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5.10.25

(Maternidad) Cuando Supe Quien Eras: Con el poder del amor 1

                                   

En este escalón de la vida, en el que la palabra madre parece que ya casi no se quiere pronunciar —al menos no con el orgullo que merece—, han acudido a mi mente y a mi corazón recuerdos, emociones y, quizá también, la añoranza de la mía.

Quiero componer un canto a la maternidad; a esas madres buenas y generosas que pasaron y siguen pasando casi ocultas, silenciosas, sosteniendo el mundo sin pedir reconocimiento. A ellas les debemos mucho más de lo que alcanzamos a comprender.

No eran mujeres ignorantes ni de cortas miras. Eran, sobre todo, valientes. Poseían el coraje de las heroínas anónimas. Nada se les ponía por delante y, sin saberlo, eran auténticamente polifacéticas.

Puedo hablar de la mía. Era matrona, enfermera, modista, profesora, peluquera; cocinaba para chuparse los dedos. Era limpia y ordenada; economista, porque con muy poco dinero hacía verdaderos milagros; empresaria, cuentacuentos, consejera, psicóloga... Para nosotros, sencillamente, lo era todo.

Si alguien se atreviera a decirme que no eran nadie, que solo fueron amas de casa, esposas y madres, me gustaría sentarme frente a él y preguntarle quién puede considerarse hoy más completo.

No tuvieron másteres ni títulos universitarios. Tal vez no cursaron estudios superiores, pero se doctoraron en la universidad de la vida, donde aprendieron todas las ciencias importantes: el sacrificio, la paciencia, la ternura, el trabajo, la fortaleza y el amor incondicional.

La vida ha cambiado con enorme rapidez. ¿Para mejor? ¿Para peor? No lo sé. Es el tiempo que nos ha tocado vivir y tampoco sería justo afirmar que todo tiempo pasado fue mejor.

Sin embargo, con profundo respeto y veneración, creo que aquellas mujeres eran los verdaderos cimientos del hogar.

Los niños poseíamos pocas cosas, pero nos sentíamos inmensamente ricos. Éramos felices. No conocíamos el estrés, la prisa ni la inseguridad que hoy acompañan a tantos niños.

Ahora parecen tenerlo todo y, sin embargo, pasan gran parte del día lejos de casa, enlazando colegio, actividades y obligaciones. Al caer la tarde llegan agotados, igual que sus padres. Entonces solo queda correr: deberes, ducha, cena y cama.

Cada vez hay menos tiempo para conversar, preguntar, escuchar, compartir o simplemente estar juntos. Incluso esos escasos momentos suelen quedar ocupados por la televisión, el teléfono móvil, los videojuegos o las pantallas, que terminan robando un espacio que antes pertenecía a la familia.

Después de este preámbulo, deseo rendir homenaje y dar visibilidad a tantas madres que brillan discretamente a la sombra de sus hijos y de sus nietos, logrando mantener unida a la familia sin hacer ruido y sin esperar recompensa.

¡Qué poco conscientes somos, cuando somos jóvenes, del paso del tiempo! Nos parece que nuestros padres siempre han estado ahí y que siempre seguirán aguardándonos con los brazos abiertos, dispuestos a ayudar, a escuchar y a sostenernos.

Mientras la juventud corre mirando hacia el futuro, soñando con estudios, trabajo, deporte o proyectos de vida, el calendario continúa avanzando con paso silencioso. Días, semanas, meses y años se suceden hasta que, casi sin advertirlo, descubrimos que el tiempo ha pasado para todos.

Porque un hijo nunca deja de ser un niño para su madre.

Los caminos de la vida van dejando un poso que nos vuelve más reflexivos, más serenos y más prudentes. Maduran el cuerpo y el espíritu. Llegan nuevas etapas que debemos afrontar; unas veces como un regalo inesperado y otras con cierto temor, pero siempre como parte inevitable del camino.

Y entonces despierta, convertida en profunda añoranza, la necesidad de volver a sentir el abrigo del corazón materno.

Ese corazón capaz de engrandecer lo más pequeño; siempre dispuesto, siempre alegre, siempre acogedor.

¿Quién mejor que una madre para compartir nuestras alegrías y nuestros fracasos, nuestras heridas y nuestras esperanzas? ¿Quién mejor para escuchar sin juzgar, comprender sin condiciones y querer sin medida?

Porque, aunque la vida nos haga adultos, nunca dejamos de necesitar ese refugio donde aprendimos el verdadero significado del amor.

«También los grandes hombres se han formado en las rodillas de sus madres; todo ser humano, por tanto, tiene necesidad de una madre.»

Mientras exista un hijo que recuerde con gratitud a su madre, el amor nunca desaparecera del mundo.

                                        LUCÍA SS



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