SOMBRA Y LUZ
El mundo que nos rodea, tan exuberante de belleza y rebosante de vida al tornar la primavera, tiene su cara y su cruz, sus luces y sombras, pinceladas que, desde la paleta del gran Pintor, componen la vida misma.
Cierto es que todos pasamos alguna vez por miedos que superar, inseguridades que desafiar, riesgos que afrontar. Es corriente que, ante coyunturas adversas o de mayor dificultad, el pensamiento vuele a imaginar cómo serían las cosas si las circunstancias cambiaran o fueran de otro modo. Pero tal vez el atajo que nos ponga en vereda, que nos despierte de la ficción, se encuentre en esta pregunta: ¿No será la actitud ante ellas lo que debe cambiar? Ya que con facilidad se tiende a medir las situaciones según el estado en el que uno se encuentra, más que como son en su objetiva realidad.
Cuando quisieras enjugar las lágrimas, consolar los sufrimientos, aplacar cualquier dolor; cuando quisieras devolver la alegría a los niños que, presa de la enfermedad, gimen en vez de gozar, y llevar consuelo a los que en su horizonte solo la sombra y la noche parecen aguardar, cuando los tonos saturados e intensos, sin tintes que neutralicen, abunden más en nuestro lienzo….es un riesgo no tener esperanza; el riesgo de perder el equilibrio, la unidad y armonía que toda obra de arte precisa.
“Nuestras dudas son traidoras, y nos hacen perder el bien que podríamos ganar, por temor a intentar”. (W. Shakespeare)
La esperanza cristiana, es una virtud que siempre se basa en una promesa, nos hace apuntar hacia arriba, fiados de que todo en esta vida tiene sentido; posee el carácter de plasmar los colores, sus matices y hallar los complementarios, analizándolos según la luz de Dios.
Dicen que el tiempo pasa, y lo hace deprisa, pero en realidad se queda; lo vemos estampado en las marcas de la vida. Siendo la misma persona, no se es igual a los 20, que a los 50 que a los 80 años. Las naciones nacen y desaparecen, las generaciones se hunden por la corrupción y la miseria pero Jesucristo permanece siempre. Y esta esperanza cierta nos hace crecer, nos hace madurar, como la paciencia del pintor que con sus hábiles pinceladas, crea relieves combinando color, sombras y las luces, en el boceto que es la vida en la tierra.
No es la esperanza una aburrida sala de espera, sino impulso activador del inherente deseo de llegar a poseer paz, alegría, verdad, belleza y bien; nos hace correr a la meta y encontrar sentido a los inexplicables “porqués” con los que somos desafiados.
Color esperanza, este es el título de una canción que, con tono positivo y buen ritmo, llegó a convertirse en un éxito internacional. El contenido de la letra es básicamente la reflexión y la esperanza de los problemas y momentos difíciles. Su cantautor, Diego Torres, al poco de haberla lanzado, decía que fue muy curioso lo que ocurrió y se sentía gratamente sorprendido de la gran acogida que había tenido. Concluía refiriéndose a lo que había comprobado, la gran necesidad de vivir y sentir la esperanza que tiene el ser humano. Se había puesto de manifiesto en que, traspasando fronteras, se vendieron más de cinco millones de copias del disco. El mismo Torres la interpretó ante el Papa San Juan Pablo II en la última visita del Pontífice a España en el año 2003, rodeado de una gran multitud de jóvenes en el aeródromo de Cuatro Vientos.
Parte de la letra dice así: “Sé que las ventanas se pueden abrir. Cambiar el aire depende de ti. Te ayudara, vale la pena una vez más. Saber que se puede, querer que se pueda, quitarse los miedos sacarlos afuera, pintarse la cara color esperanza, tentar al futuro con el corazón. Sé que lo imposible se puede lograr. Que la tristeza algún día se irá. Y así será, la vida cambia y cambiará. Sentirás que el alma vuela. Por cantar una vez más. Saber que se puede….”
Pero muchos años antes de que alguien le pusiera a la esperanza rima y música, se había escrito sobre ella unas confortantes reflexiones, algo así como el alentador consejo paterno al hijo que emprende sus andanzas en un transitar incierto: “He visto, en muchas vidas, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras.”
“Tanto se ha acercado el Señor a las criaturas, que todos guardamos en el corazón hambres de altura, ansias de subir muy alto, de hacer el bien. Si remuevo en ti ahora esas aspiraciones, es porque quiero que te convenzas de la seguridad que Él ha puesto en tu alma: si le dejas obrar, servirás –donde estás– como instrumento útil, con una eficacia insospechada. “ (San Josemaría E.B.)