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29.7.22

Feria: Tertulia literaria


                    FERIA

Una obra que, aunque parte de la memoria personal de Ana Iris Simón, trasciende la autobiografía para convertirse en una reflexión sobre las raíces, la identidad y el mundo rural de La Mancha. Si deseas enriquecer tu escrito sin limitarte a reproducir la sinopsis, puedes destacar algunas ideas que ayudan a comprender mejor el sentido del libro.

Podrías señalar, por ejemplo, que Feria no es un libro de nostalgia superficial ni una simple evocación de tiempos pasados. La autora no afirma que todo fuera mejor antes; reconoce que aquel mundo tenía también pobreza, sacrificios, desigualdades y dureza. Sin embargo, sostiene que, junto a esas dificultades, existían valores que hoy corren el riesgo de desaparecer: el sentido de pertenencia, la solidaridad entre vecinos, el respeto a la palabra dada, el orgullo por el trabajo bien hecho y la continuidad entre generaciones.

La Mancha adquiere en el libro un valor simbólico. No es solo un paisaje de llanuras infinitas, molinos y viento, sino un modo de entender la vida. Esa tierra aparentemente austera enseña la paciencia del sembrador, el esfuerzo cotidiano y la aceptación de que las cosas importantes necesitan tiempo para dar fruto. El horizonte abierto de la llanura parece invitar a mirar lejos sin olvidar nunca de dónde se viene.

Otro aspecto muy interesante es el papel de los abuelos. Ellos representan la memoria viva. A través de sus historias, la autora descubre quién es y comprende que cada persona forma parte de una cadena mucho más larga que su propia existencia. De ahí la importancia que concede a la familia, a los apellidos, a los oficios heredados y a los recuerdos transmitidos de padres a hijos. Sin esa memoria, dice implícitamente el libro, el ser humano corre el riesgo de quedarse sin raíces.

También resulta significativo el contraste entre el progreso material y la pérdida de identidad. La autora reconoce las ventajas del mundo moderno, pero advierte que el bienestar económico no basta si se pierde el sentimiento de comunidad. Las ciudades ofrecen oportunidades, pero muchas veces generan anonimato y soledad; mientras que el pueblo, con todas sus limitaciones, conserva una red de relaciones humanas difícil de sustituir.

En el fondo, Feria plantea una pregunta que interpela al lector: ¿qué precio estamos pagando por el progreso? ¿Es suficiente vivir con más comodidades si olvidamos nuestra historia, nuestro lenguaje, nuestras tradiciones y el lugar del que procedemos? Esa reflexión convierte el libro en algo más que un relato familiar; lo transforma en una invitación a reconciliarnos con nuestras raíces y a comprender que la identidad personal no nace de la nada, sino de la tierra, de la familia y de la memoria compartida.

Creo que esa es la razón por la que la obra ha despertado tanto interés. Cada lector puede reconocer en sus páginas algo de su propia historia: un abuelo, un pueblo, un oficio desaparecido o una forma de vivir que parecía destinada a perderse y que, gracias a libros como este, vuelve a cobrar sentido. Aunque la autora habla desde La Mancha, su mensaje posee un alcance universal: solo quien conoce de dónde viene puede comprender mejor quién es y hacia dónde quiere caminar.

«Tendré que llevarte al cerro de la Virgen y tendré que decirte que eso es La Mancha y que es de esa tierra naranja de donde venimos, que ese manto de esparto que no acaba nunca es lo que eres. Tendré que explicarte lo que es un Pueblo y sabrás que el nuestro está atravesado por tres realidades: la ausencia total de relieve, el Quijote y el viento. Tendré que recordarte que eres nieto de familia postal, bisnieto de campesinos y feriantes, tataranieto de carabinero exiliado y de quincallera, y que sientas entonces que eres heredero de una raza mítica».

Ana Iris creció escuchando a sus abuelos el relato de dos mundos que se desvanecen. Unos, feriantes, quejándose de que cada vez tenían más trampas y menos perras, porque a medida que la vida se convertía en una feria —la de las vanidades—, la auténtica feria dejaba de tener sentido. Los otros abuelos, campesinos, le transmitieron el arraigo mágico de la tierra. Y fue ese abuelo el que la llevó un día a un almendro y le dijo que lo había plantado él, así que pa ella era su sombra.

Feria es una oda salvaje a una España que ya no existe, que ya no es. La que cabía en la foto que llevaba su abuelo en la cartera con un gitano a un lado y al otro un Guardia Civil. Un relato deslenguado y directo de un tiempo no tan lejano en el que importaba más que los niños disfrutaran tirando petardos que el susto que se llevasen los perros. También es una advertencia de que la infancia rural, además de respirar aire puro, es conocer la ubicación del puticlub y reírse con el tonto del pueblo. Un repaso a las grietas de la modernidad y una invitación a volver a mirar lo sagrado del mundo: la tradición, la estirpe, el habla, el territorio. Y a no olvidar que lo único que nos sostiene es, al fin, la memoria.

LUCIA SS

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