Hoy, en este mundo globalizado en el que vivimos, esa pregunta sigue teniendo plena actualidad. Más que nunca necesitaríamos que la verdad ocupara el lugar que le corresponde, por su importancia, por la rapidez con la que se difunde la información y por las enormes consecuencias que tiene sobre nuestras vidas. Sin embargo, da la impresión de que lo que con frecuencia impera es la mentira, la corrupción, el egoísmo, el culto al dinero y la manipulación.
A veces me pregunto: ¿qué legado queremos dejar a las nuevas generaciones? ¿Un mundo de desconfianza, de inseguridad y de miedo? ¿Una sociedad en la que caminemos sobre arenas movedizas, sin saber nunca qué es cierto y qué no?
A lo largo de la historia, la verdad siempre ha tenido un enorme valor. Desde pequeños nos enseñaban a decirla, aunque nuestras mentiras fueran inocentes o simples verdades a medias. Aquellas enseñanzas venían acompañadas de ejemplos que todos recordamos, como el de Pinocho. Bastaba imaginar que nos crecía la nariz para que, casi sin querer, acabáramos delatándonos delante del espejo.
La mentira parece pequeña cuando nace, pero va desgastando poco a poco nuestra conciencia y nuestra sensibilidad. Primero se convierte en una costumbre; después, en una forma de actuar; y llega un momento en que incluso terminamos creyéndonos nuestras propias mentiras. Entonces dejan de ser una excepción para convertirse en una herramienta de nuestra vida.
Cuando la conciencia se deforma, también se debilitan valores esenciales del ser humano: el bien común, el respeto a los demás, la defensa de la buena fama del prójimo, la honradez en la administración de los bienes públicos, la lucha por resolver los verdaderos problemas o la ayuda a los más débiles. En su lugar aparece el interés personal y el beneficio de quienes forman parte de nuestro propio entorno.
Precisamente esta reflexión es la que me ha llevado a escribir estas líneas sobre la trascendencia ética, moral y profesional de la verdad en el siglo XXI. Hoy ya no existen límites para la difusión de una mentira. Las redes sociales y algunos medios de comunicación pueden convertir una falsedad en una aparente realidad en cuestión de minutos.
Hay personas que poseen una enorme capacidad para influir sobre millones de ciudadanos. Y cuando la información llega a quienes carecen de herramientas para contrastarla, o simplemente confían ciegamente en quien la transmite, el daño puede ser enorme.
Conozco casos en los que una persona ha sido acusada públicamente antes incluso de celebrarse el juicio. Aunque posteriormente haya sido declarada inocente, la sospecha permanece y el estigma puede acompañarla durante toda la vida.
Existe una conocida historia que ilustra muy bien esta realidad. Una mujer acudió a confesarse porque era muy dada al chisme y a hablar mal de los demás, exagerando, inventando o difundiendo rumores.
El sacerdote le pidió que, cuando matara una gallina, desplumara el animal y esparciera todas las plumas desde lo alto de un monte. Ella obedeció y regresó satisfecha. Entonces el sacerdote le dijo:
—Ahora vuelve y recógelas todas.
La mujer respondió que era imposible, porque el viento las había dispersado.
El sacerdote concluyó:
—Así ocurre con la fama, el honor y la reputación de una persona. Una vez destruidos y esparcidos, resulta casi imposible recuperarlos.
Esa historia resume perfectamente el poder devastador de la mentira.
No me preocupa únicamente que haya personas que mientan; me preocupa que millones contribuyan a difundir esas mentiras sin comprobar si son ciertas. Compartimos noticias, comentarios o acusaciones con demasiada facilidad, olvidando que una simple publicación puede arruinar la vida de alguien.
Siempre recuerdo el caso Watergate. Lo que parecía un simple robo en la sede del Partido Demócrata terminó destapando una compleja trama de espionaje y corrupción política que acabó provocando la dimisión del presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon.
Aquella investigación periodística se convirtió en un símbolo del compromiso con la verdad. Los periodistas tuvieron que enfrentarse al secretismo, a las presiones y a las amenazas, demostrando que el periodismo puede desempeñar una labor esencial cuando busca la verdad con honestidad y valentía.
Quisiera terminar compartiendo algunas reflexiones de pensadores y personajes históricos que han dedicado palabras memorables a la verdad:
- «Sócrates es mi amigo, pero soy más amigo de la verdad.» — Aristóteles.
- «Los hechos no dejan de existir solo porque sean ignorados.» — Rafik Schami.
- «La verdad, si no es entera, se convierte en aliada de lo falso.» — T. H. Huxley.
- «En las montañas de la verdad nunca se escala en vano.» — G. K. Chesterton.
- «El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla.» — Anónimo.
- «Prefiero molestar con la verdad que complacer con adulaciones.» — Aristóteles.
- «Una necedad, aunque la repitan millones de bocas, no deja de ser una necedad.» — Anónimo.
- «Siempre se ayuda la mentira de lo cierto para atacar a la verdad.» — Rabindranath Tagore.
- «Si dices la verdad, no tendrás que acordarte de nada.» — Mark Twain.
- «El camino del hombre hacia la verdad consiste, en gran parte, en descubrir las mentiras.» — G. K. Chesterton.
- «No se accede a la verdad sino a través del amor.» — Jesús Arellano.
- «La verdad puede ser eclipsada, pero nunca se extingue.» — Albert Einstein.
- «La verdad padece, pero no perece.» — Vaclav Havel.
Vivimos en una época en la que resulta más fácil que nunca difundir una mentira y más difícil que nunca reparar el daño que produce. Precisamente por eso, defender la verdad no es una opción reservada a filósofos, periodistas o jueces. Es una responsabilidad de todos. Porque solo sobre la verdad pueden construirse la confianza, la justicia y una sociedad verdaderamente libre.
Lucía Sanz
