BIENVENIDOS

16.4.19

Ordesa

 



Tengo que confesar que, de entrada, este libro no despertó mi interés. Desde las primeras cincuenta páginas tuve la sensación de haber descubierto ya su hilo conductor. Me preguntaba si era realmente necesario tanto rodeo, tantas divagaciones y vueltas sobre una misma idea para expresar algo que el lector intuye desde el principio. Se me hizo largo, con demasiadas páginas para llegar a confirmar aquello que ya había comprendido.

Diría que estamos ante una autobiografía transformada en narrativa. En algunos momentos la percibí más como una sucesión de pensamientos, reflexiones y sentencias que como un relato. Hay frases brillantes, sí, pero en ocasiones parecen encajar con poca coherencia. Incluso llega a hacer afirmaciones categóricas desde una visión muy subjetiva que, páginas después, él mismo acaba contradiciendo.

Las grandes editoriales pueden permitirse publicar libros de este tipo e incluso convertirlos en superventas. Al fin y al cabo, cuenta una historia personal que, en muchos aspectos, resulta común para quienes hemos vivido las décadas de los setenta, ochenta y noventa. Sin embargo, también hay circunstancias profundamente distintas que hacen de su experiencia algo muy particular.

A medida que avanzo en la lectura comprendo mejor el motivo de esa aparente divagación inicial. El propio autor escribe:

«Cuando se murieron mis padres tenía dos opciones: ir al psiquiatra o escribir el libro. Escribí el libro porque me salía más barato».

Esa frase lo explica casi todo.

Es como si, poco a poco, el autor fuera desnudándose ante el lector. Va desprendiéndose de un mundo interior que lo asfixia y del que necesita liberarse, aunque para ello tenga que arrancarse jirones del alma y volver a abrir heridas que nunca llegaron a cicatrizar.

Todos necesitamos, en algún momento de la vida, un desaguadero para vaciar lo que llevamos dentro. Solo cuando limpiamos el dolor que nos corroe podemos hacer sitio a otras muchas cosas buenas que también existen, aunque a veces no seamos capaces de verlas.

Creo que este libro es, precisamente, eso: una confesión. Un inmenso desahogo. El intento de sacar fuera una vida llena de añoranzas, recuerdos, silencios, omisiones y, sobre todo, de remordimiento. Es un caudal de lágrimas que permanecieron congeladas durante años en su interior.

Describe también una vida con pocas raíces familiares. Apenas conoce la historia de sus abuelos y da la impresión de que sus padres nunca le hablaron demasiado de ellos, o quizá él nunca preguntó lo suficiente.

En muchos momentos tengo la sensación de que vive instalado en una angustia existencial permanente. Todos atravesamos pérdidas y adversidades, aunque no escribamos un libro sobre ellas. Todos conocemos el duelo y la ausencia de personas muy queridas.

Hay pasajes en los que parece necesitar culpabilizar a todo y a todos. Me pregunto si realmente ese camino puede conducir a la paz interior. Desde mi punto de vista, no. El libro me transmite la impresión de que durante demasiados años vivió instalado en una especie de síndrome de Peter Pan, sin terminar de asumir determinadas responsabilidades emocionales.

Percibo también un exceso de queja y de autocompasión. Comprendo el peso del remordimiento. Quizá permaneció demasiado tiempo encerrado en su propio mundo mientras sus padres estaban ahí, justificándose a sí mismo como si fuera la única víctima. Ahora ellos ya no están y todo se convierte en recuerdo.

Hay un pasaje especialmente hermoso que resume esa toma de conciencia:

«Todo lo que hiciste por mí es ya sagrado. Todo cuanto te vi hacer por mí es la sangre misma de la vida. Todo lo recuerdo.»

El paso del tiempo le hace reconocerse en sus propios hijos. Descubre en ellos actitudes que fueron las suyas. Recuerda aquellos besos y abrazos que nunca dio a su madre, cuando ella le reprochaba: «Lo que haces, harán tus hijos contigo». Cuando ella llamaba por teléfono y él no quería hablar, ahora es él quien quisiera hacerlo... pero ella ya no está. Ese es, probablemente, el verdadero centro del libro: el remordimiento por el tiempo perdido.

Ese reproche, en mayor o menor medida, podría hacérnoslo cualquiera de nosotros. Y ahí encuentro una de las enseñanzas más valiosas de esta obra: no dejar pasar la oportunidad de demostrar cariño a quienes queremos.

El libro puede entenderse también como una llamada a cambiar de actitud. A agradecer lo que la vida todavía nos ofrece. Seguramente tenemos muchos más motivos para dar gracias de los que imaginamos. Basta con levantar la vista al cielo, comprobar que cada día vuelve a salir el sol y mirar a nuestro alrededor para descubrir personas con razones infinitamente más dolorosas para sentirse derrotadas.

La vida nos invita a reparar errores cuando aún estamos a tiempo y a seguir caminando siempre hacia delante.

Donde discrepo profundamente es en algunos juicios que el autor realiza sobre cuestiones que afectan a todos. Me habría gustado encontrar una mirada más equilibrada y menos categórica, especialmente cuando habla de su país. Considero que, en ocasiones, lanza afirmaciones con excesiva ligereza, incluso con cierto desprecio, para después matizarlas o desmentirlas pocas páginas más adelante.

A pesar de todo, quiero agradecerle muchas de las reflexiones que deja sembradas entre sus páginas. Algunas invitan sinceramente al lector a detenerse y pensar. No son citas textuales, pero sí ideas que me acompañarán después de cerrar el libro:

  • La facilidad con la que el ser humano termina hermanándose con el pesimismo.
  • Que desde que dejó de beber empezó a mirar a las personas con mejores ojos.
  • La hermosa costumbre de poner nombres de músicos y compositores a sus seres queridos para que su recuerdo sonara siempre como música.
  • La creación del personaje del maquinista, que me pareció uno de los mayores aciertos narrativos.
  • Los recuerdos de su madre en las tareas cotidianas, que resurgen cuando a él le toca realizar esas mismas faenas.

Conclusión

Si algo me deja esta lectura es una certeza que los años terminan confirmando: conforme envejecemos comprendemos que muy pocas cosas son realmente importantes.

Al final de la vida, lo que verdaderamente permanece no son los éxitos, el dinero ni el reconocimiento. Permanecen la familia, la fe, un reducido grupo de amigos auténticos y todas aquellas experiencias que nos ayudaron a crecer como personas.

Ese, para mí, es el verdadero mensaje que merece la pena conservar después de cerrar este libro.

                                  Lucía S.

                    

22.2.19

El Corazón De Las Tinieblas (Crítica Literaria)

El argumento de esta novela inspiró la película Apocalypse Now.

Marlow, un agente comercial británico, se ve obligado a remontar el río Congo en busca de Kurtz, uno de los hombres más prestigiosos de la compañía para la que trabaja. A medida que el barco avanza por territorios cada vez más inhóspitos, Marlow va construyendo una imagen casi legendaria de aquel hombre al que todos parecen admirar. Sin embargo, lo que encontrará será un mundo apocalíptico y tenebroso, dominado por un personaje que simboliza la degradación moral, la corrupción del poder y la contradicción de una civilización que presume de progreso mientras destruye todo cuanto toca.

La novela nos conduce al corazón de la selva, pero también al lado más oscuro del ser humano. La colonización europea, la codicia por la expansión, la explotación de los pueblos africanos, la esclavitud y la deshumanización aparecen retratadas con una crudeza extraordinaria. La selva deja de ser un simple escenario para convertirse en un personaje más, con una fuerza casi sobrenatural. Solo quien se adentra en ella puede comprender su inmensidad y el efecto que ejerce sobre quienes la desafían.

La obra es un profundo alegato sobre los rincones más ocultos del alma humana. En sus páginas conviven el bien y el mal, la vida y la muerte, la cordura y la locura, la soledad y la fragilidad del hombre. Más que una novela de aventuras, es una exploración filosófica y moral.

Sin embargo, debo reconocer que el modo de contar la historia no ha conseguido llegarme. El simbolismo es constante y, en ocasiones, excesivo. Para un libro relativamente breve, concentra una enorme carga psicológica y filosófica que hace la lectura lenta y, por momentos, difícil de seguir.

Tampoco ayuda la escasez de diálogos. La narración se apoya sobre todo en largas descripciones y reflexiones que, aunque crean una atmósfera muy poderosa, terminan ralentizando el ritmo. Eso sí, las escenas de la brutalidad ejercida contra los nativos están descritas con tal intensidad que transmiten al lector una permanente sensación de angustia y asfixia.

Desde un punto de vista ético, la novela constituye una reflexión extraordinaria sobre los límites de las acciones humanas y sobre la delgada línea que separa la civilización de la barbarie. También denuncia cómo el poder sin escrúpulos acaba destruyendo tanto a quien lo ejerce como a quienes lo padecen. Kurtz representa precisamente esa caída hacia el abismo moral.

El viaje por el Congo termina convirtiéndose en un viaje interior. Marlow —y con él el lector— se enfrenta a preguntas incómodas sobre la corrupción del hombre, la locura del poder, el colonialismo y la explotación humana y ambiental. La célebre frase final de Kurtz, «¡El horror! ¡El horror!», resume con una fuerza extraordinaria todo el sentido de la obra.

A pesar de reconocer su enorme importancia literaria, personalmente esta novela no me ha entusiasmado. Incluso después de una segunda lectura, mi impresión apenas ha cambiado. La considero una obra excesivamente oscura, barroca y simbólica. Sus frecuentes digresiones desvían la atención de la acción principal y hacen que el relato pierda dinamismo. Comprendo por qué muchos la consideran una obra maestra, pero en mi caso no ha despertado el interés por seguir leyendo al autor.

Quisiera destacar, no obstante, un detalle que me pareció especialmente humano: el gesto final de Marlow hacia la prometida de Kurtz. Después de todo el horror vivido durante el viaje, ese pequeño acto de compasión introduce un destello de humanidad en medio de tanta oscuridad.

Quizá esa sea la gran enseñanza de la novela: todos llevamos dentro la posibilidad de convertirnos en Kurtz. Las circunstancias, la ambición o el poder pueden sacar a la luz aquello que creemos controlar. La auténtica civilización no consiste en dominar a otros, sino en no perder nunca la conciencia de nuestra propia humanidad.

«Si la riqueza fuera el secreto de la felicidad, los ricos estarían bailando por las calles. Pero solo los niños pobres hacen eso.»

                                                                            Lucia SS 

El Secreto De Mi Madre (Tertulia Literaria)


 
Cuando el amor vence al horror

Me hace ilusión haceros partícipes de este libro, por si aún no lo habéis leído. Es un libro corto en número de páginas, pero inmenso por la profundidad de su contenido.

Quizá esta no sea una crítica literaria al libro de este mes, El corazón de las tinieblas, sino más bien una reflexión nacida de su lectura. Al terminarlo me quedó una sensación de desazón, y, casi de inmediato, acudió a mi memoria otro libro que había leído tiempo atrás.

Precisamente esa similitud, aunque en sentido completamente opuesto, me ha animado a compartir esta reseña. Si El corazón de las tinieblas nos enfrenta a los horrores de los que es capaz el ser humano, El secreto de mi madre nos descubre la inmensa capacidad que también tenemos para amar y dejarnos amar.

Es una historia narrada con un realismo conmovedor y, al mismo tiempo, con una delicadeza infinita. Es de esos libros que no puedes abandonar una vez empiezas a leerlos, porque, página tras página, va ensanchando el corazón.

En más de una ocasión me pregunté: ¿dónde está el límite para una persona dispuesta a hacer el bien? ¿Hasta dónde puede llegar alguien que pone en riesgo su propia vida y la de su hija por salvar la de otros? La respuesta que ofrece este libro es sencilla y, a la vez, inmensa: amar sin medida.

Me gustan los libros que dejan poso, los que me ayudan a ser un poco mejor, los que, al cerrarlos, me hacen pensar que, a pesar de todo, vale la pena seguir creyendo en el ser humano.

La historia está basada en hechos reales y fue llevada al cine.

Soy consciente de que la editorial no es de las más conocidas y de que el libro no ha recibido grandes premios. Sin embargo, siento un cierto orgullo al considerarme una rescatadora de libros y autores que permanecen ocultos para las grandes editoriales y el gran público. Muchas veces, las mejores historias pasan desapercibidas, no porque sean peores, sino porque nunca tuvieron la oportunidad de llegar a más lectores.

También sé que mi formación literaria es sencilla y que quizá mis criterios de exigencia no sean los de un crítico especializado. Pero precisamente por eso leo: para disfrutar, descansar, aprender y crecer como persona. Y procuro escoger libros que despierten en mí esas emociones.

Dicho esto, paso a haceros una breve introducción.

Sinopsis

En 1939, las tropas hitlerianas invaden Polonia. Los judíos comienzan a ser perseguidos y encerrados en guetos, donde sobreviven en condiciones inhumanas. El terror se apodera del país: los vecinos se denuncian entre sí y cualquiera puede ser acusado de ayudar a un judío. La pena por ofrecerles refugio o asistencia es la muerte.

Años antes, una mujer abandona a su marido en Alemania. Él simpatiza con el nazismo; ella no. Junto a sus dos hijos, Helena y Damian, regresa a Sokal, su pueblo natal en Polonia. Esa mujer se llama Franciska. Es una persona sencilla, un peón más en el inmenso tablero de la guerra, pero será capaz de arriesgar su vida y la de su familia por mantenerse fiel a sus principios.

Mikolaj es un niño judío, hijo del director del hospital de la zona. Vilheim es uno de los soldados alemanes que vigilan el gueto de Sokal. Bronek es un hombre judío encerrado allí junto a su familia. Sus destinos terminarán entrelazándose, y será Franciska quien, con una valentía extraordinaria, tratará de protegerlos a todos, ofreciendo refugio y esperanza durante los años más oscuros de la guerra.

La novela está narrada desde cuatro puntos de vista distintos: Helena, la hija de Franciska; Vilheim, el soldado alemán; Bronek y el pequeño Mikolaj. Cada uno aporta una mirada diferente, y todas ellas se van entretejiendo hasta formar un relato lleno de humanidad que permite comprender la historia desde perspectivas muy diversas.

El secreto de mi madre no es únicamente otra novela sobre la Segunda Guerra Mundial. Es, sobre todo, un homenaje a la bondad, al sacrificio y a la esperanza. Nos recuerda que, incluso cuando todo parece perdido, siempre puede aparecer alguien dispuesto a encender una luz en medio de la oscuridad.

Es una lectura ágil, emocionante y profundamente inspiradora. Una auténtica oda a la valentía. Porque no hacen falta superpoderes ni capas para cambiar el mundo. Son nuestras decisiones, nuestros pequeños actos cotidianos, los que nos convierten en héroes o villanos de nuestra propia historia.

Y, al cerrar el libro, uno comprende que el verdadero secreto de Franciska no era esconder personas. Su verdadero secreto era haber comprendido que el amor siempre es más fuerte que el miedo.


«La felicidad te mantiene dulce.
Los juicios te mantienen fuerte.
Los dolores te mantienen humano.
El fracaso te mantiene humilde.
El éxito te mantiene brillante.
Pero solo la fe te mantiene en marcha.»

                                                                   Lucía S.



24.1.19

La Importancia Del Significado De Las Palabras

       

                                                                         
                                                                             CARTA DE UNA ZORRA

dirigida al juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo, y motivada porque este juez ha dictado una sentencia en la que afirma: «Que llamar zorra a una mujer no es delito, ni falta, ni nada, porque quien usa ese adjetivo en realidad lo que quiere decir es que dicha mujer es astuta y sagaz». En base a ello, he aquí el escrito que le ha remitido una ciudadana:

"Estimado juez Del Olmo:

El motivo de esta misiva no es otro que el de solicitarle amparo judicial ante una injusticia cometida en la persona de mi tía abuela Felicitas y que me tiene un tanto preocupada. Paso a exponerle los hechos:

Esta mañana mi tía abuela Felicitas y servidora nos hemos cruzado en el garaje con un sujeto bastante cafre que goza de una merecida impopularidad entre la comunidad de vecinos. Animada por la última sentencia de su cosecha, que le ha hecho comprender la utilidad de la palabra como vehículo para limar asperezas, y echando mano a la riqueza semántica de nuestra querida lengua española, mi querida tía abuela, mujer locuaz donde las haya, le ha saludado con un jovial "que te den, cabrito".

Se ha puesto como una energúmeno, oiga. De poco me ha servido explicarle que la buena de mi tía abuela lo decía en el sentido de alabar sus grandes dotes como trepador de riscos, y que en estas épocas de recortes a espuertas, desear a alguien que le den algo es la expresión de un deseo de buena voluntad.
El sujeto, entre espumarajos, nos ha soltado unos cuantos vocablos, que no sé si eran insultos o piropos porque no ha especificado a cuál de sus múltiples acepciones se refería, y ha enfilado hacia la comisaría más cercana haciendo oídos sordos a mis razonamientos, que no son otros que los suyos de usted, y a los de mi tía abuela, que le despedía señalando hacia arriba con el dedo corazón de su mano derecha con la evidente intención de saber hacia dónde soplaba el viento.

Como tengo la esperanza de que la denuncia que sin duda está intentando colocar esa hiena -en el sentido de que es un hombre de sonrisa fácil- llegue en algún momento a sus manos, le ruego, por favor, que intente mediar en este asunto explicándole al asno -expresado con la intención de destacar que es hombre tozudo, a la par que trabajador- de mi vecino lo de que las palabras no siempre significan lo que significan, y le muestre de primera mano esa magnífica sentencia suya en la que determina que llamar zorra a una mujer es asumible siempre y cuando se diga en su acepción de mujer astuta.

Sé que es usted un porcino -dicho con el ánimo de remarcar que todo en su señoría son recursos aprovechables- y que como tal, pondrá todo lo que esté de su mano para que mi vecino y otros carroñeros como él -dicho en el sentido de que son personas que se comen los filetes una vez muerta la vaca - entren por el aro y comprendan que basta un poco de buena voluntad, como la de mi tía abuela Felicitas, para transformar las agrias discusiones a gritos en educados intercambios de descripciones, tal y como determina usted en su sentencia, convirtiendo así el mundo en un lugar mucho más agradable.

Sin más, y agradeciéndole de antemano su atención, se despide atentamente, una víbora (evidentemente, en el sentido de ponerme a sus pies), enviándole mis más respetuosos saludos a las zorras de su esposa y su madre"
       
                                       CARTA DE UNA ZORRA,



Dirigida al juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo, y motivada porque este juez ha dictado una sentencia en la que afirma: «Que llamar zorra a una mujer no es delito, ni falta, ni nada, porque quien usa ese adjetivo en realidad lo que quiere decir es que dicha mujer es astuta y sagaz». En base a ello, he aquí el escrito que le ha remitido una ciudadana:

"Estimado juez Del Olmo:

El motivo de esta misiva no es otro que el de solicitarle amparo judicial ante una injusticia cometida en la persona de mi tía abuela Felicitas y que me tiene un tanto preocupada. Paso a exponerle los hechos:

Esta mañana mi tía abuela Felicitas y servidora nos hemos cruzado en el garaje con un sujeto bastante cafre que goza de una merecida impopularidad 

2.12.18

Las Hjas Del Capitan: Critica Literaria


María Dueñas comenzó su trayectoria literaria en 2009 con El tiempo entre costuras, novela que alcanzó un enorme éxito y fue adaptada para televisión. Más tarde publicó Misión Olvido y La templanza, obras que, en mi opinión, poseen un argumento algo menos sólido. Con Las hijas del capitán, la autora vuelve a demostrar su capacidad para recrear con minuciosidad, fuerza narrativa y gran riqueza de detalles la colonia española emigrada a Nueva York durante los años treinta.

La novela narra las peripecias de las tres hermanas Arenas —Victoria, Mona y Luz— junto a su madre, Remedios, arrojadas casi sin querer a una ciudad inmensa, inhóspita y desconocida. Un idioma diferente, unas costumbres ajenas y unas circunstancias completamente opuestas a las de su Málaga natal marcarán el comienzo de una nueva vida.

María Dueñas consigue sumergir al lector en el mundo de Little Spain, mostrando la lucha diaria de estas tres jóvenes, los hombres que se cruzan en su camino, los sueños que dejaron atrás y los que el futuro les depara.

La autora elige un tema de plena actualidad: la emigración. En cierto modo, la novela constituye un homenaje a quienes tuvieron que empezar de nuevo en otro país. Me atrevo incluso a pensar que también pretende concienciarnos del inmenso drama que siguen viviendo millones de personas obligadas a abandonar su tierra por la guerra, la persecución, el hambre o la pobreza, buscando para sus hijos un futuro que no tenga como horizonte la muerte.

Es fácil establecer un paralelismo entre aquellos españoles que abandonaron una España pobre y atrasada a comienzos del siglo XX y muchos de los inmigrantes que hemos recibido en las últimas décadas. Nuestros compatriotas fueron albañiles, camareros, repartidores, limpiadores... Personas que aceptaban cualquier trabajo con tal de salir adelante.

Cuando hablamos de emigración solemos imaginar figuras masculinas. Sin embargo, María Dueñas, especialista en crear personajes femeninos de gran personalidad, convierte en protagonistas a tres mujeres que, pese a su juventud, deberán abrirse camino solas en Estados Unidos. La autora refleja con acierto la dificultad que suponía para una mujer tomar las riendas de su vida en una época en la que apenas tenía derechos. Como les recuerda sor Lito, su protectora, ellas reúnen todas las condiciones de vulnerabilidad: son inmigrantes, pobres, sin formación y, además, mujeres.

Aunque la novela no es histórica en sentido estricto, ya que las protagonistas son ficticias, sí incorpora personajes reales muy conocidos dentro de la colonia española de Nueva York: la vasca Carmen Barañano y su tienda Casa Moneo, en la calle 14; el alicantino Francisco Sendra y su hotel La Valenciana, en Cherry Street; Avelino Castaños y su restaurante La Bilbaína, o el músico Esteban Roig con su banda The Happy Boys.

Todo ello es fruto de un exhaustivo trabajo de documentación. María Dueñas recorrió personalmente estos lugares, consultó la prensa de la época, entrevistó a descendientes de aquellos emigrantes y accedió a fotografías y documentos familiares. Ese esfuerzo es el que permite al lector trasladarse a aquel Nueva York y sentir que camina por sus calles.

La historia comienza cuando Emilio Arenas, cansado ya de su vida errante, decide establecerse definitivamente en Nueva York y reclama la presencia de su esposa y de sus tres hijas. Remedios desea reunirse con él cuanto antes, mientras que las muchachas muestran una fuerte resistencia a abandonar su tierra, hasta el punto de que la madre necesita la ayuda de la Guardia Civil para conseguir que emprendan el viaje.

Victoria, Mona y Luz desembarcan en el puerto neoyorquino una heladora mañana de enero de 1936. Su unión parece indestructible, pero el destino les reserva un duro golpe: la muerte accidental de Emilio Arenas. Este inesperado suceso obliga a las tres jóvenes a hacerse cargo del modesto restaurante familiar mientras esperan que los tribunales resuelvan una importante indemnización.

Abatidas, pero decididas a sobrevivir, las hermanas lucharán contra las adversidades, los prejuicios y las dificultades económicas. Será Mona, la mediana, quien proponga transformar la humilde casa de comidas en un night club hispano, siguiendo la moda de aquellos años, donde convivían el flamenco, las rumbas cubanas, los tangos argentinos, los pasodobles y los cuplés.

Uno de los aspectos más hermosos de la novela es la solidaridad entre compatriotas, especialmente entre las mujeres. Ellas fueron el auténtico tejido que sostuvo a las familias emigrantes. Administraban la economía doméstica, cuidaban de los hijos, tejían redes de ayuda mutua y mantenían viva la comunidad, muchas veces sin conocer siquiera el idioma. Mujeres anónimas, pero imprescindibles.

Remedios representa otro modelo femenino. Nueva York la intimida. Teme los avances tecnológicos, la mentalidad moderna y todo aquello que desconoce. Su carácter dependiente y su visión tradicional la llevan a aferrarse al pasado. Más que impulsar la independencia de sus hijas, intenta protegerlas frenando sus iniciativas. Antes de emigrar, probablemente sus sueños fueran sencillos: encontrar un buen marido, disfrutar de las fiestas del barrio y formar una familia. Apenas concebía un horizonte distinto.

En su intento por dar prestigio al negocio, Mona solicita al conde de Covadonga que apadrine la inauguración del local. Se trata del primogénito de Alfonso XIII, nacido para reinar como Alfonso XIV, pero apartado de la sucesión debido a su hemofilia y a su renuncia a los derechos dinásticos para casarse con una joven cubana. Tras separarse de ella, acabaría viviendo en Nueva York.

Con un ritmo pausado y una narración envolvente, María Dueñas ofrece una lectura muy agradable. Gracias a una rigurosa documentación recrea con enorme realismo la comunidad española en el Nueva York de los años treinta, mostrando las ilusiones, los miedos y los sacrificios de quienes dejaron atrás su hogar en busca de una vida mejor. La presencia de personajes históricos y secundarios memorables, como Fidel, Luciano Barona o Tony el Bolitero, contribuye a reforzar esa sensación de autenticidad.

Más allá de contar una historia de emigración, Las hijas del capitán es también una novela sobre el coraje, la capacidad de adaptación y la fuerza de unas mujeres que aprendieron a construir su propio destino cuando la vida parecía haber decidido por ellas.

«Nunca una noche ha vencido al amanecer, y nunca un problema ha vencido a la esperanza».
Bern Williams

Lucía Sanz











14.9.18

Ana Karenina: Critica literaria

                     
A

«Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su manera.» Con esta célebre frase comienza una de las novelas más importantes de la literatura universal.

Anna Karénina sugiere dos grandes temas: los estragos de la pasión y el adulterio, por un lado, y los beneficios del matrimonio como proyecto de vida y de familia, por otro. Sin embargo, la obra va mucho más allá de una simple historia de amor. Es una profunda reflexión sobre la institución familiar y sobre la búsqueda de la felicidad. Tolstói nos recuque esta no consiste únicamente en satisfacer los propios deseos, sino que implica una realidad mucho más amplia y compleja.

La novela presenta a Anna como una grieta en un mundo aparentemente tranquilo, por la que irrumpen la pasión, la irracionalidad y el conflicto. Es una mujer de extraordinaria belleza que termina siendo esclava del adulterio, de los celos y del odio. A través de ella, el autor despliega una magnífica galería de personajes que conocen la incertidumbre y la decepción, el vértigo y el tedio, los mayores placeres y las más profundas miserias humanas.

Lev N. Tolstói demuestra en esta obra ser un extraordinario artista y un profundo psicólogo. Anna Karénina está considerada una de las mayores novelas sociales de todos los tiempos. La maestría de su escritura invita a reencontrarse con la gran literatura clásica. Sorprende la complejidad de sus construcciones gramaticales y, al mismo tiempo, la claridad con la que el lector comprende cada página.

La célebre frase inicial da paso a la historia de tres parejas cuyas vidas representan distintas maneras de entender el amor y el matrimonio: Anna y Vronski; Kitty y Levin; y Daria (Dolly) y Stepán Arkádevich, sin olvidar, por supuesto, la figura de Alekséi Karénin.

Tolstói consigue que sus personajes cobren vida de una manera extraordinaria. Resulta imposible no dejarse arrastrar por sus emociones. El lector acaba sintiendo lo mismo que experimentan ellos. El realismo con el que describe ambientes y sentimientos es tan intenso que casi permite percibir el roce de los vestidos de las damas, el olor del tabaco de los caballeros o el aroma de los campos de trigo durante la siega.

Esta novela marcó un cambio importante en la trayectoria de Tolstói, encaminándolo hacia las inquietudes sociales, espirituales y místicas que ocuparían los últimos años de su vida. Detrás de cada personaje hay un reflejo del propio autor: sus alegrías, sus dudas, sus anhelos y su profunda crisis existencial.

Entre todos ellos destaca, naturalmente, Anna Karénina, el personaje con mayor fuerza de la obra. Vive cada instante con absoluta intensidad, sin ocultar ninguno de sus sentimientos. En un primer momento la juzgué como una gran mujer: buena amiga, excelente consejera e inclinada siempre a la benevolencia. Es ella quien logra que Dolly perdone la infidelidad de su marido. Sin embargo, paradójicamente, no está dispuesta a aplicarse a sí misma los consejos que ofrece a los demás. Le cuesta escuchar otras opiniones, afrontar serenamente su situación o aceptar la solución más sencilla a sus problemas. Todo debe hacerse a su manera y según su voluntad. Cuando finalmente comprende que existe un mundo más allá de sus propios sentimientos y que ese mundo quizá tenga razón, ya es demasiado tarde.

Anna vive con una intensidad desbordante. Analiza constantemente sus emociones y acaba encerrándose en ellas. Si siente alegría, la experimenta hasta el extremo; si siente tristeza, también la lleva al límite. Esa forma de vivir provoca, en ocasiones, una sensación de continua negatividad y de reproche. Se ve obligada a enfrentarse a situaciones desconocidas para ella y toma decisiones impulsivas, sin medir las consecuencias. Para mí, Anna Karénina representa a una mujer consumida por la depresión, por las habladurías y por la cruel respuesta que la sociedad da a su relación con el conde Vronski.

Vronski es un joven militar despreocupado, brillante y muy apreciado en los círculos sociales. En Anna encuentra el primer amor verdaderamente pasional de su vida. Al comienzo me transmitía una sensación de frivolidad y de inmadurez ante cualquier compromiso sentimental. Está acostumbrado a conseguir todo cuanto desea y no acepta fácilmente una negativa, tanto en el amor como en los demás aspectos de su existencia.

Su relación con Anna nace como un auténtico flechazo. A pesar del rechazo inicial de ella, Vronski no se da por vencido; la persigue incansablemente y percibe enseguida que Anna necesita sentirse amada y valorada, algo que no encuentra en su matrimonio con Karénin.

Mis sentimientos hacia Vronski fueron cambiando a medida que avanzaba la lectura. Lo que al principio era reproche y rechazo terminó convirtiéndose, en cierto modo, en compasión. Vive sometido a una continua presión: la sociedad, la familia y, sobre todo, los constantes ataques de celos de Anna, aislada ya de la vida social de la que él sigue formando parte. Poco a poco comprende que la pasión que un día le hizo sentirse plenamente feliz acaba convirtiéndose también en una pesada carga.

En el extremo opuesto encontramos a Kitty, un personaje que representa la inocencia, la ternura y la pureza del primer amor. Cuando se enamora de Vronski lo hace con la ilusión propia de la juventud. Vive sus sentimientos con intensidad, aunque siempre desde la moderación y la delicadeza.

Tras el rechazo de Vronski pierde momentáneamente la serenidad, pero esa dolorosa experiencia la ayuda a madurar. Aprende a dominar sus emociones y a expresar únicamente aquello que considera necesario. La decepción sentimental la transforma en una mujer mucho más fuerte.

Su estado de ánimo llega a deteriorarse tanto que enferma. Su familia decide llevarla a un balneario en Alemania, donde recupera poco a poco la salud. Allí comprende que, en realidad, siempre ha amado a Levin.

A partir de ese momento Kitty experimenta una profunda transformación. La adversidad la hace más madura y más consciente de la realidad. Sin embargo, lo que más pesa sobre su corazón es haber rechazado al hombre que verdaderamente la quería.

Lejos de encerrarse en sí misma, decide dedicar su tiempo a aliviar el sufrimiento de los demás. Abandona la comodidad y el excesivo proteccionismo familiar para colaborar como voluntaria en el cuidado de soldados heridos. Esa generosidad revela la grandeza de su carácter y la convierte en uno de los personajes más admirables de la novela.

Cuando el destino vuelve a reunirla con Levin, acepta su segunda propuesta de matrimonio. Esta vez lo hace con plena conciencia de lo que significa amar y compartir una vida.

Levin es, probablemente, el personaje que menos cambia exteriormente a lo largo de la historia. Desde el principio hasta el final sigue siendo ese hombre sencillo, profundamente unido al campo y al trabajo de la tierra. Sin embargo, en su interior vive una intensa crisis existencial.

En poco tiempo alcanza todo aquello a lo que muchos jóvenes rusos aspiraban: una buena posición social, un matrimonio feliz y la paternidad. Pero, lejos de sentirse plenamente realizado, continúa preguntándose por el sentido de la vida. No es casual que Tolstói hiciera de Levin el personaje con el que más se identifica, pues en él proyectó muchas de sus propias inquietudes espirituales.

Kitty y Levin forman la pareja más equilibrada de la novela. Su amor, discreto y sereno, contrasta con la pasión desbordada de Anna y Vronski, pero precisamente en esa serenidad reside su fortaleza. Tolstói parece decirnos que el verdadero amor no necesita vivir de sobresaltos constantes para ser profundo.

Kitty se convierte en el gran apoyo de Levin. Lo acompaña en sus dudas sobre la fe, en sus continuas preguntas sobre el sentido de la existencia y en sus momentos de desaliento. Es para él un auténtico remanso de paz. Su presencia calma sus inquietudes, sostiene su ánimo cuando se reprocha sus defectos y da sentido a una vida que muchas veces le parecía vacía.

También desempeña un papel decisivo durante la enfermedad y muerte del hermano de Levin. Cuando este se resiste a afrontar aquel doloroso momento, Kitty permanece a su lado y consigue que aquella despedida esté llena de humanidad, dignidad e incluso de una cierta serenidad.

Levin encuentra finalmente respuesta a muchas de sus inquietudes en la vida familiar, en el amor de Kitty y en el descubrimiento de una fe sencilla, vivida desde la experiencia cotidiana. A los ojos de Tolstói, ambos representan el ideal de matrimonio.

Levin es, quizá, el personaje con el que más simpatizo y con el que en algunos momentos llego a identificarme. Es un hombre de profundas inquietudes filosóficas, que busca la verdad y se pregunta continuamente por el sentido de las cosas. No vive superficialmente. Tiene buen corazón, mantiene los pies en la tierra y trata a quienes trabajan con él como auténticos iguales. No se conforma con soluciones fáciles y procura actuar siempre con rectitud.

Para Levin, la naturaleza, la belleza del campo y el sucederse de las estaciones son un reflejo del Creador. Sin embargo, esa armonía choca constantemente con la debilidad y la incoherencia del ser humano. Se pregunta por el origen del mal, por el sufrimiento y por tantas cuestiones que acompañan al hombre desde siempre.

Defiende con convicción el cuidado de la tierra, convencido de que constituye una riqueza que pertenece a todos y de que el trabajo compartido puede mantener unidas a las familias y a la sociedad.

En este matrimonio bien podría aplicarse el conocido dicho popular: «Detrás de un gran hombre hay una gran mujer.»

Dolly, Stepán y Karénin

Por otro lado, encontramos a Dolly y Stepán Arkádevich, una pareja que comienza la novela profundamente herida y que, en realidad, termina igual. Su matrimonio nunca consigue recuperar la confianza perdida.

Dolly experimenta el dolor que siente cualquier mujer al descubrir la infidelidad de su esposo: decepción, humillación y una profunda tristeza. A partir de ese momento, vuelca todas sus energías en sus hijos y en sacar adelante el hogar. Mientras Stepán pasa largas temporadas fuera de casa, ella asume, casi en solitario, el peso de la familia.

Stepán, por el contrario, parece vivir ajeno al sufrimiento que provoca. Su infidelidad no es un hecho aislado, sino una forma de entender la vida. Es un hombre sociable, simpático y hábil en las relaciones personales, siempre preocupado por cultivar amistades influyentes que favorezcan su posición. Sin embargo, esa aparente brillantez esconde una enorme superficialidad.

A pesar de sus defectos, su personaje también me inspira cierta compasión. Da la impresión de ser un eterno adolescente que nunca llega a madurar. Vive buscando el placer inmediato, sin asumir plenamente sus responsabilidades como esposo y como padre. Carece de un verdadero compromiso con quienes más lo necesitan.

Precisamente por ello, la figura de Dolly adquiere aún mayor grandeza. No es una mujer resignada ni sumisa, sino una esposa fuerte que acepta la dura realidad que le ha tocado vivir. Con enorme esfuerzo hace de madre y de padre, administra con prudencia el patrimonio familiar y procura que nada falte a sus hijos, aun cuando los recursos apenas alcanzan para cubrir las necesidades del hogar.

Pero, por encima de todo, Dolly posee una virtud que la ennoblece: su inmenso corazón. Siempre está dispuesta a ayudar a quien la necesita, aunque para ello tenga que esconder sus propias lágrimas y silenciar su dolor.

No protagoniza los grandes acontecimientos de la novela, pero aparece siempre que alguien necesita apoyo. Visita a Anna cuando toda la alta sociedad le vuelve la espalda; consuela a Kitty tras el rechazo de Vronski; y más tarde se traslada al campo con sus hijos para ayudar a su hermana en la organización de su nuevo hogar y acompañarla durante su maternidad. Son pequeños gestos que revelan una generosidad extraordinaria y que hacen de Dolly uno de los personajes moralmente más valiosos de la obra.

A lo largo de la novela aparecen muchos otros personajes, todos ellos magníficamente construidos, aunque quizá ninguno alcance la relevancia de los protagonistas.

Por último, merece una mención especial Alekséi Karénin, el marido de Anna. Aunque su presencia pueda parecer secundaria durante buena parte del relato, termina siendo una figura decisiva en el desenlace de la historia.

Karénin es un hombre recto, disciplinado y amante del orden. Cumple con su deber y se mantiene fiel a sus principios, pero esa rigidez termina convirtiéndose en una barrera que le impide expresar sus sentimientos. Ama a Anna y nunca le es infiel; sin embargo, le cuesta demostrar ese amor con gestos de cercanía y afecto.

Y, sin embargo, Anna necesita precisamente eso: sentirse querida, escuchada y abrazada. Al no encontrar esas muestras de cariño en su marido, vuelca todo su afecto en su hijo y, más tarde, busca en Vronski el amor apasionado que tanto anhela.

No pretendo justificar su infidelidad, pero sí comprender el vacío afectivo que Tolstói retrata con tanta profundidad. El autor nos recuerda que, en un matrimonio, no basta con cumplir las obligaciones. El amor necesita también palabras, gestos, atención y ternura. De lo contrario, corre el riesgo de marchitarse silenciosamente.

Karénin acaba siendo, en cierto modo, uno de los personajes más trágicos de la novela. Es un hombre que ama, pero que no sabe demostrarlo; que posee a su esposa, pero no su corazón. Tolstói dibuja así el drama de tantos matrimonios en los que la ausencia de comunicación termina levantando un muro entre dos personas que un día decidieron compartir su vida.

Para no extenderme demasiado —pues espero comentar otras obras literarias en futuras ocasiones—, dejo aquí esta reflexión. Más adelante me gustaría escribir un artículo dedicado al matrimonio, aprovechando algunos de los magníficos diálogos que Tolstói pone en boca de sus personajes y que conservan hoy una sorprendente actualidad.

   Lucía S.S

   





















30.7.18

Reza Por Nosotros



Artículo publicado en Abc de Sevilla el domingo 11 de marzo de 2018
Rezar es una conversación con los que ya no están, el recuerdo de los que te antecedieron y la oración para seguir su ejemplo. Rezar es pedir por ellos. Y también pedirles a ellos por los que estamos aquí. Es el momento de más calma del día, y, en mi caso, el de primera hora de la mañana, poco más de las seis, y el agua de la ducha caliente cayendo despacio sobre los hombros. Rezar es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia. Es pasar por la Iglesia de San Pedro, de camino al colegio, y rezarle al Cristo de Burgos un Padre Nuestro para que te ayude en los exámenes. Es el refugio del frío, y el silencio acogedor. Rezar es tener memoria.
Rezar es lo que va antes del trabajo o después del trabajo, y lo que nunca lo suplanta,  porque ya lo dice el refrán: a Dios rogando y con el mazo dando. Es lo único que puedes hacer cuando ya no puedes hacer más, y es la forma de comprometerse de quien no tiene otro medio de hacerlo, como cuando rezamos por un enfermo que se va a operar y ya está todo en manos del cirujano (y de Dios). Rezar no hace milagros, o sí los hace, eso nunca lo sabremos, pero ofrece consuelo al que reza y a aquel por quien se reza. Rezar nunca es inútil, porque siempre conforta.
“Rezar es decir rezaré por ti y, también, reza por mí. Y es, por tanto, lo contrario a la vanidad, la aceptación de tus limitaciones, aprender a resignarse cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor”
Rezar es decir rezaré por ti y, también, reza por mí. Y es, por tanto, lo contrario a la vanidad. Rezar es la aceptación de tus limitaciones. Es aprender a resignarse cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad. Rezar es resignación cuando procede, pero también arrebato y pundonor cuando toca. Es buscar las fuerzas si no se tienen y confiar en que las cosas van a ser como deberían ser. Rezar es optimismo, no dar nada por perdido, luchar y resistir, como en la canción, erguido frente a todo, y es mi padre antes de morir. Rezar es fragilidad y entereza.
Rezar es curar las heridas, restañar los arañazos, superar el daño que te han hecho. Pasar página y empezar de cero. Perdonar las ofensas y también pedir perdón. Y sobre todo tener gratitud. Rezar es dar las gracias por vivir y por lo que la vida te ha dado. Es despertarse con las ilusiones renovadas. Aferrarse desesperadamente a lo inmaterial. Acordarse de lo que de verdad importa, y relativizar todo lo demás. Es establecer las prioridades, poner en orden los papeles de tu mesa, buscar la trascendencia, pensar a lo grande.
“Rezar es introspección en la sociedad del exhibicionismo. Es relajarse y calmar los nervios. Y prepararse mentalmente para lo que ha de venir. No es solo buscar el coraje, sino también la inspiración, la idea, el enfoque, la luz, el claro en medio de la espesura”.
Rezar es desconectar y apagar el móvil. Es introspección en la sociedad del exhibicionismo. Es relajarse y calmar los nervios. Y prepararse mentalmente para lo que ha de venir. No es solo buscar el coraje, sino también la inspiración, la idea, el enfoque, la luz, el claro en medio de la espesura. Rezar es razonar, aunque parezca lo más irracional que haya. Es la mente funcionando como cuando juegas un partido de tenis. Es planificar y anticipar las jugadas. Es abstracción en los tiempos de lo concreto y lo material. Es pausa en un mundo excitado. Es calma cuando todo es ansiedad. Y es aburrido en la dictadura de lo divertido.
Rezar es una forma extrema de independencia, una actividad casi contracultural, lo más punki que se puede hacer una tarde de domingo. Es la forma más radical de practicar “mindfullness”, tan pasada de moda que cualquier día se volverá extraordinariamente “cool”. Rezar podría computar como horas de trabajo para los empleados públicos, pero no sirve  porque es una práctica “antisistema”, sin reconocimiento alguno del “establishment”. Tan políticamente incorrecta que la gente oculta que reza como esconde la tripa para la foto. Rezar es un placer oculto, que se reserva para la intimidad. Un acto privado, y casi a escondidas, que, cuando se hace acompañado, necesita cierta oscuridad y mucha, mucha, confianza.
Rezar es una forma extrema de independencia, una actividad casi contracultural, lo más punki que se puede hacer una tarde de domingo. Es la forma más radical de practicar “mindfullness”, tan pasada de moda que cualquier día se volverá extraordinariamente “cool”.
Rezar es desnudarse y abrir tu alma a la persona con la que rezas. Y es una declaración de amor por la persona que tienes en tus rezos. Es derramar tu cariño sobre los que más quieres y sentir el cariño de los que rezan por ti. Rezar es tener a otros en tus oraciones y  estar en las oraciones de otros, que es mucho más que estar solo en su memoria. Rezar, y sobre todo que recen por ti, es la mayor aspiración que uno puede tener en la vida. Un privilegio inmenso. Es querer tanto a alguien como para rezar por él, y que alguien te quiera tanto como para rezar por ti. ¿Cabe mayor orgullo? ¿Existe mayor plenitud que la de saber que hay una madre, un hermano, un hijo o un amigo que quiere que Dios te proteja, y te dé salud, y te ilumine, y te ayude, y te acompañe, y esté siempre contigo?
Rezar es tener fe. Tener fe en la vida, en las personas, en tus amigos, en tus hijos, en tus padres, en Dios. Rezar es la maestría de niños y abuelos. Y es un súper poder que nos predispone al bien. Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.

11.7.18

El Alma Del Mundo (Tertulia literaria )

Otto Stephens y Clea Ross ingresan en una residencia para ancianos acomodados y solicitan que sea una cuidadora en particular, Ilona, quien se ocupe de ambos.

Clea, de noventa años, fue en su juventud una brillante violonchelista, pero sacrificó su carrera para permanecer a la sombra de su marido, un célebre director de orquesta. Dotada de un agudo sentido del humor, posee una ironía demoledora; es libre, encantadora cuando quiere, pero también implacable con todo aquello que considera despreciable. Otto, de edad semejante, conserva el encanto, el glamur y el poder de seducción de su juventud.

Ilona es una joven que esconde un pasado terrible en su Hungría natal, sometida al terror soviético. Es una mujer golpeada por el destino. En Barcelona conoce a Miguel y, además de vivir con él una intensa historia de amor, aprende el oficio de luthier. Sin embargo, esa felicidad se rompe cuando debe viajar a Budapest para cuidar de su madre y permanecer allí durante un largo periodo de tiempo.

Otto le propone a Ilona que dediquen su tiempo a fabricar un violonchelo, una ocupación que acaba convirtiéndose en lo más importante de su vida. Ilona, por su parte, solo desea reconstruir la relación con Miguel.

Durante tres meses, las vidas de Clea, Otto e Ilona se entrelazan. Comparten confidencias, secretos, verdades a medias, medias mentiras y descubrimientos, hasta formar un mosaico en el que nada es lo que parece. El violonchelo será, finalmente, el desencadenante que permitirá a los protagonistas encauzar la segunda oportunidad que tanto necesitan y retomar los cabos sueltos que les impedían ser felices.

Hace tiempo, varias personas de cuyo criterio me fío mucho comentaban en Twitter y en sus blogs lo mucho que les gustaban las novelas de Alejandro Palomas. Eso me animó a leer alguna de ellas. Mi intención era empezar por El tiempo que nos une, del que había leído magníficas críticas, y le pedí a mi padre que me lo trajera de la biblioteca. Sin embargo, se equivocó de título y, gracias a ese pequeño error, llegó a mis manos El alma del mundo.

Mi opinión

El alma del mundo es la primera novela que leo de Alejandro Palomas, pero tengo claro que no será la última. Con una prosa delicada y muy cuidada, el autor nos acerca a tres personajes inolvidables.

Ilona, marcada por un pasado doloroso, comienza a trabajar en una residencia muy especial. Por las mañanas cuida de Clea, una anciana de noventa años tan encantadora como implacable, que renunció a su brillante carrera como violonchelista para favorecer la de su marido. Por las tardes atiende a Otto, un hombre seductor y vital que, al descubrir que Ilona fue luthier, le propone construir juntos un violonchelo.

La vida de los tres acaba entrelazándose de una manera muy especial. Poco a poco vamos descubriendo un pasado lleno de secretos, rencores, palabras nunca pronunciadas, silencios cargados de culpa, amor, desamor y una profunda soledad.

Clea y Otto hacen balance de sus vidas: de aquello que hicieron y de lo que se arrepienten, pero, sobre todo, de aquello que dejaron de hacer y cuyo peso resulta aún mayor. Ilona, por su parte, tras la muerte de su madre y la separación de Miguel, comprenderá que todavía existe esperanza para ella, que aún es joven para rendirse y que nunca es tarde para volver a empezar.

El alma del mundo es una novela cargada de emociones. La soledad es el sentimiento que sobrevuela toda la historia, esa soledad que puede acompañarnos incluso cuando estamos rodeados de personas. Pero, por encima de todo, es un hermoso canto a la esperanza, a las segundas oportunidades y a la capacidad de recuperar la ilusión cuando creíamos que ya no era posible volver a ser felices.

Es una de esas novelas que se leen despacio, no por su dificultad, sino porque invitan a detenerse en sus personajes y en sus emociones. Alejandro Palomas nos recuerda que nunca es demasiado tarde para cerrar heridas, reconciliarnos con nuestro pasado y permitir que la vida nos sorprenda una vez más.

     Lucia SS


Aprobación Del Aborto En Irlanda



     



Vivimos en un mundo raro: fotografiar a un niño puede ser un delito. Abortarlo,en cambio, un  derecho.

El pasado día 25 de Mayo se votó en Irlanda la despenalización del aborto. Era de los pocos países que quedaban en Europa donde se contenía la barra libre de la muerte y, lamentablemente para Irlanda y para Europa, el resultado fue sí al aborto; si a la muerte de inocentes.
He pensado mucho el porqué del sí al aborto en casi toda Europa y llego a la conclusión de que vivimos en una sociedad anestesiada por una alta renta per capita pero despojada del más mínimo sentido trascendental y ético de nuestra existencia. Y, por supuesto, vivimos sumidos en el engaño y las medias verdades que confunden y no ayudan a encontrar la verdad.
La primera mentira que nos encontramos cuando se habla de aborto provocado es el lenguaje, siempre se habla de IVE ( Interrupción voluntaria del embarazo ) cuando, en realidad, lo que se hace es acabar dentro del seno maternal con la vida de un inocente.
Otra de las grandes verdades que interesadamente se esconden es el estado anímico en el queda una madre después de abortar. Como dice un gran médico próvida Español “después de un aborto, alguien siempre sale llorando” y, es verdad, las heridas psicológicas en la madre pueden durar toda la vida. Esta realidad también se calla.
Otro aspecto que deberíamos considerar es que, un aborto, siempre es violento. Desde la aparentemente “suave” píldora del día después hasta los métodos de siempre que conviene recordar para hacernos caer en la cuenta de que el IVE no es tomarse una aspirina. La píldora del día después suele producir hemorragias y desarreglos hormonales intensos en la madre,  y no es para nada rápido y sencillo como nos tratan de hacer creer.
Los métodos con los que se practica abortos son todos ellos crueles, en los que el feto sufre y siente dolor y que, básicamente,  son:
la inyección salina: método por el cual se abrasa al feto inyectando a la madre una solución salina que quema y mata al bebé.
el curetaje: que consiste en descuartizar al niño dentro del vientre de la madre.
la aspiración: como su nombre indica consiste en aspirar al niño como si fuera basura.
Este último método se emplea en embarazos avanzados y consiste en el parto parcial, básicamente se deja nacer al niño al que previamente se ha aplastado la cabeza o algún órgano vital.

Por eso creo que toda niña debería ver como queda un feto después de alguno de estos métodos para formarse una idea en la cabeza de lo que es un IVE. Debería ser de obligado conocimiento el vídeo del “El grito Silencioso” del Dr. Nathanson.

También es una realidad que en ninguna clínica donde se practican abortos se permite a la madre mirar al cubo de basura donde se arrojan los restos de su bebé.
Estas realidades deberían ser sabidas y conocidas por todos los jóvenes Europeos pero, sin embargo, se callan y se ocultan por intereses comerciales y un falso sentimentalismo social que, por no herir sensibilidades, desinforma y confunde.
Además de todos estos argumentos y teniendo claro que asesinar a un inocente nunca puede ser un derecho. El enfoque verdaderamente humano de un embarazo no deseado debería ser el de ayudar y dar soluciones reales a una madre cuyas situaciones pueden ser, en muchos casos, muy desesperadas. Quiero agradecer la gran labor social que las asociaciones próvida en España y en Europa hacen diariamente donde ayudan de forma incondicional a las madres a darse cuenta del gran tesoro que llevan dentro y no empujarlas al brutal proceso de matar a su hijo.
Además hay otro argumento socioeconómico y es que, el aborto, está produciendo en Europa  un desierto demográfico. Por poner un ejemplo, sólo en España se producen al año 95.000 muertes de inocentes mediante el aborto. Estos 95.000 inocentes garantizarían el relevo generacional y el pago de las pensiones futuras  pero, nuestros miopes políticos, creen que un problema ético a largo plazo se puede resolver con subidas de impuestos a corto. Tampoco se dan cuenta de que si no nacen niños, o los continuamos asesinando antes de nacer, y no favorecemos la natalidad, y paramos el genocidio silencioso del aborto, ninguna nación tendrá futuro a medio plazo y, por su puesto, nos enfrentamos a ser engullidos por otros que a sólo unos miles de kilómetros tienen claro que abortar es un crimen.
Por eso el si de Irlanda es triste y preocupante. Es triste para Irlanda y es triste para Europa, si no empezamos a llamar a las cosas por su nombre y seguiremos anestesiados con términos que esconden la verdad y tranquilizan nuestras conciencias acabaremos cayendo al abismo. ( copiado de un artículo de blogspot pensar por libre)

Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...