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28.12.25

A proposito de Rosa (Mi Primer Articulo)

                           A PROPÓSITO DE ROSA


Leyendo el artículo que Rafa publicó sobre Rosa, y que le agradezco profundamente, he pensado que demuestra una sensibilidad que le honra. Gestos como este nos recuerdan lo fácil que resulta acostumbrarnos a escuchar noticias o conocer casos dramáticos como si fueran algo normal, lejano y ajeno a nosotros. Sin embargo, pocas veces pensamos en la historia que hay detrás de cada persona. Rafa sí lo ha hecho; ha seguido su situación, nos ha informado y, con ello, ha dejado claro que Rosa le importa.

Mientras regresaba a casa, fui dando vueltas a todo esto. Me tocó el alma. Lo siento, Eusebio, pero yo sí noto continuamente el alma. Quizá algún día hable de ello, porque tengo que confesar que hubo una etapa de mi vida en la que creí haberla perdido, haberla arrojado por la borda para seguir otros derroteros. Todos, en mayor o menor medida, tenemos que afrontar nuestra propia historia y tomar decisiones importantes, y eso nunca es fácil.

En mi caso, era cambiar el todo por la nada, o la nada por el todo. Sin embargo, me encontré con algo —o, mejor dicho, con Alguien—, en algún lugar, que sí tenía aquello que yo buscaba. Gracias a ese encuentro descubrí por qué y para qué podía servir mi vida. Comprendí que el verdadero secreto consistía en descubrir esos tesoros que siempre habían estado ahí, a mi lado, esperando ser reconocidos.

Vivimos en una sociedad profundamente materialista y racionalista, donde parece que solo existe aquello que se puede ver y tocar. Sin embargo, hay innumerables realidades invisibles capaces de colmar el anhelo del alma y de apaciguar las necesidades del cuerpo.

En mi ya más de medio siglo de existencia he conocido a muchas "Rosas". Personas con nombres distintos: hombres, mujeres, adolescentes, niños... Rosas marcadas por la soledad más absoluta, incluso cuando habían disfrutado de una intensa vida social.

Siempre que me encuentro con alguien que pide ayuda en la calle, o con una persona sin hogar —que puede vivir su pobreza con una enorme dignidad—, intento ponerme en su lugar. Aunque no siempre pueda ayudar materialmente, sí puedo ofrecer una sonrisa, una mirada, un gesto amable. Que perciban, aunque solo sea por un instante: "Me importas; no me eres indiferente."


He tenido la oportunidad de conocer a algunas de estas personas porque coincidían con mi trayecto diario al trabajo. Movida por el amor al prójimo —bien entendido, sin paternalismos—, y pensando que cualquiera de nosotros podría ocupar ese mismo lugar, me interesé por sus vidas y por las circunstancias que las habían llevado hasta allí.

En muchos casos descubrí historias durísimas y desgarradoras. Una cadena de acontecimientos en la que cada eslabón iba unido al siguiente hasta destrozar el alma y el corazón, obligándoles finalmente a pedir para mantener con vida un cuerpo del que, en ocasiones, ya ni siquiera deseaban seguir siendo prisioneros.

Siempre procuré, dentro de mis posibilidades, aliviar alguna necesidad material y, al mismo tiempo, ofrecer una pequeña chispa de esperanza para el alma. Procuraba no pasar de largo, aunque la prisa o la comodidad me invitaran a cambiar de acera. Bastaba un sencillo: «¿Cómo estás hoy?», recordar algo que me habían contado anteriormente o interesarme por un problema concreto. Pequeños detalles, pequeñas rendijas de esperanza, porque muchas veces los gestos son el verdadero lenguaje del corazón.

Durante muchos años he visto la película ¡Qué bello es vivir!. Aunque contiene algún personaje alegórico con un tono humorístico, su enseñanza sigue siendo profundamente actual: el mundo es distinto porque tú has estado en él. Incluso cuando alguien atraviesa el peor momento de su vida, ha sembrado mucho bien a su alrededor. Por eso merece la pena vivir una y mil veces. Y, aunque existan situaciones aparentemente desesperadas, siempre hay un rayo de luz al que aferrarse. Quizá nosotros podamos ser ese rayo de luz para alguna de las muchas Rosas que encontramos en nuestro camino.

Quiero terminar recordando al psiquiatra y neurólogo austriaco Viktor Frankl, autor del libro El hombre en busca de sentido. Superviviente de un campo de concentración nazi —o, más propiamente, de un campo de exterminio—, escribió que allí no sobrevivían necesariamente los más fuertes, ni los más inteligentes, sino quienes encontraban un motivo por el que vivir.

En su caso, ese motivo era la esperanza de volver a encontrarse con su joven esposa, de la que desconocía si seguía con vida. Aquella esperanza le sostuvo para soportar cualquier penalidad. También observó que resistían mejor quienes mantenían unas convicciones profundas, capaces de dar sentido a su existencia incluso en medio del mayor sufrimiento.

Quizá esa sea una de las grandes lecciones que Rosa, Rafa y tantas otras personas nos recuerdan: que nadie debería sentirse invisible; que un gesto de cercanía puede cambiar un día, y que una vida siempre encuentra fuerzas para seguir adelante cuando descubre que sigue siendo importante para alguien

                                                 Lucia SS

1.12.25

Lectura 1

     




NUESTRO MAPA DEL MUNDO

¿Qué leer?

Cuando la humanidad comenzó a poner por escrito las enseñanzas de sus sabios, los códigos que recogían las costumbres y las leyes, así como los relatos de los acontecimientos con los que se había forjado cada pueblo… nació la lectura.

Hasta entonces, la cultura —ese verdadero cultivo del alma— solo podía transmitirse de viva voz. Lo que hombres y mujeres lograban conservar en la memoria pasaba de generación en generación como un valioso mapa del mundo, como una antorcha encendida en medio de la oscuridad.

Escuchar sigue siendo hoy fundamental en nuestra vida. Es el primer camino por el que accedemos al lenguaje; le da forma a nuestro pensamiento mientras vivimos y, sobre todo, hace posible el diálogo, una de las fibras esenciales del tejido mismo de la existencia.

Pero, para que el diálogo merezca la pena, es necesario tener algo que decir. Y esa riqueza interior no surge por casualidad: se alimenta de la lectura, de la reflexión personal, de la apertura a la sociedad, del encuentro con otras ideas y otras experiencias.

La lectura ocupa hoy un lugar irreemplazable en la cultura. La memoria de la humanidad se conserva, en gran medida, en la palabra escrita: libros, cartas, ensayos, poemas y relatos que esperan el encuentro con un lector dispuesto a dialogar con ellos.

Cada libro abre una ventana distinta. Algunos nos enseñan, otros nos emocionan; unos nos hacen pensar y otros nos ayudan a comprender mejor a las personas y el mundo que nos rodea. Todos, de una u otra forma, dejan una huella en quien los lee con el corazón abierto.

Prometo continuar escribiendo un poquito más sobre este tema en próximas publicaciones. Aunque no pueda considerarme un auténtico ratón de biblioteca, sí valoro profundamente un buen libro y todo lo que puede aportar a nuestra vida. Leer nos hace más libres, más críticos y, sobre todo, más humanos.

LUCÍA S.









  

4.11.25

Lectura II

                                    

Continúo con mi pequeña aportación sobre la lectura.

Hoy me gustaría centrar la atención en los siguientes puntos:

  • Prestar atención.

  • El hábito de leer.

  • Criterio para elegir un libro.

Prestar atención

Escuchar y leer son hábitos indispensables para ensanchar nuestro horizonte, ya de por sí limitado, al menos en mi caso. Ambos exigen la capacidad de prestar atención.

Los medios de comunicación, las redes sociales y los teléfonos móviles se disputan nuestra atención como si fuera su capital más preciado. Es fácil que esta abundancia de reclamos termine fragmentándola. Sucede como cuando uno se siente constantemente interrumpido: aquello que beneficia a los gigantes de la comunicación quizá nos empobrece a nosotros, pues ese continuo volcarse hacia fuera puede dejarnos sin un verdadero «hacia dentro».

Prestar atención no consiste únicamente en hacer un esfuerzo puntual para retener datos. Es dejarse sorprender por la realidad, por las personas y por las situaciones, permitiendo que permanezcan vivas dentro de nosotros.

Quien lee y escucha profundiza en la experiencia de lo que vive gracias a un proceso de interiorización. Aprende a recogerse, a habitar dentro de sí mismo y a leer tanto en las situaciones como en las personas.

Sin embargo, incluso para alguien como yo, con una cultura media, la aceleración de la vida entraña el riesgo de dejar de leer. Arrastrados por los múltiples frentes que reclaman nuestra atención, muchas veces no encontramos ese momento de calma para sentarnos con un libro entre las manos.

El hábito de leer

Pedagogos y especialistas en educación señalan que resulta difícil adquirir el hábito de la lectura cuando no se ha cultivado desde la infancia. También coinciden en que existe una gran diferencia entre quienes leen habitualmente y quienes no lo hacen.

Quizá haya influido la aparición de formas de entretenimiento más inmediatas. No me refiero al uso de los videojuegos, sino a su abuso. No pretendo demonizarlos, pero sí pienso que necesitan cierto control. Cuando ocupan demasiado espacio pueden reducir la imaginación, empobrecer el mundo interior y hacer depender de estímulos constantes. A veces también disminuyen la sensibilidad, el control del tiempo y la capacidad de concentración.

Guardo un recuerdo muy hermoso de mi infancia. Eran aquellos momentos en los que mi madre nos reunía para leernos. Lo hacía con una entonación admirable, con una capacidad de transmitir que jamás he vuelto a encontrar a lo largo de mi vida. Quizá elegía muy bien lo que quería enseñarnos, pero sobre todo conocía profundamente al pequeño público que tenía delante. Permanecíamos embobados, con los ojos clavados en ella.

Era alguien insustituible. No solo la queríamos con toda nuestra alma, sino que la admirábamos casi como si fuera un ser perfecto para nosotros.

Con el paso de los años he pensado muchas veces qué era aquello que tanto nos fascinaba. Y, en realidad, no había nada extraordinario. Muchas veces era simplemente la Biblia para niños. Mi madre era una cristiana ejemplar, que enseñaba sobre todo con su vida. Nos transmitió valores, amor, responsabilidad y una gran libertad.

Otras veces nos leía fábulas con sus enseñanzas; otras, libros sobre la naturaleza, la geografía, la belleza o pequeñas historias del mundo. Lo único que sé es que poseía un extraordinario don para educar, sin haber cursado estudios superiores. Muchas materias que he necesitado estudiar siendo adulta ya me las había sembrado ella durante mi infancia.

Quizá por eso, cuando veo que hoy, debido al ritmo de vida, muchas madres apenas tienen tiempo para responder a las preguntas de sus hijos, siento cierta tristeza. A menudo los duermen con un móvil en la mano, en lugar de hacerlo con un cuento, una conversación o aquella sencilla oración del «Jesusito de mi vida» que tantas generaciones aprendimos.

Pienso que, sin darse cuenta, se están perdiendo uno de los momentos más tiernos y decisivos en la educación y en el cariño de sus hijos.

Perdonad este pequeño paréntesis personal. Me he desviado del tema principal, pero también sirve para romper el tono más técnico de lo anterior. Hablábamos precisamente de cómo nace el hábito de la lectura. En el caso de los niños, siempre debe existir alguien que les descubra ese placer: un padre, una madre, un abuelo, un profesor, un familiar o un buen amigo.

Las tecnologías digitales facilitan llevar siempre un libro consigo. También los audiolibros son una magnífica opción cuando no disponemos de otro momento para leer. Yo misma recurro a ellos con frecuencia, aprovechando trayectos o mientras realizo tareas domésticas, porque muchas veces es el único tiempo del que dispongo.

Sin embargo, para mí, el libro en papel sigue teniendo un encanto especial. Se parece a un vino de reserva: necesita reposo. Cuando cierras el libro, él también se detiene contigo. Puedes volver atrás, releer una frase, meditarla o simplemente dejar que repose en tu interior. En cambio, el audiolibro continúa si no lo pausas, y eso dificulta un poco más la concentración y la reflexión.

Criterio para elegir un libro

Cada año se editan miles de libros. Internet nos permite adquirir muchos de ellos a precios muy asequibles e incluso descargarlos gratuitamente. Ante tanta oferta y con un tiempo necesariamente limitado surge una pregunta inevitable: ¿qué leo?

Existe una larga tradición de libros que, además de entretener, educan. Otros simplemente ofrecen evasión, y también tienen su lugar.

A mí me resulta útil tener varios libros empezados al mismo tiempo. Según cómo me encuentre —relajada, cansada, preocupada o de vacaciones— uno u otro responde mejor al momento que estoy viviendo.

A la hora de elegir conviene tener presente que muchas grandes empresas controlan importantes grupos editoriales. Es lógico que den prioridad a las publicaciones de su propio sello, relegando otras obras quizá de mayor calidad editadas por empresas más pequeñas.

Por eso no debemos conceder un valor excesivo a las listas de los más vendidos. Lo más vendido no siempre es lo mejor.

Con su fina ironía, Charles Dickens escribió:

«¡Hay libros de los cuales el lomo y la cubierta son, con mucho, lo mejor!»

Querer estar siempre a la última puede hacernos pasar por alto libros más inteligentes, más divertidos, más profundos o más creativos.

Al igual que hacemos zapping con las películas, también podemos hacerlo con los libros. No todos son para todos los lectores, y no pasa nada por abandonar uno que no logra atraparnos para comenzar otro que sí lo haga.

El lector no firma ningún contrato con el autor. Conviene darle una oportunidad, leer con paciencia y confiar en que la obra termine conquistándonos. Pero, si después de un tiempo no sucede, no hay por qué sentirse culpable al dejarla y buscar otra lectura.

Toda una vida no bastaría para leer todos los grandes clásicos. Entre ellos podríamos citar a Aristóteles, Cicerón, Dostoievski o Chesterton.

Con el tiempo también se aprende a elegir los libros, igual que se aprende a elegir las amistades.

Porque un buen libro se parece mucho a un buen amigo: conversa con nosotros sin imponerse, nos acompaña con discreción y, cuando hace falta, nos aconseja e incluso nos corrige en silencio.

"Leer no consiste únicamente en pasar páginas, sino en dejar que algunas de ellas nos cambien por dentro. En el próximo capítulo hablaremos precisamente de esa lectura que transforma la vida."

 

Lucia SS



2.11.25

Matrimonio: Con El Poder Del Amor (3)

   

A raíz de la lectura de Ana Karenina

Desde que existe la humanidad, el hombre y la mujer se han unido formando una familia. Sin la seriedad de ese vínculo-compromiso habría sido imposible la continuidad de la especie. El ser humano supera en inteligencia a la mayoría de los animales, pero necesita muchos años para alcanzar la madurez y la autonomía. Por ello requiere nacer, crecer y desarrollarse al amparo de una familia. En ese proceso, el padre, la madre y los hermanos desempeñan un papel insustituible.

¿Qué implica casarse frente a otras formas de convivencia? La diferencia esencial radica en que el matrimonio nace del deseo de construir un proyecto de vida definitivo. No se trata de que cada uno conserve su propio proyecto y ambos coincidan durante un tiempo, reservándose parcelas de sí mismos. Casarse significa crear una historia común, una vida compartida que irá creciendo y transformándose con los años.

Una pareja decide dar ese paso cuando descubre que el amor que vive desea convertirlo en algo permanente. Es como decir: «Quiero que estés siempre en mi vida y quiero estar siempre en la tuya». Esa decisión marca la diferencia respecto a cualquier otra relación. El nivel de confianza, de entrega y de compromiso es mucho mayor. Es el deseo de darse por entero, de ser acogido plenamente y de corresponder con la misma generosidad. Cuando hablo de un «todo», me refiero a la intención y al deseo, porque esa entrega se va haciendo realidad con el tiempo, con la convivencia, con las dificultades e incluso con las crisis, que muchas veces son las que más ayudan a crecer y madurar.

En Ana Karenina, Tolstói describe admirablemente esta idea a través del personaje de Levin:

«Levin no conservaba apenas recuerdos de su madre, pero su memoria le era sagrada. Y si se casaba, su esposa debía semejarse mentalmente a ese ideal encantador y adorado. Para él no podía existir el amor fuera del matrimonio... mientras que sus amigos consideraban el matrimonio como uno de los numerosos actos de la vida social, Levin lo veía como el más importante de la existencia, aquel del que dependía toda su felicidad.»

Tolstói contrapone dos maneras de entender el amor. Para unos, el matrimonio es simplemente un acontecimiento social; para Levin representa la decisión más trascendental de la vida, porque de ella dependerá buena parte de su felicidad futura. Quizá ahí resida una de las claves del libro: cuando se comprende el verdadero sentido del compromiso, la fidelidad deja de ser una carga para convertirse en la consecuencia natural del amor.

El noviazgo constituye precisamente el tiempo de preparación para esa decisión. Es la etapa del conocimiento mutuo, del aprendizaje y también de las dificultades. Debe haber desacuerdos, enfados y discusiones. Son precisamente esos momentos los que permiten descubrir aspectos del otro —y de nosotros mismos— que permanecían ocultos. Sin ellos, el conocimiento sería superficial.

Si ambos son capaces de superar esas diferencias, aprender a dialogar y adaptarse el uno al otro, la relación sale fortalecida. Para eso existe el noviazgo: para comprobar si ese proyecto común es verdaderamente posible.

En otra escena de la novela, el general Serpujovskói conversa con Wronski y le dice:

«La mujer es la piedra de toque en la carrera del hombre... La única manera de no verse reducido a la inacción por el amor es casarse.»

Utiliza una curiosa comparación: llevar una carga solo es posible cuando queda bien sujeta a los hombros; entonces las manos permanecen libres para trabajar. Con esa imagen quiere expresar que el compromiso estable no limita la libertad, sino que la ordena y le permite desplegar todas sus posibilidades.

Vivimos, sin embargo, en una cultura marcada por la provisionalidad. Todo parece pasajero. Las personas entran y salen de nuestra vida; las promesas se hacen con facilidad y, con demasiada frecuencia, también se rompen. Da la impresión de que nada está destinado a durar.

Y, sin embargo, cabe hacerse una pregunta: ¿es verdad que nada valioso puede durar para siempre?

Muchos desean un amor definitivo, pero sienten miedo. Es comprensible. El futuro siempre encierra incertidumbre. Sin embargo, ningún proyecto importante se construye sin asumir riesgos.

Cuando comienza un matrimonio se encuentran dos personalidades distintas, dos biografías, dos maneras de educarse, dos familias y dos formas de entender la vida. Todo eso necesita ensamblarse poco a poco.

Nadie se enamora de los defectos. Al principio predominan las cualidades que atraen: la simpatía, la ternura, la belleza, la inteligencia... Es una etapa necesaria, pero insuficiente.

Después llega un segundo momento que algunos llaman «desilusión» y que quizá sería más justo denominar realismo. Entonces aparecen las limitaciones, las manías, los defectos y las diferencias. Pero si el amor es auténtico, la persona sigue siendo valiosa más allá de sus imperfecciones. Es precisamente entonces cuando llega la verdadera decisión: continuar o abandonar.

Por eso el noviazgo tiene una fecha de caducidad. Cuando dos personas ya se conocen suficientemente, deben preguntarse si desean construir una vida en común. Si ese camino no conduce a ninguna parte, termina perdiendo su sentido.

Para ello es imprescindible hablar mucho, confiar, compartir los propios valores y comprobar si aquello que resulta esencial para uno puede ser comprendido y respetado por el otro. Cuando existen principios fundamentales incompatibles, la convivencia acaba resintiéndose.

A pesar de todo, la voluntad de permanecer juntos posee una fuerza extraordinaria para construir una vida feliz. Es importante que los hijos descubran que sus padres siguen queriéndose incluso en los momentos difíciles, cuando el cansancio, las preocupaciones o las diferencias parecen imponerse. El amor no consiste en no tener problemas, sino en aprender a afrontarlos juntos.

Con demasiada frecuencia fijamos la mirada únicamente en las crisis y olvidamos la inmensa cantidad de momentos felices compartidos con la persona que amamos. Esos recuerdos son los que sostienen el camino cuando llegan los días más duros.

Tolstói vuelve a mostrárnoslo en la relación entre Kitty y Levin. Son muy diferentes, pero precisamente esas diferencias los enriquecen mutuamente. Existe entre ellos un profundo respeto, una admiración recíproca y el firme propósito de no poner nunca en peligro aquello que los une. Comprenden que el amor no es un sentimiento que permanece intacto por sí solo, sino una obra que se construye durante toda la vida.

Querer a alguien supone siempre un riesgo. Nadie puede controlar el futuro. Pero sí puede renovar cada día una decisión sencilla y profunda: «Hoy vuelvo a elegirte. Hoy quiero seguir queriéndote. Y mañana volveré a hacerlo.»

Quizá esa sea la auténtica esencia del matrimonio: no la promesa de que nunca habrá dificultades, sino la voluntad de caminar juntos, creciendo, perdonándose y amándose hasta el final.

  LUCIA SS





















Lectura III

        

Queridos lectores:

Había dado por terminado este tema, pero después me entró el gusanillo de pensar que me había dejado algunas cosas importantes en el tintero. Como la lectura es un asunto especialmente amplio y las circunstancias de cada lector son muy variadas, voy a dirigirme, sobre todo, a ese lector que considero intermedio, que lee una media de seis libros al año. En estas líneas quiero compartir algunos criterios que, personalmente, me ayudan a la hora de elegir mis lecturas.

¿Qué busco al elegir un libro?

No me considero una experta en este tema, pero sí puedo hablar de aquello que me ha servido a lo largo de la vida y que se ha convertido en una pauta para mí.

Hay libros que nos ayudan a crecer. Es verdad que no todos marcan un antes y un después, pero todo lo que leemos deja huella. La lectura afina el alma o la embota; abre horizontes o los estrecha. Con el paso de los años, nuestra personalidad refleja tanto los libros que hemos leído como aquellos que nunca llegamos a leer.

Quien se alimenta durante años de lecturas escogidas con buen criterio adquiere una mirada más amplia sobre el mundo y sobre las personas. Aprende a comprender la complejidad de la realidad y desarrolla una sensibilidad mayor para descubrir la belleza y la grandeza que le rodean. En cierto modo, somos lo que habitualmente leemos, lo que vemos y lo que escuchamos.

Antes de elegir un libro conviene preguntarse: ¿qué busco realmente? La respuesta condicionará la elección. Quizá busque una buena novela, una obra técnica, un libro de historia, de filosofía, de antropología, una biografía, una novela histórica o, simplemente, una lectura que me entretenga.

También conviene preguntarse cuáles son nuestras prioridades. ¿Quiero disfrutar? ¿Aprender? ¿Profundizar en un tema? ¿Conocer otras culturas? ¿Descubrir autores nuevos? ¿Esponjar el alma? ¿Buscar respuestas a inquietudes personales?

Cada lector tiene sus preferencias. Para algunos será importante leer el libro más vendido; otros siguen fielmente a un autor porque les inspira confianza; otros buscan siempre las últimas novedades. Cada uno tiene sus gustos. Pero la pregunta importante sigue siendo la misma: ¿acepto cualquier lectura sin ningún criterio, o procuro elegir aquello que realmente merece la pena?

Como quien escribe soy yo, comparto el criterio que procuro seguir, no porque sea el único válido, sino porque a mí me ha ayudado y porque otros me lo enseñaron antes.

Generalmente no leo todo ni veo todo, por mucha publicidad que tenga una obra. Me gusta dejar reposar las novedades antes de acercarme a ellas. Sobre todo, no admito cualquier cosa. Busco libros que me ayuden a ser más humana, que me hagan crecer como persona, que me permitan aprender de las experiencias, de las vivencias y de los aciertos o errores de otros.

Esta elección, en ocasiones, va a contracorriente de lo que más vende. Con frecuencia triunfan el morbo, la crítica destructiva, la difamación o el sexo tratado de forma obsesiva. Sin embargo, existen libros maravillosos esperando su turno en mi lista de lectura. Algunos son novedades y otros grandes clásicos. Como el tiempo es limitado, debo elegir, y mi prioridad siempre es la misma: el contenido y aquello que puede aportarme.

Reconozco que siento cierta rebeldía a dejarme arrastrar por lo que todo el mundo hace, ve o lee. No rechazo las modas por sistema, pero tampoco acepto como argumento suficiente el simple hecho de que «todo el mundo lo hace».

Somos muy cuidadosos al elegir los alimentos que comemos; leemos los prospectos de los medicamentos; buscamos el mejor ejercicio para cuidar nuestro cuerpo... ¿Y no vamos a ser igual de exigentes con el alimento de nuestra mente y de nuestro espíritu?

Porque, vuelvo a insistir, somos, en buena medida, aquello que vemos, lo que escuchamos y lo que leemos. Nuestra personalidad, nuestro criterio y nuestro mundo interior también se alimentan de cultura.

Los autores y su contexto

Todo autor escribe condicionado, en mayor o menor medida, por un contexto histórico, cultural, social y geográfico. Conocer ese contexto nos ayuda a comprender mejor la obra y a sacar de ella un mayor provecho. Comprender la época en la que fue escrita una obra, las circunstancias del autor o la sociedad en la que vivió nos permite valorar mejor sus aportaciones y distinguir aquello que pertenece a su tiempo de lo que sigue teniendo valor universal.

Aconsejar y dejarse aconsejar

Todos podemos recomendar un buen libro y, al mismo tiempo, dejarnos aconsejar por otros.

Decíamos en un artículo anterior que un libro puede convertirse en un amigo. Y, como ocurre con las amistades, también los elegimos. No todo el mundo entra en nuestra casa; tampoco todo libro debe ocupar un lugar en nuestra biblioteca interior. Con la televisión sucede algo parecido: entró en nuestras casas sin pedir permiso, pero el mando sigue estando en nuestras manos.

Hoy existen numerosas páginas con reseñas, críticas y resúmenes que pueden orientarnos, aunque siempre conviene recordar que ninguna opinión sustituye al juicio personal del lector.

Compartir las buenas lecturas

¡Cuántas conversaciones han nacido alrededor de un libro!

Quizá ahora, con Internet y las redes sociales, esto ocurra menos en el ámbito familiar. Recuerdo cómo, entre hermanos, comentábamos lo que estábamos leyendo. Nos recomendábamos unos a otros diciendo: «Este libro te va a gustar». Incluso cuando no disponíamos de mucho tiempo, cada uno leía un libro distinto y luego contaba a los demás cómo iba la historia. Era una forma de leer varios libros a la vez y de enriquecer nuestras conversaciones.

También las tertulias literarias o una sencilla conversación alrededor de un café son ocasiones magníficas para compartir impresiones y descubrir nuevas lecturas.

Dialogar con el libro

Leer no consiste únicamente en pasar páginas. También es dialogar con el autor, con los personajes y con las ideas que aparecen en la obra.

Muchas veces terminamos poniéndonos en la piel de un personaje; aprendemos de él, le damos la razón o se la quitamos; sufrimos con sus errores y disfrutamos con sus aciertos. En definitiva, vivimos el libro.

También sucede que algunas obras vuelven a nuestras manos en distintas etapas de la vida. Al releerlas descubrimos matices que antes habían pasado desapercibidos. Son libros que nos ayudaron entonces y que siguen orientándonos años después. Eso demuestra que los buenos libros crecen con nosotros.

Resulta muy útil conservar una lista de los libros que hemos leído o de aquellos que deseamos leer. Conviene anotar una breve referencia sobre su contenido o el tema que tratan. Con el paso del tiempo esa lista se convierte en una excelente guía para releer, recomendar o recordar obras que dejaron huella.

Para terminar

Y para no cansaros, os propongo un pequeño ejercicio.

Si tenéis tiempo y ganas, haced una lista de los libros que recordéis haber leído. De muchos apenas conservaréis un vago recuerdo; de otros, una idea principal o una frase que os acompañó durante años. Sin embargo, esa lista será un pequeño tesoro personal. Os permitirá descubrir el camino recorrido como lectores y comprobar cómo cada lectura ha ido dejando una huella, unas veces profunda y otras casi imperceptible, en vuestra manera de pensar y de vivir.

No olvidemos que un buen libro nunca termina cuando cerramos sus páginas; continúa viviendo dentro de quien lo ha leído. Vuelve a nosotros en una conversación, en una decisión importante, en una dificultad o en un momento de alegría. Los mejores libros pasan a formar parte de nuestra vida y nos acompañan silenciosamente durante muchos años.

Por eso merece la pena elegir bien nuestras lecturas. Igual que cuidamos el alimento del cuerpo, cuidemos también el alimento de la inteligencia, de la sensibilidad y del corazón.

Y me atrevería a terminar con una reflexión que resume cuanto he querido compartir en estos tres artículos:

«Dime qué lees habitualmente y te diré, en gran medida, en quién te estás convirtiendo».

Porque los libros no solo llenan nuestras estanterías; poco a poco, también van construyendo nuestra forma de mirar el mundo, de comprender a las personas y de vivir la vida.           
Lucia SS              

5.10.25

(Maternidad) Cuando Supe Quien Eras: Con el poder del amor 1

                                   

En este escalón de la vida, en el que la palabra madre parece que ya casi no se quiere pronunciar —al menos no con el orgullo que merece—, han acudido a mi mente y a mi corazón recuerdos, emociones y, quizá también, la añoranza de la mía.

Quiero componer un canto a la maternidad; a esas madres buenas y generosas que pasaron y siguen pasando casi ocultas, silenciosas, sosteniendo el mundo sin pedir reconocimiento. A ellas les debemos mucho más de lo que alcanzamos a comprender.

No eran mujeres ignorantes ni de cortas miras. Eran, sobre todo, valientes. Poseían el coraje de las heroínas anónimas. Nada se les ponía por delante y, sin saberlo, eran auténticamente polifacéticas.

Puedo hablar de la mía. Era matrona, enfermera, modista, profesora, peluquera; cocinaba para chuparse los dedos. Era limpia y ordenada; economista, porque con muy poco dinero hacía verdaderos milagros; empresaria, cuentacuentos, consejera, psicóloga... Para nosotros, sencillamente, lo era todo.

Si alguien se atreviera a decirme que no eran nadie, que solo fueron amas de casa, esposas y madres, me gustaría sentarme frente a él y preguntarle quién puede considerarse hoy más completo.

No tuvieron másteres ni títulos universitarios. Tal vez no cursaron estudios superiores, pero se doctoraron en la universidad de la vida, donde aprendieron todas las ciencias importantes: el sacrificio, la paciencia, la ternura, el trabajo, la fortaleza y el amor incondicional.

La vida ha cambiado con enorme rapidez. ¿Para mejor? ¿Para peor? No lo sé. Es el tiempo que nos ha tocado vivir y tampoco sería justo afirmar que todo tiempo pasado fue mejor.

Sin embargo, con profundo respeto y veneración, creo que aquellas mujeres eran los verdaderos cimientos del hogar.

Los niños poseíamos pocas cosas, pero nos sentíamos inmensamente ricos. Éramos felices. No conocíamos el estrés, la prisa ni la inseguridad que hoy acompañan a tantos niños.

Ahora parecen tenerlo todo y, sin embargo, pasan gran parte del día lejos de casa, enlazando colegio, actividades y obligaciones. Al caer la tarde llegan agotados, igual que sus padres. Entonces solo queda correr: deberes, ducha, cena y cama.

Cada vez hay menos tiempo para conversar, preguntar, escuchar, compartir o simplemente estar juntos. Incluso esos escasos momentos suelen quedar ocupados por la televisión, el teléfono móvil, los videojuegos o las pantallas, que terminan robando un espacio que antes pertenecía a la familia.

Después de este preámbulo, deseo rendir homenaje y dar visibilidad a tantas madres que brillan discretamente a la sombra de sus hijos y de sus nietos, logrando mantener unida a la familia sin hacer ruido y sin esperar recompensa.

¡Qué poco conscientes somos, cuando somos jóvenes, del paso del tiempo! Nos parece que nuestros padres siempre han estado ahí y que siempre seguirán aguardándonos con los brazos abiertos, dispuestos a ayudar, a escuchar y a sostenernos.

Mientras la juventud corre mirando hacia el futuro, soñando con estudios, trabajo, deporte o proyectos de vida, el calendario continúa avanzando con paso silencioso. Días, semanas, meses y años se suceden hasta que, casi sin advertirlo, descubrimos que el tiempo ha pasado para todos.

Porque un hijo nunca deja de ser un niño para su madre.

Los caminos de la vida van dejando un poso que nos vuelve más reflexivos, más serenos y más prudentes. Maduran el cuerpo y el espíritu. Llegan nuevas etapas que debemos afrontar; unas veces como un regalo inesperado y otras con cierto temor, pero siempre como parte inevitable del camino.

Y entonces despierta, convertida en profunda añoranza, la necesidad de volver a sentir el abrigo del corazón materno.

Ese corazón capaz de engrandecer lo más pequeño; siempre dispuesto, siempre alegre, siempre acogedor.

¿Quién mejor que una madre para compartir nuestras alegrías y nuestros fracasos, nuestras heridas y nuestras esperanzas? ¿Quién mejor para escuchar sin juzgar, comprender sin condiciones y querer sin medida?

Porque, aunque la vida nos haga adultos, nunca dejamos de necesitar ese refugio donde aprendimos el verdadero significado del amor.

«También los grandes hombres se han formado en las rodillas de sus madres; todo ser humano, por tanto, tiene necesidad de una madre.»

Mientras exista un hijo que recuerde con gratitud a su madre, el amor nunca desaparecera del mundo.

                                        LUCÍA SS



20.7.25

Pensando En El Cielo: Creencias



                                                                                             Queridos lectores:

   Se que cada uno de nosotros tenemos distintas   tendencias a la hora de pensar y elegir los  
temas sobre los que queremos escribir.
A mí me ocurre con frecuencia que, al leer o comentar algún relato en las tertulias, me surge el deseo de escribir sobre algún tema relacionado, aportar otro punto de vista o compartir alguna reflexión. Pero también me sucede que, antes de terminar un artículo, aparece otro asunto que considero más oportuno y dejo el anterior para más adelante. Así tengo varios escritos comenzados, esperando su momento. Uno de ellos es este:
El cielo. No tiene por qué ocurrir, pero es frecuente que, conforme cumplimos años, vayan apareciendo pequeñas limitaciones que nos recuerdan que el tiempo no pasa en vano. Una de ellas es el sueño: cuesta más dormir de un tirón o nos despertamos varias veces durante la noche. Aquello de dormir «como un lirón» va quedando atrás.

Hago este preámbulo para contaros lo que me ocurrió.

Después de leer el artículo de Eusebio, «En el cielo como en la tierra», me encantó. Él sabe que soy una admiradora de sus aportaciones, de la maestría y de la personalidad que reflejan sus escritos. Sin embargo, también le comenté que, desde mi punto de vista, en aquel relato pesaba mucho más la ficción que la realidad.

Yo sí creo en el Cielo y, desde pequeños, nos hablaban de él con toda naturalidad. A veces era para animarnos a portarnos bien; otras, cuando fallecía un ser querido. Entonces nos decían: «Está en el Cielo». De niños no comprendíamos del todo el alcance de esas palabras, pero nos llenaban de paz. Era como una puerta abierta a la esperanza de volver a encontrarnos algún día. Otras veces nos decían: «Desde el Cielo te ve y te ayudará más». Y aunque nuestro cuerpo era pequeño, nuestra fe y nuestra confianza eran inmensas.

Con los años esa reacción ya no es igual.

Por eso, cuando leí la descripción que hacía Eusebio, el Cielo se me presentó algo vacío, sin demasiado atractivo... y, casi sin darme cuenta, me creó un pequeño conflicto. Pensé con humor que casi se me quitaban las ganas de ir.

Como tengo cierta tendencia a filosofar y reflexionar, el tema volvió una y otra vez a mi cabeza. Comencé a preguntarme qué sabía realmente del Cielo, qué había oído sobre él.

Recordé aquellas palabras de san Pablo:

"Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman."

Pero, aunque siempre me habían impresionado, en aquel momento no terminaron de responder a mi inquietud.

En estas estaba cuando me dormí.

Y ¿sabéis con qué soñé?

Pues con el Cielo.

Y fue un sueño tan maravilloso que no quería despertar.

Todo era belleza en grado sumo; esplendor, bondad y armonía. Estar allí era participar de algo que no tiene explicación, algo tan sublime que las palabras se quedan inevitablemente cortas.

Comprendí mejor aquello de la contemplación de Dios, pero a través de la contemplación de su obra. Del Paraíso tal como Él lo creó y lo concibió para nuestros primeros padres.

Había toda clase de árboles, plantas, flores y aromas. Todo respiraba una perfecta armonía. También contemplé animales, aves, peces e insectos de todas las especies. Cada uno permanecía en su propio hábitat y, al mismo tiempo, todos convivían como una única familia. Nadie era superior a nadie. Nadie era depredador de nadie.

Incluso conocí especies ya extinguidas, majestuosas, vivas en un eterno presente donde el tiempo, el espacio y el lugar parecían haber desaparecido.

Pero lo que más me impresionó fueron las personas.

Incluso más que los ángeles.

Eran semejantes a Dios, con un cuerpo glorioso, llenas de esplendor, sin huella alguna de enfermedad, defecto o vejez. Se encontraban en un estado de plenitud y pureza que me impresionó profundamente.

Reconocí a personas que nunca había conocido en la tierra: tres de mis abuelos. Allí estaban, conversando con naturalidad junto a todos los seres queridos ya reencontrados, entre ellos mis padres.

Entonces comprendí algo que nunca he olvidado:

El Cielo no es un lugar; es un estado.

Un estado de felicidad perpetua.

No sé cómo explicarlo. Si reuniéramos todos los momentos más felices que hemos vivido a lo largo de nuestra vida, apenas serían una mota de arena comparados con la felicidad que allí se experimenta.

Tengo que confesar que no sé cuánto duró aquel sueño, pero sí sé que permaneció vivo dentro de mí durante mucho tiempo. Lo recordaba con un realismo, una claridad y una verdad tan grandes que, en algunos momentos, casi podría afirmar que lo vi.

Aquel mismo día me empapé de todo cuanto pude encontrar sobre el Cielo. Leí, busqué y profundicé en este tema. Y, sinceramente, nada de lo que encontré contradecía lo que había soñado.

Ante la imposibilidad de explicar qué es realmente el Cielo, muchos autores y teólogos han intentado describirlo diciendo lo que allí no existe: no habrá sufrimiento, ni hambre, ni sed, ni cansancio; no habrá injusticias, ni dolor, ni muerte.

Es un buen comienzo.

Pero me parece una descripción demasiado pobre.

Porque el Cielo no es simplemente la ausencia del mal.

El Cielo es la plenitud del bien; la plenitud del amor, de la belleza, de la verdad y de la presencia de Dios.

No sé si aquel sueño fue únicamente un sueño o un regalo que Dios quiso concederme para fortalecer mi esperanza. Lo que sí sé es que, desde aquel día, cuando pienso en el Cielo, ya no lo imagino como un lugar lejano, sino como el abrazo definitivo con Dios y con todos aquellos a quienes hemos amado.

Y, como dice el título del libro y de la película «El cielo es real», yo también creo que lo es.

                                       Lucía S.



23.6.25

Oración

Bienvenido/a a Escalando Horizontes. En este espacio comparto experiencias, reflexiones y aprendizajes, con la esperanza de que puedan inspirar, acompañar o ser de utilidad a otras personas. Gracias por estar aquí y por compartir este camino conmigo.



 Alza la mirada Hoy vamos a hablar de algo muy sencillo, pero también muy profundo: la oración.

A veces, cuando escuchamos esa palabra, pensamos que orar es algo complicado. Algunos creen que hay que usar palabras especiales, hablar de una forma concreta o tener una gran preparación espiritual. Pero la realidad es mucho más simple. La oración es un encuentro. Caminar junto a Jesús
No es magia. No es solo repetir palabras, aunque a veces también usemos oraciones aprendidas. Es mucho más. Es abrir el corazón. Es escuchar. Es confiar. Es abandonarnos en Dios. Cuando oramos, muchas veces no cambian primero las circunstancias; cambia nuestra disposición interior.

Dios no necesita que le informemos de nada, porque Él ya lo sabe todo. Pero sí quiere que nos acerquemos a Él, que confiemos, que escuchemos y que dejemos entrar su presencia en nuestra vida.

La oración no es hablar de Dios. La oración es hablar con Dios. La oración ha existido siempre:

  • Abraham confiando en la promesa. Moisés hablando con Dios. David orando en los salmos.

Así como hablamos con una persona que amamos, así podemos hablar con nuestro Padre celestial.

“Clama a mí, y yo te responderé.” Jeremias Y Jesús mismo nos enseñó que podemos dirigirnos a Dios llamándolo Padre.  No estamos hablando con un desconocido.
Estamos hablando con un Padre que nos ama, nos conoce y nos escucha.

1. ¿Qué es realmente la oración?La oración no es repetir palabras sin pensar. No es cumplir una obligación religiosa. No es solo pedir cosas cuando tenemos problemas. La oración es una relación viva con Dios. Es abrirle el corazón. Es contarle nuestras alegrías, nuestras preocupaciones, nuestros miedos y también agradecerle.

Podemos orar: cuando estamos felices, cuando estamos tristes, cuando no sabemos qué hacer.   Incluso cuando no encontramos palabras. A veces basta decir: “Señor, aquí estoy.” “Ayúdame.” “Gracias.” “Te necesito.” Dios entiende incluso el silencio del corazón

2. Jesús nos enseñó a orar: Los discípulos le dijeron a Jesús: “Señor, enséñanos a orar. “Y Jesús les enseñó el Padre Nuestro. Es una oración muy especial porque viene directamente de Jesús. En ella encontramos:

  • adoración, petición, perdón, ayuda, confianza, y también oración unos por otros.

·        Cuando decimos: “Padre nuestro “recordamos que somos hijos y que no estamos solos.

·        Cuando pedimos: “Danos hoy nuestro pan de cada día “aprendemos a confiar en Dios.

·        Cuando decimos: “Perdona nuestras ofensas “reconocemos nuestras faltas.

·        Y cuando añadimos: “Como también nosotros perdonamos “entendemos que el cristiano también debe aprender a perdonar.

·        Finalmente: “No nos dejes caer en tentación “es una petición de ayuda y fortaleza.

El Padre Nuestro no debería ser solo una oración repetida de memoria, sino una verdadera guía para nuestra vida

3. Jesús nos dio ejemplo Sí miramos la vida de Jesús, vemos algo muy importante:

Jesús oraba constantemente. Y si el Hijo de Dios necesitaba orar, cuánto más nosotros. antes de tomar decisiones importantes, en momentos de tristeza, para dar gracias, para buscar fuerzas.

En el Evangelio vemos muchas veces que se apartaba a solas para orar. Esto nos enseña algo fundamental:

La oración debe ser parte de nuestra vida diaria. Igual que necesitamos alimentarnos físicamente, nuestra alma necesita alimentarse espiritualmente. Y ese alimento es la oración.

4. ¿Por qué a veces nos cuesta orar? Muchas veces decimos: “No tengo tiempo.” “No sé qué decir.”

Me distraigo.” “Siento que Dios no me escucha.” Pero igual que en una amistad, lo importante es la constancia.

Cuando perseveramos, nuestra relación con Dios crece. No hacen falta palabras perfectas. Dios prefiere un corazón sincero, sencillo

5. Dios siempre escucha Una de las mayores dudas que tenemos es: “¿Me escucha Dios? “La respuesta es sí.
Siempre. Ahora bien, Dios responde de distintas maneras: A veces dice: sí. A veces dice: espera. Y a veces dice: tengo algo mejor. Nosotros miramos el momento. Dios mira la eternidad. Nosotros vemos una parte pequeña. Dios ve el cuadro completo. Por eso confiar también es parte de la oración. Orar no es solo hablar. es confiar y esperar.

6. La oración transforma nuestro corazón A veces pensamos que oramos para cambiar la voluntad de Dios.

·        Pero muchas veces, mientras oramos, quien cambia somos nosotros

·        La oración: nos da paz, nos fortalece, nos ayuda a perdonar, nos da esperanza, nos acerca a Dios.

Cuando una persona ora de verdad, empieza a mirar la vida de otra manera. Los problemas pueden seguir ahí, pero el corazón cambia. Y cuando el corazón cambia, todo empieza a verse diferente

7. ¿Cómo mejorar nuestra oración?

a) Buscar un momento cada día, Aunque sean pocos minutos. Lo importante es la fidelidad.

b) Hablar con sinceridad No hacen falta palabras bonitas. Dios quiere un corazón auténtico.

c) Escuchar también Orar no es solo hablar.También es guardar silencio y dejar que Dios hable al corazón.

Muchas veces Dios habla en la paz, en una palabra, de la Biblia o en una certeza interior.

d) Dar gracias No solo pedir. Agradecer cambia nuestro corazón.

La Biblia nos dice: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.”

La oración no requiere perfección. Solo requiere un corazón dispuesto. Quien ora nunca está solo.

Cuando entramos en el coche nos ponemos el cinturón de seguridad y si no nos acordamos nos lo recuerda pues la oración es nuestro cinturón de seguridad

. niñas enseñando a rezar pues escríbele …

Oración final

Señor, enséñanos a orar como Tú nos enseñaste.

Ayúdanos a acercarnos a Ti con confianza de hijos.

Que el Padre Nuestro no sea solo palabras repetidas, sino una verdadera guía para nuestra vida.

Fortalece nuestra fe, aumenta nuestra confianza y ayúdanos a buscarte cada día.

Ayudame a alzar mi mirada tantas veces y verte en la cruz redimiéndome y mirándome protegiendo…

 


12.6.25

Un Hombre Ante Mi Puerta. (Crítica Literaria)



El amor comienza donde termina el deseo de poseer.

Quiero aprovechar esta novela para continuar la reflexión iniciada en mi artículo «El poder del amor II», especialmente en relación con el noviazgo. 


Cuando entré en el blog de la revista comprobé que ya habían publicado una reseña de esta novela. Por ello decidí no repetir su contenido, sino releer la historia desde una perspectiva distinta, centrándome en una idea que atraviesa toda la obra y que considero de enorme actualidad:

Amar es el opuesto a utilizar.

La familia de Katia Greenshaw, perteneciente a la antigua nobleza y aristocracia, atraviesa una profunda crisis económica. Son tiempos en los que los títulos ya no alimentan a nadie, y el prestigio social no basta para mantener una familia. Obligada por las circunstancias, Katia comienza a trabajar como camarera en un club nocturno de los bajos fondos, ocultando su verdadera identidad.

Allí se cruza con Paúl Harris, un hombre atractivo, inteligente y despiadado. Procede de una familia humilde, pero representa a los nuevos ricos: aquellos que han aprendido que el dinero abre muchas puertas y terminan creyendo que también puede abrir los corazones.

El contraste entre ambos personajes resulta fascinante. Ella posee la nobleza de los valores; él, el poder del dinero. Ella entiende el amor como entrega; él lo confunde con la posesión. Ella vive para servir; él está acostumbrado a utilizar a quienes le rodean.

En realidad, esta diferencia sigue existiendo hoy. Muchas relaciones fracasan porque uno ama y el otro simplemente utiliza. Se busca compañía, placer, seguridad, prestigio o satisfacción personal, pero no el bien del otro.

Y ahí comienza el verdadero drama.

Paúl se enamora primero de la belleza de Katia, pero no sabe amar. Cree que aquello que desea debe pertenecerle, cueste lo que cueste. Cuando descubre quién es realmente la joven y la difícil situación de su familia, utiliza toda esa información para someterla. Recurre al chantaje, las amenazas y la manipulación. Lleva una doble vida y cambia de personalidad según le conviene. Está dispuesto a destruir el honor de Katia y de su familia con tal de conseguir que sea suya.

Su obsesión llega al extremo de comportarse con una crueldad casi sádica. Consigue incluso obligarla a contraer matrimonio, aunque solo él sabe que ese matrimonio se celebra contra la voluntad de Katia.

Pero el amor verdadero nunca nace de la violencia.

Se puede dominar un cuerpo, pero jamás un corazón.

Ella nunca se deja envilecer. Puede someter su cuerpo, pero jamás su conciencia ni su dignidad. Vive un profundo sufrimiento interior, aunque continúa sonriendo para no aumentar el dolor de los suyos. Es capaz de cargar sola con la cruz de su vida antes que perjudicar a su familia.

Precisamente esa fortaleza comienza a transformar a Paúl.

Por primera vez conoce a una mujer que no puede dominar. Descubre una personalidad que resiste todas sus canalladas y empieza a admirarla. En una ocasión llega a decirle:

«Tienes demasiada personalidad para ser mujer.»

Una frase propia de la mentalidad de la época, pero que, en el fondo, expresa la admiración de un hombre que empieza a sentirse pequeño ante la grandeza moral de aquella mujer.

Poco a poco cambia también su manera de amar.

Ya no desea únicamente poseerla.

Empieza a necesitar su estima, su respeto y, sobre todo, su correspondencia. Llega incluso a suplicarle:

«Yo te amo, a mi manera, si quieres. Pero te amo, de eso estoy bien seguro.»

Todavía ama de forma imperfecta, pero comienza a comprender que el amor no se impone.

Uno de los momentos más hermosos de la novela sucede cuando Paúl recuerda la pequeña casa donde obligaba a Katia a encontrarse con él una hora cada semana. Ella la considera el lugar de su mayor humillación; él, sin embargo, acaba descubriendo que allí empezó su verdadera transformación.

Le confiesa:

«Fue allí donde aprendí a conocer y comprender a una mujer honesta. Yo nunca había tratado con mujeres verdaderamente honradas. Para mí la vida era solo una diversión. Allí nació el deseo de tener una esposa... una esposa como tú. No soy un sádico ni un sexópata, porque ya no deseo solamente tu cuerpo. Deseo tu alma.»

Aquí se encuentra el corazón de toda la novela.

No cambia Katia.

Cambia Paúl.

Y cambia porque, por primera vez, deja de mirar a una mujer como un objeto de deseo y empieza a contemplarla como una persona.

El amor comienza donde termina el deseo de poseer.

Mientras quiso hacerla suya, únicamente la utilizó.

Cuando comenzó a descubrir su dignidad, empezó a amarla.

Y entonces sucede la gran paradoja: precisamente cuando deja de intentar conquistarla por la fuerza, comienza a conquistar su corazón.

Aunque el recuerdo del sufrimiento sigue vivo y el rechazo interior continúa siendo enorme, por primera vez Katia se siente desarmada. Comprende que aquel hombre está dejando morir al egoísta que había sido para convertirse en alguien capaz de amar.

Nunca consiguió envilecerla.

Precisamente por eso terminó enamorándose de ella.

La doble personalidad que durante años había utilizado para manipular a los demás comienza a desaparecer. Descubre que el poder no consiste en dominar, sino en servir; que la grandeza no está en poseer, sino en entregarse.

Su arrepentimiento queda resumido en una de las frases más bellas de la novela:

«Toda la vida de rodillas ante ti no pagaría el bien que me haces, ni redimiría el daño que yo te hice.»

Y la respuesta de Katia es aún más grande.

Simplemente le dice:

«No lo recuerdes.»

Con esas tres palabras no está justificando el mal recibido ni olvidando el sufrimiento padecido. Está haciendo algo mucho más difícil: está regalando el perdón.

Es el comienzo de una nueva relación basada ya no en el miedo, sino en el amor.

Como prueba de ello, le propone volver una noche al mes a aquella pequeña casa que había sido escenario de su dolor, para convertirla ahora en el lugar de sus recuerdos más felices.

Toda esta historia encierra una enseñanza profundamente humana que debería hacernos reflexionar, especialmente a quienes entendemos el noviazgo como preparación para un amor definitivo.

Hoy se habla mucho de enamorarse, pero poco de aprender a amar.

Con frecuencia confundimos el amor con la emoción, la atracción física o la satisfacción personal. Sin darnos cuenta, podemos convertir a la otra persona en un instrumento para nuestra felicidad, en lugar de reconocerla como un fin en sí misma.

Cuando esto sucede, dejamos de amar y comenzamos a utilizar.

Por eso esta novela transmite una verdad que va mucho más allá de sus protagonistas:

El amor es reconocer la dignidad del otro, no convertirlo en un objeto de nuestros deseos.

Quien ama de verdad nunca manipula, nunca chantajea, nunca domina ni humilla.

El verdadero amor busca el bien del otro, incluso cuando exige sacrificio.

Solo quien aprende a amar así descubre la libertad interior y hace libre también a la persona amada.

Porque el amor auténtico nunca utiliza.

El amor auténtico libera.

Y cuando uno se enamora de verdad, ya no necesita poseer al otro; solo desea hacerlo feliz.


ENAMORATE Y NO LA/LO  DEJARAS

Enamórate... y nunca utilizarás a la persona que amas.


     Lucia SS

Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...