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15.2.18

La Reina De Las Lavanderas (Critica Literaria)



María Victoria dal Pozzo: una reina olvidada

Hay personas cuyo paso por la historia apenas deja una huella visible, no porque carecieran de méritos, sino porque vivieron en el momento equivocado o porque su ejemplo quedó eclipsado por los acontecimientos políticos de su tiempo. María Victoria dal Pozzo della Cisterna fue una de ellas.

Nació en Turín en 1847, en el seno de una familia de la alta nobleza italiana. Su infancia, sin embargo, estuvo muy lejos de la felicidad que podía esperarse de alguien nacido entre privilegios. La muerte de su padre desencadenó una profunda enfermedad mental en su madre, quien se negó durante días a permitir su entierro y permaneció velando el cadáver junto a sus dos hijas. Poco después falleció la hermana menor de María Victoria, víctima del tifus. Aquellas tragedias marcaron para siempre el carácter de la joven, que creció entre el silencio, el duelo y una profunda sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno.

Su matrimonio con el príncipe Amadeo de Saboya cambió inesperadamente el rumbo de su vida. Tras la Revolución de 1868 y el destronamiento de Isabel II, las potencias europeas y las Cortes españolas buscaron un nuevo monarca para instaurar una monarquía constitucional. El elegido fue Amadeo de Saboya, quien llegó al trono español en 1871 acompañado de su esposa.

El reinado apenas duró dos años. Fueron tiempos de enorme inestabilidad política, enfrentamientos sociales y continuas conspiraciones. Desde el mismo momento de su llegada, el asesinato del general Prim, principal impulsor de la nueva monarquía, dejó a los reyes prácticamente sin apoyos.

María Victoria encontró una España dividida y una aristocracia que jamás terminó de aceptarla. Acostumbrados al lujo ostentoso de la corte de Isabel II, muchos nobles despreciaban a aquella reina discreta, sencilla y poco dada al exhibicionismo. Su austeridad fue confundida con falta de grandeza, cuando en realidad respondía a una profunda convicción moral y religiosa.

Lejos de encerrarse en palacio, quiso conocer la realidad del país que gobernaba. Durante uno de sus recorridos por Madrid quedó impresionada por las durísimas condiciones en las que trabajaban las lavanderas del río Manzanares. Aquellas mujeres debían dejar a sus hijos sin atención mientras pasaban largas jornadas lavando ropa.

Movida por su sensibilidad social, impulsó la creación de un asilo destinado a acoger a los hijos de las lavanderas durante la jornada laboral de sus madres, iniciativa considerada por diversos autores como una de las primeras instituciones españolas dedicadas al cuidado infantil. Aquella obra benéfica hizo que muchas personas humildes encontraran en la reina una protectora cercana y generosa.

Su actividad caritativa no fue un hecho aislado. Gran parte de su patrimonio estuvo destinado a obras de beneficencia y ayuda a los más necesitados. Mientras algunos miembros de la corte la despreciaban por su sencillez, el pueblo más humilde encontraba en ella una mujer profundamente comprometida con el sufrimiento de los demás.

Poseía además una formación poco habitual para una reina de su tiempo. Había estudiado filosofía, historia, matemáticas y dominaba varios idiomas, incluido el español antes de llegar a nuestro país. Bajo su influencia, la corte abrió también sus puertas a científicos, músicos e intelectuales, promoviendo un ambiente cultural muy distinto al que hasta entonces había predominado.

Pero su vida estuvo marcada por el dolor hasta el final. Soportó las infidelidades de su esposo, el rechazo de buena parte de la nobleza española y el temor constante a sufrir un atentado. Poco después del nacimiento de su último hijo, la familia real abandonó España tras la abdicación de Amadeo I en 1873.

Regresó a Italia profundamente debilitada. La tuberculosis fue consumiendo lentamente su salud hasta causarle la muerte en 1876, cuando apenas tenía veintinueve años.

Su reinado fue breve y su recuerdo quedó casi borrado de la memoria colectiva. Sin embargo, el paso del tiempo permite contemplar su figura desde otra perspectiva. Más allá de los avatares políticos, María Victoria dal Pozzo representa el ejemplo de una mujer culta, profundamente religiosa y comprometida con los más desfavorecidos, que intentó ejercer la realeza como un servicio y no como un privilegio.

Quizá la historia no le concedió el reconocimiento que merecía, pero su vida demuestra que la verdadera grandeza de una reina no reside en el brillo de la corona, sino en la huella de humanidad que deja entre quienes más necesitan esperanza.

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