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31.7.21

Una personalidad que se identifique con Cristo


 Una personalidad que se identifique con Cristo

 ¿Cómo influye la personalidad en la vida diaria? ¿Puede cambiar una persona? ¿qué  papel desarrolla la gracia?¿Por qué reacciono de ese modo? ¿Por qué soy así? ¿Podré cambiar? Son algunas de las preguntas que alguna vez pueden asaltarnos. A veces, nos las planteamos respecto a los demás: ¿por qué tiene ese modo de ser?... Vamos a profundizar sobre estas cuestiones, mirando a nuestra meta: parecernos cada vez más a Jesucristo, dejándolo obrar en nuestra existencia. Este proceso abarca todas las dimensiones de la persona, que al divinizarse conserva los rasgos de lo auténticamente humano, elevándolos según la vocación cristiana. Y es que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre: perfectus Deus, perfectus homo. En Él contemplamos la figura realizada del ser humano, pues «Cristo Redentor (...) revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es ‒si se puede hablar así‒ la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad» 

Si bien lo divino, lo sobrenatural, es el elemento decisivo en la santidad personal, lo que une y armoniza todas las facetas del hombre, no podemos olvidar que esto incluye, como algo intrínseco y necesario, lo humano: Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere -insisto- muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a Él, que es "perfectus Deus, perfectus homo"

La tarea de formar el carácter La acción de la gracia en las almas va de la mano con un crecimiento en la madurez humana, en la perfección del carácter. Por eso, al mismo tiempo que cultiva las virtudes sobrenaturales, un cristiano que busca la santidad procurará alcanzar los hábitos, modos de hacer y de pensar que caracterizan a alguien como maduro y equilibrado. Se moverá no por un simple afán de perfección, sino para reflejar la vida de Cristo; por eso, san Josemaría anima a examinarse: —Hijo: ¿dónde está el Cristo que las almas buscan en ti?: ¿en tu soberbia?, ¿en tus deseos de imponerte a los otros?, ¿en esas pequeñeces de carácter en las que no te quieres vencer?, ¿en esa tozudez?... ¿Está ahí Cristo? —¡¡No!! La respuesta nos da una clave para emprender esta tarea: —De acuerdo: debes tener personalidad, pero la tuya ha de procurar identificarse con Cristo

En la propia personalidad influye tanto lo que se hereda y se manifiesta desde el nacimiento, que suele llamarse temperamento, como aquellos aspectos que se han adquirido por la educación, las decisiones personales, el trato con los demás y con Dios, y otros muchos factores, que incluso pueden ser inconscientes. De este modo, existen distintos tipos de personalidades o caracteres ‒extrovertidos o tímidos, fogosos o reservados, despreocupados o aprensivos, etc.‒, que se expresan en el modo de trabajar, de relacionarse con los demás, de considerar los acontecimientos diarios. Estos elementos influyen en la vida moral, al facilitar el desarrollo de ciertas virtudes o, si falta el empeño por moldearlos, la aparición de defectos: por ejemplo, una personalidad emprendedora puede ayudar a cultivar la laboriosidad, con tal de que al mismo tiempo se viva una disciplina que evitará el defecto de la inconstancia y del activismo. Dios cuenta con nuestra personalidad para llevarnos por caminos de santidad. El modo de ser de cada uno es como una tierra fértil que se ha de cultivar: basta quitar con paciencia y alegría las piedras y malas hierbas que impiden la acción de la gracia, y comenzará a dar fruto.

Cada quien puede hacer rendir los talentos que ha recibido de las manos de Dios, si se deja transformar por la acción del Espíritu Santo, forjando una personalidad que refleje el rostro de Cristo, sin que esto quite para nada los propios acentos, pues variados son los santos del cielo, que cada uno tiene sus notas personales especialísimas[. Si bien hemos de robustecer y pulir la propia personalidad para que se ajuste a un estilo cristiano, no podemos pensar que el ideal sería convertirse en una especie de "superhombre" En realidad, el modelo es siempre Jesucristo, que posee una naturaleza humana igual que la nuestra, pero perfecta en su normalidad y elevada por la gracia.

Madurez humana y sobrenatural La palabra "madurez" significa primero estar en sazón, a punto, y por extensión hace referencia a la plenitud del ser. Al mismo tiempo, nuestra fe incorpora todos los valores nobles que se encuentran en las distintas culturas, y por eso también es útil retomar, purificándolos, los criterios clásicos de madurez humana. Es algo que se ha hecho a lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana, en mayor o menor medida, de forma más o menos explícita. El mundo clásico greco-romano, por ejemplo, que tan sabiamente cristianizaron los Padres de la Iglesia, colocó al centro del ideal de madurez humana especialmente la "sabiduría" y la "prudencia", entendidas con diversos matices. Los filósofos y teólogos cristianos de aquella época enriquecieron esta concepción, señalando la preeminencia de las virtudes teologales, de modo especial la caridad como vínculo de la perfección[8], en palabras de san Pablo, y que da forma a todas las virtudes. Actualmente, el estudio sobre la madurez humana se ha complementado con las distintas perspectivas que ofrecen las ciencias modernas. Sus conclusiones son útiles en la medida en que parten de una visión del hombre abierta al mensaje cristiano. Así, algunos suelen distinguir tres campos fundamentales en la madurez: intelectual, emotiva y social. Rasgos significativos de madurez intelectual pueden ser: un adecuado concepto de sí mismo (cercanía entre lo que uno piensa que es y lo que realmente es, en la que influye decisivamente la sinceridad con uno mismo); una filosofía correcta de la vida; establecer personalmente metas y fines claros, pero con horizontes abiertos e ilimitados (en amplitud, profundidad e intensidad); un conjunto armónico de valores; una clara certidumbre ético-moral; un sano realismo ante el mundo propio y ajeno; la capacidad de reflexión y análisis sereno de los problemas; la creatividad y la iniciativa; etc.

Entre los rasgos de madurez emotiva, sin ninguna pretensión de exhaustividad, cabría señalar: el saber reaccionar proporcionalmente ante los sucesos de la vida, sin dejarse abatir por el fracaso ni perder el realismo en el éxito; la capacidad de control flexible y constructivo de sí mismo; el saber amar, ser generosos y donarse a los demás; la seguridad y firmeza en las decisiones y compromisos; la serenidad y capacidad de superación ante los retos y las dificultades; el optimismo, la alegría, la simpatía y el buen humor. Finalmente, como parte de la madurez social encontramos: el afecto sincero por los demás, el respeto a sus derechos y el deseo de descubrir y aliviar sus necesidades; la comprensión de la diversidad de opiniones, valores o rasgos culturales, sin prejuicios; la capacidad de crítica e independencia frente a la cultura dominante, el entorno y el ambiente, los grupos de presión o las modas; una naturalidad en el comportamiento que lleva a actuar sin convencionalismos; ser capaces de escuchar y comprender; la facilidad para colaborar con otros.

Un camino hacia la madurez Cabría resumir estos rasgos diciendo que la persona madura es capaz de desarrollar un proyecto elevado, claro y armónico de su vida, y que posee las disposiciones positivas necesarias para realizarlo con facilidad. En cualquier caso, la madurez viene como un proceso que requiere tiempo, que pasa por distintos momentos y etapas. Suele crecer de una manera gradual, aunque en la historia personal pueda haber sucesos que impulsan a dar grandes saltos: por ejemplo, la venida al mundo del primer hijo para algunos marca un hito, al caer en la cuenta de lo que implica esta nueva responsabilidad; o, después de atravesar serios apuros económicos, una persona puede aprender a reconsiderar cuáles son las cosas verdaderamente importantes en la vida; etc.

En este camino hacia la madurez, la fuerza transformadora de la gracia se hace presente. Basta una mirada de conjunto a las santas y santos más conocidos para detectar en seguida en ellos los ideales elevados, la certidumbre de sus convicciones, la humildad ‒que es el más adecuado concepto de sí mismo‒, su desbordante creatividad e iniciativa, su capacidad de entrega y amor hecha realidad, su contagioso optimismo, su apertura ‒su afán apostólico, en definitiva‒ eficaz y universal. Contar con la gracia y el tiempo Aunque es posible señalar que en cierto momento una persona ha llegado a una etapa de madurez en su vida, la tarea de trabajar sobre el modo de ser de cada uno se proyecta a lo largo de todo nuestro andar terreno. El autoconocimiento y la aceptación del propio carácter darán paz para no desanimarse en este empeño. Esto no implica ceder al conformismo. Quiere decir, más bien, reconocer que el heroísmo de la santidad no exige poseer ya una personalidad perfecta ni aspirar a un modo de ser idealizado, y que la santidad requiere la lucha paciente de cada día, sabiendo reconocer los errores y pedir perdón.

Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha. Y es que en esta empresa contamos siempre con la ayuda del Señor y con los cuidados maternos de santa María: «La Virgen hace precisamente esto con nosotros, nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser hombres y cristianos de una manera superficial, sino a vivir con responsabilidad, a tender cada vez más hacia lo alto»[13].

Protagonistas de nuestra vida  «Les pido que sean constructores del futuro, que se metan en el trabajo por un mundo mejor. Queridos jóvenes, por favor, no balconeen la vida, métanse en ella, Jesús no se quedó en el balcón, se metió; no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús»[1]. Ante estas palabras del Papa Francisco a los jóvenes, surgen inmediatamente algunas preguntas, que el mismo Romano Pontífice formulaba enseguida: «¿Por dónde empezamos? ¿A quién le pedimos que empiece esto? Por vos y por mí. Cada uno, en silencio otra vez, pregúntese si tengo que empezar por mí, por dónde empiezo. Cada uno abra su corazón para que Jesús le diga por dónde empiezo»[2]. Para ser protagonistas de los acontecimientos del mundo es indispensable comenzar por ser protagonistas de nuestra propia vida.

Libres y condicionados Este protagonismo implica reconocer que si bien las circunstancias familiares o sociales influyen en nuestro carácter, no lo determinan de un modo absoluto. Lo mismo cabe decir de los instintos más elementales que provienen de la constitución corporal, y también de la herencia genética: marcan algunas tendencias, pero que se pueden moldear y orientar con el ejercicio de una voluntad que sigue a la razón bien formada.

Nuestra personalidad se forja en la medida en que libremente tomamos decisiones, ya que las acciones humanas no se dirigen únicamente a cambiar nuestro entorno, sino que también influyen en nuestro modo de ser. Aunque a veces suceda de una manera no muy consciente, la repetición de actos hace que adquiramos ciertas costumbres o adoptemos una postura ante la realidad. Por eso, cuando explicamos el por qué de nuestras reacciones espontáneas, más que decir "es que soy así", muchas veces tendríamos que admitir: "me he hecho así".

Tenemos condicionamientos que muchas veces son difíciles de controlar, como la calidad de las relaciones familiares, el entorno social en el que se crece, una enfermedad que nos limita en cualquier sentido, etc. Frecuentemente, no es posible ignorarlos o remediarlos, pero sí cabe cambiar la actitud con la que se enfrentan, sobre todo si somos conscientes de que nada escapa de los cuidados providentes de Dios: Es necesario repetir una y otra vez que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor[3]. En cualquier circunstancia, incluso con grandes limitaciones, podemos dar a Dios y al prójimo obras de amor, por más pequeñas que parezcan: ¡quién sabe cuánto vale una sonrisa en medio de la tribulación, el ofrecimiento al Señor del dolor en unión a la Cruz, la aceptación paciente de las contrariedades! Nada puede superar a un amor sin límites, más fuerte que el dolor, que la soledad, que el abandono, que la traición, que la calumnia, que el sufrimiento físico y moral, que la propia muerte.

Artífices de la propia vida Descubrir los talentos personales -virtudes, capacidades, competencias-, agradecerlos y sacarles el partido posible es tarea de nuestra libertad. Pero hemos de recordar que lo que más estructura la personalidad cristiana son los dones de Dios, que inciden en lo más íntimo de nuestro ser. Entre estos se encuentra, de modo eminente, el regalo inmenso de la filiación divina, recibido con el Bautismo. Gracias a esta, el Padre ve en nosotros la imagen -si bien imperfecta, pues somos creaturas limitadas- de Jesucristo, que se hace cada vez más clara con el sacramento de la Confirmación, el perdón transformador de la Penitencia y, especialmente, la comunión con su Cuerpo y su Sangre. Partiendo de estos dones recibidos de la mano de Dios, cada persona, lo quiera o no, es autor de su existencia. En palabras de san Juan Pablo II, «a cada hombre se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra»[4]. Somos dueños de nuestros actos -el Señor desde el principio, creó al hombre y le dejó en manos de su propio albedrío[5]-; somos nosotros, si queremos, los que llevamos las riendas de nuestras vidas en medio de las tormentas y dificultades.

¡Somos libres! Este descubrimiento se experimenta con algo de incertidumbre: ¿dónde llevaré mi vida?; pero sobre todo con gozo: Dios, al crearnos, ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido una historia que sea una historia verdadera, hecha de auténticas decisiones, y no una ficción ni un juego[6]. En esta aventura no estamos solos: contamos, en primer lugar, con la ayuda del mismo Dios, que nos propone una misión, y también con la colaboración de los demás: familiares, amigos, incluso personas que coinciden casualmente con nosotros en algún momento de la existencia. El protagonismo en la propia vida no implica negar que para muchos aspectos somos dependientes, y si consideramos que esta dependencia es recíproca, entonces también cabría decir que somos interdependientes. La libertad, por lo tanto, no se basta a sí misma: quedaría vacía si no la empleamos para comprometemos en cosas grandes, magnánimas. Como veremos, la libertad es para la entrega o, dicho de otro modo, solo cabe una libertad entregada.

Un camino para recorrer San Josemaría solía recordar un cartel que encontró en Burjasot (Valencia), poco tiempo después del fin de la guerra civil española, con una frase que no pocas veces citó en su predicación: "Cada caminante siga su camino". Cada alma vive su propia vocación de un modo personal, con sus propios acentos: Se puede andar por la derecha, por la izquierda, en zig-zag, caminando con los pies, a caballo. Hay cien mil maneras de ir por el camino divino[7]. Cada persona es el actor principal de su historia de santidad, cada una tiene su sello distintivo, en la configuración de cualquier faceta de su existencia y de su personalidad, evitando el mero "dejarse llevar" por los sucesos. Libremente —como hijos, insisto, no como esclavos—, seguimos el sendero que el Señor ha señalado para cada uno de nosotros. Saboreamos esta soltura de movimientos como un regalo de Dios[8]. Esta soltura -soberanía humana- va de la mano de la responsabilidad, del saber que somos "hechura de Dios": un sueño divino que se hace realidad en la medida en que experimentamos el amor sin condiciones, que pide nuestra respuesta. El amor de Dios afirma nuestra libertad, y la eleva a cotas insospechadas con su gracia. Cada persona nota la necesidad de abrirse a alguien más, de compartir la existencia, de dar y recibir amor.

Caminar acompañados Dentro de los planes divinos, la vida está hecha para compartirse: el Señor cuenta con la ayuda mutua que se prestan los seres humanos. Lo constatamos, de hecho, cada día: tantas veces ni siquiera somos capaces de cubrir las necesidades más básicas y perentorias de manera individual. Nadie puede ser completamente autónomo. En un nivel más profundo, cada persona nota esa necesidad de abrirse a alguien más, de compartir la existencia, de dar y recibir amor. «Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal»[9].

Esta natural apertura hacia los demás llega a su máxima expresión en los planes redentores del Señor. Cuando recitamos el Símbolo de los Apóstoles, confesamos que creemos en la comunión de los santos, comunión que es la entraña de la Iglesia. Por eso, en la vida espiritual, también es indispensable aprender a contar con la ayuda de los demás, que están implicados de un modo u otro en nuestra relación con Dios: recibimos la fe a través de la enseñanza de nuestros padres y catequistas; participamos de los sacramentos que celebra un ministro de la Iglesia; acudimos al consejo espiritual de otro hermano en la fe, que también reza por nosotros; etc.

Saber que caminamos acompañados en la vida cristiana nos llena de alegría y tranquilidad, sin que disminuya nuestro propio empeño por alcanzar la santidad. Aunque muchas veces nos dejemos llevar de la mano, nuestro papel no se limita a eso. San Josemaría, al referirse a la vida espiritual, manifestaba que el consejo no elimina la responsabilidad personal. Y concluía: la dirección espiritual debe tender a formar personas de criterio[10]. Por esto, no queremos que nos suplan en las resoluciones que tomamos, ni dejar de poner esfuerzo en las tareas que hemos hecho propias. Al mismo tiempo que reconocemos la ayuda indispensable de los demás, hemos de ser conscientes de que, en la vida espiritual es el Señor quien actúa a través de ellos para transmitirnos su luz y fuerza. Esto nos da seguridad para continuar caminando hacia la santidad cuando, por un motivo u otro, faltan aquellas personas que jugaban un papel importante en nuestra vida cristiana. En este sentido, también gozamos de una profunda libertad de espíritu en relación a las personas que Dios ha puesto a nuestro lado, a quienes queremos a través del corazón de Cristo, y cuyo apoyo agradecemos profundamente.

Libres para amar sin condiciones  Los cristianos sabemos que la plenitud personal llega como fruto de la libre y total disponibilidad a los deseos del Amor de un Dios Creador, Redentor y Santificador. Los dones que hemos recibido alcanzan su máximo rendimiento al abrirnos a la gracia de Dios, como confirma la experiencia de tantos santos y santas. Al dejar que el Señor se metiera en sus vidas, supieron ponerse amorosamente a su servicio, como Santa María que, en el momento de la Anunciación pronuncia la respuesta firme: fiat! —¡hágase en mí según tu palabra!—, el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios[11].

Cuando una persona se decide por Dios, empeña sus sueños y energías en lo que más vale la pena. Se da cuenta del sentido último de la libertad, que no está simplemente en poder elegir una cosa u otra, sino en poder disponer de la vida para algo grande, aceptando compromisos definitivos. Dedicar las propias cualidades a seguir a Cristo, aunque a veces implique rechazar otras opciones, trae la felicidad, el ciento por uno[12] en la tierra y la vida eterna[13]. Refleja también un alto grado de madurez interior, pues solo quien tiene una personalidad con convicciones es capaz de comprometerse de una manera total: Libremente, sin coacción alguna, porque me da la gana, me decido por Dios[14].

Abandonar pasado, presente y futuro en el Señor El alma que opta por Dios se mueve con una paz interior que supera cualquier tribulación. Sé en quién he creído[15]: son palabras que expresan la confianza de san Pablo en medio de las dificultades por ser fiel a su vocación de apóstol de las gentes. Quien pone al Señor por fundamento, goza de una seguridad inquebrantable, y esto le permite donarse también a los demás: viviendo el celibato por motivos apostólicos o en el matrimonio o en tantos otros caminos que puede tomar la existencia cristiana. Es una entrega que abarca presente, pasado y futuro, como rezaba san Josemaría: Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno]. Nadie puede cambiar el pasado. Sin embargo, el Señor toma la historia de cada uno, perdona en el sacramento de la Reconciliación los pecados que puedan haber existido y reintegra armoniosamente esos sucesos en la vida de sus hijos. Todo es para bien[17]: incluso los errores que hemos cometido, si sabemos acudir a la misericordia divina y, con la gracia de Dios, procuramos vivir en el presente más pendientes de Él. Así se está también en condiciones de ver confiadamente el futuro, pues sabemos que está en manos de un Padre que nos quiere: ¡quien está en las manos de Dios, cae y se levanta siempre en las manos de Dios!

El recto amor de sí mismo  Habéis sido rescatados (…) no con bienes corruptibles, plata u oro, sino con la sangre preciosa de Cristo[1]. San Pedro recuerda a los primeros cristianos que su existencia tiene un valor inconmensurable, pues han sido objeto del abundante amor del Señor, que los ha redimido. Cristo, con el don de la filiación divina, llena de seguridad nuestros pasos por el mundo. Así lo manifestaba con espontaneidad a san Josemaría un chico: "Padre —me decía aquel muchachote (¿qué habrá sido de él?), buen estudiante de la Central—, pensaba en lo que usted me dijo ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, 'engallado' el cuerpo y soberbio por dentro ¡hijo de Dios!" Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la "soberbia"[2].

Conocer la grandeza de nuestra condición ¿Cómo entender ese fomentar la "soberbia"? Ciertamente, no se trata de imaginar virtudes que uno no tiene, ni de vivir con un sentido de autosuficiencia que tarde o temprano traiciona. Consiste más bien en conocer la grandeza de nuestra condición: el ser humano es la «única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo»[3]; creado a su imagen y semejanza, está llamado a llevar a plenitud esta imagen al identificarse cada vez más con Cristo por la acción de la gracia. Esta vocación sublime funda el recto amor de sí mismo, que está presente en la fe cristiana. A la luz de esa fe, podemos juzgar nuestros logros y fracasos. La aceptación serena de la propia identidad condiciona nuestra forma de estar en el mundo y de actuar en él. Además, contribuye a la confianza personal que disminuye los miedos, precipitaciones y retraimientos, facilita la apertura a los demás y a las nuevas situaciones y fomenta el optimismo y la alegría.

La idea positiva o negativa que tenemos de nosotros depende del conocimiento propio y del cumplimiento de las metas que cada uno se propone. Estas parten, en buena medida, de los modelos de hombre o mujer que deseamos alcanzar y que se nos presentan de modos muy diversos, por ejemplo, a través de la educación recibida en el hogar, los comentarios de amigos o conocidos, las ideas predominantes en una determinada sociedad. Por eso, es importante definir cuáles son nuestros puntos de referencia, ya que si son altos y nobles, contribuirán a una adecuada autoestima. Y conviene identificar cuáles son los modelos que circulan en nuestra cultura porque, más o menos conscientemente, influyen en cómo nos valoramos.

Preguntarse por los modelos Sucede, en ocasiones, que formulamos un juicio distorsionado sobre nosotros al haber admitido unos criterios de éxito que, de hecho, pueden ser poco realistas e incluso nocivos: la eficacia profesional a costa de cualquier precio, relaciones afectivas egocéntricas, estilos de vida marcados por el hedonismo. Nos podemos sobrevalorar después de algunos logros, que nos parecen reconocidos por los demás; también nos puede suceder lo contrario: infravalorarnos, al no haber alcanzado determinados objetivos o no sentirnos considerados en ciertos ambientes. Estas valoraciones equivocadas son, en gran medida, la consecuencia de mirar demasiado a quienes califican la trayectoria personal exclusivamente en función de lo que se logra, tiene o posee. Para evitar los riesgos anteriores, vale la pena preguntarse cuáles son nuestros puntos de referencia en la vida profesional, familiar, social y si estos son compatibles con una perspectiva cristiana de la existencia. Sabemos, además, que en último término el modelo más perfecto, completo y plenamente coherente es Jesucristo Ver nuestra vida a la luz de la suya es el mejor modo de valorarnos, pues sabemos que Jesús es un ejemplo cercano, con el que tenemos una relación personal -de un yo con un Tú-a través del amor. Autoconocimiento: con la luz de Dios Para juzgarse con verdad, es imprescindible conocerse. Esta tarea es compleja y requiere un aprendizaje que, en cierto sentido, no termina nunca. Empieza por superar una perspectiva exclusivamente subjetiva -"según yo", "según mi opinión", "a mí me parece"….- para tener en consideración otros pareceres. Si ni siquiera sabemos con exactitud cómo es nuestra voz o apariencia física, y hemos de acudir a herramientas como una grabación o el espejo, ¡cuánto más será indispensable admitir que no somos los mejores jueces para valorar nuestra propia personalidad!

Además de la reflexión personal, conocerse a sí mismo es fruto de lo que nos enseñan los demás sobre nosotros. Esto se consigue cuando sabemos abrirnos a quienes nos pueden ayudar -¡qué gran recurso tenemos en la dirección espiritual personal!-, admitiendo sus opiniones y considerándolas en relación a un buen ideal de vida. En este ámbito también influyen la interacción con quienes nos rodean, las modas y costumbres de la sociedad. Un entorno que promueve la reflexión favorece el desarrollo de los recursos de introspección; mientras que un ambiente con estilo de vida superficial, limita ese desarrollo.

Conviene, por lo tanto, fomentar hábitos de reflexión y preguntarnos cómo nos ve Dios. La oración es el tiempo oportuno, pues al mismo tiempo que conocemos al Señor nos conocemos a nosotros mismos con su luz. Más vale oír reproche de sabio que escuchar alabanza de necio[4]. Por otro lado, como todos somos en parte responsable de la autoestima de quienes nos rodean, hemos de esmerarnos para que en nuestras palabras se refleje la consideración por cada uno, que es hijo de Dios. Especialmente si tenemos una posición de autoridad o de guía (en la relación padre-hijo, profesor-alumno, etc.) los consejos e indicaciones contribuirán a reafirmar en los demás la convicción del propio valer, incluso cuando es preciso corregir con claridad. Este es el punto de partida, el oxígeno para que la persona crezca respirando por sí misma, con esperanza.

Aceptación personal: así nos quiere el Señor Al considerar el propio modo de ser a la luz de Dios, estamos en condiciones de aceptarnos como somos: con talentos y virtudes, pero también con defectos que admitimos humildemente. La verdadera autoestima implica reconocer que no todos somos iguales y aceptar que otras personas pueden ser más inteligentes, tocar mejor un instrumento musical, ser más atléticos... Todos tenemos buenas cualidades que podemos desarrollar y, más importante aún, todos somos hijos de Dios. En esto consiste la genuina auto-aceptación, el sentido positivo del amor propio del cristiano que quiere servir a Dios y a los demás, desechando las comparaciones excesivas que podrían conducir a la tristeza.

En último término, nos aceptaremos como somos si no perdemos de vista que Dios nos ama con nuestros límites, que forman parte de nuestro camino de santificación y son la materia de nuestra lucha. El Señor nos elige, como a los primeros Doce: hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres (cfr. Mt 4, 19), corredentores, administradores de la gracia de Dios.  Ante el éxito y los fracasos Desde este planteamiento sobrenatural, se contemplan con mayor profundidad nuestro modo de ser y trayectoria biográfica, entendiendo su pleno sentido. Se relativizan, con una visión de eternidad, los sucesos y logros temporales. Así, si nos alegramos con el éxito en nuestra actividad, sabemos también que lo más importante es que esta haya servido para crecer en santidad. Es el realismo cristiano, madurez humana y sobrenatural, que del mismo modo que no se deja llevar por la exaltación que puede provocar el triunfo o la alabanza, tampoco se arrastra por el pesimismo ante la derrota.   Al mismo tiempo, admitir que las dificultades externas y las propias imperfecciones limitan nuestros logros es uno de los aspectos que da forma a la autoestima, fundamenta la madurez personal y abre las puertas del aprendizaje. Solo podemos aprender desde el reconocimiento de nuestras carencias y con la actitud de extraer experiencias positivas de lo sucedido: ¡Has fracasado! -Nosotros no fracasamos nunca. -Pusiste del todo tu confianza en Dios. -No perdonaste, luego, ningún medio humano. Convéncete de esta verdad: el éxito tuyo -ahora y en esto- era fracasar. -Da gracias al Señor y ¡a comenzar de nuevo![7] Se está en condiciones de emprender el camino de la Cruz, que muestra las paradojas de la fortaleza de la debilidad, la grandeza de la miseria y el crecimiento en la humillación, y enseña su extraordinaria eficacia.

Obrar con seguridad y saber rectificar La seguridad personal es más firme cuando se apoya en el saberse hijos amados de Dios, y no en la certeza de alcanzar el éxito, que tantas veces se nos escapa. Esta convicción permite tolerar el riesgo que acompaña cualquier decisión, superar la parálisis de la inseguridad y guardar una actitud de razonable apertura hacia lo nuevo. No es prudente el que no se equivoca nunca, sino el que sabe rectificar sus errores. Es prudente porque prefiere no acertar veinte veces, antes que dejarse llevar de un cómodo abstencionismo. No obra con alocada precipitación o con absurda temeridad, pero asume el riesgo de sus decisiones, y no renuncia a conseguir el bien por miedo a no acertar.   incluso las caídas cuando pedimos perdón al Señor y, con su gracia, nos levantamos habiendo crecido en humildad. De este modo, saber rectificar forma parte del proceso de conversión: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda iniquidad.

Una virtud indispensable La autoestima crece, en definitiva, al amparo de la humildad, porque ésa es la virtud que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza[11]. Si falta esta actitud del alma, no es raro que lleguen problemas de estima personal. Pero cuando se cultiva, la persona se llena de realismo, y se valora con acierto: ¡no somos hombres ni mujeres impecables, pero tampoco seres corrompidos! Somos hijos de Dios, y sobre nuestras limitaciones se asienta una dignidad insospechada.

Formar el carácter en la virtud La madurez cristiana implica tomar las riendas de nuestra vida, preguntarnos de verdad, ante Dios, qué nos falta aún. Inicia entonces un combate por adquirir, con nuestro empeño y sobre todo la ayuda del Señor, las virtudes. «Cuando salía para ponerse en camino, vino uno corriendo y, arrodillado ante él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?»[1]. Nosotros, discípulos del Señor, presenciamos la escena con los Apóstoles, y quizá nos sorprendemos ante la contestación: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios»[2] Jesús no da una respuesta directa. Con suave pedagogía divina, quiere conducir a aquel joven hacia el sentido último de sus aspiraciones: «Jesús muestra que la pregunta del joven es, en realidad, una pregunta religiosa y que la bondad, que atrae y al mismo tiempo vincula al hombre, tiene su fuente en Dios, más aún, es Dios mismo: el Único que es digno de ser amado “con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente"» Para entrar en la Vida El Señor vuelve enseguida a los términos de aquella consulta audaz: ¿qué debo hacer? «Si quieres entrar en la Vida -responde- guarda los mandamientos». Tal como lo presentan los evangelios, el joven es un judío piadoso que podría haberse ido satisfecho con esta respuesta; el Maestro le ha confirmado en sus convicciones, porque le refiere a los mandamientos que ha guardado desde su adolescencia. Sin embargo, quiere oírlos de la boca de este nuevo Rabbí que enseña con autoridad. Intuye, y no se equivoca, que puede abrirle horizontes insospechados. «¿Cuáles?», pregunta. Jesús le recuerda los deberes que tienen que ver con el prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás al prójimo como a ti mismo»]. Son los preceptos -la llamada segunda tabla- que protegen «el bien de la persona humana, imagen de Dios, a través de la tutela de sus bienes particulares»]. Constituyen la primera etapa, la vía hacia la libertad, no la libertad perfecta, como señala san Agustín; dicho de otro modo, son una fase inicial en el camino del amor, pero todavía no el amor maduro, plenamente cumplido.

¿Qué me falta aún? El joven conoce y vive estas prescripciones, pero algo en su interior le pide más; tiene que haber -piensa- algo más que pueda hacer. Jesús lee en su corazón: «fijó en él su mirada y quedó prendado de él»[10]. Y le lanza el desafío de su vida: «Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme. Jesucristo ha puesto a aquel hombre frente a su conciencia, frente a su libertad, frente a su deseo de ser mejor. No sabemos hasta qué punto ha entendido los requerimientos del Maestro, aunque por su misma pregunta -«¿qué me falta aún?»-, parece como si hubiera esperado otras “cosas para hacer". Sus disposiciones son buenas, aunque quizá aún no había entendido la necesidad de interiorizar el sentido de los mandamientos del Señor. La vida a la que Dios llama no consiste únicamente en hacer cosas buenas, sino en «ser buenos», virtuosos. Como solía precisar nuestro Padre[12], no basta con ser bondadosos, sino buenos, de acuerdo con el panorama inmenso -«uno sólo es el bueno»[13]- que Jesús abre ante nosotros.

La madurez cristiana implica tomar las riendas de nuestra vida, preguntarnos de verdad, ante Dios, qué nos falta aún. Nos impulsa a salir del cómodo refugio de quien es un cumplidor de la ley para descubrir que lo que cuenta es seguir a Jesús, a pesar de los propios errores. Dejamos entonces que sus enseñanzas transformen nuestro modo de pensar y de sentir. Experimentamos que nuestro corazón, antes pequeño y encogido, se dilata con la libertad que Dios ha puesto en él: «corro por el camino de tus mandamientos porque has dilatado mi corazón»]

El reto de la formación moral El joven no esperaba que “la cosa que faltaba" fuera precisamente poner su vida a los pies de Dios y de los demás, perdiendo su seguridad de cumplidor Y se marchó triste, como sucede a todo aquel que prefiere seguir exclusivamente su propia hoja de ruta, en vez de dejar que Dios lo guíe y le sorprenda. Dios nos ha llamado a vivir con su libertad -«hac libertate nos Christus liberavit»[15]- y, en el fondo, nuestro corazón no se conforma con menos.

Madurar es aprender a vivir de acuerdo a unos ideales altos. No se trata simplemente de conocer unos preceptos o de adquirir una visión cada vez más afinada de las repercusiones de nuestros actos. Decidirse a ser buenos -santos, en definitiva- supone identificarse con Cristo, sabiendo descubrir las razones del estilo de vida que Él nos propone. Implica, por tanto, conocer el sentido de las normas morales, que nos enseñan a qué bienes debemos aspirar, cómo debemos de vivir para alcanzar una existencia plena. Y esto se alcanza incorporando en nuestro modo de ser las virtudes cristianas.

Los pilares del carácter El saber moral no es un discurso abstracto, ni una técnica. La formación de la conciencia requiere un fortalecimiento del carácter que se apoya sobre las virtudes como sus pilares. Estas asientan la personalidad, la estabilizan, le trasmiten equilibrio. Nos hacen capaces de salir de nosotros mismos, del egocentrismo, y dirigir el foco de nuestros intereses fuera de nosotros, hacia Dios y hacia los demás. La persona virtuosa está centrada, posee medida en todo, es recta, íntegra, enteriza. En cambio, quien carece de virtudes a duras penas será capaz de emprender proyectos de envergadura o de dar forma a los grandes ideales. Su vida estará hecha de improvisaciones y bandazos, de modo que no será fiable, ni siquiera para sí mismo.

Fomentar las virtudes expande nuestra libertad. Nada tiene que ver la virtud con el acostumbramiento o con la rutina. Desde luego, para que arraigue un hábito operativo bueno, para que cuaje en nuestro modo de ser y nos lleve a obrar el bien con más facilidad, no basta con una sola acción. 

La renovación del espíritu Las virtudes, humanas y sobrenaturales, nos orientan hacia el bien, hacia aquello que colma nuestras aspiraciones. Nos ayudan a alcanzar la auténtica felicidad, que consiste en unirse a Dios: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado». Otorgan facilidad para actuar según los preceptos morales, que ya no se ven solo como normas a cumplir, sino como un camino que conduce a la perfección cristiana, a la identificación con Jesucristo según el estilo de vida de las bienaventuranzas, que son como el retrato de su rostro y «se refieren a actitudes y disposiciones básicas de la existencia.

Se abre, entonces, un camino de crecimiento en la vida cristiana, según las palabras de san Pablo: «transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto». La gracia cambia el modo en que juzgamos los distintos eventos, y nos da criterios nuevos para actuar. Progresivamente, aprendemos a ajustar nuestro modo de ver las cosas a la voluntad de Dios, que se expresa también en la ley moral, de modo que amamos el bien, la vida santa, y gustamos «qué es lo bueno, agradable y perfecto». Se alcanza una madurez moral y afectiva en clave cristiana, que lleva a apreciar con facilidad qué es lo auténticamente noble, verdadero, justo y bello, y a rechazar el pecado, que ofende la dignidad de los hijos de Dios.

«el criterio supone madurez, firmeza de convicciones, conocimiento suficiente de la doctrina, delicadeza de espíritu, educación de la voluntad»[21]. ¡Qué gran retrato de la personalidad cristiana!: una madurez que nos ayuda a tomar decisiones con libertad interior y hacerlas propias, es decir, con la responsabilidad del que sabe dar cuenta de ellas; unas convicciones fuertes y seguras, basadas en un conocimiento profundo de la doctrina cristiana que alcanzamos a través de clases o charlas de formación, las lecturas, la reflexión y, especialmente, del ejemplo de otros, pues las «verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente». Esto se conjuga con la delicadeza de espíritu, que se traduce en afabilidad con los demás, y la educación de la voluntad, que se resuelve en llevar una vida virtuosa. Un «alma de criterio», por lo tanto, sabe preguntarse en las distintas circunstancias: ¿qué espera Dios de mí? Pide luces al Espíritu Santo, recurre a los principios que ha asimilado, se aconseja con quien puede ayudarle, y sabe actuar en consecuencia.

Fruto del amor Así entendido, el comportamiento moral -que se concreta en vivir los mandamientos con la fuerza de la virtud- es fruto del amor, que nos compromete en la búsqueda y promoción del bien. Un amor así va más allá del sentimiento, que por su propia naturaleza es fluctuante y fugaz: no depende de los humores del momento, de lo que me apetece, o de lo que me gustaría en una determinada circunstancia. Más bien, amar y ser amado supone un darse, que se funda en el atractivo que originan en el corazón el saberse querido por Dios y esos grandes ideales por los que vale la pena empeñar la libertad: «En la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios» La perfección cristiana no se limita al cumplimiento de unas normas, pero tampoco al desarrollo aislado de capacidades como el autocontrol o la eficiencia. Impulsa, más bien, a la entrega de la libertad al Señor, a responder a su invitación: «ven y sígueme»[24], con la ayuda de su gracia. Se trata de vivir según el Espíritu[25], movidos por la caridad, de modo que se desea servir a los demás, y se comprende que la ley de Dios es la vía privilegiada para practicar ese amor libremente elegido. No es cuestión de cumplir unas reglas, sino de adherirse a Jesús, de compartir su vida y su destino, obedeciendo amorosamente a la voluntad del Padre.

Sin ser perfeccionistas. Luchamos por amor a nuestro Padre Dios, es en Él en quien tenemos fija la mirada y no en nosotros mismos. Conviene, por tanto, desechar la tendencia al perfeccionismo, que quizá podría surgir si planteáramos erróneamente nuestra lucha interior según unos criterios de eficacia, la precisión, el rendimiento…, muy en boga en algunos contextos profesionales, pero que desdibujan la vida moral cristiana. La santidad consiste principalmente en amar a Dios. De hecho, la madurez lleva a armonizar el deseo de actuar bien, con las limitaciones reales que experimentamos en nosotros mismos y en los demás. Sin embargo, no perderemos la paz, pues Dios nos dice, lo mismo que al Apóstol: «Te basta mi gracia»[27]. Nos llenamos de agradecimiento y esperanza, pues el Señor cuenta con nuestras limitaciones, con tal de que nos impulsen a convertirnos, a acudir a su ayuda.


4.6.21

Los Restos Del Dia (Dignidad)


                                                           



A propósito de la lectura de Lo que queda del día, de Kazuo Ishiguro

«La verdadera dignidad no consiste solo en cumplir con el deber, sino en no dejar nunca de ser profundamente humanos.»

Hay libros que, al cerrar la última página, continúan abiertos dentro de nosotros. Eso me ocurrió con Lo que queda del día.

Después de comentarlo en nuestra tertulia literaria, surgió una pregunta aparentemente sencilla, pero inmensa en su significado:

¿Qué es la dignidad?

En la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX, la figura del mayordomo representaba la excelencia en el servicio. No era únicamente quien dirigía una gran mansión. Era administrador, consejero, organizador y depositario de una discreción absoluta. Debía poseer una sólida cultura, una educación exquisita y una extraordinaria capacidad para anticiparse a las necesidades de su señor. En muchas ocasiones estaba presente en reuniones donde se tomaban decisiones que influían en el destino de países enteros.

Solo unos pocos alcanzaban una responsabilidad semejante.

Sin embargo, el protagonista de esta novela comete un error que marcará toda su existencia: confunde la dignidad con la perfección en el deber.

Su afán por ser el mayordomo perfecto le impide escuchar su propio corazón. Renuncia al amor, deja pasar la oportunidad de expresar a su padre el afecto y la gratitud que merecía y sacrifica sus sentimientos en nombre de una fidelidad entendida como obediencia absoluta.

Solo al final descubre que una vida impecablemente cumplida puede esconder un inmenso vacío.

Y esa reflexión trasciende la novela.

Porque todos, en mayor o menor medida, corremos el riesgo de confundir nuestras obligaciones con el verdadero sentido de la vida.

¿Qué es la dignidad?

Después de darle muchas vueltas, he llegado a una conclusión sencilla.

La dignidad consiste en reconocer el valor de toda persona y actuar siempre con respeto hacia ella, hacia nosotros mismos y hacia todo cuanto hemos recibido.

Es una palabra que camina de la mano de la honestidad, la coherencia, el compromiso y el amor.

Y esa dignidad se pone a prueba cada día.

La dignidad de la persona

Toda persona posee dignidad por el simple hecho de existir. No depende de su origen, de su posición social, de su cultura o de sus creencias.

La historia nos recuerda, con demasiada frecuencia, lo que sucede cuando olvidamos esta verdad. Los campos de concentración nazis constituyen uno de los ejemplos más terribles de la degradación humana: hombres y mujeres privados incluso de su nombre para convertirse únicamente en un número.

Cada avance científico, político o económico solo tiene sentido cuando está verdaderamente al servicio de la persona. Ningún progreso merece ese nombre si exige sacrificar la dignidad humana.

La dignidad en la vida pública

La política debería entenderse como una auténtica vocación de servicio.

Quien asume una responsabilidad pública no debería vivir del pueblo, sino para el pueblo.

La dignidad exige preparación, competencia y honestidad. Del mismo modo que esperamos profesionalidad en cualquier oficio, también deberíamos exigirla a quienes toman decisiones que afectan al bien común.

La dignidad de nuestra casa común

La Tierra no nos pertenece; nosotros pertenecemos a ella.

Durante demasiado tiempo hemos vivido como propietarios absolutos, olvidando que respiramos su aire, bebemos de sus aguas y dependemos de sus recursos para vivir.

San Francisco de Asís la llamaba hermana y madre. Me parece una imagen de una belleza extraordinaria.

Una madre prepara lo necesario para todos sus hijos. Somos nosotros quienes, demasiadas veces, administramos mal esos dones.

Los incendios, la contaminación y la explotación indiscriminada de los recursos naturales nos recuerdan que nuestras decisiones de hoy condicionarán la vida de las generaciones futuras.

Reflexión final

Quizá esa sea la gran enseñanza que me deja Lo que queda del día.

La dignidad no consiste únicamente en cumplir con nuestro deber hasta el sacrificio de nosotros mismos.

También exige detenernos para mirar a quienes amamos, agradecer, perdonar, cuidar y dejarnos querer.

El mayordomo fue un hombre admirable en su profesión, pero demasiado tarde comprendió que la perfección en el servicio no basta para llenar una vida.

Porque existen deberes que nacen del corazón y, cuando los dejamos pasar, el tiempo rara vez nos concede una segunda oportunidad.

Tal vez esa sea la pregunta que Kazuo Ishiguro deja suspendida en el aire al cerrar la novela:

¿De qué sirve una vida perfectamente cumplida si, al llegar el ocaso, sentimos que lo mejor... quedó atrás?

📖 Ficha de lectura

Autor: Kazuo Ishiguro

Título: Lo que queda del día

Mi valoración: ⭐⭐⭐⭐

Me quedo con...

"La dignidad no consiste solo en hacer bien nuestro trabajo. También consiste en vivir con humanidad, cuidar a quienes amamos y no dejar que el deber silencie la voz del corazón."

«La verdadera dignidad no se mide por el cargo que ocupamos ni por el reconocimiento que recibimos, sino por la humanidad con la que vivimos y por el amor que dejamos en nuestro camino.»

✒️ LUCIA SS


1.7.20

Gestacion subrogada

    

   La gestación subrogada

   Es una nueva alternativa a la maternidad/paternidad, donde el bebé es gestado por una mujer que no lo va a criar y que, a cambio, recibe un ingreso económico. 

 Creo recordar que comente;  que una prioridad para mi,  son los temas actuales, que atañen especialmente al más débil. Antes de escribir, leo mucho, Oigo, pienso y reflexiono sobre el tema para plasmarlo a pesar de su dificultad y controversia.

Soy consciente, de que esta práctica se está extendiendo, y me implico  bastante con el tema, ya que la imagen que se quiere presentar es casi idílica y tantas cosas permanecen veladas.

 Cómo afecta a los bebés

No podemos pasar por alto todo lo que implica para el recién nacido, los riesgos y los graves efectos psicológicos. Más allá de los sentimientos de los padres y de la ética del "negocio",

 La idea de que los recién nacidos son como una tabla de cera en la que todo está por escribir es muy antigua, ya lo pensó Aristóteles. De hecho, durante siglos los científicos de la época y  filósofos, debatían al respecto; de si al nacer el ser humano posee algún tipo de conocimiento. El tema se zanjó definitivamente en el siglo XX con el desarrollo de la tecnología que permitió comprender el desarrollo embriológico y ver las reacciones de los bebés a diferentes estímulos, desde momentos muy tempranos del embarazo. Respuestas por parte del feto,  visual, auditiva, olfativa y de preferencias  humanas y por supuesto al dolor.

¿Cómo influye en el bebé lo que siente su madre en el embarazo?

Los bebés en el útero perciben su ambiente y les afecta enormemente, todo lo que vive y siente la madre. Se llama “teoría de programación fetal”, es decir, que durante algunos momentos del embarazo hay sistemas biológicos del bebé  que quedan “programados” para dar una respuesta de por vida a un tipo de ambiente externo.  La psique comienza en el embarazo, con el vínculo prenatal, condicionado por el estado emocional de la madre.           

Investigaciones confirman, que lo que se vive en el útero, deja una huella que durará de por vida y que en muchos aspectos condiciona la salud física y emocional. el bebé y su cuerpo recuerdan la vida intrauterina.Condiciona en muchos aspectos su desarrollo cerebral lo que vive en el embarazo, en el parto y en los primeros días. Dejan una huella muy importante en su vida psíquica.

 Cada vez es mayor la evidencia, que demuestra como ese viaje que supone salir del vientre materno quedó profundamente grabado en la psique y en el cuerpo.  Una serie de mecanismos neurohormonales hacen que nada más nacer los bebés esperen encontrarse con su madre, reconocerla, olerla, mirarla a los ojos, e idealmente iniciar la lactancia. 

¿Cómo le afecta al bebé ser separado de su madre nada más nacer y definitivamente?

El bebé gestado, espera encontrarse con la mujer que le ha gestado, que para él es su única madre. Espera ser amado y criado por ella. La herida primal, el trauma de la separación, Y pérdida de su madre, son enormes,  equivalentes a su muerte durante el parto.

 Nils Bergman, investigador neonatólogo, referente mundial y  evidencia científica actual, demuestra lo doloroso que es para los bebés ser separados de su madre nada más nacer. Las consecuencias son más dañinas y las secuelas más graves, obviamente, cuanto la gravedad médica justifican esa separación inmediata.

Esta herida primal. Es la que muchos niños  adoptados han sufrido con separaciones tempranas y traumáticas de la madre.  Que a veces favorece trastornos del vínculo o alteraciones muy graves de la conducta en la infancia o adolescencia que pueden ser muy difíciles de tratar: Precisando terapias. Familiarmente vinculado a la falta de raíces.

Adopción y  subrogación

 La mayoría de niños adoptados crecen saludablemente y sin secuelas del abandono inicial, pero también hay una minoría que sí tiene dificultades muy severas y graves trastornos de conducta, independientemente de los cuidados de sus familias adoptivas. Pero la adopción y la subrogación son dos situaciones muy diferentes. El abandono o rechazo que precede a la adopción, es decir, que una madre (¡y un padre!) no se hagan cargo de su bebé, es algo que, al hijo-a “le pasa”. Por el contrario, que alguien decida gestar un bebé en el vientre de una madre de la que le separarán nada más nacer es algo que “le hacen”.En el primer caso, la familia adoptiva repara ese daño aceptando y queriendo al bebé. En el segundo,  es la propia familia la que decide hacer pasar al bebé por ese embarazo y parto con separación posterior. Acallando el daño que causa en el bebé.  Poniendo por encima su presunto derecho a ser padres. Al bebé le afectará enormemente cómo vive psicológicamente la gestante el embarazo y los sentimientos de esta mujer por su situación de pobreza, de presión y de instrumentalización. Incluso en los casos de gestación “altruista” como Canadá hay gestantes que expresan “disfruté mucho del embarazo, pero nunca sentí una conexión maternal”. ¿Quién puede pensar que eso no afecta al desarrollo del bebé?

  Además, se programa el parto o se realiza una cesárea en la mayoría de los casos, para favorecer que estén presentes los padres que han “contratado” la subrogación. El bebé no se va a beneficiar de un parto espontáneo, no va a tener piel con piel con la madre, no va ser a amamantado.etc. La memoria corporal no se podrá borrar, las sensaciones del embarazo y la ausencia de esa madre que le gestó perdurará de por vida

La ética gestante y el útero del capitalismo

Desde el punto de vista del recién nacido la subrogación no solo es una agresión injustificable éticamente, además, es arriesgado y previsible que algunos de estos bebés pueden sufrir secuelas psíquicas y dificultades para los vínculos afectivos el resto de sus vidas

El capitalismo salvaje llega ya hasta las entrañas. Convierte el cuerpo de la mujer en una máquina de parir y a los bebés en un producto de mercado. “¿Tenías que ser diestro? Supongo que ya nadie solicita un hijo zurdo”.

Gestación: ¿deseo o derecho?

La maternidad subrogada ha generado un turbulento debate público.

Los defensores de la supuesta libertad de la mujer para alquilar su útero sostienen argumentos propios del capitalismo feroz (en ocasiones camuflado de altruismo) y apelan a una nueva modalidad de reproducción asistida.

Los críticos con esta práctica acumulan teorías que se preguntan por la voluntad de las gestantes y por las consecuencias en los gestados.

 El limbo legal, la asimilación de esta práctica con nombres famosos, y las contradicciones de quienes rescatan razones que no siempre usaron cuando defendieron modelos de familia diferentes al tradicional, permiten que un creciente número de empresas emergentes hagan caja con este nuevo negocio. Y cuando la confusión es el resultado, siempre ganan los mismos.

  La idea de que la paternidad es un derecho y el alquiler de vientres es un acto de libertad de la mujer nos sitúan de nuevo en la perversión del lenguaje.

Subrogación: ¿alquiler de vientres o venta de seres vivos?

Hasta hace poco tiempo, la palabra subrogación, te llevaba a pensar en la hipoteca. Mientras se gestaba  un negocio. Ahora es el cuerpo humano (como casi siempre, el de la mujer) que adquiere atributos propios de otros campos: la agricultura, la ganadería, la minería o la industria.

Para mucha gente, el concepto “maternidad subrogada” se hizo carne cuando algunos famosos utilizaron este método para adquirir sus primeros hijos. Desde entonces, la práctica se ha convertido en una deshumanizada moda y se ha ido normalizando.

Pero la subrogación se define como “un negocio (jurídico) mediante el cual una persona sustituye a otra en una obligación”. Y de eso se trata, finalmente: de un puro negocio.

Alquilar los vientres es la última fase de la oferta sistemática y exhaustiva del cuerpo y la voluntad de la mujer.

Tengo que deciros que me asusta. Pues una vez saqueada la superficie, invadidos los orificios y destruidas las emociones y libertades, se llega directamente a las entrañas, en un mercado de órganos, la trata de personas y la prostitución. 

Se a creado una propaganda en  este nuevo sector industrial tan rápida como seductora. En el que las leyes, las normas, los precios y las condiciones de este sistema parecen fruto de la improvisación. El ser humano del siglo XXI es el banco de pruebas de una revolución genética, social, productiva y (a)moral.

Somos la nueva humanidad cobaya.

Venta del menor: Stock y menú

Este año no hay noticia de esa feria llamada “surrofair” empresas de Canadá, California, Las Vegas y de Bilbao, con nombres tan irresistibles como “Soñando juntos”, “Interfertility” o “Building Families”.Cuya materia prima son los vientres de alquiler. Es el principio del futuro bebé a la carta. Con atributos de legalidad, bondad, oportunidad y modernidad. Si continuamos así lo siguiente será; Ferias de distribuidores de riñones frescos y toda clase de órganos, quien pone el tope quien regula.

Lo más aterrador es que esa Feria es: la consecuencia de la insaciable invasión de la humanidad, las sensibilidades y los sentimientos de las mujeres en aras de la mejora del rendimiento y la capacidad productiva (reproductiva en este caso) de sus cuerpos. La deshumanización siempre busca coartadas sanitarias y apela a la libertad con idéntica ausencia de autoridad y de vergüenza.

  Esta beatífica solución, tan atractiva y rentable para tantos padres y madres atacados por la capitalista agitación de incrementar su unidad familiar, acude a extremos argumentales inimaginables: A veces llegan a usar el cínico bálsamo de considerar los futuros bebés como refugiados afortunados por vivir en sus residenciales mundos. Nadie los está defendiendo

 hijos de un vientre esclavo

La complejidad de la maternidad subrogada plantea muchísimos problemas que apenas se pueden apuntar en este texto: desde la escalofriante existencia de “granjas” de madres de alquiler, donde los intermediarios deciden todos y cada uno de los asuntos vitales de estas mujeres, al escándalo de esos padres de pago cuya madre de alquiler tuvo mellizos, uno sano y otro enfermo, y decidieron devolver al segundo y quedarse solo con el primero.


O esa maraña legislativa, tan desigual e improvisada que permite todo tipo de resquicios por los que se desarrolla este negocio. O la inicial adscripción de este fenómeno al gay-capitalismo.

Pero si hay un asunto que no se puede obviar es cómo afecta todo esto a los más inocentes: Violencia, herida, secuestro  violencia obstétrica.

Hablamos de la diversidad y formas de familia: sin duda alguna, el modelo social que más transformaciones radicales ha sufrido en las últimas décadas. Curiosamente, muchos de los detractores clásicos de cada uno de esos cambios, defienden ahora este pay per baby y definen como un ejercicio de libertad lo que es sólo una nueva conquista del mercado. el verdadero útero del capitalismo.



    La gestación subrogada parece estar de moda. Es una nueva alternativa a  la maternidad/paternidad que supone que el bebé es gestado por una mujer que no lo va a criar y que, a cambio, recibe un ingreso económico.


Más allá de los sentimientos de los padres y de la ética del "negocio", no podemos pasar por alto todo lo que implica para el recién nacido, los riesgos y los graves efectos psicológicos.


Maternidad subrogada: cómo afecta a los bebés

Tabula rasa. La idea de que los recién nacidos son como una tabla de cera en la que todo está por escribir es muy antigua, ya lo pensó Aristóteles. De hecho, durante siglos los científicos de la época, es decir, los filósofos, debatían al respecto de si al nacer el ser humano posee algún tipo de conocimiento o no.


El tema se zanjó definitivamente en el siglo XX con el desarrollo de la tecnología que permitió comprender el desarrollo embriológico y ver las reacciones de los bebés a diferentes estímulos desde momentos muy tempranos del embarazo.


Ahora sabemos que hay respuesta a la sensación dolorosa desde la semana 25 del embarazo, respuesta visual y preferencia por caras humanas desde la semana 26 y capacidad auditiva similar, y respuesta olfativa clara desde la semana 29.


¿Cómo influye en el bebé lo que siente su madre en el embarazo?

Los bebés en el útero perciben su ambiente y les afecta, enormemente, todo lo que vive y siente la madre.


Los estudios además han confirmado lo que se llama “teoría de programación fetal”, es decir, que durante algunos momentos del embarazo hay sistemas biológicos del bebé que quedan “programados” para dar una respuesta de por vida a un tipo de ambiente externo.


La construcción de la psique comienza en el embarazo, con el vínculo prenatal, y el neurodesarrollo del bebé está muy condicionado por el estado emocional de la madre, más aún si consume alcohol, tabaco u otros tóxicos.


Todos estos estudios e investigaciones confirman efectivamente que lo que se vive en el útero deja una huella que durará de por vida y que en muchos aspectos condicionara la salud física y emocional. Es decir, que el bebé y su cuerpo recuerdan la vida intrauterina.


¿Y qué pasa si lo separan de su madre?

Lo mismo podemos decir del nacimiento: cada vez es mayor la evidencia que demuestra como ese viaje que supone salir del vientre materno queda profundamente grabado en la psique y en el cuerpo.


Toda una serie de mecanismos neurohormonales hacen que nada más nacer los bebés esperen encontrarse con su madre, reconocerla, olerla, mirarla a los ojos, e idealmente, iniciar la lactancia.


Condiciona en muchos aspectos su desarrollo cerebral lo que vive en el embarazo, en el parto y en los primeros días. Deja una huella muy importante en su vida psíquica. Por todo ello cuando hablamos de gestación subrogada es imprescindible ponernos en la piel del bebé y hacernos las siguientes preguntas:


¿Cómo le afecta al bebé lo que viva y sienta la gestante?

¿Cómo le afectará ser separado de su madre nada más nacer y despedirse de ella definitivamente?

El bebé gestado por subrogación, al igual que todos los de nuestra especie, espera encontrarse al nacer con la mujer que le ha gestado y que para él es su única madre. Espera ser amado y criado por ella.


La herida primal: el trauma de la separación

Ser separado de la madre nada más nacer y probablemente no volverla a ver suponen un trauma y una pérdida enormes: equivalentes a que su madre muera en el parto.


“Lo peor que le puede pasar a un recién nacido es que le separen de su madre”


Esta frase del neonatólogo Nils Bergman, investigador referente a nivel mundial, sintetiza muy bien toda la evidencia científica actual que demuestra lo doloroso que es para los bebés ser separados de su madre nada más nacer.


Las consecuencias son más dañinas y las secuelas más graves, obviamente, cuanto más prolongada es la separación. Precisamente por toda esa evidencia, sólo situaciones de cierta gravedad médica justifican esa separación inmediata.


Es lo que llamamos la herida primal. Muchos de los niños que han sido adoptados sufrieron esas separaciones tempranas y traumáticas de la madre lo que a veces favorece trastornos del vínculo o alteraciones muy graves de la conducta en la infancia o adolescencia que pueden ser muy difíciles de tratar: suelen ser precisos años de terapias.


Adopción vs subrogación

Hay una mayoría de niños adoptados que crecen saludablemente y sin secuelas del abandono inicial, pero también hay una minoría que sí tiene dificultades muy severas y graves trastornos de conducta, independientemente de cuanto les quieran y cuiden sus familias adoptivas.


Pero la adopción y la subrogación son dos situaciones muy diferentes. El abandono o rechazo que precede a la adopción, es decir, que una madre (¡y un padre!) abandonen o no se hagan cargo de su bebé, es algo que, al hijo-a “le pasa”. Por el contrario, que alguien decida gestar un bebé en el vientre de una madre de la que le separarán nada más nacer es algo que “le hacen”.


En el primer caso, adopción, la familia adoptiva repara ese daño aceptando y queriendo al bebé.


En el segundo, subrogación, es la propia familia la que decide hacer pasar al bebé por ese embarazo y parto con separación posterior negando el daño que todo eso puede causar, poniendo por encima su presunto derecho a ser padres.


Al bebé le afectará enormemente cómo viva psicológicamente la gestante el embarazo. Es difícil imaginar lo que pueda vivir un bebé gestado por una mujer que lo hace por su situación de pobreza.


Incluso en los casos de gestación “altruista” como Canadá hay gestantes que expresan “disfruté mucho del embarazo, pero nunca sentí una conexión maternal”. ¿Quién puede pensar que eso no afecta al desarrollo del bebé?


Mucho más que perder una madre

La gestación subrogada supone infringir una herida psíquica enorme a un recién nacido: separarle de la madre que lo gestó, y mantener la separación.


Además, se programa el parto o se realiza una cesárea en la mayoría de los casos, para favorecer que estén presentes los padres que han “contratado” la subrogación.


El bebe no se va a beneficiar de un parto espontáneo, no va a tener piel con piel con la madre, no va ser a amamantado…Supone toda una suma de pérdidas con muchos riesgos y posibles efectos adversos en la salud a muy largo plazo.


La memoria corporal no se podrá borrar, las sensaciones del embarazo y la ausencia de esa madre que le gestó perdurará de por vida


Desde el punto de vista del recién nacido la subrogación no solo es una agresión injustificable éticamente, además, es arriesgado y previsible que algunos de estos bebés puedan sufrir secuelas psíquicas y dificultades para los vínculos afectivos el resto de sus vidas


La ética gestante y el útero del capitalismo

El capitalismo salvaje llega ya hasta las entrañas. Convierte el cuerpo de la mujer en una máquina de parir y a los bebés en un producto de mercado.

Gabriel Núñez Hervás

 

 

 Alquiler de vientres

“¿Tenías que ser diestro? Supongo que ya nadie solicita un hijo zurdo”.


(Gattaca, 1997)


Gestación: ¿deseo o derecho?

La eclosión mediática de la maternidad subrogada ha generado un turbulento debate público.


Los defensores de la supuesta libertad de la mujer para alquilar su útero sostienen argumentos propios del capitalismo feroz (en ocasiones camuflado de altruismo) y apelan a una nueva modalidad de reproducción asistida.


Los críticos con esta práctica acumulan teorías que se preguntan por la voluntad de las gestantes y por las consecuencias en los gestados.


Mientras tanto, el limbo legal, la asimilación de esta práctica con nombres famosos, y las contradicciones de quienes rescatan razones que no siempre usaron cuando defendieron modelos de familia diferentes al tradicional, permiten que un creciente número de empresas emergentes hagan caja con este nuevo negocio.


Y cuando la confusión es el resultado, siempre ganan los mismos.


La idea de que la paternidad es un derecho y la insistencia en que el alquiler de vientres es un acto de libertad de la mujer nos sitúan de nuevo en la perversión del lenguaje, y nos conducen irremisiblemente hacia el erial ético.


Subrogación: ¿alquiler de vientres o venta de seres vivos?

Hasta hace poco tiempo, cuando alguien escuchaba la palabra subrogación pensaba inmediatamente en la hipoteca. Mientras tanto, se gestaba –nunca mejor dicho– un negocio en el que el cuerpo humano (como casi siempre, el de la mujer) adquiría atributos propios de otros campos: la agricultura, la ganadería, la minería o la industria.


Para mucha gente, el concepto “maternidad subrogada” se hizo carne cuando algunos famosos utilizaron ese método para adquirir sus primeros hijos. Desde entonces, la práctica se ha convertido en una deshumanizada moda y se ha ido normalizando.


Pero la subrogación se define como “un negocio (jurídico) mediante el cual una persona sustituye a otra en una obligación”. Y de eso se trata, finalmente: de un puro negocio.


Alquilar los vientres es la última fase de la oferta sistemática y exhaustiva del cuerpo y la voluntad de la mujer. Una vez saqueada la superficie, invadidos los orificios y destruidas las emociones y libertades, se llega directamente a las entrañas, en una sinécdoque brutal del mercado de órganos, la trata de personas y la prostitución.


La maquinaria de propaganda de este nuevo sector industrial es tan rápida como seductora. Y se mueve como feto en líquido amniótico en un escenario mundial desquiciado y contradictorio en el que las leyes, las normas, los precios y las condiciones de este sistema parecen fruto de la improvisación.


El ser humano del siglo XXI es el banco de pruebas de una revolución genética, social, productiva y (a)moral.


Hoy somos las ratas de los laboratorios farmacéuticos.


Somos la nueva humanidad cobaya.


Venta del menor: Stock y menú

Este año no hay noticia de esa feria llamada surrofair cuya materia prima son los vientres de alquiler. Es el principio del futuro bebé a la carta. Todo lo que irrumpe de una manera tan sofisticada y publicitada en el mercado adquiere, ipso facto, atributos de legalidad, bondad, oportunidad y modernidad.


No hay Ferias de distribuidores de cocaína ni de dispensadores de riñones frescos.


Pero el año pasado se reunieron dos docenas de expositores en esta verbena: empresas de Canadá, California, Las Vegas y de Bilbao, con nombres tan irresistibles como “Soñando juntos”, “Interfertility” o “Building Families”.


El texto promocional del evento, coronado por la imagen de un bebé (rubio y con los ojos azulísimos, ¿quién lo podría haber sospechado?), no tenía desperdicio:


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“Las mujeres con endometriosis, malformaciones uterinas, algunos tipos de cáncer o problemas cardiovasculares muchas veces no tienen la capacidad de gestar incluso sometiéndose a técnicas tradicionales de reproducción asistida. Además, a todas ellas se les unen los hombres solteros y las parejas de hombres que quieren formar una familia...”.


Y seguía explicando la faena con una sintaxis claramente subrogada:


“...Pese a que la adopción es una opción, las largas listas de espera, la burocracia y la prohibición en muchos países que sufren las parejas homosexuales es un gran impedimento. Por tanto, si estás pensando en formar una familia y te encuentras en esta situación…”.


¡Sáltate las listas si tienes divisas!, les faltó añadir. Pero las guindas estaban al final de la introducción:


“...Con el fin de proteger la intimidad de los asistentes, se prohibe (sic) hacer fotos o grabaciones dentro del evento. La organización corre a cargo de la revista online Babygest”.


Lo más aterrador es que esa Feria no era la causa, sino el síntoma y la consecuencia de la insaciable invasión de la humanidad, las sensibilidades y los sentimientos de las mujeres en aras de la mejora del rendimiento y la capacidad productiva (reproductiva en este caso) de sus cuerpos.


La deshumanización siempre busca coartadas sanitarias y apela a la libertad con idéntica ausencia de autoridad y de vergüenza.


Liquidación por cierre

A similar ritmo que el de las ofertas, hay un alud de discursos diarios empujando en direcciones opuestas el rumbo argumental de este conflicto. Los que reman a favor suenan, inevitablemente, a mentiras y extraperlos. Los que soplan en contra incluyen, con preocupante frecuencia, justo es expresarlo, algunos alientos extraños.


Una perspectiva amable y cobarde acudiría sin duda a la inclusión de esta “problemática” en el álbum de las nuevas formas de familia. Una vez más, lo reaccionario se apropia del análisis libertario para reconducirlo a su rueda.


Esta beatífica solución, tan atractiva y rentable para tantos padres y madres atacados por la capitalista agitación de incrementar su unidad familiar, acude a extremos argumentales inimaginables: A veces llegan a usar el cínico bálsamo de considerar los futuros bebés como refugiados afortunados por vivir en sus residenciales mundos.


La realidad es que estos niños no iban a nacer.


No tendrían que refugiarse en ningún lugar. Nadie los está salvando.


Epílogo: hijos de un vientre esclavo

La complejidad de la maternidad subrogada plantea muchísimos problemas que apenas se pueden apuntar en este texto: desde la escalofriante existencia de “granjas” de madres de alquiler, donde los intermediarios deciden todos y cada uno de los asuntos vitales de estas mujeres, al escándalo de esos padres de pago cuya madre de alquiler tuvo mellizos, uno sano y otro enfermo, y decidieron devolver al segundo y quedarse solo con el primero.


O esa maraña legislativa, tan desigual e improvisada que permite todo tipo de resquicios por los que se desarrolla este negocio. O la inicial adscripción de este fenómeno al gaycapitalismo.


Violencia, herida y secuestro

Pero si hay un asunto que no se puede obviar es cómo afecta todo esto a los más inocentes de esta tragedia: cómo afecta todo este caos a los niños.


Nils Bergman ha desarrollado estudios que describen sin asomo de duda las nefastas consecuencias que tiene para un bebé la llamada violencia obstétrica.


Nancy Verrier ha acuñado un término fundamental para entender la génesis de estos daños: la herida primal.


Ibone Olza recuerda cómo este método evoca irremisiblemente al secuestro de bebés (sería un pre-secuestro, de hecho).


No ha sido fácil, pero hemos aprendido a entender, aceptar y convivir con todas las nuevas formas de familia: sin duda alguna, el modelo social que más transformaciones radicales ha sufrido en las últimas décadas.


Curiosamente, muchos de los detractores clásicos de cada uno de esos cambios, defienden ahora este pay per baby y definen como un ejercicio de libertad lo que es sólo una nueva conquista del mercado.


Es la expresión más extrema de la ética protestante: el verdadero útero del capitalismo.



19.9.19

Obediencia

                            
                                 Obediencia    ( S Miguel y S Pedro)


La obediencia es una virtud que nos ayuda a buscar y cumplir la voluntad de Dios. Si preguntáramos hoy qué significa obedecer, probablemente recibiríamos respuestas muy diferentes. Para muchos, obedecer puede parecer simplemente someterse a una norma o hacer lo que otro manda. Pero, desde una perspectiva cristiana, la obediencia tiene un sentido mucho más profundo.

Nuestra lucha interior, nuestro esfuerzo por ser santos, consiste en procurar vivir fundamentados en la fe, que nos ayuda a tener unidad de vida. Se trata de luchar para que todos nuestros pensamientos, nuestras obras, nuestras conversaciones, en definitiva, todo lo que hacemos, lo realicemos con Dios y por Dios, dándole un sentido redentor.

Esta es una meta muy grande para nuestra pequeñez. Pero nos fiamos de la gracia y del regalo de la vocación: possumus, podemos.

Es una meta que abarca toda nuestra vida, cada minuto, cada día. Somos limitados y necesitamos un esfuerzo constante. Por eso, a lo largo del camino, necesitamos la gracia de los sacramentos, el alimento de la Eucaristía para no desfallecer, la formación y el consejo de la dirección espiritual.

Este esfuerzo se traduce en el crecimiento de las virtudes humanas y en saber sobrenaturalizarlas orientándolas hacia la meta del cielo.

Las virtudes no son actos aislados ni independientes entre sí. Mantienen una unidad, como los vasos comunicantes: cualquier acto de una virtud ayuda al crecimiento de las demás.

La obediencia con los años

La obediencia es una virtud que, paradójicamente, puede costarnos más vivir a medida que nos hacemos mayores. Y, además, podemos engañarnos pensando que ya la tenemos suficientemente superada.

Con los años adquirimos más autonomía, somos más o menos autosuficientes, tenemos experiencia y criterio propio. Pero precisamente por eso podemos tender a resistirnos más a hacer la voluntad de otro, a aceptar determinadas directrices o a asumir todo lo que lleva consigo vivir en familia.

Podemos caer, sin darnos cuenta, en vivir más como hijos únicos que como miembros de una familia. Empezamos a crear nuestras propias excepciones: «esto no hace falta que lo consulte», «esto siempre lo he hecho así», «por una vez no pasa nada», «esto es una pequeñez»...

Y las pequeñas excepciones, acumuladas a lo largo de los años, pueden terminar creando una mentalidad.

Por eso necesitamos afinar.

Pasan los años y la costumbre puede convertirse en un gran enemigo. Hemos oído mil veces las mismas cosas, las hemos leído, las conocemos... pero precisamente por eso nos puede costar más interiorizarlas. Corremos el riesgo de actuar por inercia, sin preguntarnos por la raíz y por los porqués de nuestro modo de actuar.

Necesitamos hilar fino.

Probablemente no encontraremos grandes cosas ni actos épicos. Pero, si estamos vigilantes, encontraremos muchos pequeños actos de amor.

Obedecer es vivir en familia

Vivir en familia significa ser familia. Y para que una familia funcione hacen falta unas directrices, unas pautas de orden y de delicadeza que faciliten la convivencia.

No se trata de imposiciones. Nuestras casas no funcionan a base de comunicados, como un cuartel:

«Se hace saber... y el que no cumpla, al calabozo».

No es eso.

Las indicaciones que recibimos están orientadas a facilitar la convivencia, mantener un determinado tono, no mortificar ni cargar a nadie y conseguir que todos pongamos de nuestra parte. Se trata de sumar por el bien de todas.

Muchas veces, por una delicadeza extrema de quienes nos dirigen, recibimos muy pocas indicaciones porque se supone que sabemos cómo vivir las cosas. Por eso necesitamos tener el oído atento. A veces, al buen entendedor, pocas palabras bastan.

Y las indicaciones están dirigidas a mí, no a la que tengo al lado.

Otras veces será cuestión de fijarme en el ejemplo de quienes van por delante. Como dice el refrán: «Allá donde fueres, haz lo que vieres».

También necesitamos comprender que vivir en familia implica aceptar determinadas cosas comunes: dentro de lo posible, «un mismo puchero», unos criterios comunes, una manera de organizarse. Y eso requiere mucha fuerza de voluntad.

Hay circunstancias y circunstancias, por supuesto. Pero cuando las necesidades de todas están cubiertas, cuando las cosas están previstas y se hacen a su hora y en su día, conviene preguntarse si realmente necesito introducir una excepción personal.

Cuántos conflictos podemos evitar —o al menos no aumentar— cuidando estas pequeñas cosas.

A veces vivimos «a la carta» sin darnos cuenta.

Y no se trata solamente de grandes decisiones. Puede ser algo tan sencillo como abrir una nevera una y otra vez para buscar algo que estaba previsto y reservado para todas; utilizar como propio algo que necesitan las demás; dejar fuera de su sitio un instrumento que otra persona necesita; ocupar un espacio común como si fuera exclusivamente nuestro...

Son pequeñas cosas, pero precisamente en ellas se manifiesta muchas veces nuestra capacidad de pensar en los demás.

El respeto por los armarios comunes, por las zonas comunes, por el baño, por dejar cada cosa en su sitio, por una toalla, por una tapa, por el tono que empleamos... también forma parte de la obediencia.

Libertad y obediencia

La libertad no está reñida con la obediencia. Al contrario: la obediencia puede convertir un acto no solo en libre, sino también en liberador.

En casa se fomenta y se respeta la pluralidad. La diversidad es algo muy bueno. No se trata de que todas pensemos igual ni de anular la personalidad de nadie.

Somos dueños y responsables de nuestros actos.

Y precisamente porque somos libres podemos obedecer. Sin libertad no se puede amar.

La obediencia no es una ley exterior que me obliga a amar, sino una ley interior que me da fuerza para amar.

Nuestra libertad, eso sí, está limitada por nuestros deberes familiares, cívicos y por las obligaciones que hemos asumido libremente.

Por eso obedecer no significa renunciar a la iniciativa personal, al estudio, al criterio o a la capacidad de gestionar distintas situaciones.

La obediencia es contraria a esa actitud de «que me lo den todo hecho». Al contrario: hay que intentar adelantarse, facilitar, buscar soluciones.

No ir siempre con pegas, sino procurar aportar soluciones.

Sinceridad de vida

La obediencia requiere vivir con rectitud de intención, con sinceridad de vida y en coherencia con nuestra conciencia.

Habitualmente, nuestro único espectador es Dios. Y este convencimiento tiene que manifestarse en nuestras acciones, en todos los ámbitos de nuestra vida.

Tenemos que preguntarnos: ¿estoy pensando en sumar o en complicar? ¿Estoy facilitando la vida a los demás? ¿La huella que dejo mueve o repele?

La verdadera obediencia no consiste simplemente en cumplir externamente. Tiene que transformar nuestro modo de estar con los demás.

Consultar también es obedecer

Hay una obediencia que se juega en cosas muy pequeñas.

A veces nuestro «yo interior» se rebela y nos sugiere hacer simplemente lo que nos da la gana: «mi bola», «yo sé lo que hago», «no necesito consultar esto», «por una vez...».

Podemos llegar a actuar como propietarios de lo que, en realidad, hemos recibido para administrar y poner al servicio de todos.

Por eso, cuando sabemos que algo es una excepción, el mismo acto de consultarlo puede ayudarnos a buscar otras soluciones más adecuadas.

No quiero decir con esto que tengamos que consultar cada paso. No tendría sentido.

Pero sí puede ser muy bueno consultar esas pequeñas excepciones que nos vamos creando. Porque algunas, acumuladas durante años, pueden terminar convirtiéndose en hábitos, manías u obsesiones.

La consulta da alas, forma y da paz.

Una regla de oro ante muchas tentaciones puede ser preguntarnos qué fruto dejan: ¿paz o inquietud?

La conciencia, para obedecerla verdaderamente, tiene que ser una conciencia recta, verdadera y delicada. Y para formarla necesitamos también acudir a Dios, especialmente ante el Sagrario, y dejarnos ayudar por la dirección espiritual.

Humildad, pobreza y obediencia

Hay una relación muy estrecha entre humildad, pobreza y obediencia.

La humildad me facilita vivir la obediencia porque no me fío exclusivamente de mi propio criterio. Me lleva a consultar aquello que se sale de lo ordinario y me ayuda a obedecer sin hacer ningún drama.

La humildad también me ayuda a rechazar ese pequeño tirano interior que se rebela cuando las cosas no se hacen como yo quiero. Y me ayuda a ofrecer y agradecer que no tengan que explicarme todo.

La pobreza, por su parte, también tiene mucho que ver con estas pequeñas decisiones.

Muchas reacciones de «no necesito consultar», «hago lo que me parece» o «utilizo este instrumento como quiero» pueden acabar teniendo consecuencias materiales. Podemos utilizar de manera individual algo que está pensado para todas, gastar más de lo necesario o disponer de algo común como si fuera propio.

La pobreza nos lleva a pensar en el conjunto.

La obediencia y el agradecimiento

A medida que pasan los años, la obediencia tiene que afinarse.

Interiormente podemos llevar un «quién como Dios» transformado, sin darnos cuenta, en un «quién como yo».

Y podemos caer en actitudes como:

«Si no me lo dicen directamente, no tengo por qué hacerlo».

«Si quieren que cambie algo, que me lo digan».

«No voy a admitir insinuaciones».

«Son pequeñeces».

Aquí pueden aparecer también susceptibilidades a flor de piel, pereza para admitir algo que podría ayudarnos a mejorar o una resistencia a aceptar aquello que toca nuestro modo habitual de hacer las cosas.

La obediencia es contraria a la queja y al victimismo.

También puede ser contraria a cierto protagonismo, a la búsqueda de reconocimiento o a pensar demasiado en lo que hacemos nosotros sin reparar en lo que hacen los demás.

Y suele coincidir que las mismas personas que tienen dificultades para obedecer pueden tener también dificultades para reconocer y agradecer lo que hacen los demás.

Porque hay muchísimas cosas pequeñas y ordinarias que los demás hacen cada día por nosotros y a las que podemos acostumbrarnos.

Una persona que obedece, que está integrada en el conjunto, sabe valorar el esfuerzo de los demás. Y es más fácil que sea agradecida porque sabe todo lo que hay detrás de cada cosa que hacen por ella: tiempo, esfuerzo, preocupación, oración, atención...

Valorando al otro, te valoras a ti mismo. Y viceversa.

La obediencia y la vocación

La obediencia también tiene una dimensión sobrenatural: la convicción de la divinidad de la Obra y de que nuestra vocación es un regalo de Dios.

Muchas veces, cuando se hace difícil soñar, el freno no es la falta de capacidad, sino la comodidad de entregarnos a la rutina.

Tenemos que mantener vivo el espíritu de la vocación.

También en el apostolado necesitamos esta actitud de iniciativa y obediencia. Aprovechar las oportunidades, estar allí donde está la gente, buscar caminos nuevos. No todas las personas pueden acercarse a un centro; tenemos que saber salir a su encuentro.

Prefiero una Iglesia herida por salir que una Iglesia sana pero encerrada por miedo.

Esto exige también formación y capacidad para afrontar las preguntas y las dificultades de nuestro tiempo.

Recuerdo el testimonio de aquel sacerdote que, al comenzar su labor en un colegio, se encontró con un comentario de un alumno sobre los sacerdotes y los abusos. Interiormente, aquel comentario le rompió algo. No reaccionó exteriormente; continuó con calma, pero al llegar a casa lloró como un niño.

Podría haberse dejado llevar por el desconcierto. Sin embargo, acudió al Sagrario y buscó consejo espiritual.

A partir de ahí comprendió que tenía que estudiar, formarse, conocer mejor la realidad de los jóvenes. Se metió en su mundo, jugó a lo que ellos jugaban, procuró identificarse con ellos, creó incluso una aplicación y un método de estudio.

Puede gustar más o menos su manera de hacer las cosas, pero lo importante es que supo escuchar.

Escuchar, escuchar y escuchar.

La obediencia no nos encierra: nos ayuda a salir de nosotros mismos para poder servir mejor.

Obedecer como San Miguel

San Miguel nos recuerda aquella respuesta: «¿Quién como Dios?»

Esa es, en el fondo, la actitud de la obediencia.

No «quién como yo», no «yo sé más», no «yo lo haría de otra manera», no «nadie tiene que decirme nada».

Sino:

¿Quién como Dios?

Y desde ahí, con libertad, con iniciativa, con responsabilidad y con alegría, poner nuestra voluntad al servicio de Dios y de los demás.

Ponernos en manos de la Virgen

Y para aprender a vivir esta virtud podemos ponernos en manos de la Virgen.

Ella nos enseña una actitud de docilidad, de espera, de aceptación y de adelantarse a las necesidades de los demás.

María sabe escuchar, sabe esperar, sabe aceptar y sabe ponerse al servicio.

Que nos ayude a vivir una obediencia delicada, alegre y libre; una obediencia que no sea simplemente cumplir, sino amar.

Que nos ayude a descubrir a Dios detrás de las indicaciones, detrás de las pequeñas obligaciones y también detrás de aquellas cosas que no entendemos del todo.

Y que, como San Miguel, sepamos responder con nuestra vida:

¿Quién como Dios?



Escalando Horizontes

Me presento

  Me permito hacer una pequeña introducción, ahora que tengo una columna propia dentro de la revista. Parece que la iniciativa ha animado a ...