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31.12.17

La Dignidad

        

EL GRAN DESAFÍO DE NUESTRO TIEMPO

La dignidad puede contemplarse desde muchos ámbitos, pero deseo detenerme en tres que considero esenciales:

  • La persona.

  • La política.

  • Nuestro planeta.

La dignidad de la persona

La persona posee dignidad por el simple hecho de existir. No depende de su origen, de su cultura, de su religión, de su riqueza o de su condición social. Es un valor inherente que permanece en todas las etapas de la vida.

Sin embargo, quizás hoy existan más formas de esclavitud que nunca. Muchas de ellas nacen del mal uso del conocimiento científico y tecnológico; otras, de abusos que ignoran la dignidad individual y colectiva del ser humano.

La historia está llena de atropellos contra esa dignidad. Uno de los ejemplos más estremecedores fueron los campos de concentración nazis, donde la degradación humana alcanzó límites inimaginables. Allí las personas dejaban incluso de tener nombre para convertirse en un número. Sabemos también cómo avanzó la medicina alemana durante aquella época mediante experimentos realizados sobre seres humanos convertidos en auténticas cobayas al servicio de la ciencia.

¿Puede decirse que el fin justifica los medios? Mi respuesta es clara: nunca.

También pienso en la dignidad del niño, que no depende de su tamaño ni de su grado de desarrollo. Hoy la ciencia conoce mucho mejor el inicio de la vida humana y afirma que, desde la concepción, existe un nuevo ser con una identidad genética propia y diferente de la de su madre. Aun así, millones de vidas inocentes se pierden cada año. Es una realidad que invita a una profunda reflexión.

La dignidad en la política

Sin entrar en grandes profundidades, me pregunto: ¿cuántos políticos ejercen verdaderamente con dignidad?

No me considero una persona politizada, pero eso no significa ser indiferente. Observo la realidad de mi país y pienso que, con el gran número de personas dedicadas al gobierno, bastaría con que una parte importante desempeñara su cargo con verdadera honestidad y vocación de servicio para cambiar el rumbo de muchas cosas.

No es digno vivir del pueblo, sino vivir para el pueblo. Tampoco lo es recurrir al populismo, prometiendo aquello que la gente desea escuchar sin la verdadera intención de cumplirlo.

A quienes gobiernan debería exigírseles, al menos, la misma profesionalidad que se exige a cualquier ciudadano en su trabajo. Incluso más. Sería deseable que los responsables públicos fueran auténticos especialistas en las materias que gestionan: los mejores, no los más populares.

La dignidad de nuestro planeta

La Tierra pertenece a todos. Durante demasiado tiempo hemos vivido creyéndonos sus propietarios y dominadores, cuando en realidad somos parte de ella.

Extraemos sin descanso los recursos de sus entrañas, agotándolos; fabricamos productos de usar y tirar que terminan convertidos en residuos imposibles de eliminar. Hemos olvidado que nosotros mismos somos polvo de la tierra: nuestros cuerpos están formados por sus elementos, respiramos su aire y recibimos la vida gracias a sus aguas.

San Francisco de Asís, patrono de los ecologistas, expresó esta realidad con una belleza extraordinaria en su Cántico de las criaturas. Allí alaba a Dios por toda la creación y nos recuerda que la Tierra es nuestra casa común, una hermana con la que compartimos la existencia y una madre hermosa que abre sus brazos para acogernos.

Me gusta imaginar esa madre buena que ama por igual a todos sus hijos y que ofrece recursos suficientes para que cada persona pueda tener techo, trabajo y tierra. Somos nosotros quienes administramos mal esa riqueza y provocamos enormes desigualdades.

Como ejemplo, pienso en los incendios que han devastado grandes extensiones de la selva amazónica, uno de los principales pulmones del planeta. Detrás de muchos de ellos se esconden intereses económicos que buscan convertir esos bosques en terrenos de cultivo o explotación. Dinero, dinero... ¿Y qué ocurre con la flora, la fauna o la pureza del aire que respiramos?

Existe un dicho popular que encierra una gran verdad:

"Dios perdona siempre; los hombres, algunas veces; la naturaleza, nunca."

Quizá haya llegado el momento de comprender que la dignidad no solo pertenece a cada ser humano, sino también al mundo que habitamos. Cuidar de las personas, ejercer la política con honestidad y proteger nuestra casa común son tres responsabilidades inseparables. De ellas depende el futuro de las próximas generaciones y, en buena medida, nuestra propia humanidad.

                                                                             Lucía S.



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