Continúo con mi pequeña aportación sobre la lectura.
Hoy me gustaría centrar la atención en los siguientes puntos:
Prestar atención.
El hábito de leer.
Criterio para elegir un libro.
Prestar atención
Escuchar y leer son hábitos indispensables para ensanchar nuestro horizonte, ya de por sí limitado, al menos en mi caso. Ambos exigen la capacidad de prestar atención.
Los medios de comunicación, las redes sociales y los teléfonos móviles se disputan nuestra atención como si fuera su capital más preciado. Es fácil que esta abundancia de reclamos termine fragmentándola. Sucede como cuando uno se siente constantemente interrumpido: aquello que beneficia a los gigantes de la comunicación quizá nos empobrece a nosotros, pues ese continuo volcarse hacia fuera puede dejarnos sin un verdadero «hacia dentro».
Prestar atención no consiste únicamente en hacer un esfuerzo puntual para retener datos. Es dejarse sorprender por la realidad, por las personas y por las situaciones, permitiendo que permanezcan vivas dentro de nosotros.
Quien lee y escucha profundiza en la experiencia de lo que vive gracias a un proceso de interiorización. Aprende a recogerse, a habitar dentro de sí mismo y a leer tanto en las situaciones como en las personas.
Sin embargo, incluso para alguien como yo, con una cultura media, la aceleración de la vida entraña el riesgo de dejar de leer. Arrastrados por los múltiples frentes que reclaman nuestra atención, muchas veces no encontramos ese momento de calma para sentarnos con un libro entre las manos.
El hábito de leer
Pedagogos y especialistas en educación señalan que resulta difícil adquirir el hábito de la lectura cuando no se ha cultivado desde la infancia. También coinciden en que existe una gran diferencia entre quienes leen habitualmente y quienes no lo hacen.
Quizá haya influido la aparición de formas de entretenimiento más inmediatas. No me refiero al uso de los videojuegos, sino a su abuso. No pretendo demonizarlos, pero sí pienso que necesitan cierto control. Cuando ocupan demasiado espacio pueden reducir la imaginación, empobrecer el mundo interior y hacer depender de estímulos constantes. A veces también disminuyen la sensibilidad, el control del tiempo y la capacidad de concentración.
Guardo un recuerdo muy hermoso de mi infancia. Eran aquellos momentos en los que mi madre nos reunía para leernos. Lo hacía con una entonación admirable, con una capacidad de transmitir que jamás he vuelto a encontrar a lo largo de mi vida. Quizá elegía muy bien lo que quería enseñarnos, pero sobre todo conocía profundamente al pequeño público que tenía delante. Permanecíamos embobados, con los ojos clavados en ella.
Era alguien insustituible. No solo la queríamos con toda nuestra alma, sino que la admirábamos casi como si fuera un ser perfecto para nosotros.
Con el paso de los años he pensado muchas veces qué era aquello que tanto nos fascinaba. Y, en realidad, no había nada extraordinario. Muchas veces era simplemente la Biblia para niños. Mi madre era una cristiana ejemplar, que enseñaba sobre todo con su vida. Nos transmitió valores, amor, responsabilidad y una gran libertad.
Otras veces nos leía fábulas con sus enseñanzas; otras, libros sobre la naturaleza, la geografía, la belleza o pequeñas historias del mundo. Lo único que sé es que poseía un extraordinario don para educar, sin haber cursado estudios superiores. Muchas materias que he necesitado estudiar siendo adulta ya me las había sembrado ella durante mi infancia.
Quizá por eso, cuando veo que hoy, debido al ritmo de vida, muchas madres apenas tienen tiempo para responder a las preguntas de sus hijos, siento cierta tristeza. A menudo los duermen con un móvil en la mano, en lugar de hacerlo con un cuento, una conversación o aquella sencilla oración del «Jesusito de mi vida» que tantas generaciones aprendimos.
Pienso que, sin darse cuenta, se están perdiendo uno de los momentos más tiernos y decisivos en la educación y en el cariño de sus hijos.
Perdonad este pequeño paréntesis personal. Me he desviado del tema principal, pero también sirve para romper el tono más técnico de lo anterior. Hablábamos precisamente de cómo nace el hábito de la lectura. En el caso de los niños, siempre debe existir alguien que les descubra ese placer: un padre, una madre, un abuelo, un profesor, un familiar o un buen amigo.
Las tecnologías digitales facilitan llevar siempre un libro consigo. También los audiolibros son una magnífica opción cuando no disponemos de otro momento para leer. Yo misma recurro a ellos con frecuencia, aprovechando trayectos o mientras realizo tareas domésticas, porque muchas veces es el único tiempo del que dispongo.
Sin embargo, para mí, el libro en papel sigue teniendo un encanto especial. Se parece a un vino de reserva: necesita reposo. Cuando cierras el libro, él también se detiene contigo. Puedes volver atrás, releer una frase, meditarla o simplemente dejar que repose en tu interior. En cambio, el audiolibro continúa si no lo pausas, y eso dificulta un poco más la concentración y la reflexión.
Criterio para elegir un libro
Cada año se editan miles de libros. Internet nos permite adquirir muchos de ellos a precios muy asequibles e incluso descargarlos gratuitamente. Ante tanta oferta y con un tiempo necesariamente limitado surge una pregunta inevitable: ¿qué leo?
Existe una larga tradición de libros que, además de entretener, educan. Otros simplemente ofrecen evasión, y también tienen su lugar.
A mí me resulta útil tener varios libros empezados al mismo tiempo. Según cómo me encuentre —relajada, cansada, preocupada o de vacaciones— uno u otro responde mejor al momento que estoy viviendo.
A la hora de elegir conviene tener presente que muchas grandes empresas controlan importantes grupos editoriales. Es lógico que den prioridad a las publicaciones de su propio sello, relegando otras obras quizá de mayor calidad editadas por empresas más pequeñas.
Por eso no debemos conceder un valor excesivo a las listas de los más vendidos. Lo más vendido no siempre es lo mejor.
Con su fina ironía, Charles Dickens escribió:
«¡Hay libros de los cuales el lomo y la cubierta son, con mucho, lo mejor!»
Querer estar siempre a la última puede hacernos pasar por alto libros más inteligentes, más divertidos, más profundos o más creativos.
Al igual que hacemos zapping con las películas, también podemos hacerlo con los libros. No todos son para todos los lectores, y no pasa nada por abandonar uno que no logra atraparnos para comenzar otro que sí lo haga.
El lector no firma ningún contrato con el autor. Conviene darle una oportunidad, leer con paciencia y confiar en que la obra termine conquistándonos. Pero, si después de un tiempo no sucede, no hay por qué sentirse culpable al dejarla y buscar otra lectura.
Toda una vida no bastaría para leer todos los grandes clásicos. Entre ellos podríamos citar a Aristóteles, Cicerón, Dostoievski o Chesterton.
Con el tiempo también se aprende a elegir los libros, igual que se aprende a elegir las amistades.
Porque un buen libro se parece mucho a un buen amigo: conversa con nosotros sin imponerse, nos acompaña con discreción y, cuando hace falta, nos aconseja e incluso nos corrige en silencio.
"Leer no consiste únicamente en pasar páginas, sino en dejar que algunas de ellas nos cambien por dentro. En el próximo capítulo hablaremos precisamente de esa lectura que transforma la vida."
Lucia SS




