BIENVENIDOS

4.11.25

Lectura II

                                    

Continúo con mi pequeña aportación sobre la lectura.

Hoy me gustaría centrar la atención en los siguientes puntos:

  • Prestar atención.

  • El hábito de leer.

  • Criterio para elegir un libro.

Prestar atención

Escuchar y leer son hábitos indispensables para ensanchar nuestro horizonte, ya de por sí limitado, al menos en mi caso. Ambos exigen la capacidad de prestar atención.

Los medios de comunicación, las redes sociales y los teléfonos móviles se disputan nuestra atención como si fuera su capital más preciado. Es fácil que esta abundancia de reclamos termine fragmentándola. Sucede como cuando uno se siente constantemente interrumpido: aquello que beneficia a los gigantes de la comunicación quizá nos empobrece a nosotros, pues ese continuo volcarse hacia fuera puede dejarnos sin un verdadero «hacia dentro».

Prestar atención no consiste únicamente en hacer un esfuerzo puntual para retener datos. Es dejarse sorprender por la realidad, por las personas y por las situaciones, permitiendo que permanezcan vivas dentro de nosotros.

Quien lee y escucha profundiza en la experiencia de lo que vive gracias a un proceso de interiorización. Aprende a recogerse, a habitar dentro de sí mismo y a leer tanto en las situaciones como en las personas.

Sin embargo, incluso para alguien como yo, con una cultura media, la aceleración de la vida entraña el riesgo de dejar de leer. Arrastrados por los múltiples frentes que reclaman nuestra atención, muchas veces no encontramos ese momento de calma para sentarnos con un libro entre las manos.

El hábito de leer

Pedagogos y especialistas en educación señalan que resulta difícil adquirir el hábito de la lectura cuando no se ha cultivado desde la infancia. También coinciden en que existe una gran diferencia entre quienes leen habitualmente y quienes no lo hacen.

Quizá haya influido la aparición de formas de entretenimiento más inmediatas. No me refiero al uso de los videojuegos, sino a su abuso. No pretendo demonizarlos, pero sí pienso que necesitan cierto control. Cuando ocupan demasiado espacio pueden reducir la imaginación, empobrecer el mundo interior y hacer depender de estímulos constantes. A veces también disminuyen la sensibilidad, el control del tiempo y la capacidad de concentración.

Guardo un recuerdo muy hermoso de mi infancia. Eran aquellos momentos en los que mi madre nos reunía para leernos. Lo hacía con una entonación admirable, con una capacidad de transmitir que jamás he vuelto a encontrar a lo largo de mi vida. Quizá elegía muy bien lo que quería enseñarnos, pero sobre todo conocía profundamente al pequeño público que tenía delante. Permanecíamos embobados, con los ojos clavados en ella.

Era alguien insustituible. No solo la queríamos con toda nuestra alma, sino que la admirábamos casi como si fuera un ser perfecto para nosotros.

Con el paso de los años he pensado muchas veces qué era aquello que tanto nos fascinaba. Y, en realidad, no había nada extraordinario. Muchas veces era simplemente la Biblia para niños. Mi madre era una cristiana ejemplar, que enseñaba sobre todo con su vida. Nos transmitió valores, amor, responsabilidad y una gran libertad.

Otras veces nos leía fábulas con sus enseñanzas; otras, libros sobre la naturaleza, la geografía, la belleza o pequeñas historias del mundo. Lo único que sé es que poseía un extraordinario don para educar, sin haber cursado estudios superiores. Muchas materias que he necesitado estudiar siendo adulta ya me las había sembrado ella durante mi infancia.

Quizá por eso, cuando veo que hoy, debido al ritmo de vida, muchas madres apenas tienen tiempo para responder a las preguntas de sus hijos, siento cierta tristeza. A menudo los duermen con un móvil en la mano, en lugar de hacerlo con un cuento, una conversación o aquella sencilla oración del «Jesusito de mi vida» que tantas generaciones aprendimos.

Pienso que, sin darse cuenta, se están perdiendo uno de los momentos más tiernos y decisivos en la educación y en el cariño de sus hijos.

Perdonad este pequeño paréntesis personal. Me he desviado del tema principal, pero también sirve para romper el tono más técnico de lo anterior. Hablábamos precisamente de cómo nace el hábito de la lectura. En el caso de los niños, siempre debe existir alguien que les descubra ese placer: un padre, una madre, un abuelo, un profesor, un familiar o un buen amigo.

Las tecnologías digitales facilitan llevar siempre un libro consigo. También los audiolibros son una magnífica opción cuando no disponemos de otro momento para leer. Yo misma recurro a ellos con frecuencia, aprovechando trayectos o mientras realizo tareas domésticas, porque muchas veces es el único tiempo del que dispongo.

Sin embargo, para mí, el libro en papel sigue teniendo un encanto especial. Se parece a un vino de reserva: necesita reposo. Cuando cierras el libro, él también se detiene contigo. Puedes volver atrás, releer una frase, meditarla o simplemente dejar que repose en tu interior. En cambio, el audiolibro continúa si no lo pausas, y eso dificulta un poco más la concentración y la reflexión.

Criterio para elegir un libro

Cada año se editan miles de libros. Internet nos permite adquirir muchos de ellos a precios muy asequibles e incluso descargarlos gratuitamente. Ante tanta oferta y con un tiempo necesariamente limitado surge una pregunta inevitable: ¿qué leo?

Existe una larga tradición de libros que, además de entretener, educan. Otros simplemente ofrecen evasión, y también tienen su lugar.

A mí me resulta útil tener varios libros empezados al mismo tiempo. Según cómo me encuentre —relajada, cansada, preocupada o de vacaciones— uno u otro responde mejor al momento que estoy viviendo.

A la hora de elegir conviene tener presente que muchas grandes empresas controlan importantes grupos editoriales. Es lógico que den prioridad a las publicaciones de su propio sello, relegando otras obras quizá de mayor calidad editadas por empresas más pequeñas.

Por eso no debemos conceder un valor excesivo a las listas de los más vendidos. Lo más vendido no siempre es lo mejor.

Con su fina ironía, Charles Dickens escribió:

«¡Hay libros de los cuales el lomo y la cubierta son, con mucho, lo mejor!»

Querer estar siempre a la última puede hacernos pasar por alto libros más inteligentes, más divertidos, más profundos o más creativos.

Al igual que hacemos zapping con las películas, también podemos hacerlo con los libros. No todos son para todos los lectores, y no pasa nada por abandonar uno que no logra atraparnos para comenzar otro que sí lo haga.

El lector no firma ningún contrato con el autor. Conviene darle una oportunidad, leer con paciencia y confiar en que la obra termine conquistándonos. Pero, si después de un tiempo no sucede, no hay por qué sentirse culpable al dejarla y buscar otra lectura.

Toda una vida no bastaría para leer todos los grandes clásicos. Entre ellos podríamos citar a Aristóteles, Cicerón, Dostoievski o Chesterton.

Con el tiempo también se aprende a elegir los libros, igual que se aprende a elegir las amistades.

Porque un buen libro se parece mucho a un buen amigo: conversa con nosotros sin imponerse, nos acompaña con discreción y, cuando hace falta, nos aconseja e incluso nos corrige en silencio.

"Leer no consiste únicamente en pasar páginas, sino en dejar que algunas de ellas nos cambien por dentro. En el próximo capítulo hablaremos precisamente de esa lectura que transforma la vida."

 

Lucia SS



2.11.25

Matrimonio: Con El Poder Del Amor (3)

   

A raíz de la lectura de Ana Karenina

Desde que existe la humanidad, el hombre y la mujer se han unido formando una familia. Sin la seriedad de ese vínculo-compromiso habría sido imposible la continuidad de la especie. El ser humano supera en inteligencia a la mayoría de los animales, pero necesita muchos años para alcanzar la madurez y la autonomía. Por ello requiere nacer, crecer y desarrollarse al amparo de una familia. En ese proceso, el padre, la madre y los hermanos desempeñan un papel insustituible.

¿Qué implica casarse frente a otras formas de convivencia? La diferencia esencial radica en que el matrimonio nace del deseo de construir un proyecto de vida definitivo. No se trata de que cada uno conserve su propio proyecto y ambos coincidan durante un tiempo, reservándose parcelas de sí mismos. Casarse significa crear una historia común, una vida compartida que irá creciendo y transformándose con los años.

Una pareja decide dar ese paso cuando descubre que el amor que vive desea convertirlo en algo permanente. Es como decir: «Quiero que estés siempre en mi vida y quiero estar siempre en la tuya». Esa decisión marca la diferencia respecto a cualquier otra relación. El nivel de confianza, de entrega y de compromiso es mucho mayor. Es el deseo de darse por entero, de ser acogido plenamente y de corresponder con la misma generosidad. Cuando hablo de un «todo», me refiero a la intención y al deseo, porque esa entrega se va haciendo realidad con el tiempo, con la convivencia, con las dificultades e incluso con las crisis, que muchas veces son las que más ayudan a crecer y madurar.

En Ana Karenina, Tolstói describe admirablemente esta idea a través del personaje de Levin:

«Levin no conservaba apenas recuerdos de su madre, pero su memoria le era sagrada. Y si se casaba, su esposa debía semejarse mentalmente a ese ideal encantador y adorado. Para él no podía existir el amor fuera del matrimonio... mientras que sus amigos consideraban el matrimonio como uno de los numerosos actos de la vida social, Levin lo veía como el más importante de la existencia, aquel del que dependía toda su felicidad.»

Tolstói contrapone dos maneras de entender el amor. Para unos, el matrimonio es simplemente un acontecimiento social; para Levin representa la decisión más trascendental de la vida, porque de ella dependerá buena parte de su felicidad futura. Quizá ahí resida una de las claves del libro: cuando se comprende el verdadero sentido del compromiso, la fidelidad deja de ser una carga para convertirse en la consecuencia natural del amor.

El noviazgo constituye precisamente el tiempo de preparación para esa decisión. Es la etapa del conocimiento mutuo, del aprendizaje y también de las dificultades. Debe haber desacuerdos, enfados y discusiones. Son precisamente esos momentos los que permiten descubrir aspectos del otro —y de nosotros mismos— que permanecían ocultos. Sin ellos, el conocimiento sería superficial.

Si ambos son capaces de superar esas diferencias, aprender a dialogar y adaptarse el uno al otro, la relación sale fortalecida. Para eso existe el noviazgo: para comprobar si ese proyecto común es verdaderamente posible.

En otra escena de la novela, el general Serpujovskói conversa con Wronski y le dice:

«La mujer es la piedra de toque en la carrera del hombre... La única manera de no verse reducido a la inacción por el amor es casarse.»

Utiliza una curiosa comparación: llevar una carga solo es posible cuando queda bien sujeta a los hombros; entonces las manos permanecen libres para trabajar. Con esa imagen quiere expresar que el compromiso estable no limita la libertad, sino que la ordena y le permite desplegar todas sus posibilidades.

Vivimos, sin embargo, en una cultura marcada por la provisionalidad. Todo parece pasajero. Las personas entran y salen de nuestra vida; las promesas se hacen con facilidad y, con demasiada frecuencia, también se rompen. Da la impresión de que nada está destinado a durar.

Y, sin embargo, cabe hacerse una pregunta: ¿es verdad que nada valioso puede durar para siempre?

Muchos desean un amor definitivo, pero sienten miedo. Es comprensible. El futuro siempre encierra incertidumbre. Sin embargo, ningún proyecto importante se construye sin asumir riesgos.

Cuando comienza un matrimonio se encuentran dos personalidades distintas, dos biografías, dos maneras de educarse, dos familias y dos formas de entender la vida. Todo eso necesita ensamblarse poco a poco.

Nadie se enamora de los defectos. Al principio predominan las cualidades que atraen: la simpatía, la ternura, la belleza, la inteligencia... Es una etapa necesaria, pero insuficiente.

Después llega un segundo momento que algunos llaman «desilusión» y que quizá sería más justo denominar realismo. Entonces aparecen las limitaciones, las manías, los defectos y las diferencias. Pero si el amor es auténtico, la persona sigue siendo valiosa más allá de sus imperfecciones. Es precisamente entonces cuando llega la verdadera decisión: continuar o abandonar.

Por eso el noviazgo tiene una fecha de caducidad. Cuando dos personas ya se conocen suficientemente, deben preguntarse si desean construir una vida en común. Si ese camino no conduce a ninguna parte, termina perdiendo su sentido.

Para ello es imprescindible hablar mucho, confiar, compartir los propios valores y comprobar si aquello que resulta esencial para uno puede ser comprendido y respetado por el otro. Cuando existen principios fundamentales incompatibles, la convivencia acaba resintiéndose.

A pesar de todo, la voluntad de permanecer juntos posee una fuerza extraordinaria para construir una vida feliz. Es importante que los hijos descubran que sus padres siguen queriéndose incluso en los momentos difíciles, cuando el cansancio, las preocupaciones o las diferencias parecen imponerse. El amor no consiste en no tener problemas, sino en aprender a afrontarlos juntos.

Con demasiada frecuencia fijamos la mirada únicamente en las crisis y olvidamos la inmensa cantidad de momentos felices compartidos con la persona que amamos. Esos recuerdos son los que sostienen el camino cuando llegan los días más duros.

Tolstói vuelve a mostrárnoslo en la relación entre Kitty y Levin. Son muy diferentes, pero precisamente esas diferencias los enriquecen mutuamente. Existe entre ellos un profundo respeto, una admiración recíproca y el firme propósito de no poner nunca en peligro aquello que los une. Comprenden que el amor no es un sentimiento que permanece intacto por sí solo, sino una obra que se construye durante toda la vida.

Querer a alguien supone siempre un riesgo. Nadie puede controlar el futuro. Pero sí puede renovar cada día una decisión sencilla y profunda: «Hoy vuelvo a elegirte. Hoy quiero seguir queriéndote. Y mañana volveré a hacerlo.»

Quizá esa sea la auténtica esencia del matrimonio: no la promesa de que nunca habrá dificultades, sino la voluntad de caminar juntos, creciendo, perdonándose y amándose hasta el final.

  LUCIA SS





















Lectura III

        

Queridos lectores:

Había dado por terminado este tema, pero después me entró el gusanillo de pensar que me había dejado algunas cosas importantes en el tintero. Como la lectura es un asunto especialmente amplio y las circunstancias de cada lector son muy variadas, voy a dirigirme, sobre todo, a ese lector que considero intermedio, que lee una media de seis libros al año. En estas líneas quiero compartir algunos criterios que, personalmente, me ayudan a la hora de elegir mis lecturas.

¿Qué busco al elegir un libro?

No me considero una experta en este tema, pero sí puedo hablar de aquello que me ha servido a lo largo de la vida y que se ha convertido en una pauta para mí.

Hay libros que nos ayudan a crecer. Es verdad que no todos marcan un antes y un después, pero todo lo que leemos deja huella. La lectura afina el alma o la embota; abre horizontes o los estrecha. Con el paso de los años, nuestra personalidad refleja tanto los libros que hemos leído como aquellos que nunca llegamos a leer.

Quien se alimenta durante años de lecturas escogidas con buen criterio adquiere una mirada más amplia sobre el mundo y sobre las personas. Aprende a comprender la complejidad de la realidad y desarrolla una sensibilidad mayor para descubrir la belleza y la grandeza que le rodean. En cierto modo, somos lo que habitualmente leemos, lo que vemos y lo que escuchamos.

Antes de elegir un libro conviene preguntarse: ¿qué busco realmente? La respuesta condicionará la elección. Quizá busque una buena novela, una obra técnica, un libro de historia, de filosofía, de antropología, una biografía, una novela histórica o, simplemente, una lectura que me entretenga.

También conviene preguntarse cuáles son nuestras prioridades. ¿Quiero disfrutar? ¿Aprender? ¿Profundizar en un tema? ¿Conocer otras culturas? ¿Descubrir autores nuevos? ¿Esponjar el alma? ¿Buscar respuestas a inquietudes personales?

Cada lector tiene sus preferencias. Para algunos será importante leer el libro más vendido; otros siguen fielmente a un autor porque les inspira confianza; otros buscan siempre las últimas novedades. Cada uno tiene sus gustos. Pero la pregunta importante sigue siendo la misma: ¿acepto cualquier lectura sin ningún criterio, o procuro elegir aquello que realmente merece la pena?

Como quien escribe soy yo, comparto el criterio que procuro seguir, no porque sea el único válido, sino porque a mí me ha ayudado y porque otros me lo enseñaron antes.

Generalmente no leo todo ni veo todo, por mucha publicidad que tenga una obra. Me gusta dejar reposar las novedades antes de acercarme a ellas. Sobre todo, no admito cualquier cosa. Busco libros que me ayuden a ser más humana, que me hagan crecer como persona, que me permitan aprender de las experiencias, de las vivencias y de los aciertos o errores de otros.

Esta elección, en ocasiones, va a contracorriente de lo que más vende. Con frecuencia triunfan el morbo, la crítica destructiva, la difamación o el sexo tratado de forma obsesiva. Sin embargo, existen libros maravillosos esperando su turno en mi lista de lectura. Algunos son novedades y otros grandes clásicos. Como el tiempo es limitado, debo elegir, y mi prioridad siempre es la misma: el contenido y aquello que puede aportarme.

Reconozco que siento cierta rebeldía a dejarme arrastrar por lo que todo el mundo hace, ve o lee. No rechazo las modas por sistema, pero tampoco acepto como argumento suficiente el simple hecho de que «todo el mundo lo hace».

Somos muy cuidadosos al elegir los alimentos que comemos; leemos los prospectos de los medicamentos; buscamos el mejor ejercicio para cuidar nuestro cuerpo... ¿Y no vamos a ser igual de exigentes con el alimento de nuestra mente y de nuestro espíritu?

Porque, vuelvo a insistir, somos, en buena medida, aquello que vemos, lo que escuchamos y lo que leemos. Nuestra personalidad, nuestro criterio y nuestro mundo interior también se alimentan de cultura.

Los autores y su contexto

Todo autor escribe condicionado, en mayor o menor medida, por un contexto histórico, cultural, social y geográfico. Conocer ese contexto nos ayuda a comprender mejor la obra y a sacar de ella un mayor provecho. Comprender la época en la que fue escrita una obra, las circunstancias del autor o la sociedad en la que vivió nos permite valorar mejor sus aportaciones y distinguir aquello que pertenece a su tiempo de lo que sigue teniendo valor universal.

Aconsejar y dejarse aconsejar

Todos podemos recomendar un buen libro y, al mismo tiempo, dejarnos aconsejar por otros.

Decíamos en un artículo anterior que un libro puede convertirse en un amigo. Y, como ocurre con las amistades, también los elegimos. No todo el mundo entra en nuestra casa; tampoco todo libro debe ocupar un lugar en nuestra biblioteca interior. Con la televisión sucede algo parecido: entró en nuestras casas sin pedir permiso, pero el mando sigue estando en nuestras manos.

Hoy existen numerosas páginas con reseñas, críticas y resúmenes que pueden orientarnos, aunque siempre conviene recordar que ninguna opinión sustituye al juicio personal del lector.

Compartir las buenas lecturas

¡Cuántas conversaciones han nacido alrededor de un libro!

Quizá ahora, con Internet y las redes sociales, esto ocurra menos en el ámbito familiar. Recuerdo cómo, entre hermanos, comentábamos lo que estábamos leyendo. Nos recomendábamos unos a otros diciendo: «Este libro te va a gustar». Incluso cuando no disponíamos de mucho tiempo, cada uno leía un libro distinto y luego contaba a los demás cómo iba la historia. Era una forma de leer varios libros a la vez y de enriquecer nuestras conversaciones.

También las tertulias literarias o una sencilla conversación alrededor de un café son ocasiones magníficas para compartir impresiones y descubrir nuevas lecturas.

Dialogar con el libro

Leer no consiste únicamente en pasar páginas. También es dialogar con el autor, con los personajes y con las ideas que aparecen en la obra.

Muchas veces terminamos poniéndonos en la piel de un personaje; aprendemos de él, le damos la razón o se la quitamos; sufrimos con sus errores y disfrutamos con sus aciertos. En definitiva, vivimos el libro.

También sucede que algunas obras vuelven a nuestras manos en distintas etapas de la vida. Al releerlas descubrimos matices que antes habían pasado desapercibidos. Son libros que nos ayudaron entonces y que siguen orientándonos años después. Eso demuestra que los buenos libros crecen con nosotros.

Resulta muy útil conservar una lista de los libros que hemos leído o de aquellos que deseamos leer. Conviene anotar una breve referencia sobre su contenido o el tema que tratan. Con el paso del tiempo esa lista se convierte en una excelente guía para releer, recomendar o recordar obras que dejaron huella.

Para terminar

Y para no cansaros, os propongo un pequeño ejercicio.

Si tenéis tiempo y ganas, haced una lista de los libros que recordéis haber leído. De muchos apenas conservaréis un vago recuerdo; de otros, una idea principal o una frase que os acompañó durante años. Sin embargo, esa lista será un pequeño tesoro personal. Os permitirá descubrir el camino recorrido como lectores y comprobar cómo cada lectura ha ido dejando una huella, unas veces profunda y otras casi imperceptible, en vuestra manera de pensar y de vivir.

No olvidemos que un buen libro nunca termina cuando cerramos sus páginas; continúa viviendo dentro de quien lo ha leído. Vuelve a nosotros en una conversación, en una decisión importante, en una dificultad o en un momento de alegría. Los mejores libros pasan a formar parte de nuestra vida y nos acompañan silenciosamente durante muchos años.

Por eso merece la pena elegir bien nuestras lecturas. Igual que cuidamos el alimento del cuerpo, cuidemos también el alimento de la inteligencia, de la sensibilidad y del corazón.

Y me atrevería a terminar con una reflexión que resume cuanto he querido compartir en estos tres artículos:

«Dime qué lees habitualmente y te diré, en gran medida, en quién te estás convirtiendo».

Porque los libros no solo llenan nuestras estanterías; poco a poco, también van construyendo nuestra forma de mirar el mundo, de comprender a las personas y de vivir la vida.           
Lucia SS              

Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...