BIENVENIDOS

22.2.23

Canto A La Mujer



Ensalzando a la mujer en la cancion 

(  letra entre-sacada de tres canciones: Juanes (a Dios le pido). De Presuntos implicados ( gente) y de Andrea Bocheli  (vivo por ella)




Que mis ojos se despierten
Con la luz de tu mirada yo
A Dios le pido
     Vivo por ella sin saber si la encontré o me ha encontrado,
ya no recuerdo como fue, pero al final me ha conquistado
vivo por ella que me da toda verdadera fuerza
vivo por ella y no me pesara
   Dos, tres, horas para disfrutarte
 dos de cada siete días para darte
Un pasaje en la más bella historia de amor
Dos, tres, horas para contemplarte
Y dos de cada siete días para darte
Me acomodo en un rincón de tu corazón
    Esperaré a que vayas por donde yo voy,
a que tu alma me des como yo te la doy.
Esperaré a que aprendas de noche a soñar,
a que de pronto me quieras besar.
     Para vivir así, en miradas transparentes
Recibir su luz, definitivamente
Nubes van y van pasando
Pero aquella luz, nos sigue iluminando
  Es gente, que pide por la gente en los altares
  En las romerías
  Gente, que da la vida
   Gente que infunde fe
Gente que crece y que merece paz
Gente, que se funde en un abrazo ante el horror
Gente que comparte el oleaje de su alma
Gente que nos renueva las pequeña esperanzas
De un día vivir en paz
    Es la musa que te invita, a tocarla suavecita
en mi piano a veces triste
la muerte no existe si ella está aquí...
   Que fresca es la sombra que ofrecen
Que limpia el agua dulce de sus miradas
       Es por ti que empiezo un nuevo día
Hay Ángeles entre nosotros
Ángeles entre nosotros
      Por los días que me quedan
Y las noches que aún no llegan
Yo, a Dios le pido
Por los hijos de mis hijos
Y los hijos de tus hijos
A Dios le pido
   Esperaré que las manos me quieras tomar,
que en tu recuerdo me quieras por siempre llevar,
que mi presencia sea el mundo que quieras sentir,
que un día no puedas sin mi amor vivir.
    Que mis ojos se despierten
Con la luz de tu mirada yo
A Dios le pido

19.2.23

Jesús Y El Niño Leproso


                          


Al acercarse la Navidad recordé una historia que, en una ocasión, me conmovió profundamente, tanto por su contenido como por quien la narró: un prestigioso cuentacuentos.

Durante mucho tiempo desconocí quién era su autor. No recuerdo que el narrador lo mencionara y me costó mucho encontrarlo, pues ni siquiera conocía el título. Después de consultar diversas fuentes descubrí que pertenece a Alejandro Casona, autor de la Generación del 27. El relato se titula El solitario.

La versión que sigue no es una transcripción literal. He recortado algunos pasajes y modificado otros, aunque he procurado ser fiel a su esencia y a su contenido. Espero que el autor me disculpe. Comienzo.

Era una noche de diciembre, pero no una noche como las demás. El viento helado hacía temblar los olivos de Belén; la nieve cubría las praderas y los carámbanos colgaban de los tejados de las chozas. Y, sin embargo, se comprendía que aquella no era una noche cualquiera. En su blancura silenciosa había una íntima tensión, un jadeo de músicas nunca oídas, un latir de raíces que anunciaban un milagro inmenso y dulcísimo.

El viento, en lugar de aullar, susurraba algo urgente y sigiloso, como una consigna ante la que las ramas se abrían asombradas para dejarle paso. Las ovejas, recogidas en el redil, temblaban por primera vez no de miedo, sino de emoción. Hasta la misma nieve parecía sentir la necesidad de exhalar un cálido aliento de vida. Era como si la noche entera, conteniendo la respiración, se preparase para un acontecimiento grandioso.

Tan distinta era aquella noche que el cielo mismo quiso honrarla con una estrella nueva. Los pastores, buenos conocedores del firmamento, comprendieron que aquella estrella viajera venía de Oriente, de las tierras morenas del camello y de las especias, donde los reyes celebraban bodas y nacimientos ofreciéndose mutuamente oro, incienso y mirra.

¿Qué mensaje traería aquel lucero errante? ¿Un cataclismo? ¿Un milagro?

De pronto, en los aires resonó un coro de ángeles. Los pastores se miraron estremecidos. Al escuchar trompetas no esperaban nada bueno. Tal vez se anunciaba algo terrible que no fueran capaces de soportar, o algo tan grande que no pudieran comprender. Pero cuando oyeron las sencillas palabras de la Anunciación, sus corazones se llenaron de paz.

Solo iba a nacer un niño pobre.

Se arrodillaron y entonaron un aleluya de gozoso alivio, porque aquella noticia, tan sencilla y tan inmensa a la vez, cabía entera en su corazón.

En un humilde establo de barro y paja, semejante a un nido de golondrinas, dormía el recién nacido entre la mula y el buey. María lo acunaba y le cantaba melodías pausadas que llenaban de ternura los largos silencios de la noche. José se afanaba en adecentar el refugio: fabricaba una cuna, alimentaba el fuego para que no pasaran frío, velaba por su seguridad y ajustaba los goznes del portón.

De repente, la puerta se abrió violentamente y entraron un hombre y una mujer llevando en brazos a un niño. El hombre lucía una larga barba y un cuchillo cruzado al cinturón de soga. José y María se sobresaltaron, recordando las historias de los salteadores que acechaban los caminos.

—No temáis —dijo el desconocido—. Nunca hice otro mal que el necesario para defender nuestra vida. Solo os pido refugio y un poco de calor para mi mujer y mi hijo. Los soldados nos persiguen y, allí donde llegamos, todas las puertas se cierran.

—Acércate —dijo María a la mujer—. Tus ropas están heladas. Dame a tu hijo para que duerma un poco sobre mi regazo.

Y le tendió los brazos.

Pero la madre retrocedió con un grito.

—¡No! Solo yo puedo tocarlo. El tuyo es hermoso y está sano. Guarda para él las caricias de tus manos.

María la contempló sin comprender. La vio llorar en silencio mientras besaba una y otra vez la carne de su hijo, intentando calentarla como hace una vaca con su ternero recién nacido. Entonces fijó la vista en el pequeño y comprendió.

—¡José! —exclamó con espanto—. ¡Lepra!

—No tengáis miedo —repitió el hombre del cuchillo—. No acercaremos nuestro hijo al vuestro. Ya estamos acostumbrados a vivir al borde de los caminos, a no pisar los molinos ni las viñas, a pedir el pan desde lejos y a no dirigir la palabra a nadie si no es con la boca contra el viento. Pero la noche está helada y el pequeño no podría resistirla. Solo pedimos un poco de fuego y un rincón en esta cuadra.

Las entrañas de María se conmovieron. Tranquilizó a José con una mirada, dejó a su Niño en el pesebre, protegido por el aliento de la mula y el buey, y tomó resueltamente al niño enfermo entre sus brazos. Lo acomodó sobre el hueco aún tibio de sus rodillas, donde momentos antes había dormido Jesús. Después lo estrechó contra su pecho y continuó cantándole en voz baja.

Al amanecer, los pastores llegaron apresurados al establo entre flautas, tambores y villancicos. Querían adorar al recién nacido y ofrecerle cuanto poseían. Traían corderillos sobre los hombros, un perro fiel que guardaba la entrada, quesos, pan y, sobre todo, el inmenso regalo de un corazón lleno de cariño.

Fue entonces cuando la familia acogida descubrió el milagro.

Su hijo estaba completamente limpio. Todas las huellas del mal blanco habían desaparecido. El niño leproso reía feliz, con el cuerpo sano. Solo permanecía en su hombro derecho una pequeña marca de plata, blanca como una flor de lis.

Pasaron treinta y tres años.

Palestina vivía envuelta en continuas rebeliones contra la Roma imperial. Muchos hombres eran conducidos al suplicio de la cruz, unas veces acusados de falsos profetas, otras de ladrones o de delitos inventados. Entre ellos estaba Jesús de Nazaret.

Al caer la tarde, Jesús agonizaba en el madero. A su derecha, un hombre fuerte, de larga barba, se retorcía entre las cuerdas de su cruz, dejando escapar un lamento más cercano al dolor que a la protesta.

—¿Por qué me acusan de vivir fuera de la ley si nunca me dejaron vivir dentro de ella? Desde niño solo conocí el borde de los caminos. Nunca me permitieron pisar el lagar de las uvas ni el umbral de los molinos. Tenía que pedir el pan desde lejos y hablar siempre con la boca contra el viento. Nací, como los míos, marcado por el mal y por la miseria. De mi padre heredé únicamente un cuchillo y el instinto de defenderme. ¿De qué pueden acusarme ahora quienes siempre me expulsaron de entre ellos? ¡Nunca estuve dentro!

Hizo una pausa y añadió con voz quebrada:

—Solo una dulce mujer me cantó una noche de nieve mientras me sostenía sobre sus rodillas. A ella le debo la vida tanto como a mi propia madre. Si hice algún mal, Señor, te pido perdón en memoria de aquella mujer.

Jesús lo miró profundamente y vio que, sobre su hombro derecho, brillaba una pequeña marca de plata, blanca como una flor de lis.

Entonces le sonrió con infinita misericordia y pronunció aquellas palabras eternas:

—En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Y desde aquel instante, quien había vivido siempre perseguido y rechazado encontró, por fin, la mirada de Jesús y se convirtió en el primero en entrar redimido en la Casa del Padre.                

Jesús lo miró profundamente y vio que, sobre su hombro derecho, brillaba una pequeña marca de plata, blanca como una flor de lis.

Entonces le sonrió con infinita misericordia y pronunció aquellas palabras eternas:

—En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Y, por primera vez en su vida, aquel niño que siempre había vivido rechazado encontró un lugar donde nadie volvía a expulsarlo.

  LUCIA SS

   

Un corazón de piedra puede convertirse en posada

Hay poemas sencillos que encierran una profunda verdad. Este es uno de ellos.

La escena comienza con un bandido que sale al encuentro de dos peregrinos con la intención de robarles. Sin embargo, no son las armas las que cambian su vida, sino la mirada de María y el cariño que ella y José le ofrecen. Aquello que parecía un corazón de granito acaba convirtiéndose en una humilde posada para recibir al Niño.

La repetición de estos versos resume toda la transformación:

«Yo que hasta ayer fui ladrón,
vil, cruel y fiero bandido,
robaré mil corazones
para recibir al Niño.»

Es una hermosa imagen de la conversión. Dios no elige a personas perfectas, sino a personas dispuestas a dejarse transformar por el amor. El bandido sigue siendo el mismo hombre, pero ya no desea arrebatar bienes materiales: ahora quiere conquistar corazones para que también ellos se conviertan en morada de Cristo.

Quizá todos llevamos dentro algo de ese bandido. A veces endurecemos el corazón, nos encerramos en nosotros mismos o caminamos por sendas equivocadas. Pero basta una mirada de misericordia para iniciar un camino nuevo.

Que también nuestro corazón deje de ser piedra y se convierta en una humilde posada donde Jesús encuentre siempre un lugar.

Microrrelatos



Una estrella de mar cada vez

Un día, durante unas vacaciones por tierras del Cantábrico, caminaba por la playa cuando reparé en un hombre que se agachaba constantemente. Recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Repetía el mismo gesto una y otra vez.

Al principio pensé que practicaba algún ejercicio, una especie de rutina de flexiones. Sin embargo, al acercarme observé que lo que recogía eran estrellas de mar que las olas habían depositado en la orilla. Una a una las devolvía al océano.

Le pregunté por qué lo hacía y me respondió:

—Estoy devolviendo estas estrellas al mar para que tengan una nueva oportunidad.

Debió de percibir en mi rostro que yo entendía poco del mar —soy de tierra adentro—, porque continuó explicándome:

—Como ves, la marea está baja y estas estrellas han quedado atrapadas en la playa. Si no las devuelvo al agua, morirán aquí por falta de oxígeno.

Le respondí:

—Lo entiendo, pero debe de haber miles de estrellas de mar en esta playa. No podrá salvarlas a todas. Además, esto ocurre en cientos de playas a lo largo de toda la costa. Y, siendo sinceros, con el esfuerzo que requiere y los años que usted tiene... parece un sacrificio sin demasiado sentido.

El hombre sonrió.

—¿Que no tiene sentido?

Se inclinó, recogió otra estrella y, mientras la lanzaba al mar, contestó:

—Para esta sí lo ha tenido.

Aquella sencilla escena encerraba una gran enseñanza.

Es una lección aplicable a nuestra vida cotidiana, en tantos y tantos gestos...

No puedo cambiar el mundo, pero sí puedo cambiarme a mí mismo y mejorar mi entorno.

No puedo eliminar todos los residuos contaminantes que dañan nuestro planeta, pero sí puedo reducir el consumo innecesario, reutilizar lo que esté en mi mano y separar correctamente los residuos para facilitar su reciclaje.

No puedo detener las guerras, pero sí puedo ser un remanso de paz allí donde vivo y con las personas que me rodean.

Y así ocurre con cada pequeño acto de cada día.

De uno a uno. Gesto a gesto. De persona a persona.

Porque, aunque no podamos hacerlo todo, siempre podremos hacer algo por alguien.


Conclusión

Muchas veces creemos que nuestros pequeños esfuerzos son insignificantes porque no cambian el mundo entero. Sin embargo, para la persona que recibe nuestra ayuda, nuestro tiempo o nuestra atención, pueden significarlo todo. Al igual que aquella estrella de mar, siempre habrá alguien para quien nuestro pequeño gesto marque una gran diferencia.


Gestionando los problemas

El panadero me contrató para ayudarle a reparar su viejo horno.

Acabábamos de terminar un duro primer día de trabajo. Primero se averió el taladro eléctrico, lo que nos hizo perder más de una hora. Después, cuando ya nos disponíamos a marcharnos, el viejo camión se negó a arrancar.

Como yo iba en mi coche, me ofrecí a llevarle hasta su casa.

Durante el trayecto permaneció en silencio. Se le veía cansado y contrariado, pero sorprendentemente sereno.

Al llegar, me invitó a conocer a su familia.

Mientras caminábamos hacia la puerta, se detuvo unos instantes frente a un pequeño árbol que tenía en el jardincillo. Con ambas manos acarició suavemente las puntas de sus ramas.

Cuando se abrió la puerta, ocurrió algo que me sorprendió.

Su rostro cambió por completo. Sonrió con una alegría inmensa, abrazó a sus dos pequeños hijos y besó con cariño a su esposa.

Después me acompañó de nuevo hasta el coche.

Al pasar otra vez junto al árbol, no pude evitar preguntarle qué había hecho allí unos minutos antes.

Al principio se hizo el despistado, pero al ver que seguía esperando una respuesta sonrió y me dijo:

—Ese es mi árbol de los problemas.

Continuó explicándome:

—No puedo evitar tener problemas durante el trabajo. Siempre aparecen dificultades, preocupaciones o contratiempos. Pero hay una cosa que tengo muy clara: los problemas no pertenecen a mi casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos.

»Así que, cada noche, cuando llego, los cuelgo simbólicamente en este árbol. A la mañana siguiente vuelvo a recogerlos.

Hizo una breve pausa y añadió sonriendo:

—¿Y sabes qué es lo mejor? Que cuando salgo por la mañana a buscarlos, nunca encuentro tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior.

Aquel día aprendí una auténtica lección de vida que procuro practicar siempre.

No se trata de negar la realidad ni de ocultar las preocupaciones cuando hablo con mi esposa, sino de no convertir cada conversación en una carga más. Intento compartir lo necesario y, al mismo tiempo, estar disponible para ayudarla también con las suyas.

Que los problemas y las preocupaciones nunca nos aparten de quienes más queremos.


Conclusión

Los problemas forman parte de la vida, pero no deberían ocupar el lugar reservado para el amor, la familia y los momentos compartidos. Aprender a dejarlos, aunque solo sea por unas horas, es también una forma de cuidar de quienes caminan a nuestro lado.


El mejor regalo

Con frecuencia, nuestros hijos nos regalan lecciones que nos hacen reflexionar profundamente.

Hace tiempo, un amigo me contó, emocionado y arrepentido, una pequeña anécdota.

Un día regañó a su hija, de apenas tres años, por haber gastado un rollo de papel de regalo. La economía familiar no atravesaba su mejor momento y aquel papel estaba reservado para un compromiso importante.

Por eso se enfadó cuando vio que la niña había utilizado casi todo el rollo para envolver una pequeña caja que pensaba colocar bajo el árbol de Navidad.

A pesar de la regañina, a la mañana siguiente la pequeña se acercó hasta la cama de su padre con la caja entre las manos y le dijo, sonriendo:

—Es para ti, papá.

Mi amigo me confesó que se sintió avergonzado por la dureza con la que la había tratado el día anterior.

Sin embargo, al abrir la caja y verla vacía, volvió a molestarse.

Le dijo:

—¿No sabes que cuando haces un regalo debe haber algo dentro?

La niña levantó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas, y respondió:

—Pero, papá... no está vacía. La he llenado de besos. Todos son para ti.

Mi amigo me confesó que en aquel instante se le rompió el corazón.

Abrazó a su hija con todas sus fuerzas y le pidió perdón.

Durante muchos años conservó aquella pequeña caja, mal envuelta y sin ningún valor material, junto a su cama.

Y cada vez que se sentía triste, desanimado o preocupado, abría aquella caja imaginaria y recordaba el inmenso amor con el que su hija había llenado su interior.

En realidad, todos los padres recibimos un regalo parecido el día que nacen nuestros hijos.

Una caja invisible llena de amor incondicional, abrazos, besos, confianza y esperanza.

No existe posesión más valiosa que esa.


Conclusión

Con demasiada frecuencia damos importancia a aquello que puede comprarse y olvidamos que los regalos más valiosos no tienen precio. El amor sincero, un abrazo, un beso o una muestra de cariño permanecen para siempre en la memoria y en el corazón. Quizá ese sea, verdaderamente, el mejor regalo que podemos recibir.

                               Lucia ss

Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...