BIENVENIDOS

31.7.22

Sombra YLuz

                                                           SOMBRA Y LUZ

 
   El mundo que nos rodea, tan exuberante de belleza y rebosante de vida al tornar la primavera, tiene su cara y su cruz, sus  luces  y sombras, pinceladas  que, desde la paleta del gran Pintor,  componen la vida misma.

   Cierto es que  todos pasamos alguna vez por miedos que superar, inseguridades que  desafiar, riesgos que afrontar. Es corriente que,  ante coyunturas adversas o de mayor dificultad, el pensamiento vuele a imaginar cómo serían las cosas si las circunstancias cambiaran o fueran de otro modo. Pero tal vez el  atajo que nos  ponga  en  vereda, que nos despierte de la ficción, se encuentre en esta  pregunta: ¿No será  la actitud ante ellas lo que debe cambiar? Ya que con facilidad se tiende a medir las situaciones según el estado en el que uno se encuentra, más que  como son en su objetiva  realidad. 

     Cuando  quisieras enjugar las lágrimas, consolar los sufrimientos, aplacar cualquier dolor; cuando quisieras devolver la alegría a los niños que, presa de la enfermedad, gimen en vez de gozar, y  llevar consuelo a los que en su horizonte solo la sombra y la noche parecen aguardar, cuando los tonos saturados e intensos, sin tintes que neutralicen, abunden más en nuestro lienzo….es un  riesgo no tener esperanza; el riesgo de perder el equilibrio, la unidad y  armonía que toda obra de arte precisa.

 “Nuestras dudas son traidoras, y nos hacen perder el bien que podríamos ganar, por temor a intentar”. (W. Shakespeare)  

    La esperanza cristiana, es una virtud que siempre se basa en una promesa, nos hace apuntar hacia arriba, fiados de que todo en esta vida tiene sentido; posee el carácter  de plasmar los colores, sus matices y hallar los complementarios, analizándolos según la luz de Dios.

    Dicen que el tiempo pasa, y lo hace deprisa,  pero en realidad se queda; lo vemos  estampado en  las marcas de la vida. Siendo la misma persona, no se es igual a los 20, que a los 50 que a los 80 años. Las naciones nacen y desaparecen, las generaciones se hunden por la corrupción y la miseria pero Jesucristo permanece siempre. Y esta esperanza cierta nos hace crecer, nos hace madurar, como la paciencia del pintor que con sus hábiles  pinceladas, crea  relieves  combinando   color,  sombras y las luces,  en el boceto que es la vida en la tierra.

  No es  la esperanza una aburrida sala de espera, sino impulso activador del  inherente deseo de llegar a poseer paz, alegría, verdad, belleza y bien; nos hace correr a la meta y encontrar sentido a los inexplicables “porqués” con los que somos desafiados.

Color esperanza, este es el título de una canción que, con tono positivo y buen ritmo, llegó a convertirse en un éxito internacional. El contenido de la letra es básicamente  la reflexión y la esperanza de los problemas y momentos difíciles. Su  cantautor,  Diego Torres, al poco  de haberla lanzado, decía que  fue muy curioso lo que ocurrió y se sentía gratamente  sorprendido de la gran acogida que había tenido. Concluía refiriéndose a lo que había comprobado, la gran necesidad de vivir y sentir la esperanza que tiene el ser humano. Se había puesto de manifiesto en  que, traspasando fronteras, se vendieron más de cinco millones de copias del disco. El mismo Torres la interpretó ante el Papa San Juan Pablo II en la última visita del Pontífice a España en el año 2003, rodeado de  una gran multitud de jóvenes en el aeródromo de Cuatro Vientos. 

Parte de la letra dice así: “Sé que las ventanas se pueden abrir. Cambiar el aire depende de ti. Te ayudara, vale la pena una vez más. Saber que se puede, querer que se pueda, quitarse los miedos sacarlos afuera, pintarse la cara color esperanza, tentar al futuro con el corazón. Sé que lo imposible se puede lograr. Que la tristeza algún día se irá. Y así será, la vida cambia y cambiará. Sentirás que el alma vuela. Por cantar una vez más. Saber que se puede….”

    Pero muchos años antes de que alguien le pusiera a la esperanza rima y música,  se había escrito sobre ella unas confortantes reflexiones, algo así como el alentador consejo paterno al hijo que emprende sus andanzas en un transitar incierto: “He visto, en muchas vidas, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras.”

    “Tanto se ha acercado el Señor a las criaturas, que todos guardamos en el corazón hambres de altura, ansias de subir muy alto, de hacer el bien. Si remuevo en ti ahora esas aspiraciones, es porque quiero que te convenzas de la seguridad que Él ha puesto en tu alma: si le dejas obrar, servirás –donde estás– como instrumento útil, con una eficacia insospechada. “ (San Josemaría E.B.)


29.7.22

Feria: Tertulia literaria


                    FERIA

Una obra que, aunque parte de la memoria personal de Ana Iris Simón, trasciende la autobiografía para convertirse en una reflexión sobre las raíces, la identidad y el mundo rural de La Mancha. Si deseas enriquecer tu escrito sin limitarte a reproducir la sinopsis, puedes destacar algunas ideas que ayudan a comprender mejor el sentido del libro.

Podrías señalar, por ejemplo, que Feria no es un libro de nostalgia superficial ni una simple evocación de tiempos pasados. La autora no afirma que todo fuera mejor antes; reconoce que aquel mundo tenía también pobreza, sacrificios, desigualdades y dureza. Sin embargo, sostiene que, junto a esas dificultades, existían valores que hoy corren el riesgo de desaparecer: el sentido de pertenencia, la solidaridad entre vecinos, el respeto a la palabra dada, el orgullo por el trabajo bien hecho y la continuidad entre generaciones.

La Mancha adquiere en el libro un valor simbólico. No es solo un paisaje de llanuras infinitas, molinos y viento, sino un modo de entender la vida. Esa tierra aparentemente austera enseña la paciencia del sembrador, el esfuerzo cotidiano y la aceptación de que las cosas importantes necesitan tiempo para dar fruto. El horizonte abierto de la llanura parece invitar a mirar lejos sin olvidar nunca de dónde se viene.

Otro aspecto muy interesante es el papel de los abuelos. Ellos representan la memoria viva. A través de sus historias, la autora descubre quién es y comprende que cada persona forma parte de una cadena mucho más larga que su propia existencia. De ahí la importancia que concede a la familia, a los apellidos, a los oficios heredados y a los recuerdos transmitidos de padres a hijos. Sin esa memoria, dice implícitamente el libro, el ser humano corre el riesgo de quedarse sin raíces.

También resulta significativo el contraste entre el progreso material y la pérdida de identidad. La autora reconoce las ventajas del mundo moderno, pero advierte que el bienestar económico no basta si se pierde el sentimiento de comunidad. Las ciudades ofrecen oportunidades, pero muchas veces generan anonimato y soledad; mientras que el pueblo, con todas sus limitaciones, conserva una red de relaciones humanas difícil de sustituir.

En el fondo, Feria plantea una pregunta que interpela al lector: ¿qué precio estamos pagando por el progreso? ¿Es suficiente vivir con más comodidades si olvidamos nuestra historia, nuestro lenguaje, nuestras tradiciones y el lugar del que procedemos? Esa reflexión convierte el libro en algo más que un relato familiar; lo transforma en una invitación a reconciliarnos con nuestras raíces y a comprender que la identidad personal no nace de la nada, sino de la tierra, de la familia y de la memoria compartida.

Creo que esa es la razón por la que la obra ha despertado tanto interés. Cada lector puede reconocer en sus páginas algo de su propia historia: un abuelo, un pueblo, un oficio desaparecido o una forma de vivir que parecía destinada a perderse y que, gracias a libros como este, vuelve a cobrar sentido. Aunque la autora habla desde La Mancha, su mensaje posee un alcance universal: solo quien conoce de dónde viene puede comprender mejor quién es y hacia dónde quiere caminar.

«Tendré que llevarte al cerro de la Virgen y tendré que decirte que eso es La Mancha y que es de esa tierra naranja de donde venimos, que ese manto de esparto que no acaba nunca es lo que eres. Tendré que explicarte lo que es un Pueblo y sabrás que el nuestro está atravesado por tres realidades: la ausencia total de relieve, el Quijote y el viento. Tendré que recordarte que eres nieto de familia postal, bisnieto de campesinos y feriantes, tataranieto de carabinero exiliado y de quincallera, y que sientas entonces que eres heredero de una raza mítica».

Ana Iris creció escuchando a sus abuelos el relato de dos mundos que se desvanecen. Unos, feriantes, quejándose de que cada vez tenían más trampas y menos perras, porque a medida que la vida se convertía en una feria —la de las vanidades—, la auténtica feria dejaba de tener sentido. Los otros abuelos, campesinos, le transmitieron el arraigo mágico de la tierra. Y fue ese abuelo el que la llevó un día a un almendro y le dijo que lo había plantado él, así que pa ella era su sombra.

Feria es una oda salvaje a una España que ya no existe, que ya no es. La que cabía en la foto que llevaba su abuelo en la cartera con un gitano a un lado y al otro un Guardia Civil. Un relato deslenguado y directo de un tiempo no tan lejano en el que importaba más que los niños disfrutaran tirando petardos que el susto que se llevasen los perros. También es una advertencia de que la infancia rural, además de respirar aire puro, es conocer la ubicación del puticlub y reírse con el tonto del pueblo. Un repaso a las grietas de la modernidad y una invitación a volver a mirar lo sagrado del mundo: la tradición, la estirpe, el habla, el territorio. Y a no olvidar que lo único que nos sostiene es, al fin, la memoria.

LUCIA SS

22.7.22

Su Nombre Era Fleming: Dar es recibir.

 


Fleming y él era un pobre agricultor inglés.
Un día, mientras trataba de ganarse la vida para su familia, escuchó a alguien pidiendo ayuda desde un pantano cercano.
Inmediatamente soltó sus herramientas y corrió hacia el pantano.
Allí, enterrado hasta la cintura en el lodo negro, estaba un niño aterrorizado, gritando y luchando tratando de liberarse del lodo.
El agricultor Fleming salvó al niño de lo que pudo ser una muerte lenta y terrible.
El siguiente día, un carruaje muy pomposo llegó hasta los predios del agricultor inglés.
Un noble inglés, elegantemente vestido, se bajó del vehículo y se presentó a sí mismo como el padre del niño que Fleming había salvado.
Yo quiero recompensarlo, dijo el noble inglés. Usted salvó la vida de mi hijo.
No, yo no puedo aceptar una recompensa por lo que hice, respondió el agricultor inglés, rechazando la oferta.
En ese momento el propio hijo del agricultor salió a la puerta de la casa de la familia.
¿Es ese su hijo? preguntó el noble inglés.
-Sí -, respondió el agricultor lleno de orgullo.
-Le voy a proponer un trato.
 Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación.
Si él es parecido a su padre crecerá hasta convertirse en un hombre del cuál usted estará muy orgulloso.
El agricultor aceptó.
Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming el agricultor se graduó de la Escuela de Medicina de St. Mary' s Hospital en Londres, y se convirtió en un personaje conocido a través del mundo, el notorio Sir Alexander Fleming, el descubridor de la Penicilina.
Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó enfermo de pulmonía.
¿Que lo salvó? La Penicilina.
¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill.
¿El nombre de su hijo? Sir Winston Churchill.
Alguien dijo una vez: Siempre recibimos a cambio lo mismo que ofrecemos.
Trabaja como si no necesitaras el dinero.
Ama como si nunca te hubieran herido.
Baila como si nadie te estuviera mirando.



Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...