Hubiera sido un privilegio escuchar la conversación de aquellos tres amigos de cuarto de Primaria cuando, un buen día, decidieron poner en marcha, en el más absoluto secreto, un plan que los comprometía a convertirse en los «ángeles custodios» de todos los niños del colegio.
Durante las clases estarían atentos a quienes tenían dificultades con las lecciones para ayudarles, en la medida de sus posibilidades. En el recreo recorrerían el patio procurando que nadie permaneciera solo, sin jugar, aburrido o envuelto en una pelea. Ellos, los «ángeles del cole», estaban entusiasmados con aquella gran idea y se pusieron manos a la obra en cuanto tuvieron ocasión.
La ilusión propia de la infancia, unida a la fuerza de su generosidad, hizo que pronto se notara su presencia. En el patio aparecían siempre para defender al más perjudicado en una riña o intervenir en cualquier altercado, fortaleciendo, al mismo tiempo, los lazos de amistad con aquellos compañeros a quienes protegían.
Pero, del mismo modo que existen corazones nobles que buscan el bien sin egoísmo, que transmiten alegría y siembran paz con su bondad, también los hay endurecidos por la malicia.
Así ocurrió que, un día, al salir de clase y antes de despedirse, los tres amigos fueron acorralados por la pandilla de los «mandones del cole», esos que solo con su presencia infunden miedo. Les propinaron una buena paliza para amedrentarlos y conseguir que dejaran de entrometerse en sus asuntos; es decir, en sus continuos abusos y acosos sobre los niños más pequeños y vulnerables.
Los tres «ángeles» tuvieron que ser atendidos en el centro de salud más cercano. Y fue precisamente aquel incidente el que sacó a la luz el secreto que habían guardado con tanta discreción.
Esta historia real, ocurrida hace algunos años, invita a una profunda reflexión sobre el verdadero significado de la bondad.
Con frecuencia se confunde la bondad con la debilidad, cuando sucede exactamente lo contrario. Hace falta una gran fortaleza para dominar el propio carácter, controlar los impulsos y transformarlos en mansedumbre, comprensión y auténtica sensibilidad hacia las necesidades de los demás.
La bondad perfecciona a quien la practica. No tiene nada de ingenua, blandengue o afectada. Es una virtud exigente, que requiere firmeza, dominio de uno mismo y una constante disposición a hacer el bien.
En cambio, las actitudes agresivas, los malos modales, las palabras altaneras, burlescas o despectivas y el desprecio hacia los demás revelan, por encima de todo, una profunda carencia de educación, de elegancia y, en definitiva, de humanidad.
¡Qué equivocados están quienes creen engrandecerse recurriendo a esos comportamientos! Al actuar así se incapacitan para escuchar con interés, comprender al otro o tratar con amabilidad a quien busca un consejo, una ayuda o simplemente un poco de comprensión.
La bondad es una inclinación natural, pero también una cualidad que puede educarse y fortalecerse. Paciente y serena, perfecciona a quien la posee porque sabe dar y darse, transmitiendo ánimo, esperanza y entusiasmo a cuantos le rodean.
Los muchachos de aquel colegio poseían esa bondad espontánea que no pierde el tiempo buscando culpables, sino comprendiendo las circunstancias que han llevado a cada persona a su situación. Preferían descubrir lo bueno que había en los demás y actuar solidariamente.
No eran conscientes de que estaban viviendo una auténtica virtud. Hoy, por desgracia, ser virtuoso suele tener un precio. Ellos lo comprobaron en su propia piel.
Vivimos un tiempo en el que parece librarse un pulso constante entre dos fuerzas. De un lado, la exasperación, la ira, la soberbia y el egoísmo, que amenazan con arrinconar la bondad. Del otro, una multitud silenciosa de personas que siguen creyendo que el bien merece la pena.
Dar las gracias. Pedir las cosas por favor. Escuchar con atención. Pedir perdón cuando es necesario, sin convertirlo en un drama. Sonreír. Respetar al que piensa distinto. Son gestos sencillos, casi imperceptibles, pero de una importancia inmensa.
Esos pequeños actos cotidianos constituyen el otro brazo de ese pulso. Son el abono fértil del que brotará una sociedad más humana, más respetuosa y más comprometida con el bien.
