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16.6.23

La Posverdad Y Las Fake News

 


En el artículo anterior reflexionaba sobre la verdad. Hoy quiero detenerme en su cara opuesta: la posverdad y las llamadas fake news. En realidad, ambas forman parte de un mismo problema, aunque merecen ser analizadas por separado.

No soy periodista ni experto en comunicación. Seguramente cualquiera de vosotros podría explicar estos conceptos con mayor rigor académico que yo. Sin embargo, hay algo que me impulsa a escribir sobre ellos: la inquietud que me produce comprobar hasta qué punto las nuevas tecnologías, los medios de comunicación y las redes sociales, siendo herramientas extraordinarias, también pueden convertirse en instrumentos de manipulación.

Vivimos en un mundo fascinante. Nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información ni a tantos medios para comunicarnos. Todo está al alcance de un clic y todo evoluciona a una velocidad vertiginosa. Yo mismo reconozco que muchas veces camino varios pasos por detrás de ese progreso. Pero precisamente por eso intento observarlo con espíritu crítico.

Las fake news, o noticias falsas, no son un fenómeno completamente nuevo. La mentira ha acompañado siempre a la humanidad. Lo que sí es nuevo es la velocidad con la que una falsedad puede recorrer el planeta y el enorme impacto que puede llegar a tener antes de que aparezca la verdad.

Más preocupante aún es la llamada posverdad. No consiste únicamente en mentir. Va mucho más allá. Es un modo de construir relatos donde los hechos importan menos que las emociones que despiertan. Una afirmación termina pareciendo cierta no porque haya sido demostrada, sino porque coincide con nuestras ideas, nuestros prejuicios o nuestros deseos.

Cuando eso ocurre, la frontera entre la verdad y la mentira comienza a difuminarse. Dejamos de preguntarnos si algo es cierto para preguntarnos únicamente si nos gusta creerlo. Y ese es un terreno muy peligroso.

Los medios de comunicación son uno de los pilares de cualquier democracia. Pero una prensa libre necesita también un compromiso firme con la verdad. Cuando ese compromiso se debilita, se resienten la política, la economía y, en definitiva, la confianza entre los ciudadanos.

Me preocupa comprobar cómo, en muchas ocasiones, opinamos con rotundidad sobre asuntos que apenas conocemos. Creemos estar informados porque hemos leído un titular, visto un vídeo de unos segundos o un mensaje en una red social. Confundimos información con inmediatez y conocimiento con acumulación de datos.


Hace tiempo leí una frase que resume muy bien esta realidad:

«Nos creemos informados porque lo hemos leído en un tuit. Creemos que es verdad porque lo han dicho en la televisión. Y pensamos que tenemos criterio propio cuando solo escuchamos a quien dice aquello que queremos oír.»

Quizá esa sea una de las grandes trampas de nuestro tiempo: vivir rodeados de información y, sin embargo, dedicar cada vez menos esfuerzo a contrastarla.

Tampoco deja de inquietarme el inmenso rastro digital que vamos dejando sin apenas ser conscientes. Cada búsqueda, cada compra, cada "me gusta", cada página visitada... todo queda registrado. Esos datos tienen un valor enorme porque permiten conocer nuestros hábitos, nuestras preferencias e incluso anticipar nuestras decisiones. En muchas ocasiones, lo que parece un servicio gratuito termina convirtiéndonos en el producto.

La publicidad personalizada, las campañas de influencia o determinados mensajes políticos utilizan precisamente ese conocimiento para llegar de forma mucho más eficaz a nuestras emociones.

Y ahí vuelve a aparecer la posverdad.

No importa tanto convencer mediante argumentos como despertar sentimientos. No importa tanto demostrar como emocionar. No importa tanto la realidad como el relato.

Por eso algunos discursos prometen exactamente lo que el ciudadano desea escuchar, aunque quien los pronuncia sepa de antemano que nunca podrá o querrá cumplirlo. La emoción sustituye a la razón y la ilusión desplaza al análisis.

Existe una conocida frase atribuida al mundo del cine que siempre me hace reflexionar:


«Haz creer a la gente que ha pensado y te querrá; haz que piense de verdad y quizá te odie.»

No sé si será completamente cierta, pero encierra una advertencia importante: pensar exige esfuerzo. Creer, en cambio, resulta mucho más cómodo.

A pesar de todo, sigo creyendo en las personas. No podemos vivir desconfiando de todo y de todos. La confianza es uno de los pilares de la convivencia. Precisamente por eso duele tanto cuando alguien la utiliza para manipularnos.

Quien miente de manera deliberada suele pensar que los demás son ingenuos. Yo prefiero creer que, cuando confiamos, no estamos demostrando ingenuidad, sino algo mucho más noble: la voluntad de seguir creyendo en la honestidad de las personas.

Y quizá sea esa confianza, acompañada siempre de un sano espíritu crítico, la mejor defensa que tenemos frente a la mentira

Lucia SS

















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