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7.4.18

LA ADMIRACION




Por casualidad me correspondió pasar a máquina un artículo para la revista del CEPA. Lo primero que llamó mi atención fue la letra. Estoy segura de que a muchos expertos en grafología les habría gustado estudiarla. Hace años asistí a un seminario sobre esta disciplina y aprendí que la escritura puede reflejar aspectos muy profundos de la personalidad. Aquella letra hablaba de una vida intensa, rica en experiencias. Cuando descubrí que su autora tenía noventa y nueve años y que seguía escribiendo con una extraordinaria capacidad de admiración, pensé: somos colegas en esto. Supe entonces que ese sería el tema de mi próximo artículo.

Sé que entre nosotros hay personas expertas en muy diversas materias. Algunas investigan con rigor y elaboran artículos magníficos; otras siguen la actualidad con el entusiasmo de auténticas reporteras, buscando información y contrastando datos hasta poner los puntos sobre las íes.

Yo no poseo muchas de esas cualidades. Sin embargo, sí me considero una persona inquieta. No suelo quedarme en la superficie de las cosas. Procuro distinguir lo verdaderamente importante de lo pasajero. Soy firme en mis convicciones, pero también sé ceder en aquello que no merece convertirse en motivo de enfrentamiento.

Amo la naturaleza, la vida, los niños, los animales… En definitiva, disfruto contemplando la belleza que nos rodea. Creo que conservo la capacidad de maravillarme ante las cosas más sencillas, esas que con frecuencia pasan inadvertidas.

No tuve la oportunidad de realizar estudios universitarios, como ocurrió a muchas personas de mi generación, especialmente a quienes nacimos en familias numerosas y humildes; una circunstancia que, curiosamente, volvería a elegir. Sí recibí formación profesional y comprendí pronto que quien deja de aprender termina estancándose. Por eso nunca he dejado de estudiar aquello que despierta mi interés, asistiendo a congresos, conferencias y cursos.

Me apasionan la filosofía, la antropología y las ciencias. De pequeña me llamaban «¿Por qué?». Es verdad que todos los niños preguntan constantemente, pero creo que en mi caso aquella curiosidad era especialmente intensa. Agradezco que casi nunca recibiera un simple «porque sí» como respuesta. Entonces preguntaba los porqués; ahora los reflexiono, los estudio y trato de encontrarles sentido.

Procuro mirar a los demás no como rivales, sino con comprensión, incluso cuando se equivocan. Amo la pluralidad, aunque no el relativismo que con tanta frecuencia nos lleva a acomodar la verdad a nuestra conveniencia para justificar nuestras propias debilidades.

¡Ya estoy filosofando otra vez!

Es bueno que cada persona descubra sus talentos y los ponga al servicio de los demás. Precisamente esa diversidad de capacidades es la que hace posible construir un mundo mejor.

La admiración es una cualidad propia de quien sabe agradecer. Con demasiada facilidad nos acostumbramos a todo lo que poseemos y vivimos. No solo dejamos de valorarlo, sino que además tendemos a compararnos con quienes tienen más o parecen vivir mejor, mientras apenas pensamos en quienes carecen incluso de lo imprescindible.

Estas pasadas Navidades circuló por WhatsApp un pequeño vídeo que me hizo reflexionar. En él, un hombre despertaba, como si saliera de una terrible pesadilla. Poco a poco iba descubriendo que todo cuanto le rodeaba era un regalo. A su lado estaba su esposa, como el más hermoso de los presentes; enseguida aparecía un niño llamándole «papá»; encendía la luz y aquella simple acción parecía un milagro; miraba por la ventana y contemplaba un paisaje nevado de extraordinaria belleza. Todo era motivo de emoción y de agradecimiento.

El problema es que nosotros tenemos tantos regalos que hemos dejado de verlos como tales. Nos acostumbramos a ellos, creemos que nos pertenecen por derecho y olvidamos que podríamos no tener ninguno.

Resulta hermoso ponerse, de vez en cuando, en el lugar de un niño pequeño que descubre el mundo por primera vez. Observa sus manos, mueve los pies, contempla fascinado cuanto le rodea. Abre cajones, armarios, grifos; quiere saber qué hay detrás de cada puerta. Es verdad que esos descubrimientos suelen traer algún que otro sobresalto a los mayores, pero también nos recuerdan algo esencial: el asombro es el primer paso hacia el conocimiento.

Los niños suelen hacer estas investigaciones en silencio, y por eso precisamente un niño demasiado callado puede resultar peligroso: su curiosidad no conoce límites, ni tampoco los riesgos.

Quizá nosotros también deberíamos redescubrir ese mundo que permanece oculto bajo la costumbre. La rutina entierra muchas de las maravillas que nos rodean.

No es casualidad que los filósofos griegos consideraran la admiración el origen de la filosofía. El asombro impulsa al ser humano a hacerse preguntas, a buscar respuestas, a contemplar la realidad desde perspectivas distintas y a intentar comprender aquello que rompe nuestros esquemas.

La admiración nos mantiene vivos, despiertos y agradecidos. Es una actitud profundamente humana, capaz de abrirnos continuamente a la belleza, al conocimiento y, en definitiva, al sentido de la vida.

Incluso nuestra lengua refleja esa realidad. Los signos de admiración sirven para expresar asombro, emoción, alegría o entusiasmo. Tal vez deberíamos utilizarlos menos al escribir y mucho más al vivir.

Lucía Sanz





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