La trepidante velocidad de la vida nos lleva a considerar como antiguas vivencias que apenas pertenecen a unas décadas atrás.
Hubo un tiempo en que se educaba también a pie de calle. Cualquier persona mayor era, para los niños de entonces, una autoridad a la que se respetaba y de la que siempre podía aprenderse algo. No era extraño que corrigiera una falta de educación o advirtiera de un peligro presente o futuro. Eran habituales las indicaciones sobre las palabras adecuadas, las correcciones en los modales, en la forma de hablar, en la educación y en la cortesía.
El otro día vi a un bebé con un teléfono móvil casi más grande que él. Lo manejaba con una sorprendente destreza, deslizando su pequeño dedo sobre la pantalla. Aquella imagen me hizo recordar una de las lecciones que más veces escuchábamos de pequeños: no señalar a nadie con el dedo.
—¡Ese dedo! ¡Que no se señala a nadie!— se oía decir una y otra vez.
Como las gotas de agua que, con paciencia, van dejando un surco en la roca, aquellas normas de educación y de buenas maneras fueron cincelando, con naturalidad y firmeza, nuestra forma de vivir y de relacionarnos con los demás.
En uno de esos gigantescos pasos que ha dado la humanidad llegamos a la era de la tecnología. Florecieron las redes sociales y, con un simple clic, podemos trasladarnos a las antípodas o recorrer el universo entero sin mover más que un dedo.
Y entonces surge la pregunta: ¿quién corrige hoy ese dedo que, desde el anonimato, puede señalar, criticar, difamar o falsear la verdad?
¿Fueron mejores los tiempos pasados? Sobre eso habría mucho que debatir. La realidad es que, con cada invento o descubrimiento, la humanidad avanza a vaivenes, oscilando siempre entre el bien y el mal.
Desde los moradores de las cuevas de Altamira hasta los habitantes de las grandes ciudades, el ser humano posee una dignidad merecedora de respeto. Ni lo moderno es bueno por definición, ni lo antiguo malo por el mero hecho de haber quedado atrás.
Nuestros abuelos aprendieron a leer y escribir con el Catón. Entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, muchos estudiantes recibieron su formación con la Enciclopedia Álvarez, que reunía materias como Historia de España, Historia Sagrada, Lengua Española, Aritmética, Geometría, Geografía, Ciencias Naturales, Formación Familiar y Social, Higiene o Formación Político-Social.
Con la EGB llegaron las fichas de trabajo y el aprendizaje en equipo. Hoy nos enfrentamos al reto de la digitalización. En muchas aulas ya es imprescindible un ordenador o una tableta para estudiar, hacer los deberes o incluso realizar un examen. Y esta transformación no ha hecho más que empezar.
Sea como fuere, en cualquier época siempre han sido necesarias la valentía y la honestidad para decir la verdad, actuar con transparencia y obrar con rectitud. Ser íntegros y comportarnos éticamente es algo que trasciende al tiempo y al progreso científico. Es una herencia moral que reclama siempre su lugar.
Y vuelvo al motivo que me impulsó a escribir este artículo. ¿Quién enseña hoy a niños y adolescentes dónde deben poner el clic?
Y no solo dónde ponerlo, sino también cuándo no hacerlo. ¿Cuántas veces reenviamos una noticia sin haberla leído por completo, sin contrastarla con otras fuentes y sin pensar en las consecuencias que puede tener para la fama, la honra o la vida de otras personas?
La tecnología es una herramienta extraordinaria. Sería deseable que aprendiéramos no solo a disfrutar de sus enormes posibilidades, sino también a utilizarla con responsabilidad. Porque el mal uso de estas herramientas puede perjudicar a otros... y también a nosotros mismos. Nadie está completamente a salvo de caer en ello.
Quizá, antes de cada clic, convendría recordar aquella sencilla enseñanza que tantas veces escuchamos en nuestra infancia: no hagas a los demás lo que no quisieras que hicieran contigo.
Para terminar, traigo a colación unas palabras atribuidas al gran matemático árabe Al-Juarismi (Al-Khwarizmi):
«Le preguntaron cuál era el valor del ser humano y respondió:
Si tiene ética, su valor es igual a 1.
Si además es inteligente, agréguele un cero y su valor será 10.
Si también es rico, súmele otro cero y será 100.
Si, por encima de todo eso, además es una buena persona, añádale otro cero y su valor será
1.000.
Pero si pierde el 1, que representa la ética, perderá todo su valor, porque solo le quedarán los ceros.»
Porque, antes del clic, siempre debería estar la conciencia.
Lucía Sanz



