nuestros deseos.

Cuando eso ocurre, la frontera entre la verdad y la mentira comienza a difuminarse. Dejamos de preguntarnos si algo es cierto para preguntarnos únicamente si nos gusta creerlo. Y ese es un terreno muy peligroso.

Los medios de comunicación son uno de los pilares de cualquier democracia. Pero una prensa libre necesita también un compromiso firme con la verdad. Cuando ese compromiso se debilita, se resienten la política, la economía y, en definitiva, la confianza entre los ciudadanos.

Me preocupa comprobar cómo, en muchas ocasiones, opinamos con rotundidad sobre asuntos que apenas conocemos. Creemos estar informados porque hemos leído un titular, visto un vídeo de unos segundos o un mensaje en una red social. Confundimos información con inmediatez y conocimiento con acumulación de datos.


Hace tiempo leí una frase que resume muy bien esta realidad:

«Nos creemos informados porque lo hemos leído en un tuit. Creemos que es verdad porque lo han dicho en la televisión. Y pensamos que tenemos criterio propio cuando solo escuchamos a quien dice aquello que queremos oír.»

Quizá esa sea una de las grandes trampas de nuestro tiempo: vivir rodeados de información y, sin embargo, dedicar cada vez menos esfuerzo a contrastarla.

Tampoco deja de inquietarme el inmenso rastro digital que vamos dejando sin apenas ser conscientes. Cada búsqueda, cada compra, cada "me gusta", cada página visitada... todo queda registrado. Esos datos tienen un valor enorme porque permiten conocer nuestros hábitos, nuestras preferencias e incluso anticipar nuestras decisiones. En muchas ocasiones, lo que parece un servicio gratuito termina convirtiéndonos en el producto.

La publicidad personalizada, las campañas de influencia o determinados mensajes políticos utilizan precisamente ese conocimiento para llegar de forma mucho más eficaz a nuestras emociones.

Y ahí vuelve a aparecer la posverdad.

No importa tanto convencer mediante argumentos como despertar sentimientos. No importa tanto demostrar como emocionar. No importa tanto la realidad como el relato.

Por eso algunos discursos prometen exactamente lo que el ciudadano desea escuchar, aunque quien los pronuncia sepa de antemano que nunca podrá o querrá cumplirlo. La emoción sustituye a la razón y la ilusión desplaza al análisis.

Existe una conocida frase atribuida al mundo del cine que siempre me hace reflexionar:


«Haz creer a la gente que ha pensado y te querrá; haz que piense de verdad y quizá te odie.»

No sé si será completamente cierta, pero encierra una advertencia importante: pensar exige esfuerzo. Creer, en cambio, resulta mucho más cómodo.

A pesar de todo, sigo creyendo en las personas. No podemos vivir desconfiando de todo y de todos. La confianza es uno de los pilares de la convivencia. Precisamente por eso duele tanto cuando alguien la utiliza para manipularnos.

Quien miente de manera deliberada suele pensar que los demás son ingenuos. Yo prefiero creer que, cuando confiamos, no estamos demostrando ingenuidad, sino algo mucho más noble: la voluntad de seguir creyendo en la honestidad de las personas.

Y quizá sea esa confianza, acompañada siempre de un sano espíritu crítico, la mejor defensa que tenemos frente a la mentira

Lucia SS

















22.2.23

Canto A La Mujer



Ensalzando a la mujer en la cancion 

(  letra entre-sacada de tres canciones: Juanes (a Dios le pido). De Presuntos implicados ( gente) y de Andrea Bocheli  (vivo por ella)




Que mis ojos se despierten
Con la luz de tu mirada yo
A Dios le pido
     Vivo por ella sin saber si la encontré o me ha encontrado,
ya no recuerdo como fue, pero al final me ha conquistado
vivo por ella que me da toda verdadera fuerza
vivo por ella y no me pesara
   Dos, tres, horas para disfrutarte
 dos de cada siete días para darte
Un pasaje en la más bella historia de amor
Dos, tres, horas para contemplarte
Y dos de cada siete días para darte
Me acomodo en un rincón de tu corazón
    Esperaré a que vayas por donde yo voy,
a que tu alma me des como yo te la doy.
Esperaré a que aprendas de noche a soñar,
a que de pronto me quieras besar.
     Para vivir así, en miradas transparentes
Recibir su luz, definitivamente
Nubes van y van pasando
Pero aquella luz, nos sigue iluminando
  Es gente, que pide por la gente en los altares
  En las romerías
  Gente, que da la vida
   Gente que infunde fe
Gente que crece y que merece paz
Gente, que se funde en un abrazo ante el horror
Gente que comparte el oleaje de su alma
Gente que nos renueva las pequeña esperanzas
De un día vivir en paz
    Es la musa que te invita, a tocarla suavecita
en mi piano a veces triste
la muerte no existe si ella está aquí...
   Que fresca es la sombra que ofrecen
Que limpia el agua dulce de sus miradas
       Es por ti que empiezo un nuevo día
Hay Ángeles entre nosotros
Ángeles entre nosotros
      Por los días que me quedan
Y las noches que aún no llegan
Yo, a Dios le pido
Por los hijos de mis hijos
Y los hijos de tus hijos
A Dios le pido
   Esperaré que las manos me quieras tomar,
que en tu recuerdo me quieras por siempre llevar,
que mi presencia sea el mundo que quieras sentir,
que un día no puedas sin mi amor vivir.
    Que mis ojos se despierten
Con la luz de tu mirada yo
A Dios le pido

22.2.19

El Corazón De Las Tinieblas (Crítica Literaria)

El argumento de esta novela inspiró la película Apocalypse Now.

Marlow, un agente comercial británico, se ve obligado a remontar el río Congo en busca de Kurtz, uno de los hombres más prestigiosos de la compañía para la que trabaja. A medida que el barco avanza por territorios cada vez más inhóspitos, Marlow va construyendo una imagen casi legendaria de aquel hombre al que todos parecen admirar. Sin embargo, lo que encontrará será un mundo apocalíptico y tenebroso, dominado por un personaje que simboliza la degradación moral, la corrupción del poder y la contradicción de una civilización que presume de progreso mientras destruye todo cuanto toca.

La novela nos conduce al corazón de la selva, pero también al lado más oscuro del ser humano. La colonización europea, la codicia por la expansión, la explotación de los pueblos africanos, la esclavitud y la deshumanización aparecen retratadas con una crudeza extraordinaria. La selva deja de ser un simple escenario para convertirse en un personaje más, con una fuerza casi sobrenatural. Solo quien se adentra en ella puede comprender su inmensidad y el efecto que ejerce sobre quienes la desafían.

La obra es un profundo alegato sobre los rincones más ocultos del alma humana. En sus páginas conviven el bien y el mal, la vida y la muerte, la cordura y la locura, la soledad y la fragilidad del hombre. Más que una novela de aventuras, es una exploración filosófica y moral.

Sin embargo, debo reconocer que el modo de contar la historia no ha conseguido llegarme. El simbolismo es constante y, en ocasiones, excesivo. Para un libro relativamente breve, concentra una enorme carga psicológica y filosófica que hace la lectura lenta y, por momentos, difícil de seguir.

Tampoco ayuda la escasez de diálogos. La narración se apoya sobre todo en largas descripciones y reflexiones que, aunque crean una atmósfera muy poderosa, terminan ralentizando el ritmo. Eso sí, las escenas de la brutalidad ejercida contra los nativos están descritas con tal intensidad que transmiten al lector una permanente sensación de angustia y asfixia.

Desde un punto de vista ético, la novela constituye una reflexión extraordinaria sobre los límites de las acciones humanas y sobre la delgada línea que separa la civilización de la barbarie. También denuncia cómo el poder sin escrúpulos acaba destruyendo tanto a quien lo ejerce como a quienes lo padecen. Kurtz representa precisamente esa caída hacia el abismo moral.

El viaje por el Congo termina convirtiéndose en un viaje interior. Marlow —y con él el lector— se enfrenta a preguntas incómodas sobre la corrupción del hombre, la locura del poder, el colonialismo y la explotación humana y ambiental. La célebre frase final de Kurtz, «¡El horror! ¡El horror!», resume con una fuerza extraordinaria todo el sentido de la obra.

A pesar de reconocer su enorme importancia literaria, personalmente esta novela no me ha entusiasmado. Incluso después de una segunda lectura, mi impresión apenas ha cambiado. La considero una obra excesivamente oscura, barroca y simbólica. Sus frecuentes digresiones desvían la atención de la acción principal y hacen que el relato pierda dinamismo. Comprendo por qué muchos la consideran una obra maestra, pero en mi caso no ha despertado el interés por seguir leyendo al autor.

Quisiera destacar, no obstante, un detalle que me pareció especialmente humano: el gesto final de Marlow hacia la prometida de Kurtz. Después de todo el horror vivido durante el viaje, ese pequeño acto de compasión introduce un destello de humanidad en medio de tanta oscuridad.

Quizá esa sea la gran enseñanza de la novela: todos llevamos dentro la posibilidad de convertirnos en Kurtz. Las circunstancias, la ambición o el poder pueden sacar a la luz aquello que creemos controlar. La auténtica civilización no consiste en dominar a otros, sino en no perder nunca la conciencia de nuestra propia humanidad.

«Si la riqueza fuera el secreto de la felicidad, los ricos estarían bailando por las calles. Pero solo los niños pobres hacen eso.»

                                                                            Lucia SS 

24.1.19

La Importancia Del Significado De Las Palabras

       

                                                                         
                                                                             CARTA DE UNA ZORRA

dirigida al juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo, y motivada porque este juez ha dictado una sentencia en la que afirma: «Que llamar zorra a una mujer no es delito, ni falta, ni nada, porque quien usa ese adjetivo en realidad lo que quiere decir es que dicha mujer es astuta y sagaz». En base a ello, he aquí el escrito que le ha remitido una ciudadana:

"Estimado juez Del Olmo:

El motivo de esta misiva no es otro que el de solicitarle amparo judicial ante una injusticia cometida en la persona de mi tía abuela Felicitas y que me tiene un tanto preocupada. Paso a exponerle los hechos:

Esta mañana mi tía abuela Felicitas y servidora nos hemos cruzado en el garaje con un sujeto bastante cafre que goza de una merecida impopularidad entre la comunidad de vecinos. Animada por la última sentencia de su cosecha, que le ha hecho comprender la utilidad de la palabra como vehículo para limar asperezas, y echando mano a la riqueza semántica de nuestra querida lengua española, mi querida tía abuela, mujer locuaz donde las haya, le ha saludado con un jovial "que te den, cabrito".

Se ha puesto como una energúmeno, oiga. De poco me ha servido explicarle que la buena de mi tía abuela lo decía en el sentido de alabar sus grandes dotes como trepador de riscos, y que en estas épocas de recortes a espuertas, desear a alguien que le den algo es la expresión de un deseo de buena voluntad.
El sujeto, entre espumarajos, nos ha soltado unos cuantos vocablos, que no sé si eran insultos o piropos porque no ha especificado a cuál de sus múltiples acepciones se refería, y ha enfilado hacia la comisaría más cercana haciendo oídos sordos a mis razonamientos, que no son otros que los suyos de usted, y a los de mi tía abuela, que le despedía señalando hacia arriba con el dedo corazón de su mano derecha con la evidente intención de saber hacia dónde soplaba el viento.

Como tengo la esperanza de que la denuncia que sin duda está intentando colocar esa hiena -en el sentido de que es un hombre de sonrisa fácil- llegue en algún momento a sus manos, le ruego, por favor, que intente mediar en este asunto explicándole al asno -expresado con la intención de destacar que es hombre tozudo, a la par que trabajador- de mi vecino lo de que las palabras no siempre significan lo que significan, y le muestre de primera mano esa magnífica sentencia suya en la que determina que llamar zorra a una mujer es asumible siempre y cuando se diga en su acepción de mujer astuta.

Sé que es usted un porcino -dicho con el ánimo de remarcar que todo en su señoría son recursos aprovechables- y que como tal, pondrá todo lo que esté de su mano para que mi vecino y otros carroñeros como él -dicho en el sentido de que son personas que se comen los filetes una vez muerta la vaca - entren por el aro y comprendan que basta un poco de buena voluntad, como la de mi tía abuela Felicitas, para transformar las agrias discusiones a gritos en educados intercambios de descripciones, tal y como determina usted en su sentencia, convirtiendo así el mundo en un lugar mucho más agradable.

Sin más, y agradeciéndole de antemano su atención, se despide atentamente, una víbora (evidentemente, en el sentido de ponerme a sus pies), enviándole mis más respetuosos saludos a las zorras de su esposa y su madre"
       
                                       CARTA DE UNA ZORRA,



Dirigida al juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo, y motivada porque este juez ha dictado una sentencia en la que afirma: «Que llamar zorra a una mujer no es delito, ni falta, ni nada, porque quien usa ese adjetivo en realidad lo que quiere decir es que dicha mujer es astuta y sagaz». En base a ello, he aquí el escrito que le ha remitido una ciudadana:

"Estimado juez Del Olmo:

El motivo de esta misiva no es otro que el de solicitarle amparo judicial ante una injusticia cometida en la persona de mi tía abuela Felicitas y que me tiene un tanto preocupada. Paso a exponerle los hechos:

Esta mañana mi tía abuela Felicitas y servidora nos hemos cruzado en el garaje con un sujeto bastante cafre que goza de una merecida impopularidad 

Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...