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15.3.25

Ahora Quien Drige Mi Clic: Educacion


La trepidante velocidad de la vida nos lleva a considerar como antiguas vivencias que apenas pertenecen a unas décadas atrás.

Hubo un tiempo en que se educaba también a pie de calle. Cualquier persona mayor era, para los niños de entonces, una autoridad a la que se respetaba y de la que siempre podía aprenderse algo. No era extraño que corrigiera una falta de educación o advirtiera de un peligro presente o futuro. Eran habituales las indicaciones sobre las palabras adecuadas, las correcciones en los modales, en la forma de hablar, en la educación y en la cortesía.

El otro día vi a un bebé con un teléfono móvil casi más grande que él. Lo manejaba con una sorprendente destreza, deslizando su pequeño dedo sobre la pantalla. Aquella imagen me hizo recordar una de las lecciones que más veces escuchábamos de pequeños: no señalar a nadie con el dedo.

—¡Ese dedo! ¡Que no se señala a nadie!— se oía decir una y otra vez.

Como las gotas de agua que, con paciencia, van dejando un surco en la roca, aquellas normas de educación y de buenas maneras fueron cincelando, con naturalidad y firmeza, nuestra forma de vivir y de relacionarnos con los demás.

En uno de esos gigantescos pasos que ha dado la humanidad llegamos a la era de la tecnología. Florecieron las redes sociales y, con un simple clic, podemos trasladarnos a las antípodas o recorrer el universo entero sin mover más que un dedo.

Y entonces surge la pregunta: ¿quién corrige hoy ese dedo que, desde el anonimato, puede señalar, criticar, difamar o falsear la verdad?

¿Fueron mejores los tiempos pasados? Sobre eso habría mucho que debatir. La realidad es que, con cada invento o descubrimiento, la humanidad avanza a vaivenes, oscilando siempre entre el bien y el mal.

Desde los moradores de las cuevas de Altamira hasta los habitantes de las grandes ciudades, el ser humano posee una dignidad merecedora de respeto. Ni lo moderno es bueno por definición, ni lo antiguo malo por el mero hecho de haber quedado atrás.

Nuestros abuelos aprendieron a leer y escribir con el Catón. Entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, muchos estudiantes recibieron su formación con la Enciclopedia Álvarez, que reunía materias como Historia de España, Historia Sagrada, Lengua Española, Aritmética, Geometría, Geografía, Ciencias Naturales, Formación Familiar y Social, Higiene o Formación Político-Social.

Con la EGB llegaron las fichas de trabajo y el aprendizaje en equipo. Hoy nos enfrentamos al reto de la digitalización. En muchas aulas ya es imprescindible un ordenador o una tableta para estudiar, hacer los deberes o incluso realizar un examen. Y esta transformación no ha hecho más que empezar.

Sea como fuere, en cualquier época siempre han sido necesarias la valentía y la honestidad para decir la verdad, actuar con transparencia y obrar con rectitud. Ser íntegros y comportarnos éticamente es algo que trasciende al tiempo y al progreso científico. Es una herencia moral que reclama siempre su lugar.

Y vuelvo al motivo que me impulsó a escribir este artículo. ¿Quién enseña hoy a niños y adolescentes dónde deben poner el clic?

Y no solo dónde ponerlo, sino también cuándo no hacerlo. ¿Cuántas veces reenviamos una noticia sin haberla leído por completo, sin contrastarla con otras fuentes y sin pensar en las consecuencias que puede tener para la fama, la honra o la vida de otras personas?

La tecnología es una herramienta extraordinaria. Sería deseable que aprendiéramos no solo a disfrutar de sus enormes posibilidades, sino también a utilizarla con responsabilidad. Porque el mal uso de estas herramientas puede perjudicar a otros... y también a nosotros mismos. Nadie está completamente a salvo de caer en ello.

Quizá, antes de cada clic, convendría recordar aquella sencilla enseñanza que tantas veces escuchamos en nuestra infancia: no hagas a los demás lo que no quisieras que hicieran contigo.

Para terminar, traigo a colación unas palabras atribuidas al gran matemático árabe Al-Juarismi (Al-Khwarizmi):

«Le preguntaron cuál era el valor del ser humano y respondió:

Si tiene ética, su valor es igual a 1.

Si además es inteligente, agréguele un cero y su valor será 10.

Si también es rico, súmele otro cero y será 100.

Si, por encima de todo eso, además es una buena persona, añádale otro cero y su valor será 

1.000.

Pero si pierde el 1, que representa la ética, perderá todo su valor, porque solo le quedarán los ceros.»

Porque, antes del clic, siempre debería estar la conciencia.

                                                                                                      Lucía Sanz


3.3.25

Lectura IV.

                                                                             

                                                                            

 Queridos lectores:                                      
Tengo que confesaros que este tema me está sorprendiendo. Pensé que con el artículo anterior había dicho casi todo lo que tenía que decir sobre la lectura. Sin embargo, cuanto más reflexiono sobre ella, más consciente soy de su enorme importancia. Es como un libro inagotable: cada vez que vuelves a abrirlo descubres algo nuevo.

Hay una preocupación que no consigo apartar de mi pensamiento. Muchos niños quizá nunca lleguen a descubrir el mundo maravilloso que se esconde detrás de las páginas de un libro. Y no porque no puedan hacerlo, sino porque nadie les ha enseñado el camino.

No culpo a los padres. Muchos de ellos tampoco llegaron a enamorarse de la lectura. En el colegio leyeron los libros obligatorios, algunos con gusto y otros por obligación, pero nunca adquirieron ese hábito que convierte la lectura en una necesidad. Después llegaron la televisión, los videojuegos, las tabletas... Todo es más inmediato, más fácil y exige mucho menos esfuerzo que abrir un libro.

Sin embargo, el amor por la lectura no nace cuando un niño aprende a juntar letras. Empieza mucho antes.

Comienza cuando alguien le sienta en sus rodillas para contarle un cuento. Cuando señala un dibujo y pronuncia despacio su nombre. Cuando convierte unas simples ilustraciones en una aventura. Más tarde llegan las sílabas, las palabras, las frases... Hasta que un día, casi sin darse cuenta, el niño descubre que ya sabe leer.

Pero aprender a leer no significa todavía convertirse en lector.

Ahí comienza el verdadero trabajo de quienes saben despertar la curiosidad y sembrar el amor por los libros. Y esa tarea es un auténtico arte.

Hace unos días viví una escena que me emocionó profundamente.

Viajaba en el metro. Frente a mí se sentó un padre con un niño de unos tres años. Cada uno ocupaba su asiento. El padre era muy alto y tenía que inclinarse continuamente para escuchar a su hijo; después estiraba el cuello con un gesto que delataba el esfuerzo.

El pequeño llevaba un cuento entre las manos. Era uno de esos libros con grandes ilustraciones y muy pocas palabras.

Pasaba las páginas con impaciencia hasta que encontraba un pequeño texto. Entonces sujetaba con sus dos manitas el rostro de su padre y lo dirigía hacia las letras para que se las leyera.

El padre obedecía una y otra vez.

Pero quien tenía el mejor asiento era yo.

Yo podía contemplar la cara del niño mientras escuchaba.

Nunca olvidaré aquella expresión.

Sus ojos se abrían como si acabara de descubrir un universo entero. Después permanecía largo rato observando el dibujo, completamente absorto. Tal vez solo aparecía una planta, unos animales o un paisaje cualquiera. Sin embargo, para él aquello era mucho más. Estaba construyendo una historia que únicamente existía dentro de su imaginación.

¡Cuánto habría dado por saber qué estaba viendo!

Aquella escena se repitió varias veces.

Confieso que estuve a punto de decirle al padre:

—No deje nunca de hacer esto con su hijo. Quizá algún día él no recuerde este viaje en metro, pero toda la vida llevará dentro el amor que usted está sembrando ahora.

Entonces pensé en la televisión.

Las imágenes aparecen y desaparecen con tanta rapidez que apenas dejan espacio para imaginar. Todo está hecho. Todo está explicado. No hay nada que completar.

En cambio, un libro obliga al niño a participar. Le invita a inventar los colores de un paisaje, el rostro de un personaje o el sonido de una tormenta. Su imaginación trabaja sin descanso.

Por eso me gusta ver a un niño convertir un palo en un caballo, en una espada o en una pértiga; esconder una piedra bajo la tierra y llamarla tesoro; inventar castillos donde los mayores solo vemos cuatro ramas. Esa capacidad de crear es uno de los mayores regalos de la infancia.

En el artículo anterior hablaba de cómo elijo mis lecturas. Tampoco ahora me dejo impresionar por las listas de los libros más vendidos. A veces he encontrado auténticas joyas escritas por personas desconocidas, autores que jamás alcanzaron fama, pero que tenían algo verdadero que contar.

Hace poco tuve que recomendar libros a dos de mis sobrinos, de siete y trece años.

No fue una tarea fácil.

Uno recurre inevitablemente a la memoria y recuerda aquellos libros que dejaron una huella imborrable. Después intenta averiguar qué le gusta a cada niño, qué aventuras le atraen, qué temas despiertan su curiosidad. Solo entonces puede aconsejar un libro.

Y si ese no le entusiasma, se busca otro.

Cada lector tiene su libro esperando.

Estos dos niños poseen una costumbre que me llena de esperanza: nunca se acuestan sin dedicar entre un cuarto de hora y media hora a la lectura. Gracias a ello ya han recorrido un largo camino como lectores.

Creo que los primeros libros deberían ayudar también a formar el corazón.

Cuentos, relatos y novelas donde aparezcan el bien y el mal, el sacrificio, la amistad, la generosidad, el valor o la justicia. Historias que hagan pensar, admirarse y preguntarse qué haríamos nosotros en el lugar de los protagonistas.

Sin darse cuenta, el niño va amueblando su interior.

Y aquí no puedo callarme.

Me rebelo contra esa costumbre de ofrecer a los niños una avalancha de dibujos violentos, estridentes y frenéticos. Personajes irreales que viven en un permanente estado de agresividad.

Después nos sorprende que prefieran los videojuegos o que necesiten cada vez más estímulos para entretenerse.

¿Cómo van a disfrutar de la sencillez si hemos acostumbrado sus ojos al exceso?

Todas las especies alimentan a sus crías según sus necesidades.

¿Por qué nosotros prestamos tanta atención a alimentar el cuerpo y tan poca a alimentar la sensibilidad?

Los dispositivos electrónicos pueden llegar a crear una auténtica dependencia. Más tarde aparecen el insomnio, la hiperactividad o la dificultad para concentrarse, y buscamos remedios cuando quizá el problema comenzó mucho antes.

Siempre he pensado que el mal no se vence añadiendo más mal, sino inundando la vida de bien.

Después de miles de libros leídos, sigo sintiendo la misma emoción al abrir uno nuevo. Me apasionan especialmente las novelas históricas y las que me acercan a otras culturas, porque permiten comprender otras formas de pensar y de vivir.

Podría citar muchos títulos, pero solo mencionaré algunos que siguen vivos en mi memoria:

Un saco de canicas, Matar a un ruiseñor, Cisnes salvajes, El esbirro, El diario de Ana Frank, Vientos del Este, vientos del Oeste, Mi familia y otros animales, Velando en la noche, Buena suerte, La llave de Sara, El secreto de mi madre, La estepa infinita, La sombra del olivar, La rosa de medianoche, No sin mi hija y El precio a pagar.

He querido recordar libros publicados hace ya muchos años porque temo que algunos permanezcan olvidados en las estanterías de las bibliotecas, cuando todavía tienen mucho que ofrecer.

Y termino con una costumbre personal que quizá pueda servir a otros lectores.

Me gusta tener varios libros empezados al mismo tiempo. Hay días para una novela, otros para un ensayo y otros para una lectura ligera. El estado de ánimo también necesita su propio libro.

La alfabetización nos enseña a leer las palabras.

La lectura, en cambio, enseña a leer la vida.

Porque leer pone en marcha la imaginación, la memoria, la emoción, la inteligencia, la reflexión y la intuición. Por eso quien no lee mantiene una parte de su mundo interior sin desarrollar.

Y quiero despedirme con unas palabras de Miguel de Unamuno que resumen mejor que nadie todo cuanto he intentado expresar:

«Leer, leer, leer; vivir la vida que otros soñaron.»

          LUCIA SS

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