Hay palabras que pronunciamos con tanta frecuencia que terminamos creyendo que conocemos su verdadero significado. Felicidad es una de ellas. Todos hablamos de ella, todos la perseguimos, todos creemos reconocerla cuando aparece. Sin embargo, si alguien nos preguntara qué es exactamente, probablemente guardaríamos unos segundos de silencio antes de responder.
¿Qué es la felicidad? Yo tampoco sabría definirla. Sospecho que no existe una respuesta única. Si hiciéramos una encuesta, encontraríamos tantas definiciones como personas, porque cada vida recorre un camino distinto y cada corazón aprende a latir de una manera diferente.
Hace tiempo escuché que la mejor forma de explicar algo consiste en comenzar diciendo lo que no es. Quizá con la felicidad ocurra exactamente lo mismo.
La felicidad no es un destino al que se llega un día para quedarse. Tampoco un premio reservado a quienes acumulan éxitos, dinero o reconocimientos. Es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo.
Desde que nacemos tenemos derecho a ser felices. No debería ser un privilegio, sino una forma de vivir.
Sin embargo, casi nadie nos enseñó eso.
Nos educaron creyendo que la felicidad siempre estaba un poco más adelante. Era una recompensa que llegaría cuando alcanzáramos determinadas metas.
Desde niños fuimos escuchando frases que todos conocemos:
"Estudia y serás feliz."
"Compórtate bien y serás feliz."
"Haz deporte y serás feliz."
"Consigue un buen trabajo y serás feliz."
"Compra un coche mejor, una casa más grande, cambia de móvil, viaja más, consume más… y entonces serás feliz."
Sin darnos cuenta, aprendimos a colocar la felicidad siempre detrás de alguna condición.
Y quizá ahí comenzó el error.
Tal vez deberíamos invertir el orden.
Sé feliz y estudiarás mejor.
Sé feliz y trabajarás con ilusión.
Sé feliz y amarás con mayor generosidad.
Sé feliz y serás mejor compañero, mejor padre, mejor madre, mejor amigo.
Porque la felicidad no es la consecuencia de vivir bien; muchas veces es precisamente la causa.
Nos hemos acostumbrado a buscarla fuera de nosotros, cuando, en realidad, lleva toda la vida llamando desde dentro.
Vivimos convencidos de que el siguiente logro nos hará sentir completos. Pero cuando llega, apenas permanece unos instantes antes de que aparezca un nuevo deseo.
Es como intentar llenar un cántaro con agua mientras el fondo permanece abierto.
No significa que los bienes materiales sean malos. Al contrario. Son una bendición cuando ocupan el lugar que les corresponde. El problema comienza cuando esperamos de ellos lo que nunca podrán ofrecernos.
Si el dinero fuera sinónimo de felicidad, todos los ricos serían inmensamente felices. Y la experiencia nos demuestra que no es así.
Las cosas pueden hacernos la vida más cómoda, pero difícilmente consiguen llenar el corazón.
Con los años uno descubre que la felicidad depende mucho menos de nuestras aptitudes que de nuestra actitud.
No siempre podemos elegir lo que sucede, pero sí la manera de responder a lo que sucede.
La vida nunca deja de sorprendernos. A veces con regalos; otras, con heridas.
Pero incluso en los momentos difíciles seguimos teniendo dos posibilidades: vencer... o aprender.
Y aprender también es una forma de ganar.
Existen pequeñas actitudes que, casi sin darnos cuenta, iluminan la existencia.
La primera es la gratitud.
La persona agradecida jamás vive instalada en la queja permanente. Reconoce que nada importante se consigue completamente solo. Descubre que cada día está lleno de pequeños regalos: una conversación, una sonrisa inesperada, una mano tendida, una puesta de sol, un abrazo, la salud cuando acompaña o el cariño de quienes permanecen.
Quizá por eso nuestros mayores repetían aquel refrán que nunca pierde actualidad:
«Es de bien nacidos ser agradecidos».
La segunda actitud es saber pedir perdón.
Pocas palabras poseen tanta fuerza como un sencillo «perdóname» pronunciado a tiempo.
Todos nos equivocamos. Todos herimos alguna vez sin querer. Todos dejamos escapar palabras que jamás debieron salir de nuestros labios.
El orgullo levanta muros.
Cuántas familias habrían evitado años de distancia si alguien hubiera tenido el valor de decir: «Me equivoqué.»
Y cuántos corazones vivirían hoy más ligeros si aprendieran también a perdonar.
La tercera actitud consiste en pedir ayuda.
Durante demasiado tiempo hemos confundido la fortaleza con la autosuficiencia.
Pero nadie puede recorrer solo todos los caminos.
Necesitamos consejos, abrazos, compañía, silencios compartidos y personas que sostengan nuestra esperanza cuando las fuerzas flaquean.
Somos seres creados para encontrarnos unos con otros, no para vivir aislados detrás de una pantalla.
Hace algún tiempo leí unas palabras atribuidas a Carla Bruni que me hicieron reflexionar profundamente. Decía que, después de cierta edad, la belleza deja de depender del cuerpo para convertirse en un estado del espíritu. Lo que realmente ilumina el rostro ya no son los rasgos físicos, sino la bondad, la serenidad, la elegancia interior, la sensibilidad y la manera de afrontar la vida.
Creo que existe una gran verdad en esa reflexión.
Con los años comprendemos que la belleza más hermosa no se contempla: se percibe.
Está en quien sabe escuchar.
En quien sonríe con sinceridad.
En quien inspira paz.
En quien ama sin hacer ruido.
En quien ha aprendido a vivir con el corazón limpio.
Al final, la felicidad quizá no sea otra cosa que esa luz discreta que nace cuando aprendemos a reconciliarnos con nosotros mismos, a valorar lo esencial y a comprender que vivir ya es, por sí solo, un regalo extraordinario.
No esperes a tener más para empezar a ser feliz.
No esperes a que desaparezcan todos los problemas.
No esperes al momento perfecto, porque probablemente nunca llegará.
Empieza hoy.
Da las gracias.
Abraza a quienes amas.
Perdona.
Pide ayuda cuando la necesites.
Y recuerda siempre que la felicidad no suele hacer ruido.
Llega despacio.
Se sienta a nuestro lado.
Y permanece únicamente en aquellos corazones que han aprendido a abrirle la puerta.
Hoy, simplemente, no olvides ser feliz.
LUCIA SS
