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12.5.26

Noviazgo: Con El Poder Del Amor II

                                     


                       El amor: Una realidad que se cultiva día a día 

El amor no es algo que se hace; es algo que se vive. Es una realidad viva que crece o se marchita, que se conquista y se manifiesta en el día a día. Abarca todo nuestro ser y todas las potencias del alma. Es vivir para y por la persona amada, y muchas veces hacerlo sin grandes manifestaciones externas, porque el verdadero amor sabe expresarse de formas muy diversas en cada etapa de la vida.

El amor nace pequeño. Para que arraigue necesita cuidados constantes, desvelos, sacrificios y dedicación. Hay que mimarlo, abonarlo, llenarlo de pequeños detalles y estar atentos para que no se marchite. Solo así echará raíces profundas sobre las que poder construir un proyecto común y una familia.

Siempre me conmueve contemplar a esos matrimonios que han llegado juntos a la vejez. No permanecen unidos simplemente porque se soporten; son una verdadera unidad. El tiempo habrá cambiado su aspecto exterior, pero quien sabe mirar más allá puede intuir cuántas vivencias, alegrías, penas, sacrificios y proyectos compartidos guardan en su historia. Ya no existe aquel amor romántico e idealizado de la juventud, pero se comunican con toda su persona: una mirada, un gesto, una caricia o un silencio dicen mucho más que las palabras. Aprendamos a valorar ese amor ahora, y no cuando falte uno de los dos.

El noviazgo es el tiempo de prepararse, de conocerse y de aprender a quererse tal como cada uno es. Es entonces cuando se toma la decisión más importante de la vida: proyectar y formar un hogar.

Si ese hogar comienza edificándose sobre unos cimientos sólidos, será capaz de soportar las tormentas de la vida, los reveses, las dificultades y también de disfrutar plenamente las alegrías, manteniendo siempre el convencimiento de que «juntos podemos».

Cultivar el amor exige un verdadero conocimiento mutuo. ¡Qué poca importancia damos a esto! Y, sin embargo, la tiene. Especialmente cuando se guardan rincones de la propia vida que no queremos compartir: la infancia, la familia, las heridas, las enfermedades, los traumas, el carácter o las propias tendencias. El noviazgo consiste, sobre todo, en conocerse. Porque incluso creyendo que conocemos todo de la otra persona, la convivencia siempre depara sorpresas; cuánto más si nunca se ha hablado de lo esencial.

Cuando se comienza por lo que debería ser la consecuencia del amor —la unión física— y se convierte en el objetivo principal, se invierte el orden natural de las cosas. Entonces puede aparecer el egoísmo, buscando únicamente satisfacer esa dimensión instintiva que todos poseemos. La entrega física encuentra su verdadero sentido cuando nace como expresión de un amor profundo y maduro, no cuando pretende sustituirlo.

Cultivar el amor significa preparar juntos un proyecto de futuro, estar dispuesto a renunciar por el otro a tantas cosas que no construyen, para llegar a ser verdaderamente una sola carne y una sola alma.

Todo lo que acabo de escribir puede parecer hoy una visión idealista o incluso bucólica. No está de moda. Parece algo fuera de tiempo. Y, sin embargo, quizá precisamente por haber olvidado estos principios vemos con tanta frecuencia el fracaso de muchas relaciones. Me gusta expresarlo gráficamente diciendo que hemos puesto el carro delante del burro: el carro del placer inmediato, del egoísmo, de la infidelidad y de la mentira delante del burro del amor, del respeto, de la fidelidad y de la entrega.

Todos deseamos amar y ser amados, respetar y ser respetados, confiar y ser dignos de confianza. Sin embargo, muchas veces buscamos los frutos sin haber cuidado antes las raíces.

No pretendo ponerme solemne; simplemente he querido reflexionar con seriedad sobre algo extraordinariamente serio.

Cada vez concedemos mayor importancia a la preparación profesional. Se exige ser los mejores y para ello se invierten años de estudio, másteres, prácticas, oposiciones y toda clase de sacrificios. Sin embargo, cuando se trata de prepararse para el matrimonio, solemos regatear el tiempo y el esfuerzo. Incluso unos sencillos cursillos prematrimoniales nos parecen excesivos.

Y, sin embargo, esa preparación debería continuar también después del matrimonio, cuando más necesitamos apoyo, orientación y acompañamiento. Personas especializadas en orientación familiar pueden ayudar a prevenir conflictos o a afrontarlos juntos. Lo positivo de estos encuentros es que obligan a participar a ambos cónyuges, de modo que los dos colaboran en la búsqueda de soluciones.

Muchas dificultades aparecen con la llegada del primer hijo. Es un cambio enorme. Ese pequeño ser, totalmente dependiente, requiere una dedicación constante y puede resultar agotador. Pero, al mismo tiempo, llena el hogar de vida, de ilusión y de un amor nuevo que transforma profundamente a la familia.

No son tiempos fáciles para formar una familia. En muchos casos supone una decisión casi heroica. Las leyes no siempre la protegen suficientemente. Hay mujeres que, por el hecho de quedarse embarazadas, pueden ver peligrar su puesto de trabajo. Otras muchas parejas carecen del apoyo familiar necesario para conciliar la vida laboral y familiar, especialmente de esos abuelos cuyo papel resulta tantas veces imprescindible.

Precisamente porque formar una familia es hoy un gran desafío, resulta aún más necesario aprender, recibir orientación y adquirir herramientas que ayuden a afrontar las dificultades.

Vivimos en una sociedad donde, con frecuencia, se ensalzan valores muy distintos de los que sostienen un amor duradero. Los medios de comunicación y la llamada prensa del corazón presentan como algo normal cambiar de pareja con la misma facilidad con que se cambia de ropa o de perfume. Quizá exagero, pero todos entendemos a qué me refiero.

Hay, además, un aspecto al que prestamos muy poca atención: la comunicación. No basta con convivir; es necesario comunicarse.

Sin comunicación conyugal no puede sobrevivir una relación. Todo lo que no se comunica no se comparte; lo que no se comparte acaba separando; lo que separa crea distancia; y la distancia, poco a poco, convierte a dos personas que un día se amaron profundamente en auténticos desconocidos.

Porque el amor verdadero no consiste únicamente en enamorarse. Consiste, sobre todo, en elegir cada día permanecer al lado de la persona amada, cuidarla, respetarla y volver a enamorarse de ella una y otra vez.

«Enamorarte es hermoso; permanecer enamorado es una decisión que se renueva cada día.»

      LUCIA SS

2.11.25

Matrimonio: Con El Poder Del Amor (3)

   

A raíz de la lectura de Ana Karenina

Desde que existe la humanidad, el hombre y la mujer se han unido formando una familia. Sin la seriedad de ese vínculo-compromiso habría sido imposible la continuidad de la especie. El ser humano supera en inteligencia a la mayoría de los animales, pero necesita muchos años para alcanzar la madurez y la autonomía. Por ello requiere nacer, crecer y desarrollarse al amparo de una familia. En ese proceso, el padre, la madre y los hermanos desempeñan un papel insustituible.

¿Qué implica casarse frente a otras formas de convivencia? La diferencia esencial radica en que el matrimonio nace del deseo de construir un proyecto de vida definitivo. No se trata de que cada uno conserve su propio proyecto y ambos coincidan durante un tiempo, reservándose parcelas de sí mismos. Casarse significa crear una historia común, una vida compartida que irá creciendo y transformándose con los años.

Una pareja decide dar ese paso cuando descubre que el amor que vive desea convertirlo en algo permanente. Es como decir: «Quiero que estés siempre en mi vida y quiero estar siempre en la tuya». Esa decisión marca la diferencia respecto a cualquier otra relación. El nivel de confianza, de entrega y de compromiso es mucho mayor. Es el deseo de darse por entero, de ser acogido plenamente y de corresponder con la misma generosidad. Cuando hablo de un «todo», me refiero a la intención y al deseo, porque esa entrega se va haciendo realidad con el tiempo, con la convivencia, con las dificultades e incluso con las crisis, que muchas veces son las que más ayudan a crecer y madurar.

En Ana Karenina, Tolstói describe admirablemente esta idea a través del personaje de Levin:

«Levin no conservaba apenas recuerdos de su madre, pero su memoria le era sagrada. Y si se casaba, su esposa debía semejarse mentalmente a ese ideal encantador y adorado. Para él no podía existir el amor fuera del matrimonio... mientras que sus amigos consideraban el matrimonio como uno de los numerosos actos de la vida social, Levin lo veía como el más importante de la existencia, aquel del que dependía toda su felicidad.»

Tolstói contrapone dos maneras de entender el amor. Para unos, el matrimonio es simplemente un acontecimiento social; para Levin representa la decisión más trascendental de la vida, porque de ella dependerá buena parte de su felicidad futura. Quizá ahí resida una de las claves del libro: cuando se comprende el verdadero sentido del compromiso, la fidelidad deja de ser una carga para convertirse en la consecuencia natural del amor.

El noviazgo constituye precisamente el tiempo de preparación para esa decisión. Es la etapa del conocimiento mutuo, del aprendizaje y también de las dificultades. Debe haber desacuerdos, enfados y discusiones. Son precisamente esos momentos los que permiten descubrir aspectos del otro —y de nosotros mismos— que permanecían ocultos. Sin ellos, el conocimiento sería superficial.

Si ambos son capaces de superar esas diferencias, aprender a dialogar y adaptarse el uno al otro, la relación sale fortalecida. Para eso existe el noviazgo: para comprobar si ese proyecto común es verdaderamente posible.

En otra escena de la novela, el general Serpujovskói conversa con Wronski y le dice:

«La mujer es la piedra de toque en la carrera del hombre... La única manera de no verse reducido a la inacción por el amor es casarse.»

Utiliza una curiosa comparación: llevar una carga solo es posible cuando queda bien sujeta a los hombros; entonces las manos permanecen libres para trabajar. Con esa imagen quiere expresar que el compromiso estable no limita la libertad, sino que la ordena y le permite desplegar todas sus posibilidades.

Vivimos, sin embargo, en una cultura marcada por la provisionalidad. Todo parece pasajero. Las personas entran y salen de nuestra vida; las promesas se hacen con facilidad y, con demasiada frecuencia, también se rompen. Da la impresión de que nada está destinado a durar.

Y, sin embargo, cabe hacerse una pregunta: ¿es verdad que nada valioso puede durar para siempre?

Muchos desean un amor definitivo, pero sienten miedo. Es comprensible. El futuro siempre encierra incertidumbre. Sin embargo, ningún proyecto importante se construye sin asumir riesgos.

Cuando comienza un matrimonio se encuentran dos personalidades distintas, dos biografías, dos maneras de educarse, dos familias y dos formas de entender la vida. Todo eso necesita ensamblarse poco a poco.

Nadie se enamora de los defectos. Al principio predominan las cualidades que atraen: la simpatía, la ternura, la belleza, la inteligencia... Es una etapa necesaria, pero insuficiente.

Después llega un segundo momento que algunos llaman «desilusión» y que quizá sería más justo denominar realismo. Entonces aparecen las limitaciones, las manías, los defectos y las diferencias. Pero si el amor es auténtico, la persona sigue siendo valiosa más allá de sus imperfecciones. Es precisamente entonces cuando llega la verdadera decisión: continuar o abandonar.

Por eso el noviazgo tiene una fecha de caducidad. Cuando dos personas ya se conocen suficientemente, deben preguntarse si desean construir una vida en común. Si ese camino no conduce a ninguna parte, termina perdiendo su sentido.

Para ello es imprescindible hablar mucho, confiar, compartir los propios valores y comprobar si aquello que resulta esencial para uno puede ser comprendido y respetado por el otro. Cuando existen principios fundamentales incompatibles, la convivencia acaba resintiéndose.

A pesar de todo, la voluntad de permanecer juntos posee una fuerza extraordinaria para construir una vida feliz. Es importante que los hijos descubran que sus padres siguen queriéndose incluso en los momentos difíciles, cuando el cansancio, las preocupaciones o las diferencias parecen imponerse. El amor no consiste en no tener problemas, sino en aprender a afrontarlos juntos.

Con demasiada frecuencia fijamos la mirada únicamente en las crisis y olvidamos la inmensa cantidad de momentos felices compartidos con la persona que amamos. Esos recuerdos son los que sostienen el camino cuando llegan los días más duros.

Tolstói vuelve a mostrárnoslo en la relación entre Kitty y Levin. Son muy diferentes, pero precisamente esas diferencias los enriquecen mutuamente. Existe entre ellos un profundo respeto, una admiración recíproca y el firme propósito de no poner nunca en peligro aquello que los une. Comprenden que el amor no es un sentimiento que permanece intacto por sí solo, sino una obra que se construye durante toda la vida.

Querer a alguien supone siempre un riesgo. Nadie puede controlar el futuro. Pero sí puede renovar cada día una decisión sencilla y profunda: «Hoy vuelvo a elegirte. Hoy quiero seguir queriéndote. Y mañana volveré a hacerlo.»

Quizá esa sea la auténtica esencia del matrimonio: no la promesa de que nunca habrá dificultades, sino la voluntad de caminar juntos, creciendo, perdonándose y amándose hasta el final.

  LUCIA SS





















5.10.25

(Maternidad) Cuando Supe Quien Eras: Con el poder del amor 1

                                   

En este escalón de la vida, en el que la palabra madre parece que ya casi no se quiere pronunciar —al menos no con el orgullo que merece—, han acudido a mi mente y a mi corazón recuerdos, emociones y, quizá también, la añoranza de la mía.

Quiero componer un canto a la maternidad; a esas madres buenas y generosas que pasaron y siguen pasando casi ocultas, silenciosas, sosteniendo el mundo sin pedir reconocimiento. A ellas les debemos mucho más de lo que alcanzamos a comprender.

No eran mujeres ignorantes ni de cortas miras. Eran, sobre todo, valientes. Poseían el coraje de las heroínas anónimas. Nada se les ponía por delante y, sin saberlo, eran auténticamente polifacéticas.

Puedo hablar de la mía. Era matrona, enfermera, modista, profesora, peluquera; cocinaba para chuparse los dedos. Era limpia y ordenada; economista, porque con muy poco dinero hacía verdaderos milagros; empresaria, cuentacuentos, consejera, psicóloga... Para nosotros, sencillamente, lo era todo.

Si alguien se atreviera a decirme que no eran nadie, que solo fueron amas de casa, esposas y madres, me gustaría sentarme frente a él y preguntarle quién puede considerarse hoy más completo.

No tuvieron másteres ni títulos universitarios. Tal vez no cursaron estudios superiores, pero se doctoraron en la universidad de la vida, donde aprendieron todas las ciencias importantes: el sacrificio, la paciencia, la ternura, el trabajo, la fortaleza y el amor incondicional.

La vida ha cambiado con enorme rapidez. ¿Para mejor? ¿Para peor? No lo sé. Es el tiempo que nos ha tocado vivir y tampoco sería justo afirmar que todo tiempo pasado fue mejor.

Sin embargo, con profundo respeto y veneración, creo que aquellas mujeres eran los verdaderos cimientos del hogar.

Los niños poseíamos pocas cosas, pero nos sentíamos inmensamente ricos. Éramos felices. No conocíamos el estrés, la prisa ni la inseguridad que hoy acompañan a tantos niños.

Ahora parecen tenerlo todo y, sin embargo, pasan gran parte del día lejos de casa, enlazando colegio, actividades y obligaciones. Al caer la tarde llegan agotados, igual que sus padres. Entonces solo queda correr: deberes, ducha, cena y cama.

Cada vez hay menos tiempo para conversar, preguntar, escuchar, compartir o simplemente estar juntos. Incluso esos escasos momentos suelen quedar ocupados por la televisión, el teléfono móvil, los videojuegos o las pantallas, que terminan robando un espacio que antes pertenecía a la familia.

Después de este preámbulo, deseo rendir homenaje y dar visibilidad a tantas madres que brillan discretamente a la sombra de sus hijos y de sus nietos, logrando mantener unida a la familia sin hacer ruido y sin esperar recompensa.

¡Qué poco conscientes somos, cuando somos jóvenes, del paso del tiempo! Nos parece que nuestros padres siempre han estado ahí y que siempre seguirán aguardándonos con los brazos abiertos, dispuestos a ayudar, a escuchar y a sostenernos.

Mientras la juventud corre mirando hacia el futuro, soñando con estudios, trabajo, deporte o proyectos de vida, el calendario continúa avanzando con paso silencioso. Días, semanas, meses y años se suceden hasta que, casi sin advertirlo, descubrimos que el tiempo ha pasado para todos.

Porque un hijo nunca deja de ser un niño para su madre.

Los caminos de la vida van dejando un poso que nos vuelve más reflexivos, más serenos y más prudentes. Maduran el cuerpo y el espíritu. Llegan nuevas etapas que debemos afrontar; unas veces como un regalo inesperado y otras con cierto temor, pero siempre como parte inevitable del camino.

Y entonces despierta, convertida en profunda añoranza, la necesidad de volver a sentir el abrigo del corazón materno.

Ese corazón capaz de engrandecer lo más pequeño; siempre dispuesto, siempre alegre, siempre acogedor.

¿Quién mejor que una madre para compartir nuestras alegrías y nuestros fracasos, nuestras heridas y nuestras esperanzas? ¿Quién mejor para escuchar sin juzgar, comprender sin condiciones y querer sin medida?

Porque, aunque la vida nos haga adultos, nunca dejamos de necesitar ese refugio donde aprendimos el verdadero significado del amor.

«También los grandes hombres se han formado en las rodillas de sus madres; todo ser humano, por tanto, tiene necesidad de una madre.»

Mientras exista un hijo que recuerde con gratitud a su madre, el amor nunca desaparecera del mundo.

                                        LUCÍA SS



12.6.25

Un Hombre Ante Mi Puerta. (Crítica Literaria)



El amor comienza donde termina el deseo de poseer.

Quiero aprovechar esta novela para continuar la reflexión iniciada en mi artículo «El poder del amor II», especialmente en relación con el noviazgo. 


Cuando entré en el blog de la revista comprobé que ya habían publicado una reseña de esta novela. Por ello decidí no repetir su contenido, sino releer la historia desde una perspectiva distinta, centrándome en una idea que atraviesa toda la obra y que considero de enorme actualidad:

Amar es el opuesto a utilizar.

La familia de Katia Greenshaw, perteneciente a la antigua nobleza y aristocracia, atraviesa una profunda crisis económica. Son tiempos en los que los títulos ya no alimentan a nadie, y el prestigio social no basta para mantener una familia. Obligada por las circunstancias, Katia comienza a trabajar como camarera en un club nocturno de los bajos fondos, ocultando su verdadera identidad.

Allí se cruza con Paúl Harris, un hombre atractivo, inteligente y despiadado. Procede de una familia humilde, pero representa a los nuevos ricos: aquellos que han aprendido que el dinero abre muchas puertas y terminan creyendo que también puede abrir los corazones.

El contraste entre ambos personajes resulta fascinante. Ella posee la nobleza de los valores; él, el poder del dinero. Ella entiende el amor como entrega; él lo confunde con la posesión. Ella vive para servir; él está acostumbrado a utilizar a quienes le rodean.

En realidad, esta diferencia sigue existiendo hoy. Muchas relaciones fracasan porque uno ama y el otro simplemente utiliza. Se busca compañía, placer, seguridad, prestigio o satisfacción personal, pero no el bien del otro.

Y ahí comienza el verdadero drama.

Paúl se enamora primero de la belleza de Katia, pero no sabe amar. Cree que aquello que desea debe pertenecerle, cueste lo que cueste. Cuando descubre quién es realmente la joven y la difícil situación de su familia, utiliza toda esa información para someterla. Recurre al chantaje, las amenazas y la manipulación. Lleva una doble vida y cambia de personalidad según le conviene. Está dispuesto a destruir el honor de Katia y de su familia con tal de conseguir que sea suya.

Su obsesión llega al extremo de comportarse con una crueldad casi sádica. Consigue incluso obligarla a contraer matrimonio, aunque solo él sabe que ese matrimonio se celebra contra la voluntad de Katia.

Pero el amor verdadero nunca nace de la violencia.

Se puede dominar un cuerpo, pero jamás un corazón.

Ella nunca se deja envilecer. Puede someter su cuerpo, pero jamás su conciencia ni su dignidad. Vive un profundo sufrimiento interior, aunque continúa sonriendo para no aumentar el dolor de los suyos. Es capaz de cargar sola con la cruz de su vida antes que perjudicar a su familia.

Precisamente esa fortaleza comienza a transformar a Paúl.

Por primera vez conoce a una mujer que no puede dominar. Descubre una personalidad que resiste todas sus canalladas y empieza a admirarla. En una ocasión llega a decirle:

«Tienes demasiada personalidad para ser mujer.»

Una frase propia de la mentalidad de la época, pero que, en el fondo, expresa la admiración de un hombre que empieza a sentirse pequeño ante la grandeza moral de aquella mujer.

Poco a poco cambia también su manera de amar.

Ya no desea únicamente poseerla.

Empieza a necesitar su estima, su respeto y, sobre todo, su correspondencia. Llega incluso a suplicarle:

«Yo te amo, a mi manera, si quieres. Pero te amo, de eso estoy bien seguro.»

Todavía ama de forma imperfecta, pero comienza a comprender que el amor no se impone.

Uno de los momentos más hermosos de la novela sucede cuando Paúl recuerda la pequeña casa donde obligaba a Katia a encontrarse con él una hora cada semana. Ella la considera el lugar de su mayor humillación; él, sin embargo, acaba descubriendo que allí empezó su verdadera transformación.

Le confiesa:

«Fue allí donde aprendí a conocer y comprender a una mujer honesta. Yo nunca había tratado con mujeres verdaderamente honradas. Para mí la vida era solo una diversión. Allí nació el deseo de tener una esposa... una esposa como tú. No soy un sádico ni un sexópata, porque ya no deseo solamente tu cuerpo. Deseo tu alma.»

Aquí se encuentra el corazón de toda la novela.

No cambia Katia.

Cambia Paúl.

Y cambia porque, por primera vez, deja de mirar a una mujer como un objeto de deseo y empieza a contemplarla como una persona.

El amor comienza donde termina el deseo de poseer.

Mientras quiso hacerla suya, únicamente la utilizó.

Cuando comenzó a descubrir su dignidad, empezó a amarla.

Y entonces sucede la gran paradoja: precisamente cuando deja de intentar conquistarla por la fuerza, comienza a conquistar su corazón.

Aunque el recuerdo del sufrimiento sigue vivo y el rechazo interior continúa siendo enorme, por primera vez Katia se siente desarmada. Comprende que aquel hombre está dejando morir al egoísta que había sido para convertirse en alguien capaz de amar.

Nunca consiguió envilecerla.

Precisamente por eso terminó enamorándose de ella.

La doble personalidad que durante años había utilizado para manipular a los demás comienza a desaparecer. Descubre que el poder no consiste en dominar, sino en servir; que la grandeza no está en poseer, sino en entregarse.

Su arrepentimiento queda resumido en una de las frases más bellas de la novela:

«Toda la vida de rodillas ante ti no pagaría el bien que me haces, ni redimiría el daño que yo te hice.»

Y la respuesta de Katia es aún más grande.

Simplemente le dice:

«No lo recuerdes.»

Con esas tres palabras no está justificando el mal recibido ni olvidando el sufrimiento padecido. Está haciendo algo mucho más difícil: está regalando el perdón.

Es el comienzo de una nueva relación basada ya no en el miedo, sino en el amor.

Como prueba de ello, le propone volver una noche al mes a aquella pequeña casa que había sido escenario de su dolor, para convertirla ahora en el lugar de sus recuerdos más felices.

Toda esta historia encierra una enseñanza profundamente humana que debería hacernos reflexionar, especialmente a quienes entendemos el noviazgo como preparación para un amor definitivo.

Hoy se habla mucho de enamorarse, pero poco de aprender a amar.

Con frecuencia confundimos el amor con la emoción, la atracción física o la satisfacción personal. Sin darnos cuenta, podemos convertir a la otra persona en un instrumento para nuestra felicidad, en lugar de reconocerla como un fin en sí misma.

Cuando esto sucede, dejamos de amar y comenzamos a utilizar.

Por eso esta novela transmite una verdad que va mucho más allá de sus protagonistas:

El amor es reconocer la dignidad del otro, no convertirlo en un objeto de nuestros deseos.

Quien ama de verdad nunca manipula, nunca chantajea, nunca domina ni humilla.

El verdadero amor busca el bien del otro, incluso cuando exige sacrificio.

Solo quien aprende a amar así descubre la libertad interior y hace libre también a la persona amada.

Porque el amor auténtico nunca utiliza.

El amor auténtico libera.

Y cuando uno se enamora de verdad, ya no necesita poseer al otro; solo desea hacerlo feliz.


ENAMORATE Y NO LA/LO  DEJARAS

Enamórate... y nunca utilizarás a la persona que amas.


     Lucia SS

3.10.23

El Valor Oculto Del Amor





Hay mucha gente buena en el mundo, más de la que podemos imaginar. A diario se cruza en nuestro camino, pasando inadvertida, pero sus vidas son fecundas: generan bien, entregan amor y, la mayoría de las veces, la sonrisa y el buen humor son sus señas de identidad.

Podrían compararse al aire limpio, a la hierba fresca o a esas pequeñas plantas de tallo tierno que, en silencio, cubren grandes superficies.

El tiempo corre veloz.

Sin embargo, me gustaría recordar la conmoción que causó la noticia del accidente sufrido por un grupo de jóvenes que, recién terminado el curso, decidieron dar lo mejor de sí mismas en un proyecto solidario en Costa de Marfil.

Mientras amigos y compañeros preparaban sus hamacas y chancletas para pasar el verano tumbados al sol, treinta jóvenes estudiantes emprendían un viaje de cuatro mil kilómetros para dirigirse a una zona del África occidental, lejos de la comodidad de sus hogares, donde realizarían labores de voluntariado y solidaridad.

Allí las esperaban con los brazos abiertos para recibir apoyo en su formación y ayuda en tareas sanitarias y educativas; todo ello impregnado del cariño, la generosidad y esa alegría desbordante propia de los corazones jóvenes.

Pero el destino quiso otra cosa.

Un fortuito accidente frustró aquellos magnánimos deseos. La noticia saltó rápidamente a los informativos y, a través de la prensa, se conoció todo lo que, durante años, habían realizado desde este proyecto de apoyo a África.

De no haber ocurrido el lamentable suceso, su labor habría permanecido ignorada y oculta para la mayor parte del mundo.

Estas jóvenes, como la hierba fresca que crece callada, llevaban con su presencia, su trabajo y su buen hacer una ráfaga de esperanza y cercanía a los más necesitados.

No se sentían heroínas ni titanes, porque cuando es el amor el que impulsa a hacer las cosas no hay medida ni cálculos mezquinos.


Así vivía Teresa Cardona, la única fallecida en el accidente, una de las responsables e impulsoras de este gran proyecto social en África. Mujer de sonrisa abierta y corazón generoso, había hecho de esa entrega una forma cotidiana de vivir. Era profesora de un colegio de Barcelona.

A veces juzgamos demasiado deprisa.

Nos parece que los tiempos están revueltos, que la juventud anda confundida, desorientada y sin ideales. Sin embargo, esas afirmaciones no hacen justicia a la valentía y a la generosidad que siguen demostrando tantos jóvenes de hoy.

Además, la experiencia enseña que, por poco que demos y ayudemos, siempre recibimos mucho más: lecciones de gratitud, de alegría, de fortaleza y de generosidad. Casi podría decirse, con un punto de egoísmo, que recibimos multiplicado cada pequeño gesto de lo que ofrecemos.

Pasa el tiempo, surgen otras noticias y nuestra atención se dispersa entre la avalancha de información que cada día nos llega.

Pero, mientras tanto, el bien continúa abriéndose camino en silencio, sin hacer ruido, como esas pequeñas plantas que crecen sin que nadie repare en ellas y, poco a poco, cubren la tierra de vida.

Y es entonces cuando volvemos a descubrir que la verdadera felicidad, la que llena de sentido la vida, nace cuando vivimos con el corazón abierto a los demás.

la felicidad que llena la vida, se encuentra cuando se vive en disposición de continua apertura a los demás.

      Lucia SS











16.8.23

Homenaje A Las Abuelas: El Poder Del Amor 3

 Llevo poco tiempo colaborando en la revista del barrio donde vivo y, desde que descubrí el enorme trabajo que hay detrás de cada número, todavía me hace más ilusión sentarme a escribir.

Antes de comenzar, permitidme un pequeño inciso. Espero que los abuelos no se molesten. Hoy este artículo está dedicado a las abuelas. No porque quiera excluirlos, sino porque sería imposible escribir continuamente "abuelos y abuelas". Ellos también merecen un reconocimiento, pero hoy el protagonismo es para ellas.

Me gustaría hacer una mención muy especial a tantas mujeres de mi pueblo: algunas mayores que yo, otras compañeras de mi infancia y juventud, con las que compartí juegos, calles y recuerdos. Hoy, la inmensa mayoría tiene algo en común: son abuelas. ¡Y qué abuelas!

Cuando mi hermana Nati me envió una fotografía de varias de ellas, me pareció tan bonita y tan representativa que enseguida despertó en mí el deseo de escribir este pequeño homenaje.

¿Quiénes son esas abuelas?

Son esas mujeres que dejan una huella imborrable en el corazón de sus nietos. Son un refugio seguro, un segundo hogar donde siempre encontramos comprensión, ternura y amor incondicional. Son esos abrazos largos que parecen curarlo todo, la mirada que transmite calma y el corazón que nunca juzga.

En ellas encontramos el espejo donde aprender a mirarnos, el hombro donde descansar las lágrimas, el silencio que sabe escuchar nuestros secretos y la paciencia infinita para interesarse por nuestras pequeñas historias, como si fueran las más importantes del mundo.

Las abuelas guardan la esencia de los momentos que nunca podrán reemplazarse: los cuentos contados al calor de su regazo, los valores aprendidos sin necesidad de grandes discursos, las primeras oraciones antes de dormir mientras velaban nuestros sueños y ese cariño que solo ellas saben regalar.

Siempre aciertan con los pequeños detalles, porque conocen el verdadero valor del tiempo dedicado y del amor entregado sin esperar nada a cambio. Sus brazos recomponen el alma, sus manos alivian las heridas de las rodillas cuando somos niños y también esas otras heridas invisibles que la vida va dejando en el corazón.

Las abuelas de hoy son jóvenes de espíritu, llenas de energía, con proyectos e ilusiones. Son mujeres luchadoras que han construido su vida con esfuerzo. La vida les ha dado muchas alegrías, pero pocas cosas les han sido regaladas.

Y, aunque ya hayan criado a sus hijos, siguen siendo imprescindibles para ellos. En una sociedad donde conciliar el trabajo y la familia parece un rompecabezas imposible, ellas continúan colocando muchas de las piezas en su lugar. Gracias a su ayuda, miles de familias pueden salir adelante cada día.

Por eso las abuelas —y también los abuelos— se han convertido en figuras esenciales en la sociedad del siglo XXI. Son el apoyo silencioso que sostiene muchos hogares sin pedir nunca reconocimiento.

Son mujeres generosas, capaces de permanecer despiertas para que otros puedan dormir tranquilos. Saben aplazar sus propios planes para cuidar de quienes más quieren. Nunca dejan de soñar, pero muchas veces ponen sus sueños en segundo plano para ayudar a cumplir los de los demás.

Son abuelas modernas, activas, cultivadas, curiosas y abiertas al mundo. Sin embargo, conservan intacta una escala de valores firme, esa que les sirve de brújula para enseñar, muchas veces sin palabras, lo verdaderamente importante.

Mención a la abuela

Un jardín de amor crece siempre en el corazón de una abuela.

Una abuela es esa niñera que prefiere contemplar a sus nietos antes que la televisión.

Su voz permanece en nuestros oídos, sus caricias siguen acariciando nuestro rostro y sus besos continúan descansando en nuestra memoria.

Ha sido muy fácil quererlas, pero resulta muy difícil aprender a vivir sin ellas.

Son ellas quienes enseñan desde la experiencia, incluso desde los errores que un día cometieron.

Las que estuvieron presentes en nuestros primeros pasos y en nuestras primeras palabras. Las que nos enseñaron a escribir "abuela" antes incluso de comprender todo lo que esa palabra significaría para nosotros.

Las que nos dejaban meter las manos en la masa —eso sí, bien limpias— mientras preparaban un bizcocho. Las que nos enseñaron a reconocer las flores del campo, a cuidar un pequeño caracol o a descubrir que la felicidad se escondía en las cosas más sencillas.

Ellas se convierten en amigas, maestras, confidentes y compañeras de aventuras.

Nos escuchan con verdadera atención, nos cuentan cómo era su infancia y después preguntan con la misma ilusión por la nuestra.

Y no importa el camino que elijamos. Da igual si estudiamos lejos o cerca, si la vida nos lleva a otra ciudad o incluso a otro país. Ellas seguirán esperándonos con la misma sonrisa, con la mesa preparada y el corazón abierto de par en par.

Porque las abuelas nunca dejan de ser hogar.

Con el paso de los años quizá olvidemos muchos momentos de nuestra infancia, pero jamás olvidaremos el olor de su cocina, el calor de sus abrazos, la ternura de sus manos sujetando las nuestras o esa forma tan especial que tenían de hacernos sentir únicos.

Dicen que Dios no podía estar en todas partes y por eso creó a las madres. Yo añadiría que, cuando una madre se convierte en abuela, el amor encuentra una nueva manera de hacerse presente.

Las abuelas son la memoria viva de la familia. Son el puente entre el pasado y el futuro; las guardianas de nuestras raíces, las que conservan las historias que nadie escribió y las transmiten de generación en generación. En un mundo que corre deprisa, ellas nos recuerdan que lo verdaderamente importante siempre necesita tiempo: escuchar, acompañar, cuidar, esperar y amar.

Quizá nunca lleguemos a agradecerles todo lo que han hecho por nosotros. Nunca llevarán una capa de superheroína ni recibirán grandes homenajes. Su recompensa siempre ha sido mucho más sencilla: una llamada inesperada, un beso, un dibujo hecho por un nieto, una visita de domingo o unas pequeñas manos buscándolas para sentirse seguras.

Hoy quiero rendir homenaje a todas esas mujeres extraordinarias que, sin hacer ruido, sostienen familias enteras con su entrega silenciosa.

A vosotras, abuelas, que habéis convertido el sacrificio en ternura, el esfuerzo en ejemplo y el amor en vuestra forma de vivir.

Gracias por cada abrazo, por cada consejo, por cada renuncia que nunca contasteis y por cada sonrisa que regalasteis incluso cuando estabais cansadas.

Ojalá nunca olvidemos que, mientras exista una abuela, siempre habrá un lugar donde regresar.

Porque las abuelas no solo dejan recuerdos.

Dejan raíces.

Y quien tiene raíces tan profundas, nunca deja de florecer.

Con todo mi cariño y admiración para todas las abuelas, las de ayer, las de hoy y las que un día lo serán. Porque el mundo siempre será un lugar mejor mientras exista una de ellas.

                                   Lucía Sanz




31.7.23

Los abuelos

                                  Los Abuelos: Con el poder del amor 5



Vivimos en una sociedad que corre deprisa. Todo parece medirse por la productividad, la rapidez y la utilidad inmediata. Sin embargo, existen personas que nos recuerdan que lo verdaderamente importante no suele tener prisa. Los abuelos son una de esas presencias silenciosas que sostienen la vida familiar sin hacer ruido.

En muchas ocasiones pensamos en ellos como quienes cuidan de los nietos cuando los padres trabajan. Y es cierto que hoy desempeñan un papel imprescindible para muchas familias. Pero reducir su misión a esa ayuda cotidiana sería olvidar la riqueza inmensa que representan.

Los abuelos son memoria viva. Son las raíces que mantienen firme el árbol familiar. Gracias a ellos conocemos nuestras historias, comprendemos de dónde venimos y aprendemos valores que ningún libro puede enseñar con la misma profundidad.

Cada arruga de un abuelo habla de luchas, sacrificios, alegrías y esperanzas. Han vivido tiempos diferentes, han superado dificultades que hoy apenas imaginamos y, sin proponérselo, transmiten una sabiduría que solo concede el paso de los años.

Mucho más que cuidadores

Cuando un abuelo juega con un nieto, no solo comparte un rato de diversión. Está construyendo recuerdos que permanecerán toda la vida.

Cuando escucha con paciencia, transmite seguridad.

Cuando cuenta una historia familiar, fortalece la identidad del niño.

Cuando abraza sin prisas, enseña que el amor no necesita palabras grandilocuentes.

Los estudios destacan numerosos beneficios psicológicos y emocionales de esta relación, tanto para los nietos como para los propios abuelos. Sin embargo, quienes hemos disfrutado del cariño de nuestros mayores sabemos que no hacen falta investigaciones para comprenderlo. Basta recordar una tarde junto a ellos para descubrir el inmenso tesoro que representan.

Cada abuelo tiene un modo único de amar

No existen dos abuelos iguales.

Los hay divertidos, capaces de convertir cualquier tarde en una aventura.

Otros son prudentes y serenos, ofreciendo siempre el consejo oportuno.

Algunos destacan por su ternura; otros por su firmeza.

Pero todos, cada uno a su manera, dejan una huella imborrable.

No necesitan ser perfectos. Solo necesitan estar presentes.

También ellos necesitan ser cuidados

Con frecuencia olvidamos que quienes un día cuidaron de nosotros también llegan a una etapa en la que necesitan compañía, comprensión y cariño.

Muchos abuelos entregan su tiempo sin reservas. Recogen a los nietos del colegio, ayudan con los deberes, preparan comidas, acompañan a actividades y están siempre disponibles.

Su generosidad merece nuestro agradecimiento, pero también nuestro respeto.

No debemos convertir su amor en una obligación permanente.

Los padres siguen siendo los principales responsables de la educación de sus hijos. Los abuelos colaboran, enriquecen y acompañan, pero nunca deben verse sobrecargados hasta el punto de perder su propia tranquilidad o poner en riesgo su salud.

El legado más valioso

Vivimos preocupados por dejar bienes materiales a quienes amamos.

Sin embargo, el mayor legado que puede dejar un abuelo no cabe en una herencia.

Es el ejemplo.

Es la fe.

Es la honradez.

Es la capacidad de perdonar.

Es la fortaleza ante las dificultades.

Es la serenidad que nace de haber aprendido que casi todo acaba encontrando su lugar.

Los nietos quizá olviden muchos regalos, pero jamás olvidarán cómo les hicieron sentir sus abuelos.

Una invitación

Si todavía tienes la inmensa fortuna de contar con tus abuelos, visítalos.

Escúchalos.

Pregúntales por su infancia.

Déjales hablar.

Abrázalos.

Y diles cuánto los quieres.

Quizá algún día descubras que aquellas conversaciones aparentemente sencillas fueron algunas de las lecciones más importantes de tu vida.

Porque los abuelos no solo transmiten recuerdos.

Transmiten identidad.

Nos recuerdan quiénes somos.

Y nos enseñan, sin apenas darse cuenta, que el verdadero amor siempre deja huella.

 

  Lucia SS

 



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  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...